Araceli García Carranza: “La bibliografía es escuela de orden”
Por: Charo Guerra

Vinculada al Centro de Estudios Martianos (CEM) desde su génesis en la Sala “Martí” de la Biblioteca Nacional de Cuba, la doctora en Filosofía y Letras Araceli García Carranza (La Habana, 1937) ha allanado los caminos de muchos investigadores cubanos y del mundo gracias a su dominio de una disciplina que define como “escuela de orden”, la Bibliografía. No hallo mejor título para esta entrevista que esa precisión conceptual suya que argumenta con sencillez: “Un repertorio bibliográfico es la piedra angular para orientarse en cualquier estudio”. Así, Araceli acompaña al investigador en su tránsito por el cúmulo de hechos y datos valiosos. Comenzó a hacerlo en 1962 y hasta hoy continúa haciéndolo con igual disposición. Luego expandió ese atributo desde el don de la ubicuidad que le conceden sus innumerables estudios bibliográficos publicados en forma de libros y/o folletos. Por ejemplo, los dedicados a José Martí (además con actualizaciones en el Anuario del CEM), Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Ramiro Guerra, Fernando Ortiz, Elías Entralgo, Emilio Roig de Leuchsenring, Eusebio Leal Spengler, Cintio Vitier, Fina García-Marruz, María Villar Buceta, Roberto Fernández Retamar, Padre Varela, entre otros, e índices analíticos de publicaciones cubanas (siglo xix hasta fechas recientes).

Fue condecorada hace poco con la orden “Carlos J. Finlay”, posee la Distinción por la Cultura Nacional, las medallas “Alejo Carpentier”, “Nicolás Guillén” y “Raúl Gómez García”. Ha sido reconocida con los premios Nacional de Investigación Cultural (2003) por la obra de la vida, “La utilidad de la virtud”, de la Sociedad Cultural “José Martí”, y “Pensar es servir”, del CEM. Es miembro del Tribunal de Categorías Científicas del Ministerio de Cultura desde 1995, miembro corresponsal de la Sección de Bibliografía de la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones de la Biblioteca (IFLA), e integrante del Consejo de Redacción de la revista estadounidense Cuban Studies. En 60 años de trabajo ha ocupado múltiples responsabilidades en la Biblioteca Nacional “José Martí” y en cada una ha puesto a prueba su rigor, animada por el sentimiento que su “generación llamó pasión bibliotecaria”.

Con la orden “Carlos J. Finlay” suele distinguirse el trabajo de notables científicos. ¿Qué representa ese reconocimiento para una intelectual de perfil tradicionalmente identificado con las letras? ¿Cuál sería el más certero para su profesión?

Para mí la orden “Finlay” ha sido una verdadera sorpresa. No sé los nombres de quienes tuvieron esa deferencia conmigo, debe haber sido un jurado del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Cuba. Mi mayor agradecimiento a quienes votaron a favor de que yo recibiera semejante honor. El perfil más certero para el bibliógrafo es el de las Ciencias Sociales, puesto que la disciplina requiere descripción, análisis, sistematización y otras acciones técnicas para lograr mediante repertorios de consulta y ensayos bibliográfico-críticos abrir puertas hacia nuevos saberes a investigadores y estudiosos.

¿A qué atribuye el reconocimiento social (incluso el no formal) de que goza?

Creo que he sido útil, he tratado de hacer del servicio un baluarte, función primera de cualquier biblioteca del mundo. Para garantizarlo, he creado recursos hasta donde ha sido posible. No puedo contar ya cuántos repertorios he compilado: índices de revistas, biobibliografías de grandes figuras de la cultura cubana y bibliografias históricas y literarias, ensayos bibliográfico-críticos o hilos conductores que facilitan la búsqueda al estudioso, y además he promovido y sugerido decenas de trabajos de esa índole que hoy forman parte de las herramientas de nuestro Departamento de Referencias.

 ¿Cómo asume cada uno de sus estudios bibliográficos?, ¿son encomiendas, sugerencias suyas o necesidades propias de la institución? ¿Cuáles han sido los más significativos y cuáles los más difíciles?

