La propuesta independentista martiana: Un análisis textual de su visión revolucionaria y democrática
Por: María Fernanda Betancourt González*

La figura de José Martí trasciende el ámbito literario para erigirse como el arquitecto intelectual y moral de la independencia cubana. Su pensamiento, plasmado en los documentos fundacionales del Partido Revolucionario Cubano (PRC), constituye un proyecto político integral que va más allá de la mera separación de España. A través de un análisis textual del manifiesto programático “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” y sus Bases y Estatutos, se puede valorar una propuesta independentista sofisticada, cimentada en la unidad, la democracia radical, la justicia social y una clara conciencia antimperialista. Este ensayo explorará estos pilares, demostrando cómo la textualidad martiana delineó no solo una guerra necesaria, sino los cimientos de una república futura.

El objetivo primordial del PRC, según su artículo 1, es “lograr […] la independencia absoluta de la Isla de Cuba”. El adjetivo “absoluta” es crucial; no se negocia con reformas o autonomías. Martí desconfía profundamente del “espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia” (artículo 4), que busca perpetuarse bajo nuevas formas. La independencia no es un fin en sí mismo, sino el medio indispensable para un propósito superior: “fundar […] un pueblo nuevo y de sincera democracia” (artículo 4).

Este pueblo nuevo se caracteriza por rechazar la lógica de las clases. Martí critica la visión que ve “la dicha del país en el predominio de una clase sobre otra”, defendiendo en su lugar “el pleno goce individual de los derechos legítimos del hombre”. La independencia, por tanto, es un proyecto de liberación nacional y social. La información adicional proporcionada refuerza esta idea al señalar que el ideal independentista fue “fundamentalmente patrimonio popular”, uniendo a “sectores radicales de las capas medias y las clases […] trabajadoras”, y excluyendo deliberadamente a la “oligarquía […] antinacional”. La propuesta martiana es, así, profundamente democratizadora y anti–olárquica.

Ante el “desorden consiguiente a una larga e infortunada emigración”, Martí valora la visión de “unirse en una obra voluntaria y disciplinada”. La unidad no es una mera estrategia, sino un imperativo moral y práctico. El texto enfatiza la belleza de ver confundirse “en el ejercicio de un santo derecho a los elementos diversos de un pueblo”. Frente a un enemigo poderoso, la fragmentación es un lujo suicida.

Los Estatutos Secretos del PRC son la materialización textual de este principio. La estructura organizativa –basada en Asociaciones locales, Cuerpos de Consejo, un Delegado y un Tesorero– está diseñada para fomentar la cohesión y la acción concertada. La autoridad del Delegado, aunque central para la eficacia, está balanceada por mecanismos de control democrático. El Artículo 10 de los Estatutos establece que los Cuerpos de Consejo pueden deponer al Delegado por votación unánime si consideran su permanencia inconveniente. Esto evita caudillismos y garantiza que la autoridad emane de la base.

La información adicional sobre la membresía cruzada (ejemplificada con Rafael Serra, Modesto Tirado y otros) ilustra la flexibilidad y el carácter no excluyente de esta unidad. No se trataba de lealtades sectarias a un club, sino de una adhesión superior a la causa común. Como señala el texto complementario, los antecedentes de esta solución se encuentran en el espíritu de “unir con espíritu democrático y en relaciones de igualdad todas las emigraciones”. La unidad martiana es, por tanto, orgánica, democrática y funcional.

Lejos de ser un proyecto insurreccionista impulsivo, el PRC, según su artículo 2, no tiene por objeto “precipitar inconsideradamente la guerra […] sino ordenar […] una guerra generosa y breve”. Martí insiste en la preparación meticulosa. La famosa frase “Para andar por un terreno, lo primero es conocerlo. Conocemos el terreno en que andamos” refleja esta convicción. La revolución debe basarse en un “conocimiento sereno de la realidad de la patria, en cuanto tiene de vicio y de virtud”.

