La “diáspora” griega en el periodismo de José Martí: un puente de civilizaciones. Apuntes
Por: José Oriol Marrero

El estudio sobre la presencia de la diáspora griega en el periodismo martiano constituye una tarea pendiente. En el presente texto solo compartiremos breves apuntes a partir del abordaje general de la presencia de “lo griego” en Martí.

En opinión de Raúl Roa García (1907-1982), “la importancia y el interés que tiene para nosotros la antigüedad griega radica, justamente, en esta vinculación suya al devenir de la cultura occidental, a la que lega un profuso semillero de conquistas y un horizonte en perpetuo renuevo”, sin embargo, “la dilatada demora en la comprensión de lo griego es uno de los más peregrinos acaecimientos de la ciencia histórica”.[1] Sería interesante conocer si Roa supo que 55 años antes Martí había usado la expresión, “lo griego”. Lo que sí parece demostrado es que José Martí nunca usó el término “diáspora”. Y, Roa, nos acaba de decir que la cultura griega legó un “profuso semillero”. Semilla es spora. Diáspora, para la RAE: “diseminación, éxodo, dispersión, emigración”. Nos movemos en esos marcos.

La breve, pero fecunda vida biológica de Martí fue, en cierto sentido, fruto de la diáspora española. Al decir de Eusebio Leal, un hijo de “inmigrantes pobres” españoles, nacido “en casa de los arrabales, a cincuenta metros de la muralla, una casa de periferia”.[2] Sus estudios universitarios; sus pasos por varios países de América Latina y por los EE.UU., transcurrieron también en la diáspora, más allá de que, tras esa palabra se esconde una montaña de historias de vida, una colosal riqueza de causas y antecedentes diversos.

Martí vivió gran parte de su vida en la diáspora, pero murió en su Patria. Volvería a su Ítaca: hizo en cada momento lo que no podía hacer antes: lo “necesario e inevitable”. Ítaca no fue solo un símbolo homérico. Ítaca era un sentido de libertad e independencia. En “Ítaca”, “muerto, pero esclavo no”, como citó Martí la frase de los patriotas griegos que luchaban en los cercos sangrientos de la Ciudad Sagrada de Missolonghi contra el imperio otomano.

No pocos poetas, intelectuales y luchadores cubanos del siglo xix vivieron años en la patria colonizada, y tuvieron que morir en la diáspora. Otros, vivieron, lucharon y murieron en las montañas de su propia tierra, como vivieron y cayeron miles de griegos que debieron irse a las montañas libres e inalcanzables para los ocupantes extranjeros, durante más de 400 años, y refundar allí las bases de su nación, en condiciones de rusticidad y penurias. La comprensión arraigada y vívida de este fenómeno universal condicionó aún más el surgimiento de una convicción martiana, avanzada y humanista: Patria es humanidad. Tal vez ello explica en parte por qué Martí fue un fiel y piadoso interlocutor, un defensor de las diásporas en los EE.UU., y no solo. Lo hizo notar en la prensa de varios países, en más de 20 periódicos, durante lustros.

La emigración griega que hoy entendemos como diáspora (y no solo la griega) tuvo una presencia particular en el periodismo martiano. Defendemos que el abordaje periodístico martiano de la “diáspora griega” construye un sólido y necesario puente cultural entre civilizaciones, es parte indivisible del diálogo martiano con “lo griego”. Y Martí fue el mejor amigo cubano de lo griego, como hemos expresado en el artículo “Una placa a Martí en el Olimpo”, publicado en el último número de Bohemia de 2023 (edición impresa).

El 26 de junio 1888 en el artículo “Ferrocarriles elevados” en La Nación, dirá que, “en continuo bufar”, estos arrancan “como del mango de un abanico”, del “Parque de la Batería”, donde, “entre los árboles cercanos al ferrocarril, paseaban en grupos conmovedores los inmigrantes recién llegados”, entre ellos, “los inmigrantes griegos”; además los piamonteses, alemanes, alsacianos y argelinos. Como es casi habitual cuando se refiere a la presencia de “lo griego”, hará sobre esta una distinción que amplía el colorido de sus descripciones. La crónica sobre el ferrocarril de Nueva York y sus árboles cercanos no será la excepción, pues allí estaban, “los griegos esbeltos, con su chaqueta bordada y sus aretes de oro”.[3]