Los más significativos, creo han sido las biobibliografias de grandes de la cultura cubana y los ensayos que he publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”. Cada trabajo lo he asumido con disciplina y respeto. En general, he propuesto muchos repertorios a la dirección de la Biblioteca Nacional. Otros han respondido a necesidades de la institución, a sus planes de trabajo, o han sido solicitados y promovidos por la compra o el donativo de colecciones, o viceversa. Para todos he utilizado los recursos de un bibliógrafo: estudiar en lo posible la personalidad o el hecho a compilar, describir los documentos según reglas técnicas (es preciso conocerlas todas), analizar los contenidos, sistematizar lo recuperado, indizar datos generales y específicos, escribir notas o comentarios de cada documento, según lo exija la información recuperada, etc. Hay que recorrer caminos diferentes, según las personalidades y sus obras, precisar sus colaboraciones en publicaciones de sus épocas, conocer lo que se publica en cada caso, así como las colecciones, que pueden estar conformadas por varios tipos de documentos y características diversas. Así también ocurre con los hechos históricos o literarios, ninguno es igual al otro. En cada uno deben estudiarse las colecciones, la prensa, saber a dónde dirigirse, en fin que todos los repertorios poseen dificultades y generan satisfacciones.

¿Qué importancia le concede al estudio bibliográfico y a la indización de publicaciones periódicas? ¿Qué saberes asienta en el bibliógrafo?

La Bibliografía es escuela de orden, camino al conocimiento, y tanto las compilaciones como los índices de revistas son instrumentos imprescindibles en el campo de las investigaciones culturales, históricas, literarias y demás. En cuanto a los conocimientos: el bibliógrafo se convierte en especialista de los temas que trabaja y no puede ni debe ser ajeno al servicio que, a partir de sus experiencias, puede brindar. Además debe ser un conocedor de colecciones, en especial las de su país.

La recopilación científicamente organizada de información, ¿cuántas dudas puede generar y cuán creativas pueden llegar a ser esas dudas para el estudioso que sepa reparar en ellas?

Las dificultades animan y despiertan la curiosidad del bibliógrafo y pueden llevarlo a nuevos saberes. No creo que despierte tantas dudas como tanta curiosidad por llegar a la verdad. El conocimiento organizado es la razón de ser de la investigación.

Históricamente la Biblioteca ha empleado en su entorno a reconocidos escritores. De la misma época de sus muy cercanos Fina García-Marruz y Cintio Vitier, ¿a quiénes recuerda en especial?

Estar cerca de personas tan valiosas enriqueció mi espíritu. Han sido muchos. En particular, recuerdo a Octavio Smith que me quería como a su madre. Me decía que, en relación conmigo, él tenía el dilema de Confucio: una madre más joven que él mismo. A Roberto Friol, quien siempre me agradeció su Suite para Juan Francisco Manzano. Y mencionaré también a Renée Méndez Capote, Walterio Carbonell y Eliseo Diego, aunque te repito la lista es mayor.

Renée era entusiasta, optimista, alegre. Fue redactora de nuestra revista a principios de los años 60. La recuerdo a ella, sentada a una mesa recién barnizada, en el Departamento de Colección Cubana, acompañada de Cintio, Fina y Friol. Leía para ellos los capítulos de Memorias de una cubanita que nació con el siglo, según los iba escribiendo. Cuando Julito (Julio Domínguez) y yo nos casamos en 1963, Renée me regaló un pañuelito. Al entregármelo me dijo que yo le caía muy bien. Fue un gesto muy delicado. De esa época son también Walterio Carbonell, educado, respetuoso y caballeroso, un hombre de paz a pesar de su salud quebrantada. Y Eliseo Diego, inolvidable, muy querido y considerado en el Departamento Juvenil e Infantil. Otro hombre de paz. Mi hermana Josefina sentía mucho afecto por él.

 Su vínculo con Fina García-Marruz y con Cintio Vitier en la Sala “Martí”, ¿cuánto trascendió en su propio aprendizaje? ¿Cómo los recuerda de jóvenes, en medio de proyectos que usted vio multiplicarse desde la idea hasta la consecución?

Cintio y Fina fueron trabajadores ejemplares, verdaderos investigadores, seres humanos que incorporaron el pensamiento martiano a sus propias vidas. En 1968 fundaron la Sala “Martí” en el Departamento Colección Cubana que yo dirigía. Lo convirtieron en un verdadero santuario. La Sala, al decir del apasionado martiano Manuel Pedro González, “es el más grande monumento al Apóstol hasta hoy”. De ella nacería el muy prestigioso Centro de Estudios Martianos. Tanto Fina como Cintio fueron ejemplos para mi vida profesional y personal. En la década de los 70 fui nada menos que jefa de ambos. Supe distinguirlos como intelectuales y excelentes personas.

¿Era cómoda para usted la relación jefa-subordinados?

