Dos discursos memorables de José Martí. Apuntes para una lectura contemporánea
Por: Dra. Marlene Vázquez Pérez

José Martí no era solo dueño de un verbo privilegiado, también poseía un pensamiento genial, capaz del análisis más profundo, y de la expresión sintética del mismo con solidez de argumentos y honda expresividad poética. Hablar de su indiscutible originalidad literaria es casi un lugar común, pues nadie duda, al leer cualquiera de sus incontables páginas, que estamos en presencia de uno de los poetas más grandes de nuestra lengua, y de cualquier otra lengua.

No obstante, asombra cómo Martí, con apenas veinticuatro horas de diferencia, fue capaz de pronunciar estos discursos, obras magistrales de su oratoria y del pensamiento político nuestramericano. Ambos tuvieron lugar en el Liceo Cubano, de Tampa, el 26 y el 27 de noviembre de 1891. Han pasado a la historia como “Con todos y para el bien de todos,” y “Los pinos nuevos”, respectivamente, gracias a la capacidad de síntesis y el lirismo estremecedor de sus frases de cierre.

“Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantamos sobre ella”.[1] Así arranca, desbordado de emoción y sentimiento patriótico, el primero de ellos. Y el ritmo interno de esa magnífica prosa está especialmente apto para transportar al oyente de entonces, y al lector de hoy, por los caminos de la ética martiana, consustancial a su poética. No se trata del encantamiento bello porque sí, hay un más allá, una vocación de servicio personal, un poder de convencimiento, que dicho de ese modo hermoso cumple mejor su cometido de aunar voluntades.

Y es que para Martí cualquier iniquidad que se cometiera contra un cubano honrado debía doler por igual a todos los cubanos. Decir cubano no es decir individuo, es decir pueblo, es decir unidad contra el gobierno colonial que desangraba entonces a la Isla, y que lesionaba irremediablemente la dignidad de cada ciudadano:

Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre […][2]

La honradez, el sentido del deber, el amor a la libertad, la lucha por la independencia, la solidaridad entre todos los ciudadanos, son elementos medulares en este discurso. No se trata de la guerra contra el español que ha formado familia en Cuba, y que trabaja honestamente por el sustento de los suyos. La guerra será contra el poder despótico de la Metrópoli, que oprime a los cubanos y saquea desembozadamente todas las riquezas del país. No se trata tampoco de una guerra asentada en el odio feroz al opresor, sino de una contienda amorosa, breve, sin ensañamientos ni venganzas innecesarias. No pueden enseñorearse entre nosotros la violencia y el odio. Deben primar el respeto, la concordia, el trabajo creador:

[…] la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio integro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre,—o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos.[3]

Es este precisamente un texto que, por su carácter inclusivo, totalizador, se ha manipulado con fines espurios y se ha tergiversado su sentido con el ánimo de agredir a la Cuba de hoy y su Revolución. En el “todos” de Martí no caben los que azuzan odios, que son, además, falsos, entre cubanos y españoles, entre amos y esclavos, entre negros y blancos. Tampoco caben los cobardes y los egoístas, solo celosos de sus intereses y del cuidado de su fortuna. Ellos, con sus tibiezas y traiciones le hacen el juego a España, pidiendo a esas alturas unas reformas y una autonomía que la “madre Patria” siempre les negó. Tampoco caben los anexionistas, que pretenden hallar en el Norte remedio a nuestros males, a costa de la pérdida definitiva de la independencia y del suicidio como nación, pues a ello conduciría, sin duda alguna, el daño cultural resultante. A esos individuos los llama, con sutil ironía, “olimpos de pisapapel”, “lindoros”, “alzacolas”, “petimetres de la política”, “patriotismo de polvos de arroz”, y desmonta uno por uno todos sus argumentos falsos:

Por supuesto que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir,—y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina. ¿Y qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! // En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. ¡Todo tiene la entraña fea y sangrienta; es fango en las artesas el oro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido de la vida saca almíbar la fruta y colores la flor; nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; ¡y las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos a los ojos humanos sino manchas! ¡Paso a los que no tienen miedo a la luz: caridad para los que tiemblan de sus rayos![4]

En el arte de la preparación de la guerra, y del ejercicio político en la república venidera, están el prever, el contar hasta con las mismas dificultades que salen al paso. Aunar voluntades, levantar el ánimo con el ejemplo de los héroes de la pasada contienda, tener fe en el ideal de justicia, que debe convertirse en realidad palpable, es el único camino para llegar a la luz, a la libertad, a la dignidad de los cubanos, y de la nación independiente. Y en ese quehacer, han de ir de la mano, hombro con hombro, todos los cubanos honorables.

“Los pinos nuevos” fue un discurso conmemorativo por el vigésimo aniversario del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, tal vez el crimen más horrendo que tuvo lugar en Cuba bajo el dominio colonial español. Y fue incluso improvisado, pues el propio Martí lo dice al inicio: “Pido luto a mi pensamiento para las frases breves que se esperan esta noche del viajero que viene a estas palabras de improviso, después de un día atareado de creación: y el pensamiento se me niega al luto”.[5]

Es un discurso optimista, a pesar del hecho trágico que se está conmemorando. Y es que Martí está inmerso ya en la preparación de la Guerra necesaria; al año siguiente, apenas cuatro meses después, se fundaría el Partido Revolucionario Cubano, y lo más importante es elevar la moral para la nueva contienda libertaria, pues más triste que recordar con llanto a los jóvenes asesinados, es permitir, por temor a los rigores de la guerra, que se sigan cometiendo en Cuba crímenes como ese, y que se continúe sumido en la humillación y la ignominia.

El discurso es de una prosa poética bellísima, con un ritmo que cautiva al lector, y si se lee en voz alta, se piensa inmediatamente en el hechizo que debió ejercer ese verbo privilegiado sobre el auditorio de emigrados cubanos allí reunidos. Incluso, se advierten, inmersos con toda naturalidad en el texto en prosa, versos endecasílabos, eneasílabos, alejandrinos, de manera tal que hay párrafos completos cuyas oraciones pudieran disponerse tipográficamente en forma de versos, y parecería uno más de los poemas de Versos libres. También hay sentencias breves, concentradoras de ideas claves del pensamiento martiano en torno a la muerte útil. Valga este botón de muestra:

Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida. La mañana después de la tormenta, por la cuenca del árbol desraigado echa la tierra fuente de frescura, y es más alegre el verde de los árboles, y el aire está como lleno de banderas, y el cielo es un dosel de gloria azul, y se inundan los pechos de los hombres de una titánica alegría. Allá, por sobre los depósitos de la muerte, aletea, como redimiéndose, y se pierde por lo alto de los aires, la luz que surge invicta de la podredumbre. La amapola más roja y más leve crece sobre las tumbas desatendidas. El árbol que da mejor fruta es el que tiene debajo un muerto.[6]

Hay que decir también que este discurso alude directamente a hechos de la vida de Martí. No olvidemos que su amigo Fermín Valdés Domínguez fue uno de los encausados en este proceso, y seguramente, por conducto de él recibió el testimonio desgarrador de aquellos momentos.

