Entre la reducida lista de los libros de la biblioteca de José Martí que aún se conservan –porque es obvio que debieron ser muchos más– llama la atención para nuestro tema el título Études et Portraits (1889), de Paul Bourget, que recoge trabajos suyos de diferentes épocas, publicados anteriormente en diferentes publicaciones periódicas francesas. Allí aplica su célebre método de análisis sicológico, de corte realista y sociológico, influido por Balzac y Sthendal. Uno de los ensayos del primer tomo se titula “Science et poèsie”[1] y está escrito en forma de diálogo entre dos personajes de diversas y polares filiaciones ideológicas: el marqués Norbert de N., que practica las Ciencias Naturales y el señor Pierre V., que es un temperamento ultrasensible que se dedica a la poesía y la metafísica. Ambos se entregan a una disquisición sobre la legitimidad o no de la poesía en el mundo moderno. El punto de vista es francamente pesimista y un nihilismo desconsolado atraviesa la reflexión de ambos personajes. Martí subraya en la página l93: “…avec de la conversation et de la lecture on se console de tout, même de vivre…”, destacando con su agudeza habitual la proposición más sabia quizás de todo este texto errático por los puntos de vista extremos de los que dialogan.[2]
Frente a las posiciones que delatan el miedo y la incomprensión de lo nuevo, la estrechez de miras incapaz de una síntesis superior, Martí procesa el tema, como se puede inferir por algunos apuntes y fragmentos, elaborando una posición sintética y elevada, con su típica visión optimista siempre encaminada a establecer una continuidad entre tradición y modernidad. En unos escuetos apuntes, encabezados con el acápite “Ciencia y poesía”, donde alude posiblemente a momentos en que ambas esferas del conocimiento se interrelacionan, cita a Huxley: “En el hombre de genio, el espíritu científico toma la forma de sistema filosófico o teológico, o poesía, que sugiere más que afirma”. Por esta cita, Martí parece colocar a la ciencia como una especie de saber primero –cierta facultad humana inicial– que puede tomar formas de conocimiento que incluyen a la poesía. Y es mucho más explícito cuando escribe un largo párrafo que aparece entre sus fragmentos y del que solo cito el comienzo:
Fundar la Literatura en la ciencia. Lo que no quiere decir introducir el estilo y el lenguaje científicos en la Literatura, que es una forma de la verdad distinta de la ciencia, sino comparar, imaginar, aludir y deducir de modo que lo que se escriba permanezca, por estar en acuerdo con los hechos constantes y reales.[3]
Junto a los temas filológicos y de historia de las religiones, caros al Parnaso, este también era un tópico del cenáculo. Dentro de este mismo título de Bourget y en el mismo apartado II, aparece el artículo “L’esthétique du Parnasse” (pp. 229-244), donde considera a estos creadores como renovadores del romanticismo y alude al naturalismo en su afán de aplicar a la imaginación los procedimientos de la ciencia. Sin embargo, se remonta a Victor Hugo y a su verso “car le mot, qu’on le sache, est un être vivant”,[4] para formular esta estética de la sonoridad de los términos como la propia de una poesía que buscaba modificar las palabras de acuerdo con su posición, al igual que los colores sobre un lienzo.
En esta década del ochenta sale también otro texto clásico que hace la historia de los parnasianos, pero desde dentro: La Légende du Parnasse Contemporain, de Catulle Mendés.[5] No hay referencias de Martí a este título en su obra. Mendés también ve, como Bourget y como Calmettes, la diversidad de creadores con que contó el Parnaso y también cree con Bourget que podría llamárselos románticos. Tiene, por supuesto, una visión muy personal de su grupo, por ser uno de los protagonistas más notables. Siempre se consideró parnasiano, pero reivindicaba el papel de la pasión y el sentimiento en poesía, aunque ponía en primer lugar la elaboración formal. Será el maestro de Coppée, autor al que Martí prestará una detenida atención.
