Eva transmutada en sus herederas: la representación de la figura femenina en los Versos Sencillos de José Martí
Por: Olivia Busto Legrá, estudiante de Letras (4to. año)

Los Versos Sencillos de José Martí, publicados en 1891 y escritos en medio de un retiro rural en los Estados Unidos de América, constituyen, probablemente, el poemario más conocido de dicho autor tan cubano como universal.

A lo largo de las décadas se ha destacado que, a pesar del título que ostenta, la obra es todo menos sencilla. No obstante, me atrevo a discrepar: los versos son, en efecto, sencillos, pero no por ello simples. Se trata de una oda al arte, la naturaleza, el amor, la amistad, la muerte, el patriotismo, la libertad y la humanidad, sin excesivo afán de ornamentación. El conjunto es tan rico y completo que ha incitado o favorecido estudios sobre los más variados temas, los cuales no parecen agotarse nunca, pues Martí era un universo entero, explosivo, único.

No es mi intención realizar otro análisis general del afamado poemario, sino centrarme en un aspecto que, aunque ha sido tratado con anterioridad, hoy más que nunca parece revestir particular interés: la representación de la figura femenina. No hay un solo tipo de mujer para el poeta; su pensamiento no es, ni de lejos, tan básico como para llegar a semejante conclusión. La mujer es la vida, es el amor, sin embargo, no es el mismo amor el que le profesa a la madre, la hermana, la amante, la esposa. En este sentido, más vale separar los personajes femeninos en dos grupos fundamentales: la mujer familiar, la progenitora, la protectora, el alma pura; por otro lado, la mujer pasional, la amante, la rebelde e incluso, la traidora. Se inmiscuye en ambos bandos la Eva bíblica, pionera que es, a la vez, origen de la humanidad y culpable del pecado original.

La clasificación hecha es ya evidente en el primer poema, introductorio y revelador. El sujeto lírico afirma haber visto nacer alas de los hombros de las mujeres hermosas y también haber temblado cuando su niña fue herida por la picadura de una abeja; estas imágenes muestran ejemplos de la mujer pura y angelical. Provoca una sensación contraria leer los versos en los que se nos cuenta que un hombre ha sido apuñalado –metafóricamente– y se niega a decir el nombre de su “asesina”. Además, el sujeto lírico recuerda el sufrimiento que le causó la partida de una mujer; a lo largo del poemario se expresa que este tipo de fémina siempre se va y lo deja abandonado, por ello reitera, como en las primeras estrofas, que prefiere una amistad sincera antes que el amor de mujer –entiéndase por este el amor heterosexual, romántico, pasional que sabe que terminará haciéndole daño. A pesar de que en el primer poema Eva no es mencionada explícitamente, quizás su presencia se materialice en la figura de la víbora que muere de su propio veneno.

Como las anteriores muestras constituyen tan solo la presentación de la obra en su totalidad, conviene analizar por separado los tipos de mujer plasmados en varios de los cuarenta y seis poemas de versos octosílabos que componen el conjunto.

En el poema VI el sujeto lírico reflexiona sobre las riquezas obtenidas en vida que, para él, tienen verdadero valor. Entre sus tesoros cuenta el retrato de la hermana, realizado por cierto pintor. También decide que se llevará al otro mundo una trenza escondida en una caja de oro; dicho material aparece con frecuencia en la creación poética martiana, no siempre con el mismo sentido. En este caso, como en muchos otros, simboliza simplemente la pureza, el valor del tesoro, conservado, curiosamente, en una caja, es decir, un cofre.

Manifestación también de la mujer angelical y adorada es la niña de Guatemala, esa que todos identifican hoy como “la que murió de amor”. La causa misma de la muerte es prueba de la sensibilidad de esta joven, quien se ahogó en el río cual la Ofelia de Hamlet, sumida en la más profunda agonía, cuya razón fue, según asegura el sujeto lírico y contrario al parte médico, una decepción amorosa. El cuerpo se adorna con flores durante el entierro; la flor es uno de los símbolos que Martí –y muchos otros artistas, claro está– a menudo relaciona con lo femenino, por su delicadeza, hermosura, poder curativo y de atracción. Por supuesto, no todas las flores son del mismo tipo; veremos que la rosa roja tiene otra connotación, así como la rosa blanca, las violetas, etc. A la niña de Guatemala la cubren con ramos de lirios; de ser blancos, simbolizarían la pureza, la inocencia. Se destaca que la joven fallecida lleva, además, zapatos blancos.

