La amistad en el centro de la preparación de una guerra
Por: Maritza Collado

En las guerras son más características las alianzas que la amistad. Por ello, que el signo preclaro de la guerra preparada por José Martí desde el exilio fuera la amistad, hace de este un proceso muy singular en la Historia de Cuba. El análisis que quiero desarrollar observa este elemento en dos dimensiones distintas: por una parte, la amistad en el ámbito de la labor revolucionaria de sus años neoyorkinos; por otra, la amistad como ideal y espíritu en que se gestaría la guerra sin odios y que allanaría el camino de la república que debía ser construida al finalizar la guerra.

Resulta imposible no ser obnubilados por el gran talento intelectual de José Martí. Su inteligencia podría parecer la herramienta fundamental que utilizó para organizar la Guerra de 1895, sin embargo él mismo dejó apuntado en sus “Fragmentos” la siguiente consideración: “El talento es el menor de los beneficios naturales: de mí, es el que más desdeño, porque no es mío” (FR. 213). Al leer los testimonios de quienes lo conocieron, al estudiar su poesía, su correspondencia con amigos, se hace evidente que fue su “don de gentes”, esa habilidad singular para entablar amistad y contagiar con el espíritu patriótico, lo que en definitiva salvó la puesta en práctica del inicio de su proyecto emancipador.

De alguna forma, las maneras delicadas y sensibles de Martí para con los amigos, para el trato familiar e íntimo resultan incompatibles con lo encartonados que vienen a ser los héroes en el imaginario colectivo, por ello no suele insistirse en esta dimensión de su heroísmo, aun cuando fue con empatía –más que con discurso abrazador–, con bondad más que con su cultura vastísima, que se atrajo el cariño de la mayor parte de la emigración. Maticemos esto, quiero decir que sin la superioridad humana que trasciende a su talento, sin su pasión por los que gimen, sin su entrega, sin regalar sus escasos tiempo y bolsillo, hubiese sido él mismo como definiera a Chauncy Depew: “Todo lo que puede ser el talento sin la generosidad”.

Su inteligencia y cultura admiraban en él desde el primer momento, pero lo que prendía raíces en el corazón de los otros era su empatía y bondad. En uno de los libros de testimonio más hermosos que tenemos a nuestra disposición, El Martí que yo conocí, de Blanche Zacharie de Baralt, su autora confiesa la impresión sobre la noche que conoció a Martí:

Había una «soirée» musical en la que me habían invitado a cantar. No tenía referencias de Martí; era para mí un señor cualquiera, un encuentro fortuito de sociedad. Mas, a los pocos minutos de conversación, con habilidad que no he visto igualada, había averiguado sin interrogatorio, cuáles eran mis gustos mis inclinaciones, mis esperanzas. […]. Pude apreciar al instante que era un hombre superior, de vastos conocimientos y de alma grande. / Nunca desmintió aquella primera impresión.

Para empezar una amistad Martí mostraba interés en los gustos e inclinaciones de las personas que conocía; no iba viendo si coincidían o no en la forma de pensar. Ese interés genuino fue el que le valió la admiración de muchos que no coincidían plenamente con sus criterios. Otra anécdota reveladora acerca de la que Blanche nos pone al corriente es cómo Martí era constante en mostrar interés en detalles como, por ejemplo, el ajuar de bodas de la autora del libro, comprometida con Luis Baralt. En esa ocasión le solicitó poder verlo y tuvo la ocurrencia de nombrar las prendas de forma muy personal y, en otra ocasión, no pasó por alto el reconocerlas y elogiarlas al tenerlas nuevamente ante sus ojos. Su sensibilidad y originalidad creaban experiencias inolvidables en quienes lo trataban.

Según se cuenta, tenía el hábito de obsequiar, con lo poco que sus responsabilidades dejaban a su bolsillo. Sus regalos siempre venían acompañados de una dedicatoria personalísima, de unos versos o de una carta, porque como la madre de Pilar, quien junto con el bolsillo dio el clavel y el beso, así Martí era incapaz de dar algo sin amor. Sus cartas a los amigos más íntimos podían terminar con un afectuoso “su Martí”, o simplemente un “suyo”, que no era politesse de la época sino entrega sincera. De sus conocimientos gastronómicos sacaba partido para escoger los platos más deliciosos y hacérselos conocer a los amigos. Como pequeños agasajos enviaba alguna nota con la invitación a un café o alguna bebida de su gusto, para de ese modo obsequiar en la reunión. Toda esta prodigalidad no emanaba de sus muy refinados modales, más bien de su profunda empatía y su corazón generoso.