De cualquier modo, en sus días Martí meditó sobre las tesis parnasianas largamente, como meditó sobre el positivismo y el naturalismo, y en todos encontró el mérito de luchar contra lo que llamaba “el falso ideal”, que no son más que la suma de conocimientos prehechos por la tradición –lo que tal vez hoy llamaríamos el canon esclerosado–, y los viejos moldes, y alabó la capacidad de análisis de los hechos de una manera natural y directa, pero negó categóricamente la estrechez y el falso objetivismo que restaban al ejercicio de la mente el salto creador e imprescindible de la imaginación, así como la capacidad afirmativa de lo futuro y la condición perfectible de lo humano. En uno de sus juicios maduros sobre Comte, afirma, enlazándolo con la historia del pensamiento en Cuba: “Murió Comte, el ordenador positivista, y el cubano Poey es quien guía, por el vigor de su análisis claro, la escuela que solo pecó, en la pelea justa contra el falso ideal, por su negación inmoral de la existencia mejorable y permanente”.[6]
Siempre hemos de caer en la dimensión ética del pensamiento martiano, cuyo registro es la medida última de todos sus juicios de valor. Con el campo de las nociones estéticas parnasianas procederá realizando deslindes del mismo tipo, que como hemos visto, va produciendo el asedio crítico de lo que para el pensador y el poeta es o no legítimo. Tan necesaria le parecía a Martí esta reflexión sobre las estéticas de su tiempo, en función de la renovación de la lengua y la literatura en Hispanoamérica, que entre sus apuntes quedan los proyectos de algunos libros sobre poetas: “Un estudio: Poetas gráficos. Leconte, Horacio, Gautier, los franceses.–Contra poetas verbosos”.[7] Y otros dos proyectos:
Mi libro Los poetas rebeldes. Oscar Wilde, –Giusseppe Carducci, –Guerra Junqueiro, –Walt Whitman.
Pudiera seguirle otro: Rossetti, Coppée. –Banville, Mendés, Aicard, Duport. –Lames, Stoddard. –Amicis. –Guimarâes. Los poetas nuevos.[8]
En el primer caso, Poetas gráficos, donde al parecer Horacio se presenta como antecedente clásico, según José Martí, encontramos a Gautier y Leconte, en esa línea “gráfica” que nombra muy bien ese universo de nociones parnasianas y artepuristas cuyo trabajo con el lenguaje, con los elementos gráficos del poema (color, textura, composición), es el tema central, como es obvio, en un libro que califica con ese término a los autores que lo conforman. En esa misma línea esteticista se coloca otro de sus proyectos, Los poetas nuevos, para estudiar a los que por esos mismos años hacían ruido en los círculos de poetas a nivel mundial y que llegaban a Martí seguramente a través de la prensa periódica, las revistas y las antologías.
Dos cosas curiosas y que manifiestan la amplitud del pensamiento estético y poético martiano me sorprenden en los dos proyectos. Tanto en Los poetas nuevos como en Los poetas rebeldes –el tercer proyecto–, se rebasan los marcos nacionales, y los modelos franceses, paradigmáticos para la época, son mezclados en el primer esquema con legítima visión intercultural con otros grandes de la poesía de la época y otros no tan grandes, que serán decantados con el tiempo. En el segundo caso no incluye franceses.
El otro aspecto significativo es el criterio de distinción de los dos títulos. Mientras uno está regido por la necesidad de estudiar “lo nuevo” y engloba una pluralidad de tendencias, el otro libro se nombra Los poetas rebeldes, y son calificados así Wilde, Carducci, Guerra Junqueiro y Walt Whitman, poetas que emprenden trabajos de renovación profunda dentro de sus literaturas nacionales, colocándose en todos estos casos dentro de la gestión fundadora de las escrituras de la modernidad. Martí debió sentirse entre sus pares cuando se propuso escribir este libro que se quedó en su leve y primer esbozo.
[1] En Etudes et Portraits, t. 1, Alphonse Lemerre, Editeur, Paris, 1889, pp. 187-228.
[2] José Martí, O.C., t. 21, p. 255.
[3] Martí, José, O.C., t. 22, p. 141 [La cursiva es de José Martí].
[4] Esta cita que hace Bourget en su artículo pertenece al célebre poema “Suite. 3 de noviembre de 1854”. En Victor Hugo, Les Contemplations. Introduction et commentaires de Jean Gaudon, Le Livre de Poche, Paris, 1972, p. 21.
[5] Catulle Mendés, La Légende du Parnasse Contemporain, A. Brancart, Bruxelles, 1884.
[6] José Martí, O.C., t. 5, p. 437.
[7] Ibídem, t. 22, p. 74.
[8] Ibídem, t. l8, p. 283.