En el poema XXI el sujeto lírico cuenta que asiste a lo que parece ser una exposición de arte, donde queda maravillado por la figura de una mujer, plasmada sobre el lienzo. Ella lleva a sus pies al esposo rendido y en el seno un niño desnudo; es esposa y madre, cumple con los dos roles establecidos para la mujer del hogar, cuidadora, servidora. Por la descripción del cuadro sabemos que la señora viste un manto, el cual le cuelga como mortaja, prenda con la que se envuelve al cadáver para el sepulcro. Todo indica que el ambiente es lúgubre, pobre, hostil: suelo “rudo”, “torvo”, “muy triste y oscuro el cielo”. La imagen creada se asemeja a La piedad.

En el poema XXVII la propia progenitora del sujeto lírico –el cual, en este caso más que nunca, puede relacionarse directamente con el autor, pues la descripción del fatídico hecho no deja lugar a dudas– es esa especie de madre coraje, protectora, abnegada. Sale a buscar a su hijo en medio del caos y la conmoción, como la “matrona fuerte” que es. Los dos últimos versos corresponden a una breve intervención de esta, mediante un discurso directo en el que le pide al joven regresar a casa, pues ahí ha quedado la niña sola, probablemente una de las hermanas. El acontecimiento hace referencia a los sucesos del Teatro Villanueva, cuando el Cuerpo de Voluntarios, fuerza militar al servicio del gobierno español, interrumpió los aplausos de una obra al final de la cual se exclamó “Viva Cuba Libre”. Leonor Pérez decide salir en busca de José Julián para alejarlo del peligro y lo encuentra en la casa de su maestro, Rafael María de Mendive.

El poema dedicado a Leonor demuestra que el papel de la mujer hogareña no se reduce a la posición de sujeto sumiso, pasivo e indefenso; no obstante, hay que tener en cuenta que la única mujer pura, casera, familiar que parece capaz de adoptar una postura dominante o preservar cierto poder, es la madre. Las niñas más pequeñas, las jóvenes, no se comportan de la misma forma a ojos del sujeto. Uno de los diversos ejemplos es el poema XXIX, en el que la hermana de un niño muerto canta ante la imagen del rey, primer responsable del asesinato del propio pequeño. Todos deben cumplir con la ley, por lo que celebrar el día del santo del monarca es tarea obligatoria, he ahí la gran tragedia: ir totalmente en contra de los ideales, renunciar a estos. A la mujer joven, por tradición, le corresponde cantar, tocar el arpa o el piano en eventos semejantes; así se educa a las señoritas de sociedad, para que brinden entretenimiento y, de paso, deleiten a los invitados con su dulce presencia.

Al culminar este breve análisis de la mujer familiar, buena y pura, no puedo dejar de citar uno de los poemas más desgarradores de toda la obra, el XXX. Basada en la propia experiencia del Martí niño, nos encontramos ante una excelente manifestación de repudio hacia la esclavitud. Aunque la participación de la figura femenina aquí es breve, su imagen queda grabada en la mente del lector: “Una madre con su cría/ pasaba dando alaridos”. Esos seres a los que encadenan y torturan en masa son también humanos, tanto o más que sus explotadores. La madre anónima es tan madre como Leonor Pérez y la “cría” animalizada no es una bestia, sino otro niño como lo era el propio Martí cuando contempló por vez primera el horror más grande que habría de contemplar en su vida, aquel que lo marcó para siempre.

La mujer amante es portadora de un amor distinto. Representa la pasión, el deseo, el juego de la seducción como ritual cíclico. Su protagonismo es evidente desde el poema IV, en el que se describe una cita romántica, donde dos amantes se divierten estando completamente solos en medio de la naturaleza. Los lirios, la madreselva y el jazmín colaboran en la creación de un ambiente idílico, paradisíaco… pero que no dura mucho. En la antepenúltima estrofa el lector descubre que la amante tiene una hija a punto de hacer la comunión y en los versos finales el sujeto lírico se imagina a sí mismo volviendo al lugar de ensueño, pero esta vez completamente solo; el “lago mudo y helado” contrasta con el retozar en las olas de la estrofa primera.

