Historia y pensamiento propios en “Nuestra América”
Por: Mario Valdés Navia

Asombroso fue lo ocurrido en varias casas latinas de New York durante el desayuno del 1 de enero de 1891. Mientras las familias comentaban los recuerdos de la noche pasada, los padres que empezaban a revisar la prensa matutina por la hermosa Revista Ilustrada de New York quedaban absortos en la lectura del texto de apertura y pronto empezaban a comentarlo, o se excusaban para irse a leer a espacios más calmados. El título, breve y conciso, “Nuestra América”, estaba firmado por el cubano José Martí, el más importante intelectual de la comunidad en aquel momento.
Periodista conocido y replicado en todo el sub-continente, cónsul de tres países hispanoamericanos, respetado por los intelectuales yanquis que lo invitaban a su exclusivo Twilight Club, flamante presidente de la Sociedad Hispanoamericana −la más importante asociación de la comunidad−; los textos del afamado escritor y orador independentista eran preferidos por muchos que atesoraban como reliquias su poemario Versos Sencillos y los pocos números de la revista La Edad de Oro. El 30 del propio mes, El Partido Liberal, que dirigía en Ciudad México su amigo Manuel Gutiérrez Nájera, presentaría el opúsculo ante su gran receptor, el público de los países de Hispanoamérica.
Tras haber sido designado por Uruguay como su representante ante la Conferencia Monetaria Internacional convocada en Washington para la primavera −secuela de la Panamericana de 1889−, Martí presiente que la década que iniciaba sería de cruciales batallas para hacer realidad su estrategia revolucionaria, destinada a liberar definitivamente el cuerpo y espíritu de Nuestra América. De ahí que aproveche los últimos días de 1890 para redactar un texto programático como este, concebido para dejar sentada su visión subversiva ante el canon neocolonial que hegemonizaba el pensamiento latinoamericano y convocar a intelectuales y políticos del Sur a cumplir con sus deberes históricos.
En la elaboración de su estrategia liberadora, madura ya en aquel momento, engarzaba la pasión de Martí por la construcción de pensamiento propiom tema central de “Nuestra América”. Precisamente, la profunda comprensión que llegó a poseer acerca de la complejidad del proceso histórico americano, sobre la base de sus sostenidos y profundos estudios del pasado y el presente de la región y su vecino norteño, hizo madurar en él varias tesis fundamentales que recorren su pensamiento como líneas transversales y quedarán expuestas con belleza insuperable en este texto, a saber:
• La historia de América es el proceso de gestación y maduración heroica de la patria–nación latinoamericana y las patrias–naciones de cada país, pero a pesar de ello, “la colonia continuó viviendo en la república”.
• El nivel de madurez alcanzado por la región muestra la necesidad y la posibilidad de crear un pensamiento original, que responda a las problemáticas y raíces autóctonas de Nuestra América y, a su vez, asuma las mejores influencias de la cultura universal.
Fue en “Nuestra América” donde el pensamiento político/histórico/cultural martiano brilló con mayor fuerza. La “guerra de pensamiento” que acomete en este texto tiene como fin revelar las manquedades del ideario liberal-positivista al uso, y demostrar lo imprescindible de crear una nueva civilización americana guiada por nuevos enfoques. Por ello, desde el primer párrafo, llama a emplear creativamente: “las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas, valen más que trincheras de piedra.”
Su poderoso raciocinio la emprende sin ambages contra las posiciones mimetistas y racistas de los principales pensadores latinoamericanos del momento (Sarmiento, Alberdi, Sierra…) a los que encara directamente cuando les espeta: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”. Frente a las falacias eurocentristas de los positivistas plasma su postura contraria: “La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.”
El analizar del devenir histórico de las repúblicas hispanoamericanas, le permitió determinar la causa ideológica principal de la frustración del proceso independentista inicial: “no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella […] El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”.
Una de sus tesis más reconocidas en este texto es el llamado a la unidad impostergable ante el expansionismo norteamericano que ya iniciaba su arremetida contra nuestros pueblos; por ello alertaba: “el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento” [pues] El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América”.
Cardinal es el debate que establece Martí en este opúsculo con los líderes políticos latinoamericanos, a partir de la contraposición entre sus políticas exóticas y defectuosas y las conclusiones científicas a que ha arribado al estudiar las condiciones naturales del ser latinoamericano:
Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con que elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
A las falencias de aquellos “políticos exóticos” y sus mentores espirituales atribuye que: “Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno, y gobernar con ellos [y define que] Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.” Por eso advierte:
En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta,—sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos.
En síntesis magistral, Martí enuncia la esencia del asunto y su vía de solución: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu. Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.”
Para expresar la amenaza que representa ese pensamiento neocolonial que sobrevive en las nuevas repúblicas cual rémora espuria, el autor escoge la imagen del tigre –de adentro y de afuera− que acecha sin cesar desde las sombras y arremete cuando percibe cualquier descuido, error o equivocación que debilite la obra creativa de los fundadores:
No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros,—de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen, —por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
Como herramientas del nuevo pensamiento natural latinoamericano para la salvación de los países del Sur prefiere dos: “el genio de la moderación [y] el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior”. En ese sentido, sostiene que:
[…] las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos, y adelanta con todos, muere la república.
Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices, y alzarlos en los brazos!
El Apóstol argumenta lo importante de lograr este fortalecimiento y refundación de Nuestra América antes de que llegue a prevalecer en el gigante norteño la vertiente monstruosa de su carácter: “la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista, y el interés de un caudillo hábil”, sesgo que aún pudiera ser encarado y desvirtuado con una “prueba de altivez, continua y discreta”.
Aún confía en los elementos positivos y vigorosos que halló en el pueblo de los Estados unidos y aconseja a sus interlocutores de las clases dirigentes latinoamericanas: “Se ha de tener fe en lo mejor del hombre, y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele, y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.”
Para los actuales revolucionarios cubanos y latinoamericanos, esos que: “No deseamos ciertamente que el socialismo en América sea una copia o un calco. Debe ser una creación heroica”, siempre será útil tener presente este perenne llamado martiano en “Nuestra América” a la creación y defensa de un pensamiento propio, dependiente y comprometido con nuestra historia y cultura y abierto a lo mejor de las influencias mundiales, pero siempre desde una atalaya crítica, electivista y creativa.