Raíces del pensamiento regional: el antillanismo
Por: MSc. José A. Bedia Pulido

En la segunda mitad del siglo diecinueve se vertebró en las Antillas hispanohablantes un pensamiento integrador, tendiente a emancipar a las últimas colonias españolas y garantizar su libertad: el antillanismo. Un ideal que reunió a lo más avanzado del independentismo regional, que elaboró una estrategia defensiva hemisférica y que en muchos aspectos se mantiene vigente, por lo que se rememora y esgrime ¿Pero cómo surgió? ¿A qué problemáticas respondía? Según el historiador dominicano Emilio Cordero Michel: “no nació en Puerto Rico con Betances y Hostos en 1868, ni con José Martí y Máximo Gómez, poco después, sino que brotó, casi cinco años antes, en enero de 1864, en la Isla de Santo Domingo, específicamente en República Dominicana […]. Esto es, que República Dominicana fue la cuna del antillanismo”.[1]

Corroborar esa afirmación obliga a un estudio contextual, así adentrarse en el entorno de la Guerra de Restauración (1863-1865), cuando la percepción de concertar acuerdos entre los insulares resultaba acertada, como vía de ganar fuerzas. No era una fórmula nueva, se había practicado con éxito en Sur América bajo el arquetipo de Simón Bolívar, un procedimiento que en las Antillas podía ser adecuado ante una metrópoli que se resistía a abandonar sus últimas colonias en el hemisferio occidental. Si bien las fronteras líquidas dificultaban la concertación de acuerdos y el movimiento de hombres, la idea federativa reunía fuerzas, se avenía a los propósitos emancipadores. Para vadear el inconveniente geográfico advertido, en sus inicios, el proyecto confederativo quisqueyano se limitó a la unión de República Dominicana con Haití, aprovechando el apoyo del presidente Fabré Nicholas Geffrarden a los restauradores, aunque luego incluyó a Cuba y Puerto Rico

Uno de los derroteros principales del antillanismo es su proyecto federativo, el cual creció en aquel contexto, el historiador boricua Félix Ojeda Reyes al respecto reconoce su existencia entre los hombres de la restauración, pero asimismo repara en un antillanismo neoyorkino, a partir de la labor del agente confidencial de Chile en Estados Unidos Benjamín Vicuña Mackenna, su trabajo en el periódico La Voz de América, “órgano político de las repúblicas hispano-americanas y de las Antillas españolas”,[2] y su apoyo a la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico. No es que el ideal confederativo no tuviese antecedentes,[3] pero indudablemente en los sesenta la idea tomó un gran vuelo, y con él la idea de alcanzar la independencia insular de forma articulada.

Los revolucionarios antillanos fundamentaron “un concreto plan de acción revolucionaria, a través del cual se pretende adicionar fuerzas locales menguadas en una unidad superior, capaz de terminar con el viejo imperialismo español, y detener el avance del nuevo que asoma por el norte”.[4] Las influencias inmediatas de esas ideas se encuentran en los retrocesos y amenazas a la soberanía del Caribe: la ocupación francesa de México, la española de República Dominicana, la renuncia a la autonomía por parte de la élite jamaiquina ante la rebelión de Morant Bay. Entonces los próceres del área concibieron un plan de acción unida con el fin de adicionar fuerzas al independentismo insular. Se orientan a crear un pacto capaz de terminar con el colonialismo español y asimismo detener el avance norteamericano, tempranamente vaticinado por ellos.

La opinión inicialmente referida de Cordero Michel es respaldada por otros autores que también han subrayado en dicho origen la postura de Gregorio Luperón. Ejemplo de ello hallamos en el trabajo de Santiago Castro Ventura “Pensamiento y acción antillanista de Luperón”,[5] texto que analiza la acción del prócer en el contexto de los levantamientos de las islas españolas del Caribe, de lo que inauguró: “La jornada anticolonialista [que] se constituyó en cenit, sus protagonistas actuaron en consonancia con la gran responsabilidad histórica que les correspondía. Luperón, de sus principales adalides, pasó a ocupar la supremacía de su significado político a finales de 1865, fue el único general que se opuso militarmente al regreso al poder del anexionista confeso Buenaventura Báez”.[6]