Cuando supe que sería la jefa de ellos, lo primero que hice fue llamar a Cintio a mi oficina. Le dije: “mire, como usted es un intelectual de tanta talla, no voy a ser su jefa sino su secretaria”. Cintio tenía sentido del humor, así que le resultó agradable aquel encuentro. A partir de entonces yo trataba de que, en medio de las inmensas dificultades, por lo menos él y Fina no carecieran de lo elemental para el trabajo. Siempre propusieron sus proyectos y Cintio, en especial, se convirtió en mi asesor, lo cual fue un verdadero honor para mí. Fuimos muy buenos amigos, juntos asistieron a la ceremonia de mi boda, y Cintio fue el testigo principal de mi matrimonio que, como el suyo, fue ejemplar.

A propósito de parejas que comparten intereses profesionales, que fue también su experiencia, ¿es posible lograr que las relaciones armonicen en los ámbitos doméstico y laboral?

Cuando hay amor verdadero todo es posible. Julito fue el mejor entre los mejores, un ser humano excepcional, aunque la apreciación venga de su propia esposa. Si me oyera (o leyera), diría: “Habló mi mujer”. Ejerció el periodismo y después, en los años 90, volvió a la Biblioteca Nacional, donde publicó Noticias de la República, cronología que dejó lista hasta 1940. En los 60 ya él había trabajado en la Biblioteca. Fue en esos años cuando nos conocimos.

¿Cómo fue el proceso de formación del Centro de Estudios Martianos desde la Sala “Martí”? ¿Cuánto está vigente hoy ese vínculo en su colaboración con el CEM?

En 1977 la Sala pasa, convertida ya en CEM, a lo que es hoy la Galería “El reino de este mundo” de la BNJM. Luego se fue desarrollando cada vez más hasta disponer de la sede actual en Calzada y 4 (en la casa donde viviera el hijo de Martí, José Francisco Zayas Bazán con su esposa María Teresa Bances y Fernández Criado). Cintio y Fina sentaron las bases del proyecto inicial que sería asimilado y desarrollado después bajo excelentes directores e investigadores. En especial, ellos lograron los primeros catálogos de la Edición Crítica cuyo primer tomo llegaron a publicar. A instancias de Vitier empecé a compilar la bibliografía martiana en 1969. Primero para el Anuario martiano que después se denominó Anuario del CEM. Desde entonces hasta nuestros días, todos los directores del CEM han tenido en cuenta mi trabajo y continúo haciendo la compilación.

¿Cree que el avance de la tecnología puede hacer obsoleta la biblioteca? ¿Está preparada la red de bibliotecas del país para los nuevos tiempos?

Nunca la biblioteca será obsoleta. Las bibliotecas son tesoros de la cultura en cualquier país del mundo. La Internet orienta y es útil, pero el referencista, el bibliógrafo o el bibliotecario son insustituibles. Si se especializan y dominan colecciones, aportan mucho más que cualquier buscador automático. Por razones económicas todavía no estamos bien preparados para los nuevos tiempos, aunque se hacen esfuerzos contundentes para conseguirlo.

Usted y su hermana Josefina García Carranza trabajaron juntas en muchos proyectos. Supongo esa cercanía haya sido otro reto.

Mi hermana se había graduado de bachiller cuando yo empecé a trabajar en la Biblioteca Nacional, así que allí encontramos trabajo las dos. Le encantó la Técnica bibliotecaria y la estudió. Trabajadora ejemplar, mi relación con ella fue siempre de excelencia, a pesar de haber sido su jefa durante más de 40 años. El respeto y la entrega al trabajo primaron por encima de inútiles privilegios. Jose fue una especialista de corazón, sintió y compartió lo que mi generación llamó pasión bibliotecaria. Durante muchos años fue referencista de la vida y la obra de José Martí. Antes había trabajado la prensa del siglo xix y bibliografías personales (conmigo o sola). Juntas preparamos la de Fina, la segunda de Cintio, y otras como la de Carlos Rafael Rodríguez, en fin muchísimas que dan servicio en nuestra institución.

En su profesión hay un magisterio más allá de las aulas. ¿Puede hablarse de relevo?

Está demostrado que el bibliotecario es un pedagogo en el ejercicio de su profesión. Ese es el mejor magisterio. Yo impartí clases durante cuatro años en la universidad, pero nada se compara a la práctica. Cuando servimos, estamos enseñando. De todos modos, también lo hacemos formalmente para nivel superior: asesoramos y orientamos trabajos de grado, somos tutores u oponentes de tesis. Los bibliotecarios más avezados son verdaderos maestros. En cuanto al relevo, al menos ya existe en nuestro Departamento de Investigaciones. La investigación bibliotecológica y bibliográfica tiene un camino muy amplio. Hay mucha experiencia que compartir, el desempeño en la docencia, dentro y fuera de las aulas, es noble y necesario.

