El 17 de abril de 1894 Patria publicaría uno de los textos más enjundiosos salidos de la pluma del cubano genial: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América». Aunque es más conocido por su título, prefiero recordarlo por el sub-título donde se expresa mejor la esencia de su mensaje programático.
Aquella primavera del 94 no podía iniciar más prometedora para el Delegado, quien, al igual que el Tesorero Benjamín Guerra, acababa de ser reelecto por los clubes y cuerpos de consejo del PRC para continuar dirigiendo la organización un año más. Dos días antes, el 15, daba la bienvenida a New York al general Máximo Gómez y su hijo Francisco (Panchito) y desde entonces compartirían casi todas las jornadas hasta el regreso del caudillo a Dominicana. La confianza entre los jefes de las alas política y militar de la revolución se consolidaría en el trato íntimo, mientras que la presencia de Pancho llenaba en parte el vacío que dejaba el hijo ausente en el corazón del Maestro.
El 14, salieron de New York hacia Filadelfia al frente de una comitiva de patriotas. En la ciudad patrimonial −cuna de la revolución de independencia− fueron agasajados por la caballería veterana estadounidense que rendía pleitesía al famoso general con desfile y recepción. Durante dos días visitaron diferentes instituciones locales y participaron en homenajes en las casas de los patriotas Marcos Morales y Emilio Brunet. El 16 fueron despedidos por un numeroso grupo de amigos al retornar a New York.
Si se tiene en cuenta que el artículo que se analiza aparece en el número de Patria del 17, es de presumir que fuera escrito en el contexto de las experiencias vividas en esta visita a Filadelfia. En aquella atmósfera de fervor patriótico, las ideas de Martí sobre la ya inminente revolución ganan en calado y extensión y se proyectan hacia dos de sus aristas más complejas: contenido socio-clasista y proyección internacional.
Para comprender mejor la pertinencia del texto vale recordar que en torno al problema de la revolución se libraba en aquel momento una aguda lucha de ideas entre los defensores del status quo, que la negaban o tergiversaban, y los revolucionarios radicales, quienes la auspiciaban como única solución viable. En esa lid, Martí ha de enfrentar las tesis de los conservadores cubanos −autonomistas y anexionistas− y poner al desnudo el trasfondo económico de sus posturas.
La polémica era de vieja data. Ya desde 1882, Martí advertía a Gómez sobre la existencia en Cuba de un grupo de hombres cautelosos: “no dispuestos a exponer su bienestar personal y apegados a la riqueza, que favorecían de manera vehemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos”. Diez años más tarde, analiza los orígenes y el devenir de esta postura y la repudia con vehemencia.[1] Sus apuntes de esos días la valoran como anticubana y reaccionaria: “En Cuba la idea de anexión,-que nació para acelerar el goce de la libertad, ha mudado intento y motivo, y no es hoy más que el deseo de evitar la Revolución”. En ellos cruza argumentos con antagonistas imaginarios donde desnuda su esencia anti-histórica y exótica:
¿Por qué quieren anexarse? Por lo grande de esta tierra. Y ¿por qué es esta tierra grande, sino por la Revolución? Pero en los días que corren, y en las relaciones de ambas partes, nosotros podremos gozar de los beneficios de la Revolución sin exponernos a sus peligros.- Pero eso no es racional: se posee lo que se compra. Nadie compra para beneficio de otro. Si lo dan, será porque les viene beneficio.[2]
En el particular entorno de las comunidades de La Florida, donde bullían las contradicciones de todo tipo, Martí había fustigado el intento de los españoles de dividir artificialmente a los patriotas entre los defensores de la justicia social (anarquistas) y los luchadores por la independencia nacional (separatistas), y denunciado que España: “quería alzar una revolución social en que no cree contra una revolución política que teme”.[3]
La radicalización de la lucha por la independencia con el aporte del moderno contingente obrero era una peculiaridad de la época que no pasaba inadvertida para el líder cubano desde sus estancias en Tampa y Key West, sedes de sus más grandes concentraciones. Allí reconocería que aquella: “turba obrera” [era] “el arca de nuestra alianza, el tahalí […] donde se ha guardado la espada de Cuba, el arenal redentor donde se edifica!”.[4]
En su actitud hacia el proletariado cubano se aprecia una creciente identificación con esta clase, sus problemas y corrientes de pensamiento. La manifiesta reiteradamente en frases de admiración hacia los obreros, compromisos públicos y privados de que sus intereses serían tenidos en cuenta en la república naciente y que no trabajaban para traidores y en el acercamiento a sus dirigentes en Tampa y Cayo Hueso, como el anarquista Ramón Rivero, el socialista utópico Diego Vicente Tejera y el marxista Carlos Baliño.