Al subrayar el enfrentamiento de Luperón a Báez, Castro Ventura refleja una importante arista del antillanismo, el antianexionismo, al tiempo da cuenta del valor adquirido por las islas con la independencia, el impacto de la solidaridad que se gestó a partir del auxilio haitiano a Francisco de Miranda y Bolívar. Un rol que se incrementó durante la desbandada del colonialismo español de tierra firme, cuando la metrópoli buscó refugio en Cuba y Puerto Rico y trocó sus últimas colonias en enclaves estratégicos para ensayar operativos de recuperación de sus otrora dominios. Al mismo tiempo la cita revela el tiento del prócer cuando valora la importancia de la libertad insular ante el expansionismo norteamericano, acrecentado tras el fin de la Guerra de Secesión.

La historia de República Dominicana favorece su disposición antillanista precursora, difiere un tanto del resto de las islas españolas por su relación con Haití. Ese contacto propició su independencia mucho antes que el de Cuba y Puerto Rico, islas que luego, con el proceso restaurador se sumaron al antillanismo; tránsito que ocurrió de manera singular: en Borinquen dio pie al traslado de batallones de milicias para combatir a los dominicanos y con ello a una fuerte oposición que pronto hizo circular por la isla de un manifiesto refiere: “¿Hasta cuándo permitiremos que los déspotas de España se sigan aprovechando de nuestra inacción? Un regimiento de Voluntarios de Puerto Rico ha sido llevado a la fuerza a asesinar a sus hermanos de Santo Domingo; […] si nos llevan a la fuerza como ha sucedido con los otros, pasémonos al lado de nuestros hermanos de Santo Domingo”.[7]

El escrito antes aludido marca otro aspecto paradigmático del antillanismo: sumar para la lucha, algo que puntualiza como uno de sus cursos característicos Antonio S. Pedreira en Insularismo, ensayos de interpretación puertorriqueña. La proclama referida obligó a las autoridades coloniales de Puerto Rico a retraerse de enviar milicianos a la contienda, podía tornarse contraproducente. A Cuba mientras tanto se le ocultaban las muertes españolas en República Dominicana; la caldeada situación política de la mayor de las Antillas no era propicia para recibir esa información. Sirva referir para ilustrarla el opúsculo que Alejandro Angulo Guridi introducía entonces en Cuba, decía: “[los españoles] sacándolos en el trópico de la sombra de los cuarteles tienen que morir del calor y del cansancio. ¡Cubanos! ¡Cubanos! ¿Qué hacéis? ¿Qué pensáis?”[8] Sobre el escenario de Santo Domingo exhortaba a los cubanos a insurreccionarse.

El año 1865 fue convulso, se lucha la restauración en Santo Domingo, en New York se funda la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico, y en estas dos últimas islas la exasperada situación político-social conduce a la “salida” de la Junta de Información. Muy importante en la elaboración de las pautas del antillanismo resulta la labor de aquella sociedad cubano-puertorriqueña.[9] El historiador cubano Ramiro Guerra y Sánchez indica que ella tuvo el fin normativo de la independencia de Cuba y Puerto Rico. Por su parte el francés Paul Estrade señala que ella fue un laboratorio de ideas.[10] Con esos antecedentes podemos afirmar que los alzamientos de Lares y Yara tuvieron en la Guerra de Restauración un sendero.

Resultaba posible alcanzar la independenciade Cuba y Puerto Rico, una Carta de José Francisco Basora coordinador de la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico al general Gregorio Luperón al respecto señala: “me felicita Ud. por la insurrección de Puerto Rico. La independencia de mi Patria ha recibido su bautismo de sangre, y ya es seguro que se realizará, contando como contamos con la cooperación de Ud. y sus dignos compañeros. El triunfo es tan seguro como lo fue el de la Restauración de la República Dominicana, después de dar Uds. el primer pasó en el heroico Capotillo. Gracias, General, por su felicitación y por sus buenos deseos”.[11]

El antillanismo de Luperón,[12] otro texto de Cordero Michel, precisa que el origen de la concepción antillanista que esgrimió el general dominicano surgió de sus contactos con Ulises Espaillat, Pedro Bonó, Juan Antonio y Gaspar Polanco, Manuel Rodríguez Objio, y Matías Ramón Mella, todos hombres de la restauración. En su ensayo establece que entre aquellos próceres brotó un “antillanismo primario”, definido como pensamiento integrador pero al que le faltaban aún los pulimentos teóricos y la estructuración ideológica que luego le aportaron Betances, Hostos y Martí. Desde un inicio aquella idea se tradujo en hechos, como evidenció el amparo solidario que recibieron los insurrectos dominicanos del pueblo haitiano.