Dedicaba el tiempo del que disponía y hasta del que no poseía a escribir a sus amigos. Agradecía cualquier insignificante favor. Era atento con los amigos de los amigos, a quienes en ocasiones ni siquiera conocía. Visitaba a varias familias con las cuales tenía innumerables detalles, principalmente con los niños, la mayoría hijos de otros patriotas, con la familia de los combatientes del 68, para honrar su memoria y para no dejar sin premio la entrega a la causa. Con devoción ofrecía su amistad a los ancianos, y más si era la viuda de un patriota, como fue el caso de Mariana Guerra, viuda de Agustín Barranco y, sobre este particular, dejó testimonio en Patria (21 de mayo de 1892): “De lo más bello de esta vida es una compañera fiel y la belleza es más y conmueve, cuando la compañera no tiene ya a su esposo en el mundo”.

Es interesante que en su concepción de la vida conyugal la esposa era −ante todo− una compañera de vida y una amiga. El hecho de que en su matrimonio no halló una amiga que comprendiera su ideal patriótico lo hacía valorar más la importancia de aunar intereses en el seno familiar. Quiero leer la primera y la última estrofa de los versos que dedicara a Juan Bonilla con motivo de sus bodas:

Juan, amigo y mi señor,
No ha podido usted hacer
Cosa a sus años mejor
Que tomar dueña y mujer
[…]
Esté, solo, solo junto,
Con su esposa, con su amiga,
Yo inspector celoso, apunto
La nueva socia a la Liga

Los Versos sencillos (1891), que fueron escritos y seleccionados tras la dolorosa partida de Carmen Zayas-Bazán, precisamente en aquel verano en que siguiendo las indicaciones de su médico se fue de reposo a una casa en las montañas de Catskill para aliviar sus dañados pulmones, contienen no pocas alusiones a la decepción por la incomprensión de su compañera, quien no poseía el mismo ideal y espíritu de sacrificio. También es destacable el gran alivio que haya en los amigos tras este golpe. Mientras se definió a sí mismo como “un hombre sincero”, encontró en esta característica el atributo más preciado de la amistad. Observemos que dice “sincero” y no desinteresado, porque es error común relacionar la amistad con el desinterés. Debido a que en la amistad domina el amor y la pureza, hay una tendencia a creer que no es necesario ofrecer nada y que la amistad es un deber incondicional. Pero el mismo Martí insiste en la necesidad de cultivar la amistad, de mantener viva la llama y de ser gratos con quien la brinda. También de limar asperezas, de amar a quien se comporta como enemigo, de conquistar con amistad a quien no comprende. La amistad de Martí podría compararse con el sol, que sale para buenos y malos, dando una nueva oportunidad cada día, fue tanto para el amigo sincero como para el que lo hirió.

El fragmento de la estrofa que da título a esta reunión “más que el leopardo” es solo el inicio de un listado de las riquezas que no alcanzan a igualar el beneficio de tener un amigo sincero. Me parece aún más extremo otro verso del mismo poema que dice: “tiene la aurora el mendigo”, y este es, probablemente, el bien más costoso que se menciona en el poema: un nuevo amanecer, un día más de vida, que es el algo poco valorado por quien posee otras cosas, pero para quien solo cuenta con su propia vida resulta evidente su valor; y aun así para Martí ni la vida iguala al amigo sincero.

El prólogo de Versos sencillos da cuenta de hasta qué punto los amigos del Poeta son parte de su obra escritural. Nos hace saber que la publicación de aquellos versos la debemos a sus amigos, por “el afecto con que los acogieron en una noche de poesía y amistad, algunas almas buenas, los ha hecho ya públicos”. ¿Quién pudiera imaginar, si no fuera por ese libro de memorias de Blanche Zacharie, que el poema de la bailarina española se inspiró en una salida al teatro junto a la familia Baralt? No viene a la mente de quien estudia una crónica martiana que detrás de aquellas perfectas descripciones sobre algún suceso cultural de la vida neoyorquina, como la inauguración del Puente de Brooklyn, hubiese estado una experiencia familiar o entre amigos, en ese caso un paseo con su hijo a los hombros, alternando con su amigo Luis Baralt los ratos en que cargaban a Pepito, para que pudiera ver los fuegos artificiales de la celebración; tampoco nos viene instintivamente sospechar que observara la procesión por la muerte del General Grant, que luego serviría a esa excelente crónica que nos legó, con Blanche, Adelaida y Luis, desde la ventana de los Portuondo, otra familia amiga suya.