El 19 de septiembre del mismo año publicó la estremecedora crónica, “Por la bahía de Nueva York”. Una excursión de caridad, donde reportó acerca de las excursiones que algunas sociedades, “de señoras sobre todo”, ofrecían a los “niños pobres para que pasearan por las orillas del mar”, los cuales “vienen a cientos, con un orden que aflige”, y “se hablan cuchicheando, como si estuvieran en la iglesia. Algunos, los más cuidados, traen un bulto donde la madre puso juntos bajo una toalla desflecada, un pastel de ruibarbo y una muda de ropa. Pero pocos cargan bultos. Casi ninguno lleva sombrero. De diez, uno tiene zapatos… Las orejitas de las niñas, no tienen gota de sangre. Hay bocas que son llaga viva. Muchos son tuertos y muchos tiñosos”, y observará que, “color, lo ostenta apenas, más como mancha de fiebre que como flor de la piel, algún hijo de italianos o de griegos”.[4]

El 1 de febrero de 1889 se refirió a las fiestas del Día de Gracia. Así, en “Vida norteamericana”, La Nación, dirá que “fue Lincoln el primero que hizo el Día de Gracias fiesta de la nación”; que, “en las casas católicas” es gala que el arzobispo vaya a bautizar, a casar, a comer, y le ponen comedor cardenalicio, todo rojo, y el helado de fresa, y la ensalada de tomates, y las luces con velos de seda colorada. Por el contrario, “en las casas protestantes el obispo es el lujo, un obispo cuadrado de espaldas, con patillas de chuleta, frac de solapa redonda, un ramo de violetas en el ojal, chaleco de seda blanco, con ramazón de flores”. Acto seguido dirá que, “aunque desde los puritanos holandeses era costumbre celebrar hechos faustos, cosechas pingües, libertades nuevas, con cervezas y pavos, y danzas y fogatas… la fiesta viene de más lejos, desde antes de la cristiandad”, porque “siempre tuvo el hombre su poco de cristiano, y el cristianismo su poco de paganía”, como estas gracias nuestras, “que no vienen antes de coger la uva, sino luego”, y aquí afirma: “ello sucede a semejanza de Grecia que tenía en este mes ocho días festales con gloria del padre de la tierra, que engendraba la yerbabuena y la eruca, favorables al amor, –y la adormidera, la fruta del olvido–, y la dulce granada. De más allá vienen las gracias, dice alzando ambos brazos el obispo, y dando como lejanía y unción a la voz”.[5]

El 7 de febrero de 1889 en, “Crónica norteamericana” (11), La Nación, se referiría a la famosa catedral de San Patricio, en Nueva York, donde “el catolicismo tiene las masas, la irlandesa, y la húngara, y unos cuantos italianos y griegos”.[6] El 1 de junio publicará, “Un viaje a México. Excursión de un pintor yanqui”, sobre el libro Quitasol Blanco en México, obra del pintor norteamericano F. Hopkinson Smith (1838-1915), de quien expresará que, “lo que encanta es la ternura con que compadece a la raza india como si fuese una hermana en desgracia”, aunque no ve “que en el maíz molido del indio oaxaqueño hay médula para una nación, sin notar cómo una juventud entre francesa y griega, hecha por igual a la plomada y al toro, sucede a la generación de patriarcas que sacó de entre las serpientes el arca de la libertad, y desaparece en la vejez, por la virtud del heroísmo, con la gracia y el fuego de los jóvenes”.[7]

La crónica, “En Los Estados Unidos”, publicada por La Nación el 16 de agosto de 1889, habla de “los aventureros”, “desechos del mundo”, que van “andando a caballo con los pies casi por tierra; o de viandantes, con el bulto en el bordón; o en la carreta de tapa codo a codo, acurrucados”, por las tierras norteamericanas: “uno es pastor sin iglesia; otro ruso barbón; otro griego con aretes”.[8]

El 22 de octubre en la crónica “Cartas de verano”. La universidad de los pobres, La Nación, Martí describe “una escuela que no se anuncia en los diarios… ni tiene cerca y muros… Es la escuela libre de Chantanqua, que en verano abre sus alamedas, su templo de filosofía, sus cátedras ambulantes, su lago y su anfiteatro silvestre a cuantos, por los centavos que caben en un puño de mujer, quieren ir a vivir en aquellas casas pintorescas, y a estudiar, recordar y enseñar, o gimnasia, o comercio, o habilidades caseras, o pintura y música”. Y dirá que, “al lago van después de comer, porque con setenta y cinco centavos que pagan al venir al pueblo, ya pueden pasear en el lindo vapor por los recodos… del Chantanqua sereno, o está abierto, para unos cuadros plásticos de la vida griega, el templo de la filosofía, por donde anda el pasante de arquitectura enseñando a unos discípulos canosos las columnas dóricas”.[9]