Las alusiones a los amoríos experimentados por el sujeto lírico en distintos momentos de su vida no son pocas: está la mujer que quiso en España (poema VII), la repostera de la que reclama un beso al llegar la primavera (poema XV) y la divina pelirroja a la que desea acariciarle la caballera (poema XLIII). Sin embargo, dicho sujeto amador decide siempre dar prioridad al honor, al cumplimiento del deber –sea este familiar, patriótico, moral– antes que al placer que puede proporcionarle el amor –sexual, romántico– de una mujer.

En el poema XLI, Blanca y Rosa pasan a un segundo plano, pues el sujeto solo puede pensar en el pobre artillero o en su padre, soldado y obrero, es decir, en figuras masculinas o paternales que han sacrificado su vida por un ideal y a quienes, sin embargo, no se les ha dado el reconocimiento necesario. Estas figuras se convierten en referentes que son dignos de admiración, por lo que su mente se traslada a otro lado. Los nombres de Rosa y Blanca no deben pasarse por alto; podrían representar la dualidad del alma femenina, o incluso los dos tipos de mujer de los que venimos hablando: rojo para la amante pasional y rebelde, blanco para la madre, esposa o hermana pura y buena. No quiere decir esto que el sujeto desdeñe todos los afectos, sino que se siente comprometido con lo que supone una misión trascendental, responsabilidad que se le ha otorgado por ser un hombre capaz de identificar las injusticias y actuar en consecuencia. Incluso declara su necesidad de perdonar a la mujer maldita, pues no es igual, según dice, la maldad de una mujer que la maldad del tirano contra el que lucha (poema XXXVIII); se presenta así al sujeto femenino como un ser siempre más inocente, a veces hasta crédulo e ingenuo. El dolor que el desamor provoca en el autor es, de cierta forma, positivo, pues funciona como catalizador para la creación artística: “Aquí está el pecho, mujer/ que ya sé que lo herirás”, y hacia el final “Mientras más honda la herida/ es mi canto más hermoso” (poema XXXVII).

No obstante, todavía no he mencionado a dos de las figuras femeninas más representativas: la bailarina española y Agar. La primera aparece en el reconocidísimo poema X, el cual narra y describe la experiencia del sujeto lírico que disfruta de un espectáculo nocturno de flamenco; se trata, en realidad, del espectáculo que la española Carolina Otero presentó en un teatro de Nueva York, al cual Martí tuvo el gusto de asistir. Sin olvidar nunca el deber patriótico ni la firmeza de sus ideales –se alegra de que hayan decidido quitar la bandera española, por lo que su conciencia lo deja entrar al teatro– el baile es un momento de distracción absoluta, de disfrute de los movimientos –magistralmente descritos– que realiza la artista, quien, además, se ajusta a un concepto de belleza específico: de piel pálida, mirada de mora y hermosos labios rojos. Por su talento y belleza, llega a equiparse con una deidad, muy alejada de lo terrenal (“¿Cómo dicen que es gallega?/ pues dicen mal: es divina”) y se le compara con “La virgen de la Asunción/ bailando un baile andaluz”. Pero no, esta no es la donna angelicata de los renacentistas, sino una mujer pasional, provocativa. Su boca abierta es como una rosa roja, símbolo de la sensualidad femenina. De hecho, el color rojo invade toda la escena: está en la boca, en los flecos del mantón, las metafóricas llamas de los ojos y los también metafóricos corazones, transfiguración de las tablas en las que repican los tacones de la bailarina. Los adjetivos y expresiones utilizados para describirla son, pues, reveladores, aunque no deben tomarse exactamente al pie de la letra: “traidora”, “zalamera”. No es la mujer pura, ideal, maternal, y todo eso forma parte del espectáculo que le proporciona breves momentos de gozo al sujeto, cuya “alma trémula y sola” regresa a su aislamiento habitual, el que experimentaba Martí en medio de su destierro.

