Martí y el concepto de Caribe. Recorrido por algunas definiciones a la luz de nuestro tiempo.
Por: Maritza Collado.

El concepto de Caribe, en el sentido en que lo entendemos actualmente, en el sentido fundamental en que viene definido y reelaborado en nuestro imaginario, no es el mismo que se manejaba en el siglo XIX. De hecho, la invención del Caribe insular, en sustitución del concepto de “Antillas”, ha sido datada a partir de 1898; y más tarde aún, después de la Segunda Guerra Mundial, se consolidó la extensión del uso de la palabra Caribe, para denominar otras áreas de la América continental. En las líneas que siguen intento abordar el concepto de Caribe de José Martí desde una perspectiva decimonónica y la relación que guarda con el pensamiento caribeño que se desarrolló en el siglo XX.

En la palabra Caribe hay una carga simbólica, huella traumática de la experiencia colonial, de la cual no hemos sabido librarnos totalmente. Caribes es el gentilicio con que Cristóbal Colón identificó no sólo una etnia aborigen, sino también otros pueblos originarios con los que tuvo contacto, pues no poseía el Almirante un genuino interés por comprender las culturas a las que se estaba aproximando. Su deseo de demostrar que había descubierto una nueva ruta de navegación hacia el Oriente y el no encontrarse familiarizado con la fonética de las lenguas que escuchaba, no sólo le hicieron confundir la palabra “carib-, caribes” con “caniba” o “canima”, sino que pretendió hallar en estas una relación con el gentilicio“calibes”, un mítico pueblo antropófago de la tradición greco-latina. El barbarismo del Nuevo Mundo fue promovido en Europa desde que se hizo público El diario de navegación del primer viaje de Colón.

En prestigiosos diccionarios enciclopédicos del siglo XIX la palabra “caribe” aparece estrechamente ligada a la antropofagia, a la crueldad y a todo tipo de perversiones. Desde comienzos del siglo XVII, entre los ingleses ‒y también entre los colonos angloparlantes de la Indias Occidentales‒ ya se utilizaba la nombre de Caribby [o Caribbee] Islands para denominar las Antillas Menores,y por extensión comenzó a llamarse Caribbean Sea el mar que rodeaba dichas islas. No obstante, el término Caribby no llegó a consolidarse durante la experiencia decimonónica y se mantuvo a la sombra de la abarcadora expresión West Indies; mientras que en español y en francésdominó el término procedente de aquella etimología mitológica de la Antilia o la isla perdida, que tanto entusiasmó durante la época de la conquista y de la cual resultaron las Antillas o les Antilles, topónimos arraigados en dichas lenguas para nombrar las islas que hoy conocemos por caribeñas.

Analizado este panorama lingüístico, no se hace raro que dentro del total de textos quehasta el momento componen las Obras completas de José Martí, tan sólo en 9 de ellos puedan constatarse palabras compuestas con la raíz “carib-”, en todos los casos para referirse al pueblo caribe. Resulta interesante lo que puede dilucidarse de la manera en que Martí emplea este gentilicio, pero de eso hablaré más adelante.

Cuatro definiciones de Caribe reducen o extienden el terreno de los estudios culturales caribeños. La primera de estas procede de la propuesta de identificación de un Caribe insular y se desarrolló al finalizar la guerra hispano-cubana, cuando Estados Unidos decidió agrupar bajo su dominio las islas que funcionaban como barrera geográfica a su expansión por América. No fueron la ascendencia de los caribes y la insularidad los únicos criterios que sustentaban este concepto, pues en su definición se enfatizaba el pasado común de la plantación azucarera y la esclavitud.¿Acaso un pasado esclavo es motivo suficiente para sostener una unidad verdadera? Este pensamiento muestra uno de los rasgosmás peligrosos de la mentalidad poscolonial: el tratar de defender su identidad desde el dolor por las violencias sufridas. Las bases que fundamentan esta idea del Caribe, fueron construidas desde dentro, es decir, con elementos propios de procesos histórico-sociales de las zonas geográficas comprendidas, pero proyectadas desde fuera, desde el interés político de un ente externo que trató de homogeneizar en una sola palabra la diversidad ajena.

Ante estos presupuestos hay que decir que la antillanidad en Martí ‒que podría ser la equivalencia más cercana a la noción de un“Caribe” insular‒ parte de un criterio bien diferente. Para él, la agrupación de las Antillas no se basa en la victimización, sino en la superación del trauma colonial, en el deber más que en el derecho: en el deber de salvaguardar la libertad de lo que el Apóstol llamó Nuestra América y que, por ende, resulta la antítesis de cuanto se intenta lograr con la invención caribeña.En la carta que escribió Martí a su amigo Manuel Mercado, el día antes de su caída en Dos Ríos, presentaba las islas del Caribe como un muro de contención frente el expansionismo estadounidense:“(…) ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber ‒puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo‒ de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.”[1]

A través de este archiconocido fragmento se evidencia que el antillanismo martiano era necesariamente antimperialista, deslindado de todo sema aislante que pudiera estar presente en la noción de antillanidad, sujeto al destino nuestroamericano. Lo que hermana las Antillas, para el Maestro, no es una etnia aborigen ni el pasado común en la esclavitud, ni siquiera el haber sido dependencias europeas, sino lo futuro: el rechazo a la opresión y la unión por defender nuestra soberanía.