Son estas escenas íntimas las que derrumban la idea que predomina en el imaginario colectivo de un Martí inquebrantable, únicamente victorioso, siempre enérgico como en la tribuna, encumbrado, con gran poder de movilización y poseedor de una amplia libertad de acción en su labor revolucionaria. Dicha imagen es prácticamente un espejismo creado por la inmensidad de su obra tanto escritural y pragmática. Dirá alguno para sí, que no encaja con su grandeza la imagen de Martí arrodillado limpiando los zapatos de Enrique Loynaz del Castillo el mismo día que lo conoció, porque su vocación de servir a sus semejantes lo llevaba por el camino de una modestia singular.

Perseguido por el espionaje español, en ocasiones traicionado o señalado por otros patriotas, abandonado e incomprendido por su esposa, debido a su entrega a la causa, Martí debía lidiar constantemente con la pobreza de la cual ni su talento podía salvarlo, porque su talento estaba a disposición de su patria. El Delegado del Partido Revolucionario Cubano es el mismo que anduvo con zapatos rotos en Nueva York, el que se enfermó soportando frío y privaciones, el que no tomó para sí ni un centavo de las arcas de la Revolución, el que se vio obligado a traducir al vuelo y colaborar con muchísimos periódicos como La América, La Nación, El Partido Liberal o The Sun, para así ayudar a su familia en México y en Estados Unidos, para sustentarse a sí mismo y para enviar más tarde dinero a su hijo, a quien nunca desamparó a pesar de la distancia y sus múltiples ocupaciones. Durante todo este tiempo no descuidó el cultivar la amistad y ello era un elemento de extraordinaria fuerza espiritual e incluso material, en tanto en casa de sus amigos se refugiaba para reunirse con los jefes militares a los que había convencido de esperar y aunar fuerzas para dar un golpe definitivo al dominio colonial. De ese modo lograba despistar la recia persecución que el gobierno español realizaba sobre sus actividades. Según la autora de El Martí que yo conocí, su amistad con los Quesada Miranda salvó del fracaso el inicio de la revolución, tras el secuestro de los pertrechos que debían partir desde Fernandina. Martí había elegido el camino más largo y sacrificado, pues no buscó entre las grandes fortunas la contribución para la causa independentista, aunque otra característica de Martí −y de su sistema de valores en general, en lo referente a la amistad−, es que se apartaba de cualquier tipo de clasismo a la hora de fraternizar con otra persona. No deben ser tomados con ligereza los versos “con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar” en los que se habla de causa y no de segregación de quienes no entren en esos parámetros. Porque lo que en esencia él buscaba era que quienes se identificaran con la independencia de Cuba fueran los sacrificados, del mismo modo que dentro de la Isla arriesgarían su vida, quienes sentían el dolor de ver a Cuba esclava. Luego de perder la mayor parte del armamento bélico que había sido obtenido con esforzadísimos fondos recaudados en los clubes patrióticos y que ascendían a 58 mil dólares, una cantidad sumamente elevada para la época, parecía que su proyecto fracasaría antes de nacer. En esta pérdida fue de sustancial apoyo Gonzalo de Quesada, quien llevó a Martí a casa de la familia de su esposa, para que allí pudiera recuperarse del dolor de la traición que arrasó con el trabajo de varios años. En ese contexto, Luciana Govín, la esposa del doctor Ramón L. Miranda, entregó de una vez a Martí su cuenta bancaria de cincuenta mil dólares, a esto se sumó la contribución de su esposo y de otros amigos que quedaron consternados con el suceso. Nuevamente la amistad salvó la lucha del héroe y convirtió en victoria aquel desalentador hecho.

Lo que normalmente no se destaca de la vida de Martí es lo que pudiera el hombre corriente considerar una existencia llena de fracasos. La pobreza que siempre lo acompañó, la incomprensión de su esposa por dividir sus esfuerzos entre la causa por la independencia y el bienestar familiar, la privación de su hijo por tiempos prolongados, la soledad, la enfermedad que lo aquejaba por causa de padecer frío y su dolor por no poder estar en Cuba y por verla esclava. En medio de esto, la amistad fue bálsamo e ideal. Digo ideal porque en amistad se perfilaba el proceder en la guerra. Así lo manifestaban las Bases y estatutos de Partido Revolucionario Cubano, que aparecían en todos los números de Patria y marcaban como objetivo ordenar una “guerra generosa y breve, encaminada a asegurar la paz y el trabajo de los habitantes de la Isla”. Desde el primer número de Patria, en la declaración de principios titulada Nuestras ideas se despojaban −de todo odio y rencor− los esfuerzos con que los cubanos se preparaban para la beligerancia: “la guerra no se ha de hacer, en un país de españoles y criollos, contra los españoles que viven en el país, sino contra la dependencia de una nación incapaz de ser gobernar a un pueblo que sólo puede feliz sin ella, la guerra tiene aliados naturales a todos los españoles que quieran ser felices”. (Patria, 14 marzo 1892)