A los emigrados floridanos había asegurado que sin los elementos populares “es imposible, ni en Cuba ni en parte alguna, la revolución” y que en la Cuba independiente sería una sociedad plena de contenido popular al entender que “República es el pueblo que tiene a la derecha la chaveta del trabajador y a la izquierda el rifle de la libertad”.[5]
Ese es el contexto socio-clasista e ideológico en que el Maestro escribe el artículo que analizamos y a eso dedica la mayor parte del texto. Por ello, en él reitera que los revolucionarios cubanos: “no ven la dicha del país en el predominio de una clase sobre otra” y puntualiza:
Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma o perecerá sin ella.[6]
Nótese que, junto a su política unitaria, hay aquí un compromiso explícito con los humildes de que sus siempre relegados intereses serían reconocidos por la futura Revolución Cubana victoriosa. En aquellas condiciones históricas tan desafiantes, mantener la unidad del pueblo cubano era condición sine qua non para hacer viable su plan ya maduro. La revolución sería el escenario de aquel aparente milagro y el Apóstol advierte a los combatientes ya prestos:
Nada espera el pueblo cubano de la revolución que la revolución no pueda darle. Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución, e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible, la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma o perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución.[7]
Junto a la revelación de la esencia de la revolución en ciernes, el artículo clarifica desde un inicio su lugar en el mundo convulso y transitorio de la época. Así, al calificar de bella la obra del PRC argumenta que esta llega a su hora en el hemisferio: “[…] por la oportunidad, ya a punto de perderse, con que las Antillas esclavas acuden a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo.”[8]
Pero es en las postrimerías del documento donde retoma y define la cuestión de la significación universal de la revolución como parte de su insoslayable rol en la historia:
Nulo sería, además, el espectáculo de nuestra unión, la junta de voluntades libres del Partido Revolucionario Cubano, si, aunque entendiese los problemas internos del país y lo llagado de él y el modo con que se le cura, no se diera cuenta de la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal. Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos. Es necesario tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes. De frailes que le niegan a Colón la posibilidad de descubrir el paso nuevo está lleno el mundo, repleto de frailes. Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón.[9]
Con la claridad de miras que motiva la cercanía del estallido revolucionario, sus planteamientos apuntan desembozadamente a cuales son los verdaderos enemigos que habrá que enfrentar. Asimismo advierte del alcance de los desafíos que esperan a los revolucionarios de las “dos islas floridas” en momentos en que se prevé la inauguración del Canal de Panamá y los imperialismos europeos y americano miran al Caribe como “el nudo del mundo”, escenario probable de futuros conflictos por la hegemonía planetaria:
Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloria no es de los que ven para atrás, sino para adelante. […] En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, mero fortín de la Roma americana; y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio, por desdicha feudal ya, y repartido en secciones hostiles, hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.[10]
Así, la justicia –“ese sol del mundo moral”− que la revolución preconizaba para la futura república cubana, se proyecta en el plano internacional con la posibilidad de contribuir a la instauración de un nuevo orden americano y mundial: el que se erigiría sobre la base de un equilibrio de poderes garantizado por la existencia de las repúblicas antillanas de Cuba y Puerto Rico, libres y soberanas, “pórtico y guarda” de la independencia de Nuestra América toda.
[1] Respectivamente en: “Carta a M. Gómez”, 20 de julio de 1882, en OC, T1, pp.167-171 y “El Remedio Anexionista”, Patria, 2 de julio de 1892, en OC, T2, pp. 47-50
[2] T21, p.166. Ver, además: “Carácter”. Patria. 30 de julio de1892. OC, T2, pp.75-80.
[3] “Cuatro clubs nuevos”, en Patria, 14 de enero de 1893, en OC, T2, p.199.
[4] “Disc. Con todos y para el bien de todos”, en OC, T4, p.278.
[5] Respectivamente en: OC, T3, p.161 y “Club Político de Ocala”, en Patria, 3-4-1892.
[6] “El Tercer año del PRC”. Patria. 17 de abril de 1894. OC, T3, p.140.
[7] Ob. Cit., p.143.
[8] Ob. Cit., p.142.
[9] Ob. Cit., p.143.
[10] Ob. Cit., p.144.