Martí en las rutas dominicanas: el apoyo masónico (I)
Por: Lic. Mayra Beatriz Martínez Díaz

Mayra_BeatrizTuve la oportunidad de visitar la República Dominicana —muy recientemente y de una manera fugaz; por solo dos semanas—, con el propósito de iniciar el esclarecimiento de algunos aspectos de las tres estancias de José Martí en ese país —1892, 1893 y 1895—; de entrevistarme con sus investigadores actuales del tema, consultar el Archivo General de la Nación en la ciudad de Santo Domingo y repetir los recorridos martianos decimonónicos muy rápidamente, en busca de entornos que permanecen y rescatar sus imágenes, y conocer, de primera mano, parte de lo conservado por la memoria oral.

Todo estuvo precedido por una lectura de textos “clásicos” sobre el tema —como los de Rodríguez Demorizi; algunos testimonios de quienes convivieron con Martí allá, por aquel entonces, como los de Federico Henríquez y Carvajal o Federico García Godoy; un número de estudios contemporáneos de especialistas dominicanos, tal cual los de Jesús Méndez Jiminián u Olga Lobetty; y de algunos de autores cubanos, los cuales, de algún modo, han tratado el tópico; básicamente, la Cronología martiana de Ibrahim Hidalgo y el Atlas Martiano en sus dos ediciones.

Desde luego, el punto de partida habían sido los propios documentos martianos, concebidos durante sus estancias o que hicieran referencias a ellas; cartas, textos diversos aparecidos en Patria y, sobre todo, una buena cantidad de páginas de sus Diarios de campaña finales, las cuales constituyen, a mi juicio, el registro más críptico de su saga viajera —a pesar de su aparente sencillez, a pesar de su aspecto inocente de crónica de despreocupado peregrino.

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