Tradición y modernidad en la poesía de José Martí: diálogo perdurable
Por: María Fernanda Betancourt González*

La obra poética de José Martí constituye uno de los corpus más ricos y fundacionales de la literatura hispanoamericana. En ella, la tensión y la simbiosis de tradición y modernidad no son meros elementos estilísticos, sino pilares estructurales de una voz que se anticipó a su tiempo mientras se alimentaba de las savias más antiguas de la cultura.

Como señala Carlos Javier Morales,1 Martí “introdujo, ya a principios de los ochenta del pasado siglo, una savia nueva y aun revolucionaria”, pero sin dejar de mantener “a fuego vivo su admiración por los clásicos de nuestro Siglo de Oro”. En este ensayo exploro esa dicotomía creativa a través del análisis de un poema representativo de cada una de sus tres colecciones capitales: Ismaelillo (1882), Versos libres (escritos principalmente en la década de 1880) y Versos sencillos (1891). Veremos cómo en Ismaelillo lo tradicional se sublima en una voz íntima y nueva; cómo en Versos libres se forja una modernidad radical que dialoga con el desengaño barroco y, en Versos sencillos se alcanza una síntesis de aparente sencillez que, en realidad, expresa una profundidad universal.

Ismaelillo, dedicado a su hijo ausente, es un libro donde la tradición literaria –en particular la bíblica, la medieval y la del Siglo de Oro– se funde con una subjetividad tan intensa que la transforma en algo completamente original. El poema no es mera imitación, sino recreación desde una sensibilidad moderna. El poema “Mi despensero” es un ejemplo elocuente de este proceso.

Desde lo formal, el poema hunde sus raíces en la lírica popular y tradicional, con su estructura de pie quebrado y ritmo cantarín que recuerda las canciones de cuna o los villancicos. Sin embargo, el contenido es una sofisticada alegoría del amor paterno. El “vino” que el yo lírico anhela no es un licor físico (“Chipre”), ni puede ser provisto por la riqueza material (“rey de bolsa”) o los servicios mundanos (“posadero”). Tampoco la copa en la que se bebe es un objeto de lujo (“cristal de cristaleros”). El “vino” es una metáfora del afecto, la pureza y la esencia espiritual que solo su hijo –el “despensero”– puede proporcionarle.

Aquí, Martí toma un símbolo tradicional, como el vino, de connotaciones eucarísticas y celebración vital, y lo redefine en un contexto íntimo y secularizado. La “ausencia” del despensero no es solo la distancia física, sino la privación espiritual que paraliza al poeta. La tradición –la forma, el símbolo– está al servicio de una expresión moderna de la subjetividad y lo biográfico (“su dolorosa circunstancia vital”) se convierte en el centro de la experiencia poética. Es el “fundamento real” del que habla el ensayista cubano José Olivio Jiménez,2 pero elevado hacia “las supremas cumbres del espíritu” a través de una metáfora de una sencillez y profundidad conmovedoras. Ismaelillo no renuncia a la tradición; la perfora con una emoción nueva para extraer de ella una voz de inconfundible modernidad.

Si Ismaelillo moderniza la tradición, Versos libres es un proyecto de ruptura consciente y hallazgo de voz propia para “nuestra América”. Como expresa Emilio de Armas, Martí buscaba sustituir “las formas expresivas ya ineficaces”3 y dotar de un lenguaje capaz de abarcar “la realidad profunda y compleja: la siquis y la conciencia del hombre, la naturaleza, el trabajo creador y la historia”.4 El poema “A mi alma” encapsula esa lucha.

La modernidad del texto es múltiple. En primer lugar, la forma: el verso libre, que rompe con las métricas pre-establecidas para crear un ritmo orgánico, vinculado al flujo de la conciencia y al jadeo de la lucha interior. En segundo lugar, la “estética de la sinceridad”5 que lo impregna todo. El poema es un diálogo dramático del poeta con su propia alma, a la que metaforiza como “jamelgo” (caballo flaco y cansado). La invocación “Ea! jamelgo!” es un grito de auto-exhortación.

El alma-caballo ha conocido la belleza y la libertad (“montes de oro”, “prados bien olientes”), pero “la hora del trabajo” –el deber, la lucha, el sacrificio– exige que descienda a la realidad más áspera. El “camino oscuro/ que va do no se sabe” es una poderosa imagen de la existencia humana, del destino incierto. La “posada” es la vida terrenal, de la que hay que rendir cuentas (“de pagar se tiene al hostelero”). La esperanza de un futuro mejor (“la gorja”, “el llano”, “el prado”) se posterga ante la inevitabilidad del presente: la “gruesa albarda” y el “duro ronzal” del deber inmediato.

