Catedral de Guatemala
<p>En marzo de 1877, el muy joven José Martí llega a Guatemala y se marcha definitivamente del país a fines de abril de 1878. En ese poco más de un año de estancia casi permanente, llegó conocer a la perfección lo que hoy es el sector más antiguo de la capital guatemalteca donde residiera, trabajara y cultivara entrañables amistades. Seguramente, gracias a sus traslados habituales a pie, llegó a conocer a la perfección las edificaciones más importantes, entre ellas, la Catedral Metropolitana, que consideró “vasta y artística”, y quedaría impresionado, sobre todo, con su majestuosa entrada, presidida por esculturas de los evangelistas, entre los cuales su predilecto fue el San Juan --“la amorosa cabeza se destaca, natural es la posición, buena la mano, bien tocada la difícil cabellera”. Aquellas cuatro tallas en “piedra burda” se destruyeron a consecuencia de los terremotos ocurridos a inicios del XX. El atrio, tal cual lo conoció Martí, no existe ya. <br/ >
<p>“En el atrio de la Catedral, que se parece a todas las grandes iglesias americanas, con sus tres naves en el interior,—y su fachada de puerta colosal, enmarcada entre las dos elegantes torres de los costados,—se alzan las estatuas de los Evangelistas, obra de un escultor indígena—que jamás ha visto en su tierra otras obras de arte que el caballo incorrecto que adorna la fuente de la Plaza, ni ha salido nunca de su país, y que hace con la misma facilidad ese excelente San Juan tallado en la piedra amarilla, como una Venus indolente tallada en una concha. Ese escultor se llama Cirilo Lara.”<br/ >