Fina García Marruz lee los Diarios de campaña de Martí
Por: Caridad Atencio

Un caso paradigmático dentro de los estudios que se acercan a los Diarios de campaña, de José Martí, lo constituyen los dos ensayos de Fina García Marruz contenidos en esta muestra. Ambos —si bien su tema central no es los Diarios de campaña propiamente dichos—, terminan por referirse y estudiar a profundidad el estilo de la prosa de Martí, que halla su culminación inevitablemente en la obra que es objeto de nuestro análisis. Es decir, que para hablar de los aportes de Martí a la modernidad literaria y a las excelencias de su prosa poemática, inevitablemente hay que viajar a los Diarios de campaña. En este sentido, eso haremos: comentar la trascendencia de esos dos estudios de Fina como develadores de la cumbre o monumento literario en que se constituyen dichos Diarios.

El lugar escogido para el primer estudio que aparece no podía ser más emblemático: como prólogo a la edición de los Diarios de campaña en 1956, primera vez en que se publicaban  el Diario de Montecristi a Cabo Haitiano  y el Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos como una unidad, aunque dicho ensayo vio la luz por primera vez en la revista Lyceum (volumen VIII, n. 30, 1952). El ensayo en cuestión se llama «José Martí», y sobresale dentro de toda la ensayística que Fina dedicó al autor de Versos sencillos, pues es el núcleo de todos sus postulados posteriores y  de numerosos ensayos martianos donde pueden detectarse las entrañables correspondencias entre aspectos de la poética martiana y de la poetisa, además de la significaciones éticas y políticas implícitas que porta en su exégesis sobre la trascendencia de la figura de Martí, tan esencial por ese entonces para la conformación de la poética de lo cubano: otra zona temática común al «origenismo».[1] Dicho ensayo versa sobre toda la figura de Martí, y en general sobre toda su obra, aunque se detiene con rigor en los Diarios de campaña. Caracteriza el estilo de dicha obra, de la cual dice que su sustancia misma es el sacrificio, donde ha llegado el escritor a su propia naturaleza a través de una mirada ávida:

Y si acaso hubiéramos podido estar allí, frente a su pobre cuerpo derribado, hubiéramos comprendido de pronto toda la diferencia que va del guerrero a quien mata siempre un solo hombre y el mártir a quien matan un poco todos […] Su mirada es la del que va a decir adiós, la del que se va. Por eso es tan penetrante, tan “rápida”. Se ve siempre que le interesa otra cosa más que el hecho de decir lo que dice.[2]

Luego de caracterizar propiamente los Diarios repara en la diferencia de asumir el paisaje Martí respecto a los poetas anteriores, y señala que «ni como escritor ni como hombre es Martí un romántico sino un realista. Todos los mártires lo son. Por esto, si los poetas anteriores nos dan el elogio, la sorpresa o la nostalgia del campo cubano, sólo Martí nos da su ser mismo, en una especie de apasionada objetividad».[3] Fina nos entrega juicios originales sobre las semblanzas y la singular adjetivación en los Diarios:

Tienen algo de involuntario epitafio, como si él viera aquello que va a quedar después de muerto en cada vivo. La peculiar adjetivación martiana, rápida, como un instinto […] en Martí el adjetivo ocupa una posición intermedia. Ni se superpone al nombre, ni se aleja gratuitamente de él […] es como algo que sin ser adherente al nombre tampoco le es intrínseco, como si esa acometida exterior le entregara de pronto una vibración propia que le es desconocida.[4]

Encontramos también juicios sobre el uso original de los dos puntos que buscan, o una precisión o un punto de vista más general que hace las veces de perspectiva, sobre el cierre de una anotación con la descripción desnuda de un hecho que ella llama maliciosamente «simbólico»,  donde «el movimiento anterior queda detenido en tal hecho, y aunque no trata nunca expresamente de proponer un sentido último a la escena, roza siempre, en una forma tácita en extremo sutil este sentido, valiéndose todavía de las imágenes».[5]