Esta prudencia no es cobardía, sino realismo político. Martí era consciente de los peligros internos: por un lado, el “empedernido espíritu colonial” de quienes verían la patria como su “propiedad natural”; por otro, el riesgo de “levantar un poder infame sobre el odio o desprecio de la sociedad democrática naciente”. Su solución es la equidad radical: “A quien merme un derecho, córtesele la mano, bien sea el soberbio quien se lo merme al inculto, bien sea el inculto quien se lo merme al soberbio”. La guerra no es para sustituir una tiranía por otra, sino para instaurar un nuevo orden basado en el derecho.

El proyecto martiano es fundacional. La guerra es un doloroso parto para dar a luz una nación que asegure “la dicha durable de sus hijos” (artículo 3). Esta nueva república se define por su oposición a la colonia y por su vocación de justicia. El Artículo 6 habla de fundar una patria “cordial y sagaz” que sepa salvarse de los peligros internos y externos, sustituyendo el “desorden económico” por un “sistema de hacienda pública” que active las capacidades de sus habitantes.

Martí visualiza una sociedad donde, gracias a la “fusión de los factores adversos del país en la guerra sanadora”, se superen los rencores coloniales. Destaca cómo en el destierro, “amas y libertos” han trabajado juntos, creando una “levadura social” nueva. Esta imagen de un “pueblo nuevo de cultura y virtud, de mentes libres y manos creadoras” es la antítesis de la sociedad colonial estratificada. La república se construye sobre “el respeto del esfuerzo común”, uniendo a “los hombres del campo y de la esclavitud y del oficio pobre” con “todo lo que hay de útil y viril […] en el antiguo señorío cubano”.

Quizás el aspecto más visionario de la propuesta martiana es su dimensión geopolítica. Martí no piensa solo en Cuba, sino en el equilibrio de América. Sostiene que “Cuba y Puerto Rico entraran a la libertad […] con responsabilidades mucho mayores”. Su famosa frase “En el fiel de América están las Antillas” condensa esta idea. Las islas, si esclavas, serían un “mero pontón de la guerra de una república imperial” [una clara alusión a los Estados Unidos], pero si libres, serían “la garantía del equilibrio”.

Este párrafo es fundamental para entender el antimperialismo martiano. Percibe el “desarrollo desproporcionado” del Norte y advierte sobre la “codicia posible de un vecino fuerte y desigual”. Su llamado a evitar “la innoble conquista de sus vecinos menores” es un diagnóstico profético. La independencia de Cuba, por tanto, no es un asunto local, sino un evento histórico “indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”. La liberación de Cuba es un acto de salvaguarda para todo el continente.

La propuesta independentista de José Martí, analizada a través de su textualidad programática, se revela como un proyecto de una profundidad y modernidad extraordinarias. Lejos de ser un simple llamado a las armas, es un plan integral que entrelaza la lucha por la independencia absoluta con la construcción de una unidad democrática y funcional, la previsión de una guerra ética y eficaz, la fundación de una república basada en la justicia social y la equidad, y una clara conciencia del papel geopolítico de Cuba como bastión de la independencia americana frente al imperialismo emergente.

Su legado textual –desde la prosa elevada del manifiesto hasta la precisión jurídica de los Estatutos– no solo organizó la guerra que culminaría en 1898, sino que esbozó los principios de la nación cubana soñada. Aunque la historia posterior de Cuba se apartaría en muchos sentidos de este ideal, la vigencia del pensamiento martiano reside en su llamado a la unidad sin exclusiones, su defensa intransigente de la soberanía popular y su visión de una patria que sirva, como él quería, “al equilibrio del mundo”. La propuesta martiana sigue siendo, en esencia, un modelo de revolución democrática y antimperialista, un faro de ética política cuya luz sigue guiando la reflexión sobre el destino de Cuba y América.

Bibliografía

Abad, Diana: “El Partido Revolucionario Cubano organización funcionamiento y democracia”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos, no. 4, La Habana, 1981.

* Estudiante de Letras, Universidad de La Habana (4to. año).