En la vocación antillanista de Luperón concurren dos aspectos que son tomados como esencia de esa concepción y que luego enarbolaron reiteradamente Betances, Hostos y Martí: combatir a España como potencia colonial, y enfrentarse a Estados Unidos quienes pretendían reemplazar la hegemonía peninsular en la región. Esos dos aspectos caracterizan al antillanismo, y si bien los vínculos del general dominicano con Betances le enriquecieron dichas ideas, la relación entre ellos aparece en la historiografía en el orden Luperón-Betances, no a la inversa, otro signo para que se tome al dominicano como precursor.

Un ejemplo de las relaciones entre estos libertadores la estampa el historiador Rufino Martínez, al atribuirle a Luperón la concepción de la bandera de Lares,[13] aunque autores como Lidio Cruz Monclava asignan a Betances el diseño.[14] Particularmente no opino de ese modo, la enseña no era lo cavilado por el boricua, de ahí su expresión: alcémonos y después cualquier trapo nos servirá de bandera. Así que no debemos descartar la posible sugerencia de Luperón al respecto, y por demás el pabellón de Lares es muy similar al dominicano: –una cruz blanca, con cuatro cuadriláteros de color azul los superiores y rojo los inferiores, con una estrella blanca en el centro del cuadrilátero superior izquierdo.

Un actor de aquellos acontecimientos, Manuel Rodríguez Objio, sitúa el inicio del antillanismo no en el 1865, sino tres años más tarde, en mayo del sesenta y ocho, lo hace acotando: “Luperón, héroe de la Independencia dominicana, no podía ser indiferente a la esclavitud de sus hermanos de Borinquen”.[15] Objio si bien no toma como punto de partida a la restauración, ni a la Junta Republicana si señala que Luperón era el precursor de esas ideas y que seguía de cerca los acontecimientos de Lares. Aspecto este último que confirma la correspondencia del general con José Francisco Basora. En el sesenta y ocho estalló en Cuba y Puerto Rico la lucha armada, entonces en República Dominicana se iniciaba el sexenio de Buenaventura Báez, quien se apresta a anexar la república a los Estados Unidos; momento en el que de igual forma Sylvain Salnave, presidente de Haití, se une a Báez en su política entreguista.

Entonces la isla danesa de Saint-Thomas se convierte en la base de Luperón y Betances para preparar un comité de apoyo antillano –representación constituida por Miguel Ventura, Juan Ramón Fiallo, Casimiro de Moya y Jacobo Pereyra–, demostración del crecimiento del antillanismo. En ese propio año el general quisqueyano emite una de sus primeras protestas públicas contra las transacciones insulares con los Estados Unidos, afirma que constituían: “un peligro para la independencia de la República Dominicana, al mismo tiempo que lo será también para la República de Haití; sobre todo, cuando estos dos Estados, que ocupan el territorio de la Isla de Santo Domingo, están llamados a garantizarse mutuamente en las eventualidades de su política internacional respectiva”.[16] Su censura pública denota que la libertad en nuestras latitudes no se circunscribe a un problema nacional, sino que tiene un carácter regional, elemento intrínseco del antillanismo.

Un ejemplo de la huella solidaria propuesta la hallamos en la correspondencia del general a Betances, así en 1870 precisa: “He tenido una larga entrevista con el Cónsul General de Inglaterra, y creo haber dado un gran paso a favor de la Revolución Cubana. La política inglesa, al mismo tiempo que por egoísmo es hostil a toda anexión, favorece a todas las emancipaciones”.[17] Se estima que el móvil de aquella entrevista era solicitar la censura inglesa ante las atrocidades de la “creciente de Valmaseda” en Cuba,[18] el antillanismo se traduce en solidaridad regional.