El 4 de abril se referirá en la Sección constate de La Opinión Nacional a la celebración del jueves Santo en Jerusalén por parte de los cristianos latinos, lo que sucedía, “gracias al privilegio que les toleran los griegos, armenios, maronitas y coptos”, por lo cual, “campean ellos solos por sus respetos en el templo del Santo Sepulcro todo el día y la primera mitad del viernes siguiente”.[10]

El 15 de abril de 1882 describió la celebración de los días de Pascuas en Nueva York, observando que los neoyorquinos y “los cristianos griegos” se saludan de manera diferente en las fiestas. Dice que “las Pascuas son aquí días de presentes, y no hay niño que no lleve en sus manos cuidadosas un huevo de colores, ni galán que no compre dones primaverales, ni doncella que no ostente en la repisa de sus chimeneas la linda tarjeta…”, sin embargo, observa que, “no saludan los neoyorquinos como los cristianos griegos, que gustan de ver salir el sol en nuestros días, como suelen aún en tierras nuestras madres, y el uno dice, a modo de saludo, al griego con quien tropieza: ‘El Señor ha resucitado’, y el otro griego dice: ‘En verdad que ha resucitado, y que a Simón se ha aparecido’”.[11]

Esta observación de José Martí acerca del saludo de los cristianos griegos en los días de Pascua en Nueva York, el cual se diferenciaba del saludo de los neoyorquinos, constituye una prueba más sobre la sensibilidad, diversidad y profundidad que llegó a caracterizar su visión sobre “lo griego”. Solo una observación minuciosa y respetuosa del comportamiento humano y de la historia le permitiría capturar y darse cuenta tan sensiblemente de estas esencias, que muestran ejemplos concretos en el terreno de la fe de los cristianos, de la política, el arte, la literatura, las luchas por la independencia.

Ha de quedar anotado que, en más de una ocasión, el periodismo martiano fijó su mirada también en la diáspora cultural griega por América Latina, a través de la aprehensión de sus diferentes manifestaciones y géneros. En 1877, con 24 años, dirá desde Guatemala: “¿Ni ¡qué vale pasar largas horas sembrando la vid en Salamá, en San Agustín el trigo, en San Miguel Pochuta los cafetos, si luego, acabada la labor, se dejan los aperos de labranza y se viene a oír buenas óperas y buenos dramas en el lindísimo teatro de la ciudad?”, que, es “Griego en la fachada, moderno en el conjunto, esbelto y elegante, esta obra bella es prez de la ciudad. Alzase solo en ancha plaza, sembrada de naranjos rumorosos”.[12]

Edificando un triángulo simbólico entre México, Esparta y Atenas dirá a su amigo mexicano Manuel Mercado en agosto de 1877: “andan de paseo las alegrías” y “están tenazmente despiertas las tristezas”, las “amarguras estas de mi vida”, y seguidamente: “Su México es muy bello: le hace falta solamente un poco de virtud espartana para hacer sólida su animada cultura ateniense”.[13]

La crónica “Curazao” sugiere que habría bordeado esta isla en 1880. Luego de hacer una descripción de su “mar limpio, terso, muelle y azul como ningún otro mar”, dirá que Curazao es “monótona y mondada”, y que en ella se encontró con un alejado “pueblecillo” donde ve, “el alto templo gótico” y “la pared humilde copia en ladrillo de los templos griegos”.[14]

El 9 de noviembre de 1881 reporta que El Edipo tirano, de Sófocles, “va a ser representado en los Estados Unidos de una manera singular. Meses hace, en la Universidad de Harvard, que es famosa, representaron toda la tragedia en griego… Se distinguió en la representación del protagonista, George Riddle, y se ha formado una empresa para pasear la tragedia por toda la Unión Americana, representando Riddle en griego, y el resto de la compañía en inglés, como ha hecho Salvini, y está haciendo Rossi. No habrá entreactos. En el lugar de la orquesta se colocará el altar trágico”.[15]