Pero España no era el único enemigo de la independencia de Cuba, Estados Unidos era un enemigo potencial no solo para Cuba, y su asecho era el motivo principal por el cual la independencia de Cuba era esencial en proyecto nuestroamericanista. “El monstruo”, con aquella realidad maravillosa y terrible, dirían los griegos “deinós”, era un enemigo al que había que salvar de sí mismo. Había que ahorrarle el crimen para no ser cómplice.

Nuevamente me remito a Patria, esta vez al texto: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano…” para dar una idea de cómo el proyecto “antiimperialista” martiano concibe el enfrentamiento a la hegemonía norteamericana:

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, mero fortín de la Roma americana; y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte […]

En el fragmento anterior se develan los objetivos fundamentales de su proyecto antiimperialista que enumeraré en el mismo orden en que Martí los expuso:

Frenar la expansión de una república imperial
Garantizar el equilibrio del mundo
Garantizar la independencia de la América española
Garantizar el honor para la gran República del Norte

Este último elemento es sumamente importante para comprender la superioridad moral desde la que opera el ideario martiano. Su preocupación por salvar a la República del Norte de sí misma ofrece una dimensión del antiimperialismo que no halla pariguales en otros exponentes de esta línea de pensamiento. De hecho, no tener en cuenta este objetivo de “garantizar el honor para la gran República del Norte”, que como vemos es parte de su proyecto emancipador, compromete la comprensión de la nobleza del ideal martiano, y acerca, erradamente, su antiimperialismo al razonamiento de “nosotros o ellos” que históricamente ha servido para alentar las guerras de odio, en las que se convierte a pueblos en enemigos de otros pueblos. Sin embargo cuando se lee la obra martiana se despeja toda duda de que un pensamiento de manipulación de ese género pueda guiar las ideas políticas del Apóstol. No hay en Martí la disyuntiva “nosotros o ellos”, aunque sí la distinción “nosotros y ellos”. Como muestra de tal distinción encontramos el sintagma Nuestra América, que suena casi como una aliteración al ser pronunciada en la oposición Norteamérica/Nuestra América, sin embargo este par que se opone, no se excluye pues, en su hidalguía, Martí pretende que la dignidad de Estados Unidos venga preservada por medio del despertar de Nuestra América y su resistencia a los propósitos imperialistas.

Martí pensaba que debía brindársele la amistad al ganarse la guerra, cuando Cuba tuviese un pueblo libre a la par que el norteamericano. Al respecto nos dice en otro texto de Patria en que se muestra positivo con respecto al efecto que tendrá la emigración del pueblo cubano en Estados Unidos, en cuanto a la educación y en el vínculo de amistad que debía establecerse con esa nación una vez se fundase la república cubana.

Como abriéndole casa al tiempo nuevo; como preparando el hogar a los que ya salen de Cuba, con la espuela del hambre o el peligro o el oprobio, buscando refugio durante la ventisca; como intuitiva obediencia a la política de la amistad y del trabajo entre Cuba y el Norte, que reemplazará al sueño caduco y rudimentario de la anexión […]” “[…] Volverá a Cuba un pueblo de creadores. Por eso no se ha de ver con pena el nacimiento de un pueblo nuevo de cubanos; porque aprietan la amistad independiente y viril entre el cubano y el Norte, necesaria para el honor y la paz de ambos pueblos; porque en ellas se habitúa el cubano a las artes de producir y administrar que le veda España a Cuba, y sin las cuales podría ser infructuosa o muy turbada su independencia política; y porque, con el crédito de los desterrados, se limpia la casa para los que, en la hora próxima e inevitable del sacrificio fecundo, huyan a buscar en tierra agradecida, como la floridana, el hogar semejante y económico que hará más llevadero y útil el destierro.

Quiero concluir con la siguiente apreciación personal: el éxito del proyecto emancipador martiano, que quizás no fue el éxito que deseamos, pero al menos el éxito que pudo ser, se debe en gran medida al fecundo campo que labró Martí con su amistad y al triunfo que sigue teniendo al conquistar voluntades con su ejemplo y su obra.