Este poema es ejemplo perfecto de cómo en Martí un acontecimiento biográfico muy concreto suele ser el punto de arranque de una emoción que, en su imprevisible transcurso, va fecundando el intelecto para aportar soluciones luminosas a las cuestiones últimas. La fatiga del activista y del escritor se transforma en una meditación existencial sobre la libertad, el deber y la resignación. La “conciencia tan moderna” del desgarro y la fragmentación no desemboca en el nihilismo, sino en una actitud que “nos retrotrae a uno de los temas clásicos de nuestra literatura: el desengaño barroco”.6 Martí, como Quevedo, entiende que la vida es una posada transitoria y un yugo que debe cargarse con dignidad, mirando hacia una trascendencia que otorga sentido al sufrimiento. Los Versos libres son, así, el puente que conecta el Barroco español con la angustia vital del hombre moderno.

Versos sencillos representa la culminación del proyecto poético martiano: la búsqueda de una expresión tan depurada que logre comunicar lo universal a través de lo aparentemente simple y personal. Es la materialización de su famoso verso: “Cultivo una rosa blanca”. En esta colección, la tradición de la lírica popular y la canción se alían con una hondura filosófica y una modernidad temática –el yo, la sinceridad, la desilusión– para crear una obra de una perdurable frescura. El poema xx es un modelo de esta síntesis.

La forma es sencilla: octosílabos, rima asonante en los pares, estructura de romance; la tradición hecha música. Sin embargo, el contenido es de una modernidad desoladora. El poema aborda la volatilidad del amor y la naturaleza contradictoria de la mujer amada, sintetizada en la figura arquetípica de “Eva”. La repetición del nombre –“Eva es rubia, falsa es Eva”– y el quiasmo final –“Eva me ha sido traidora/ Eva me consolará”–revelan la esencia del conflicto: la fuente del dolor es también la fuente de consolación.

Esta “Eva” no es un personaje concreto, sino un símbolo de lo femenino y, en un sentido más amplio, de la experiencia amorosa misma, que es tan etérea e inasible como el aire y las nubes. El poema captura un instante de dolorosa lucidez: la comprensión de la infidelidad o el engaño. Pero no se queda en la queja. La última línea introduce una profunda ambigüedad moderna. ¿En realidad lo consolará Eva? ¿O es esta una esperanza ingenua, una trampa que el yo lírico se tiende a sí mismo para poder seguir viviendo? Esta apertura a la interpretación, esta captación de la sicología humana en su complejidad, es un rasgo contemporáneo.

En Martí la poesía, afirma Carlos Javier Morales, “ha de tener fundamento real, pero a la vez no ha de quedarse en el rimar flojo y lastimero del sufrimiento propio”.7 Este poema lo logra: parte de una emoción personalísima (la traición) y, mediante símbolos universales (Eva, la nube) y una forma tradicional, la eleva a una reflexión sobre la naturaleza dual del amor y la esperanza. Es la “poética de la experiencia” en estado puro.

La poesía de José Martí es un territorio donde tradición y modernidad no luchan, sino que se fecundan. En Ismaelillo, la herencia literaria se transfigura mediante el filtro de un amor paterno que es a la vez concreto y cósmico. En Versos libres, la ruptura formal y la exploración de una conciencia desgarrada por el deber y la duda establecen un diálogo directo con la sensibilidad contemporánea, prefigurando las corrientes poéticas del siglo xx en español. Por último, en Versos sencillos, se alcanza la cima de su arte: la síntesis perfecta donde la forma tradicional y en apariencia simple se convierte en el vehículo de una hondura sicológica y filosófica que trasciende su época.

Como concluye Fina García Marruz,8 en los versos de Martí –en especial en los Versos libres– estaba “el comienzo de la poesía moderna en nuestra lengua”. Su obra demuestra que la verdadera modernidad no consiste en rechazar el pasado, sino en dialogar con él de manera crítica y creadora para encontrar una voz auténtica capaz de expresar las complejidades del alma humana en su tiempo y, como hemos visto, en todos los tiempos. Martí no fue solo un modernista. Fue, en esencia, un poeta moderno.

Referencias bibliográficas

De Armas, Emilio: “Génesis y alcance de los Versos libres”, Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, vol. 16, no. 1, pp. 1-12, 1991.

Morales, Carlos Javier: “Tradición y modernidad en los Versos libres de José Martí”, Edición digital a partir de Cuadernos Hispanoamericanos. Los Complementarios, núm. 15, pp. 43-59, 1995.

* Estudiante de Letras, Universidad de La Habana (4to. año).

1 En “Tradición y modernidad…”, p. 44.

2 Citado por Carlos Javier Morales, ibídem, p. 45.

3 En “Génesis y alcance…”, p. 1.

4 Ibídem, p. 10.

5 Ibídem, p. 2.

6 En “Tradición y modernidad…”, p. 53.

7 Ibídem, p. 45.

8 Citada por Carlos Javier Morales, ibídem, p. 44.