El 23 de enero de 1882 está al tanto y publica en “Periodismo diverso”, una crónica donde destaca el éxito teatral que había logrado en París “el griego Parodi”, quien “se había hecho aplaudir de los parisienses”, pues “París acepta sin reserva y con amor, y como suyos a los ingenios extranjeros. Les da su espíritu, y les agradece que lo tomen, y le honren con él: ahora un griego, Parodi, que se ha hecho aplaudir de los parisenses por dos dramas que ha escrito en francés, “Rome vaincue”, que Víctor Hugo celebró generosamente, y “Ulm le parricide”, acaba de hacerse, sobre serlo ya por los hábitos y la fama de que goza, ciudadano de Francia…”.[16]

Cuánto nivel de detalle caracteriza al periodismo martiano. En 1881 observó que el presidente Garfield, a quien catalogó como un “humilde hombre”, tuvo como primer trabajo cepillar tablas para una casa que estaba construyendo el carpintero que lo alojaba, por un precio de dos centavos cada tabla, ganando así el primer sábado $1,02, y justo, “en ese mismo tiempo empezó el estudio del griego”.[17] Un mes después, en otra interesante observación, se refirió en la “Sección constante” al elevado criterio que tenía precisamente Garfield sobre la lengua y la literatura griegas, citando sus palabras: “el griego es tal vez el instrumento más perfecto del pensamiento inventado jamás por el hombre, y su literatura no ha sido nunca igualada, ni en pureza de estilo, ni en osadía de expresión”.[18]

El 2 de julio de 1887 publicó en La Nación la crónica, “Gran exposición de ganado”, sobre una feria ganadera que tenía lugar “a poca distancia de la plaza de Madison”, sitio donde se congregaban en las festividades populares grandes concurrencias. Hace saber que allí está “el hipódromo de Barnum, con sus griegos de pega… sus desmelenados aurigas, sus gladiadores, embadurnados de albayalde para parecer estatuas clásicas”.[19]

Martí no visitó Grecia, pero convivió y compartió con inmigrantes griegos durante varios años, sobre todo en los Estados Unidos. Esa influencia vital puede explicar por qué grandes hombres de la sensibilidad de José Martí, sintieron tal amor por el “mundo griego”, se interesaran por su cultura, luchas, su sistema democrático, ciencia, artes, por sus creencias religiosas.

[1] Raúl Roa García, Historia de las doctrinas sociales, La Venda de Cupido, Imprenta de la Universidad de La Habana, 1949, p. 26 (Agis, el espartano (1934), en Bufa subversiva (1935); Historia de las doctrinas sociales (1949), capítulo (no. IV), Esparta y Atenas.

[2] Eusebio Leal Spengler, “Martí fue un hombre sin odios” (entrevista), Cubadebate, 3 feb. 2020.

[3] José Martí, “Ferrocarriles elevados”, Obras Completas (OC), t. 11, p. 444.

[4] “Por la bahía de Nueva York”, ibídem, t. 12, p. 24.

[5] “Vida norteamericana”, ibídem, p. 107.

[6] “Crónica norteamericana”, ibídem, p. 116.

[7] “Un viaje a México. Excursión de un pintor yanqui”, ibídem, t. 19, p. 336.

[8] “En Los Estados Unidos”, ibídem, t. 12, p. 202.

[9] “Cartas de verano. La Universidad de los pobres”, ibídem, p. 436.

[10] “Periodismo diverso. Sección constante”, ibídem, t. 23, p. 257. Los compiladores de las Obras Completas de Martí hicieron la siguiente aclaración: “Esta nota no parece ser de Martí por la extensión muchísimo más dilatada que las otras de Sección Constante, por la abundancia de transcripciones textuales, lo que no estaba entre sus costumbres de escritor, y por las ideas sobre la personalidad de Jesús, que contradicen las que expresó otras veces. Además, apenas puede decirse que haya, en toda ella, un solo rasgo del estilo inconfundible de Martí”.

[11] “Carta de Nueva York”, ibídem, t. 9, p. 294.

[12] “Guatemala”, ibídem, t. 7, p. 125.

[13] “Carta a Manuel Mercado”, Epistolario, t. 20, pp. 30-31.

[14] “Curazao”, ibídem, t. 19, p. 133.

[15] “Periodismo diverso”, ibídem, t. 23, p. 71.

[16] Ibídem, p. 167.

[17] “Carta de Nueva York”, ibídem, t. 9, p. 56.

[18] “Periodismo diverso”, ibídem, t. 23, p. 83.

[19] “Gran exposición de ganado”, ibídem, t. 13, p. 490.