La bailarina tiene mirada, cejas de mora. Varios elementos de la cultura moruna son incluidos en la obra, pues –a pesar de su estrecha relación con la cultura andaluza– esta es percibida como un elemento exótico, es decir, un recurso ideal para ser explotado en un texto modernista. Agar, por su parte, es mora, pero, más que eso, es una mujer que no supo valorar lo que tenía. Desdeñó su perla única y la lanzó al mar, espacio que se personifica en el poema XLII para reprocharle su decisión y asegurarle que se quedará para siempre con su tesoro. El sentido de esta perla no es material, sino más bien espiritual y metafórico: Agar la encuentra de casualidad “en el bazar del amor”, esta es una pista importante. Simboliza el cariño de alguien valioso y diferente que, después de un tiempo, fue menospreciado.

Semejante a Agar es el personaje bíblico, la mujer primigenia, Eva. En líneas anteriores comentaba que puede entrar tanto en el grupo de mujer progenitora, familiar, vital, como en el de mujer fatal, pecadora. Esta, a diferencia de la madre del propio sujeto, Agar o la bailarina española, aparece en más de un poema, porque Eva está en todas partes. En el poema XVI se presenta entremezclada con elementos árabes, pálida como la Luna, mientras deshoja una violeta en el té. Esta flor puede simbolizar, según diversas fuentes, la unión familiar, el matrimonio feliz, la inocencia, el amor eterno, la fidelidad y algunos le atribuyen la capacidad de cortejar y atraer pretendientes con su aroma. Eva constituye, por tanto, la expresión máxima del amor en general.

En el poema XVII la que nació de la costilla de Adán vuelve a ser, en sí, una mezcla de culturas: es rubia y de ojo moro, oscuro, al igual que el canario amarillo “que tiene el ojo tan negro” en el poema XXV. Más que relacionar una cultura u otra con lo positivo o negativo, lo relevante aquí son los colores: el amarillo, cercano al dorado, es la riqueza espiritual, mientras que lo negro es lo oscuro, el defecto. El oro está en el propio Sol, de donde viene y hacia donde va Eva; en ella “vibra el Universo”, dado que en su vientre se gesta la humanidad. Pero todo lo maravilloso tiene su carga negativa, serpiente que acecha en el jardín. En el siguiente poema, el XVIII, Eva es una mujer loca que cambia algo bueno por algo malo, tal como Agar. Se dejó llevar, pues, por la tentación del oro más reluciente, pero las apariencias engañan y, sin darse cuenta, escogió el pecado, que ahora no se materializa en serpiente, sino en pájaro tentador que le trae en su pico un relumbrante alfiler de oro falso. Vuelve a aparecer el caso de una mujer que se condenó a sí misma. Curiosamente, en el poema siguiente (el XIX, conectado con los anteriores) se habla de una mujer tan villana como hermosa que lleva mal puesto un broche y estuvo jugando a juegos prohibidos; al parecer, esto generó consecuencias terribles… el sujeto lírico afirma haber visto una esquela.

En el poema XXV se repite que Eva es rubia y falsa; su cabello es el oro impuro, como ha quedado claro en ejemplos anteriores. Trae el amor y también se lo lleva; forma parte de su carácter dual, cambiante, de mujer que traiciona y mujer que consuela. Todo esto construye un ciclo sin fin al que el sujeto lírico se ha resignado después de vivir tantas experiencias similares. No obstante, Eva, más que para representar a una mujer ambigua, aparece para sintetizar a las mujeres en su conjunto, pues posee en sí misma todas las características de sus diversas sucesoras y herederas.

Es posible concluir que la figura femenina en los Versos Sencillos tiene bastante protagonismo y para representarla se opta por mostrar diversos tipos de mujer. Los personajes o imágenes se ajustan a la donna angelicata, la madre abnegada, la niña inocente, la amante sensual, la fémina malvada, la traidora rompecorazones, entre algunas otras. Hay espacio para todas las versiones de Eva, si bien se echa de menos a la mujer independiente y dueña de sí misma que, obviamente, personificaría una idea de lo femenino que no encaja con la concepción de la sociedad de entonces. A pesar de que no hay duda de que Martí poseyó la capacidad de adelantarse a su época en muchos aspectos relevantes, a la hora de estudiar su obra literaria sería ingenuo olvidar que fue, ante todo, un hombre de su tiempo.