Descontando la circunstancia actual de la pandemia, ¿presta todavía servicios al público? Me consta que atiende con mucha dedicación, modestia y eficiencia lo mismo a personalidades reconocidísimas, que a desconocidos…

Nunca dejo de servir por teléfono o por correo o cuando voy a la Biblioteca Nacional. En las presentes circunstancias, solo por teléfono. Ahora me recuerdas otra vez a Cintio y a Fina: ellos servían a todos por igual desde el usuario más sencillo hasta el intelectual más dotado. Fueron excepcionales.

En estos momentos, ¿qué labores realiza como investigadora?

Soy jefa de investigaciones de la Biblioteca Nacional, doy servicios y compilo la obra de Martí, Carpentier, y otras relevantes figuras de la cultura cubana con vistas a lograr otros ensayos bibliográfico-críticos. Siempre trabajo a Martí, y a Alejo Carpentier, recientemente a Marcelo Pogolotti y a Graziella Pogolotti, y ahora con motivo del centenario de Cintio compilo un extenso suplemento a su bibliografía (que incluye asientos rezagados y la actualización), de la cual hasta el día de hoy he publicado, primero: Más de 40 años con la poesía, en la Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”, en 1983. Y, en el año 2001, bajo el título Más de 60 años con la poesía, para esa misma revista. Con Eloísa Carreras compilo la obra del Dr. Armando Hart Dávalos. Ya está publicado el primer volumen que abarca sus años jóvenes hasta 1977. Ambas trabajamos dos volúmenes más correspondientes a sus ejecutorias en el Ministerio de Cultura y en la Oficina del Programa Martiano.

En el amplio conjunto de publicaciones periódicas del país, considero que el sello de la Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí” destaca, entre otras bondades editoriales, por la inclusión de breves repertorios bibliográficos de su autoría…

La revista es orgullo de la cultura cubana, he sido su jefa de redacción desde los años 90. Es una mina de saberes, obra de consulta obligatoria para quienes se interesan por la historia, la literatura y la cultura de Cuba. La Biblioteca Nacional ha honrado a la prensa cubana con su revista, dirigida por grandes y muy valiosos intelectuales de Cuba. Su primer director fue el erudito y patricio don Domingo Figarola Caneda, quien la fundó en 1909, antes ya había fundado la Biblioteca Nacional en 1901 para lo cual donó los primeros 3 mil y tantos ejemplares de sus fondos. Nuestra revista cumplió 110 años y está viva. No es posible dejar de mencionar a otro director, el sabio cubano Juan Perez de la Riva, quien desde los años 60 hasta su muerte en 1976, también logró una revista muy respetable. Sin olvidar a sus secretarias de redacción: Luisa Campuzano, Siomara Sánchez, Carmen Suárez León y Josefina García Carranza, ni a sus jefes de Redacción: Salvador Bueno y Rafael Acosta de Arriba. Mención aparte merecen sus directores: Lilia Castro de Morales, Julio Le Riverend Brusone, Eliades Acosta Matos y Eduardo Torres Cuevas. En la actualidad la dirige con acierto Rafael Acosta de Arriba. Su sello es la excelente selección de textos enriquecedores referentes a historia y literatura cubanas. Y, efectivamente, los repertorios bibliográficos y los ensayos bibliográfico-críticos de mi autoría, como los últimos sobre la guerra de los diez años, la guerra hispanocubano americana y las biobibliografias y ensayos de personalidades cubanas.

¿Cuánto ha aportado la Biblioteca Nacional a la cultura de la nación? ¿Cuál es su mayor deseo para esta institución que está cumpliendo 120 años?

La Biblioteca Nacional atesora el movimiento editorial de Cuba y lo más representativo de la literatura universal, uno de los preciados valores de la nación. Ha ofrecido miles de servicios a investigadores y estudiosos cubanos y extranjeros con generosidad, seriedad y calidad, y se ha ganado gran prestigio entre nosotros así como a nivel internacional. En su 120 aniversario mi mayor deseo es que se desarrolle cada vez más y exista siempre, porque en nuestra institución están depositadas las experiencias nuestras como pueblo y lo más puro del pensamiento cubano y universal.

Llegados una edad de madurez, a veces sopesamos diferentes caminos posibles de nuestra existencia. Fuera de la Biblioteca Nacional de Cuba, ¿cuáles serían los suyos?

No los hay. No concibo estar desligada de la Biblioteca Nacional, mucho menos de la Bibliografía.

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