Un año después del crimen, cuando Martí residía en Madrid durante su primera deportación a España, tuvo lugar un homenaje a los estudiantes ejecutados. Muy temprano, en la fría mañana invernal, circuló en la capital la hoja impresa El día 27 de Noviembre de 1871, escrita por Martí y firmada por Fermín Valdés Domínguez y Pedro J. de la Torre. Más tarde, un grupo de cubanos residentes en la ciudad ofrecieron honras fúnebres en el Oratorio de Caballero de Gracia, muy cerca de la Gran Vía madrileña, a los ocho estudiantes de Medicina fusilados en Cuba, en el primer aniversario de su caída. Esa noche, en la casa de Sauvalle, Martí pronuncia un discurso muy emotivo. Fermín recordará así aquel hecho:

En la Iglesia de Caballero de Gracia se reunieron, a las nueve de la mañana, muchos cubanos y varios literatos y hombres políticos peninsulares afiliados a distintos partidos.—Aquel día circuló por Madrid una hoja impresa que fijamos en algunas de las esquinas más públicas de la Corte, y que fue comentada satisfactoriamente por varios periódicos. Esta hoja […], aunque suscrita por mi ya difunto compañero Pedro de la Torre y por mí, la escribió mi hermano queridísimo, el distinguido literato D. José Martí, identificado como cubano, con mis dolores, y con las desventuras y tristezas de la patria.[7]

De esta misma época data el extenso poema elegíaco de Martí “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”. Repasar el poema escrito por el joven de madurez precoz de 1872, nos muestra la extrema coherencia de su pensamiento. La tristeza, el dolor, nunca serán motivo de desánimo para él, al contrario, son estímulo para los sentimientos libertarios, fortalecen el amor a la patria del desterrado, que supo la infausta nueva en medio de la nostalgia y los rigores del exilio. Quién en 1891 alabó la muerte útil, fecundante, es el mismo que escribió, entre lágrimas y amarguras los siguientes versos:

[…] Cuando se muere

en brazos de la patria agradecida

la muerte acaba, la prisión se rompe;

empieza, al fin, con el morir la vida![8]

Debe reconocerse, además, que el cierre de este discurso alude a un tema que ya había tratado reiteradamente, la división generacional entre los héroes de la Guerra de los Diez Años, cuyo temple había sido probado en el campo de batalla, y los jóvenes revolucionarios que, como el propio Martí, se aprestaban para acudir al llamado de la Patria en el momento oportuno. Con el ánimo de limar diferencias, de consolidar la unidad indispensable al triunfo, fija Martí con optimismo la idea de la continuidad entre los hombres del sesenta y ocho, los jóvenes tronchados en plena juventud, y los combatientes en ciernes:

Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida. Ayer lo oí a la misma tierra, cuando venía, por la tarde hosca, a este pueblo fiel. Era el paisaje húmedo y negruzco; corría turbulento el arroyo cenagoso; las cañas, pocas y mustias, no mecían su verdor quejosamente, como aquellas queridas por donde piden redención los que las fecundaron con su muerte, sino se entraban, ásperas e hirsutas, como puñales extranjeros, por el corazón: y en lo alto de las nubes desgarradas, un pino, desafiando la tempestad, erguía entero, su copa. Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos![9]

Bajo esa óptica de la continuidad del pensamiento revolucionario deben ser leídos ambos discursos, documentos fundadores de la nación y de la cultura cubana en el sentido más amplio. Volver sobre sus páginas es una necesidad imperiosa

[1] JM, Discurso pronunciado en el Liceo Cubano, de Tampa, el 26 de noviembre de 1891. OC, t. 4, p. 269.

[2] Ibídem, p. 270.

[3] Ídem.

[4] Ibídem, pp. 273-274.

[5] Ibídem, p. 283.

[6] Ídem.

[7] Fermín Valdés Domínguez, El 27 de noviembre de 1871, octava edición, (preámbulo por Fernando Portuondo del Prado, La Habana, Universidad de La Habana, 1969, pp. 147-148). Sobre la labor de Fermín Valdés Domínguez en la vindicación de los ocho estudiantes injustamente fusilados, véase de José Martí: Discurso en honor de Fermín Valdés Domínguez, en el salón Jaeger’s, Nueva York, 24 de febrero de 1894, OC, t. 4, pp.317-326.

[8] JM, “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, OCEC, t. 15, p. 63.

[9] JM, OC, t. 4, p. 286.