Por demás el héroe de Capotillo estaba insurreccionado contra toda tiranía, puntualizaba: “Mi objeto ha sido siempre el mismo […] prestar mi franco concurso a la libertad de Cuba y Puerto Rico, para satisfacer así mi ferviente anhelo de ver esas preciosas islas constituidas en cuerpo de nación, gobernándose por sí mismas”.[19]

Cualquier repaso bibliográfico obliga a estar de acuerdo con la opinión de la génesis del antillanismo en República Dominicana, y todo apunta que Luperón es el precursor de esas ideas pues las manifestó cuando Betances está elaborando sus primeros textos al respecto, en 1867, y Hostos aún espera hasta su rompimiento con las Cortes Españolas, en diciembre de 1868 –aunque tiene en su haber la Peregrinación de Bayoan de 1863, pero a ella, a diez años de su primera edición, autocrítico le readecua la introducción.

[1] Emilio Cordero Michel: “República Dominicana, cuna del antillanismo,” Clío: Órgano de la Academia Dominicana de la Historia, no. 71, enero-junio de 2003, p. 66.

[2] Carlos M. Rama, “La misión confidencial chilena en Estados Unidos y los independentistas antillanos,” en: La independencia de las Antillas y Ramón E. Betances, San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1980, p. 76.

[3] El antecente más antiguo en la propuesta en 1811 del cubano José Alvarez de Toledo al gobierno de EE. UU. para atajar una alegada iniciativa británica. Véase: “Proyecto de Confederación Antillana ideada para independizar a Cuba, Santo Domingo, y Puerto Rico y presentado a Monroe, Secretaría de Estado, 1813”, citado por Carlos M. Trelles y Govín en su “Discurso leído en la recepción pública, Academia de la Historia de Cuba,” 1926, p. 16.

[4] Carlos M. Rama: La independencia de las Antillas y Ramón Emeterio Betances, San Juan, ICP, 1980, p. 66

[5] Santiago Castro Ventura en “Pensamiento y acción antillanista de Luperón”, Conferencia pronunciada en el salón de actos de la Academia Dominicana de la Historia el 8 de septiembre de 2005.

[6] Santiago Castro Ventura, ibídem, p. 9.

[7] Reproducido por Antonio S. Pedreira: Insularismo, ensayos de interpretación puertorriqueña, Franklin & Co., Venezuela, 1942, 1992, p. 126.

[8] Emilio Rodríguez Demorizi, Antecedentes de la Anexión a España, Academia Dominicana de la Historia, Ciudad Trujillo, 1955, p. 369.

[9] Véase de Ramiro Guerra Sánchez, Manual de Historia de Cuba, Editorial, Pueblo y Educación, La Habana, 1985, p. 611.

[10]Paul Estrade: “La última guerra de independencia, desde la perspectiva antillana”, en: http://estudiosamericanosrevista, Centro de “Histoire des Antilles Hispaniques”, Universidad de París VIII, 1998.

[11] Carta de José Francisco Basora, coordinador de la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico, con sede en New York, al general Gregorio Luperón (octubre de 1868), en: Manuel Rodríguez Objio: “Gregorio Luperón e Historia de la Restauración”, Santiago, Editorial El Diario, República Dominicana, 1939, t. 2, p. 199 (nota 75).

[12] Emilio Cordero Michel. El antillanismo de Luperón. Ecos No. I. Santo Domingo, UASD, 1993, pp. 52-53.

[13] Rufino Martínez. Prólogo a Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos de Gregorio Luperón, Santiago, Editorial El Diario, 1939, t. 1, p. 1

[14] Lidio Cruz Monclava. Historia de Puerto Rico, San Juan, Editorial, Universitaria, 1958, t. 1, p. 591.

[15]Manuel Rodríguez Objio. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración. Santiago, República Dominicana, Editorial El Diario, 1939, t. 2 p. 134.

[16] Manuel Rodríguez Objio. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración. Santiago, República Dominicana, Editorial El Diario, 1939, T. II, p. 161.

[17] Manuel Rodríguez Objio. Ob. cit., p. 340.

[18] Emilio Cordero Michel. Ob. Cit., p. 57.

[19] Salvador Morales. Vida e Ideas de un Paladín de las Antillas. Anales del Caribe”, No. 2. La Habana, Casa de las Américas, 1982, pp. 281-282.