Hay un segundo Caribe que se delimita por razones geopolíticas, y que surge partir de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de la Región Caribe que incluye las Antillas Mayores y Menores junto a Centroamérica hasta Panamá. Este es el que generalmente utilizan la historiografía y los estudiosculturales relacionados con Estados Unidos, sobre todo en los territorios en que ocurrieron las intervenciones de dicha potencia. Esta delimitación del Caribe tampoco se corresponde con intereses propios del territorio en cuestión. La postura de súbditos es nuevamente el lazo de unión para este criterio de delimitación del Caribe. ¿Podría resultar sano para la autoestima de una “región” que el nexo entre sus componentes sea la impotencia ante los maltratos de una poderosa nación extranjera? Ese no era el tipo de autoestima que quería Martí para su América; por el contrario, una América libre no podía seguir actuando con una mentalidad esclava, bajo el signo de la experiencia colonial. Debía dar un salto a un republicanismo ejemplar “con todos y para el bien de todos”, que participara en el mundo y al mundo entregara su mejor obra.

No sería hasta el último cuarto del siglo XX en que un tercer concepto de Caribe ampliaría el alcance de su territorio a la de Cuenca Caribe. Tal criterio que surgió a finales de la década de los setenta, extendía los límites de la región hasta las costas de Venezuela y parte de Colombia y México, sin que en él se incluyeran, sin embargo, todos los países de la Cuenca. Aunque desde el punto de vista político y económico esta nueva estructuración del Caribe resultaba favorable para sus miembros, hay que decir que la iniciativa de esta propuesta la hizo pública Ronald Reagan en 1983 y ya venía gestándose desde 1950, año en que la Universidad de Florida comenzó a organizar conferencias anuales sobre el Caribe e incluyó a México, Colombia y Venezuela. Pero cuando llegó el momento de poner en práctica el proyecto, Cuba ya estaba fuera de su alcance político y, por ello,se decidió excluirla del grupo que conformaba la “Cuenca del Caribe”. Esta vez la independencia de la mayor de las Antillas frustró la propuesta imperialista de delimitación del Caribe, al punto que la exclusión de Cuba resultó imposible. Del mismo modo, el concepto de Cuenca del Caribe no prosperó y en 1994 pasó a llamarse Gran Caribe, declarándose caribeños todos los países de la Cuenca. Este nuevo Caribe, que no ha resuelto todavía muy bien sus contradicciones, es, sin embargo, piedra en el zapato de Estados Unidos, o, mejor dicho, en la bota del “gigante de las siete leguas”.

No quiero dejar de mencionar la proposición de un Caribe cultural (o Afro- Central) que no se corresponde a plenitud con las fronteras políticas, sino que se define a partir de la propuesta de Charles Wagley de estudiar las Américas teniendo en cuenta las esferas culturales (cultural spheres), que él mismo definió, a saber: Indo-América, Euro-América y Afro-América (o la América de las plantaciones), siendo este último el más atendido con el boom de los estudios afrocaribeños. También de esta teoría cultural se derivan otras zonas de investigación, como la lingüística,que reclama la atención de estudios relativos a la existencia de un Caribe anglófono y un Caribe francófono, frente al hispánico, que ha recibido más atención en el terreno de los estudios teórico-literarios. Este tipo de diferenciación, si bien puede auxiliar la expresión de algunos conceptos culturales, también puede poner en crisis la identidad común y la unidad de sus elementos.

En vida de Martí, ninguno de estos conceptos de Caribe estaban completamente esbozados; aun así no debe perderse de vista la incompatibilidad entre el pensamiento martiano y los argumentos que fundamentan la invención caribeña. Sin embargo, no hemos evaluado aún la premisa que da origen a este proyecto regional: el predominio del pueblo de los caribes en el área geográfica en cuestión y, por supuesto, la leyenda que los circunda. Es aquí donde el asunto se vuelve más interesante, porque si se tiene en cuanta la inmensidad de la obra martiana, resultan pocos los textos en que Martí menciona a los caribes, y por lo general, cuando lo hace, evoca su propia experiencia en Guatemala, con aquellos descendientes de caribes y africanos llamados por aquel entonces “negros caribes”. Algunas notas en sus cuadernos de apuntes demuestran que conocía sobre el léxico “caribe” y que podía identificar diversos dialectos: “De la caribe venían los dialectos guayana, palenca, guirí, guayquirí, mapuy y cumanagota”.[2] Por otra parte, en la descripción de su paso por “Livingston”[3] encontramos otras apreciaciones  muy interesantes sobre el ingenio lingüístico de este pueblo y la singularidad de su idioma, incluso, del lenguaje no verbal:

