Privilegio de El Viajero
Por: Lic. Mayra Beatriz Martínez

Mayra_BeatrizJunto a sus textos periodísticos de gran envergadura —los más conocidos por parte de los lectores de su tiempo—, había coexistido una cierta proyección mucho más íntima y de cierta forma emparentada con áreas diferentes de su corpus, que lleva marca mayor de subjetividad y autobiografismo —semejante a los que pueden palparse en su poesía, su narrativa de ficción, y, naturalmente, en su correspondencia y sus anotaciones dispersas y fragmentos, que llegaron hasta nosotros sin ordenar. Es un espacio que da cuenta de una cercanía inminente con su práctica social y, por la persistencia con que acude a él, a lo largo de toda su vida, merece alcanzar adecuada atención. Incluye el registro de sus numerosas estancias breves y visitas a territorios americanos —al Caribe, Centro y Suramérica e, incluso, refiere su llegada primera a la Nueva York, que le diera abrigo por tantos años. Ha sido poco explorado por los estudiosos y resulta sólo parcialmente conocido por los lectores de hoy.

Está constituido, pues, por los que podrían considerarse diarios y memorias, algunas de sus crónicas, cartas y determinados cuadernillos con observaciones de camino, y ha sido preterido, quizás, porque buena parte de esos documentos permanecieron inéditos en su época y hasta inconclusos —los destinó mayormente a amigos o a su consumo personal. Y, como consecuencia, se olvidan sus posibles alcances ideo-estéticos —si exceptuamos, claro, la connotación adquirida por sus espléndidos diarios finales, no solo porque se avencindan con su trágico fin —circunstancia que siempre atrae a los lectores—, sino por sus indiscutibles excelencias literarias, que los colocan entre los documentos más trascendentes de su obra.

El propio autor, lamentablemente, contribuyó al relegamiento de esta narrativa, al no aludirla siquiera en su denominado “testamento literario” —misiva que dirigiera a Gonzalo de Quesada y Aróstegui el 1ro de abril de 1895. Apenas menciona la posibilidad de organizar, en un quinto tomo, sus “Libros sobre América”, donde no parece haber pretendido incluir semejante material tan coyuntural, diverso y mayormente privado. Más bien, debió considerarlo entre los que refiere cuando apunta: “Ni ordene los papeles, ni saque de ellos literatura; todo eso está muerto, y no hay aquí nada digno de publicación, en prosa ni en verso: son meras notas”.

A pesar de esa opinión terminante, ya en la primera edición de sus Obras completas, de 1944, a cargo de Gonzalo de Quesada y Miranda —hijo de Quesada y Aróstegui—, fueron incluidas el grueso de aquellas “meras notas”, parte de las cuales son, sin lugar a dudas, los textos que nos ocupan, lo que nos ha permitido no sólo disfrutarlos contemporáneamente, sino llegar a tomar conciencia clara de su valor: de su función dentro del corpus martiano.

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