Martí en debates actuales de la cultura cubana
Por: Mario Valdés Navia

En el vasto caudal de la cultura cubana –entendida como producción de contenidos simbólicos, portadores de sentido y significación− la vida y obra de José Martí ocupa un lugar central. Desde su contemporaneidad, ha estado presente en lo más genuino y trascendente de cuanto se ha hecho por Cuba. Unido a su universalmente reconocida producción literaria, el Apóstol ha trascendido por ser un hombre de su tiempo, capaz de proyectarse hacia todos los tiempos.
La vigencia martiana radica tanto en sus aportes esenciales a la cultura cubana, como a las interrogantes que abrió, a los nuevos horizontes y caminos que apenas pudo mostrar o esbozar para las futuras generaciones. Su vida y obra constituyen una vindicación de Cuba, no como una colectividad excluyente, sino como la porción de la Humanidad donde nos ha tocado vivir.
Hoy, cuando tanto se debate sobre el lugar de lo local y lo universal, es útil recordar que Martí los fundió indisolublemente, tanto en su poesía y ensayos, como en los más caros objetivos de su obra política. De ahí su metáfora de la Isla erguida como el fiel de la balanza, capaz de sostener el equilibrio planetario. Cuba, en el crucero del mundo, convertida en república “con todos y para el bien de todos”, sería la base de un nuevo orden mundial, más justo, moderno y natural.
Su enfrentamiento a los pensadores americanos “exóticos”, siervos de los mimetismos extranjerizantes e incapaces de crear, nos acompaña en las pugnas que hoy se libran en los escenarios más diversos, desde las tribunas internacionales y las revistas científicas, hasta las redes sociales. Martí nos convocó a desembarazarnos de lo más peligroso que Europa nos trajo: “el hábito servil de creencia”, impuesto durante siglos mediante la religión, política, economía y arte. Frente a ello aconsejaba el “hábito noble de examen” pues “el dogma, que vive de autoridad, muere de crítica”.
Para Martí la herencia más nefasta de la colonia no era económica o social, sino cultural e ideológica; de espíritu, no de forma; de ahí que postulara: “La política no es la ciencia de las formas, aunque sea esto en mucho; sino el arte de fundir en actividad pacífica los elementos, heterogéneos u hostiles, de la nación: y lo primero es conocer al dedillo estos elementos, para no intentar nada que haya de chocar contra ellos”. Su comprensión de la “política natural” partía de la consideración de lo original y autóctono de cada pueblo, en correspondencia con su cultura (naturaleza, historia, tradiciones).
Dicho principio está presente hoy en los debates sobre el presente y futuro de Cuba donde sigue actuante su certeza de que:
La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él.
Por ser Martí un hombre del último cuarto del siglo XIX no es lícito incluirlo entre los propugnadores de los nuevos paradigmas arraigados en las problemáticas de la humanidad actual (complejidad, holismo ambiental, bioética). No obstante, en su época grandes cambios científico-técnicos abrían paso a una transformación profunda del proceso productivo: la Segunda Revolución Industrial, basada en el empleo de la energía eléctrica.
En ese período, se iniciaron los cuestionamientos al enfoque racionalista como única verdad, elaborada y monopolizada por la civilización occidental. Al unísono, la ciencia dejó de ser, en lo esencial, una actividad académica y conquistó definitivamente un papel dominante en la industria. Su desarrollo se hizo entonces mucho más dinámico y complejo, y se abrió un debate sobre su rol en la sociedad en el que participaron historiadores, filósofos, sociólogos y científicos naturalistas.
En ese contexto, la ciencia y la tecnología no escaparon al escrutinio de José Martí quien, a partir de su formación esencialmente humanística y revolucionaria visión política, analizó con interés los adelantos científicos de la época en los Estados Unidos y llegó a converturse en uno de los más completos divulgadores de los avances de la ciencia y la técnica de su época. Desde un ideal humanista emancipador, Martí comprende que: “Ciencia y libertad son llaves maestras que han abierto las puertas por donde entran los hombres a torrente, enamorados del mundo venidero.” Su visión integradora nos advierte sobre el valor práctico y humanista de la ciencia y la unidad indisoluble entre ciencia y conciencia, sentimiento y razón, conocimiento y práctica, de manera tal que el progreso venga acompañado de mayor humanismo y justicia social.