“(…) hablan su caribe primitivo, su dialecto puro: ellos no lo han mezclado, como en México, con palabras españolas para las innovaciones españolas. O han inventado sus palabras, o las tenían, lo que acusa natural riqueza. Y ¡qué manera de hablar! Una vez admiró el viajero la rápida palabra de los vascos: ahora ve que esta le es muy superior. Son locuaces con la lengua, con los ojos, con las caderas, con las manos.”[4]

Pero no se dedica exclusivamente al elogio de sus capacidades intelectivas. En el texto ya citado encontramos la exaltación de valores arraigados a la cultura caribe, como la solidaridad y la civilidad que no se corresponden con el mito del pueblo caníbal: “En Livingston el pueblo no permite que un hombre solo haga su casa: todos le ayudan, sea cualquiera la época del año”[5].Otra nota en sus Cuadernos de apuntes señala una semejanza entre las costumbres de los caribes y las de otros pueblos “civilizados” de Occidente:

“Que los antiguos corsos, según Diodoro de Sicilia, cuidan del padre, en vez de la parturienta; y los iberos, según Strabon; y hoy los vascos, y otros muchos pueblos, según Lübbock, «On the Origin of Civilisation and the Primitive Condition of Man»;Taylor, «Early History of Mankind». Pross, «Das Kind in BrauchundSitte der Völker».- como los indios caribes, y ciertas tribus de la Guayana”[6].

En otro fragmento encontramos un Martí identificado con los caribes y su lado más “salvaje”, un salvajismo que no es tal, sino la atracción innata del hombre por la naturaleza. Podemos leer en unas anotaciones de viaje escritas a Fermín Valdez: “De manera que, sin haberlo pensado, me encontré yo con que anhelaba gallardas aventuras, misteriosos encuentros, noches de oro y de abismo, sorpresas de fieras, todo lo que promete, en suma, a una imaginación enamorada de lo heroico un viaje de ocho días a través de ríos, selvas y montañas tropicales. Traía yo el espíritu celoso de la actividad de los caribes.”[7]

Un artículo para La América titulado Libros de hispano-americanos, y ligeras consideraciones”[8] revela el rechazo de Martí por las acusaciones mal fundamentadas sobre el barbarismo de esta etnia aborigen, pues coincide plenamente con cuanto escribió el cubano Juan Ignacio de Armas en su libro Fábula de los caribes, el cual desmiente la leyenda de los caníbales tropicales. Mientras que en reseña titulada “Guatemala, la tierra del quetza lpor William T. Brigham”,[9] elogia a su autor por la cualidad de “juzgar los países con arreglo a sus elementos e historia, y no a los cánones de la raza del crítico”, es decir, por la defensa que hace Brigham de los “pulcros negros caribes” y por su escepticismo ante las acusaciones de barbarie contra la etnia caribe.

Dado que para Martí “caribe” es un pueblo y no una región, y las connotaciones de ese gentilicio están cargadas de nobleza y no de toda la crueldad con que nuestros aborígenes fueron incriminados para justificar su opresión, no podría menos que contrastar el pensamiento martiano con cualquiera de los conceptos de Caribe presentados antes. La correspondencia más cercana a la idea insular del Caribe es, probablemente, la noción de Antillas, que no es para Martí una fragmentación o cercenamiento de nuestra América, sino su escudo geográfico, es decir, precisamente lo opuesto a la regionalización con que se intenta dividir los intereses de los nuestroamericanos.

Por todo lo anteriormente expuesto, resulta lógico queno hallemos en la obra del Maestro esa centralidad hiperdimensionada del aspecto geocultural que fundamenta formalmente la invención caribeña, cuyo cimiento en el mito antropofágico deja en evidencia el desprecio desde el cual se construye la identidad caribeña.

 

[1]José Martí: Obras Completas.  Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1991,t. 20, p. 161

[2]José Martí: Obras Completas.  Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1992, t. 21. p. 324

[3] José Martí: Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2002, t. 5, pp.47-50

[4]Ídem. p.48

[5]Ídem. 47-48

[6]José Martí: Obras Completas.  Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1992, t.21, p.380

[7] José Martí: “Diario de Izabal a Zacapa”. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2002, t. 5,  p. 53

[8]José Martí: Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2018, t.19, p. 288

[9]José Martí: Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2018, t. 28, pp. 34-44