Repara la ensayista, también, en la diferencia entre el Diario de Montecristi a Cabo Haitiano y el Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Si en aquel tenía lugar el color, en este último se siente más la línea, y la imaginación está más al servicio de la experiencia que de la fantasía, y priman las calidades antillanas más puras: desnudez, silueta, finura: «Su estilo, siempre tan bellamente directo, se hace más simple, y como atenuado a veces por la ternura».[6] Todo lo cual la lleva a reparar en el sentido absolutamente moderno de los Diarios, porque allí lo poético es la realidad misma, no el tema ni la mirada. Es decir, es la poesía encarnando en la realidad que describió Lezama al referirse a esta trascendente obra martiana. Termina su relevante ensayo estableciendo la relación entre los Diarios de campaña y los Versos sencillos, en los cuales «la realidad a fuerza de no ser sino ella misma, acaba por ser otra, porque su centro es trascendente, es siempre una suficiencia. Y una insuficiencia, un objeto real y sobrenatural, y es a esto a lo que llamo misterio».[7]

Estas poderosas aseveraciones de Fina García Marruz sobre el estilo y la mirada de los Diarios de campaña están entre las más bellas y esenciales develaciones sobre la naturaleza de esta obra martiana escrita en 1895, y se matizarán y enriquecerán en su otro estudio de importancia sobre el tema: el ensayo «La prosa poemática en José Martí».

Ese atisbo de lo moderno que ha ocurrido en el ensayo «José Martí» ahora se sistematiza con el publicado en 1969.

«La prosa poemática en José Martí»[8] es un ensayo muy revelador sobre la naturaleza de la prosa martiana, en la que lo poético es condición esencial, y aunque no trata solamente sobre los Diarios, sí describe muchos fundamentos que son esenciales en la prosa de este y los estudia con la penetración telúrica a la que su estilo ensayístico nos tiene acostumbrados. Ellos son: Preocupación de Martí por la vida en torno, a la que creyó siempre «el único asunto legítimo de la poesía moderna».[9] Martí consideraba a la poesía como sustancia de la realidad toda; Preeminencia de lo plástico sobre lo discursivo y autonomía de la imagen, que lleva a lo que Fina llama el símbolo involuntario.

Se dedica a caracterizar entonces la prosa martiana y específicamente el estilo de los Diarios de campaña donde «su palabra llega al despojamiento final, y a la sequedad en que arde el espíritu», en prosa que va de lo alegórico a lo simbólico. De los Diarios dirá que su palabra pasa del óleo al dibujo, al volverse silueteada, alusiva, apenas ya rotunda, que hacen sentir una acuidad en la atmósfera que le hace percibir con fuerza mayor las imágenes, los ruidos, los sonidos, la música, las palabras. Repara en el empleo poético de los diálogos, en la primacía de lo auditivo y en los signos de puntuación como potenciadores de significación, donde a veces las comas tienen el mismo valor que las separaciones estróficas o de los versos en la poesía, de la respiración en el canto, algo que también advierte Cintio en sus acercamientos a los Diarios de campaña. Estudia también en ellos lo cubano como «rapidez, ausencia de empaque, intemperie, realidad un poco deslavazada que no se configura bien. La desnudez de su palabra cuenta lo que acaba de suceder como si lo viese ya hundido en la fábula».[10] Con su devenir literario Martí ha sido siempre, como aconsejaba Baudelaire, poeta hasta en prosa.[11]

La prosa moderna de José Martí, si bien ya da seguras muestras de existencia, en las «Escenas norteamericanas», tiene su espacio de consagración en los Diarios de campaña no sólo por toda la riqueza filológica develada y estudiada por Fina, con penetración y sensibilidad telúrica, en estos dos importantes ensayos —ella apunta en sus ensayos lo que quizás intuimos, pero nunca llegamos a decir: lo justo inapresable—, sino también por la cardinalidad del tema por ella señalada: «la vida en torno, único asunto de la poesía moderna»[12], que sería abrazado por los origenistas como fuerza telúrica que se recibe de un maestro.

Tomado de: https://www.cubaliteraria.cu/