Juan Marinello en su aniversario 124
Por: Araceli García Carranza

Cada 2 de noviembre recordamos a Juan Marinello en el aniversario 124 de su nacimiento. Su inolvidable bondad permanecerá siempre en el corazón de quienes tuvimos el honor de atenderlo en la Biblioteca Nacional y, en especial, en la otrora Sala Martí.

Por iniciativa del capitán Sidroc Ramos, director de la Biblioteca Nacional de Cuba (1967-1973), el Departamento Colección Cubana de esa institución, incluyó en sus planes de trabajo la Bibliografía de Juan Marinello Vidaurreta.

La Dra. María Luisa Antuña y Josefina García Carranza, ambas con ejemplar disciplina y capacidad para la investigación bibliográfica, lograron esa obra que constituye un homenaje perdurable a una figura cimera de lo mejor de la cultura cubana. La Biblioteca Nacional publicó dicho repertorio en un número extraordinario de su revista, en 1974, presidido por el admirable ensayo de la Dra. Vicentina Antuña, titulado “Juan Marinello, maestro emérito de la cultura cubana”, y por una sabia introducción de Juan Pérez de la Riva. Las viñetas del maestro René Portocarrero ilustran con extraordinaria belleza la fecundidad y significado de la obra de la gran personalidad de las letras cubanas que sigue siendo hoy Juan Marinello.

La primera parte de la compilación recoge, en forma casi exhaustiva, su obra creadora, desde el primer discurso, publicado en 1919, en memoria de los estudiantes fusilados en 1871. La segunda parte: la bibliografía crítica que generó su obra. La indización auxiliar facilita el uso y manejo del repertorio, y la cronología final sienta bases para una futura biografía. Esta guía imprescindible, publicada en 1975 por la Editorial de Ciencias Sociales del Instituto del Libro, enriquece el movimiento bibliográfico del país y ofrece fuentes decisivas y reveladoras para el estudio de la lucha obrera en Cuba, así como el pensamiento martiano y antimperialista de un cubano verdaderamente extraordinario.

No olvidaremos la obra de Juan Marinello, ni sus frecuentes visitas a la Biblioteca Nacional, ni la bondad que siempre percibimos de su trato personal, ni su inmensa modestia al negarse a que lo recibiéramos en la puerta, ni su esfuerzo cuando, apoyándose en los mármoles del tercer piso de nuestra institución, trataba de llegar a la Sala Martí a saludar a Cintio y a Fina, o a encontrarse con Josefina o María Luisa. En la Biblioteca Nacional están los gratos recuerdos de este usuario de honor que nos privilegió con sus frecuentes visitas. Por su entrega y su pasión, Cuba no lo olvidará.

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