Otro de sus legados más importantes radica en lo que Hart denominara su “cultura de hacer política”, que impregnara de una ética elevada toda su acción revolucionaria. La muerte prematura le impidió plasmar su pensamiento ético-jurídico en un ordenamiento ético-legal que influyera en el mejoramiento de las condiciones de vida espiritual y material del pueblo en la república cubana.
Esta tarea se encuentra hoy al orden del día entre las necesarias transformaciones en nuestros modos de pensar y hacer. Para construir un verdadero “Estado socialista de derecho”, es imprescindible plasmar en la cultura jurídica el nuevo modelo socialista cubano, multisectorial, participativo y descentralizado. Hacer realidad el aserto martiano de que: “En los pueblos libres, el derecho ha de ser claro. En los pueblos dueños de sí mismos, el derecho ha de ser popular”, de forma tal que se desarrolle la aún deprimida cultura jurídica de la población cubana.
En las circunstancias actuales, la dialéctica entre modernidad y tradición es un tema de debate permanente. Ya Martí las había fundido en su época, sin que el pasado significara para él compromiso de repetición. Al decir de Medardo Vitier, quien llamara la atención sobre este tema:
Los problemas cambian. Lo que persiste es por una parte, el nexo espiritual que conduce a la gratitud, y por otra, la actitud de los antepasados. La actitud de elevación y de honradez no envejecen, aunque los problemas sean diferentes. Eso es lo que sintió Martí, y -lo reitero- no sólo se valió de esa fuerza sino que fijó para la posteridad el valor social de la tradición. Mientras más original es un guiador -sea en el pensamiento o en la acción- más se atiene a las formas superiores de lo humano, si los halla en sus antecesores. Originalidad no es desvinculación; no lo es, si bien se mira, ni aún en las direcciones más excéntricas del arte.
Medardo también insistió en el criterio martiano sobre la inserción de los valores en la cultura y la concepción de esta última como resultado social, lo cual se plasma en la relación política-ética-estética y sus mediaciones. A los niños de América, Martí les enseña que: “Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe; ser útil.”
De esta forma, Martí postula una cultura de los valores muy necesaria en el perfeccionamiento actual de la sociedad cubana, donde la axiología se manifieste en la conducta ciudadana y se integre lo ético con lo estético. Virtudes como el cumplimiento del deber, patriotismo, solidaridad y justicia se expresan martianamente en categorías como lo bello, agradable, gustoso y amoroso, propias de la sensibilidad humana. Hasta las expresiones políticas más extremas, como la guerra necesaria, si se fundamentan en la cultura, resultan bellas, despiertan admiración y placer estético.
No debemos olvidar hoy que, como bien apuntara Lino Novás Calvo: “Podemos, y debemos, pues, volver a Martí –al Martí hombre, no al Martí mito– en busca de aliento, inspiración y ejemplo de conducta. No podemos pedirle tácticas ni objetivos concretos. Estos, como él en su tiempo, tenemos que buscarlos por propia cuenta, y a la vista de nuestros problemas diferentes, con nuevos estilos.”
Para eso es imprescindible afanarnos en crear mujeres y hombres críticos y honestos, capaces de pensar con cabeza propia, de crear y correr riesgos. Al respecto, postulaba Martí:
Un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas: no tiene el derecho de ser respetado hasta que no tenga la conciencia de ser regente: edúquense en los hombres los conceptos de independencia y propia dignidad: es el organismo humano compendio del organismo nacional: así no habrá luego menester estimulo para la defensa de la dignidad y de la independencia de la patria.

Mientras los dominadores y soberbios intentan desacreditar, y/o manipular a Martí, con el fin de destruir su verdadero legado radical y subversivo; es nuestro deber revelar las esencias de su pensamiento tal y cómo es, repensarlo constantemente y aplicarlo a las tareas actuales, como fuente cultural inagotable de nuestras acciones por el bien de Cuba.