Cierran los negocios públicos y políticos para celebrar y el periodista José Julián Martí Pérez está atento a los motivos de la celebración y, raudo, toma su pluma al vuelo y escribe en epístola enjundiosa la crónica de un fin de año en la ciudad cosmopolita donde reside. De esta manera nos describe el contexto:
Nueva York es en estos días ciudad ocupadísima: es fiesta de ricos y de pobres, y de mayores y pequeños. Son días de finezas entre los amantes, de efusión entre los amigos, de regocijo, susto y esperanza en los niños.1
Lo escribe en una Carta de Nueva York, enviada desde esta ciudad, a 24 de diciembre del 1881, para el Señor Director de La Opinión Nacional –Fausto Teodoro de Aldrey–, y publicada por este en su diario caraqueño, a 6 de enero del 1882. Martí presenta su carta con un sumario donde titula distintas imágenes del mundo neoyorkino:
Las Pascuas. –Pascuas y Christmas. –La caja de presentes. –El calcetín maravilloso. –El buen Santa Claus. –La Chanucka. –Los hijos de los peregrinos. –El caballero Frelinghuysen– Todo, todo, todo. –Flores pascuales.2
Primero nos presenta Las Pascuas de diciembre en general, aunque distingue entre Las Pascuas españolas y Las Pascuas norteñas de cuando: “Doblan los periódicos sus páginas, y las acompañan de láminas hermosas, llenas de nevadas campiñas, de revoltosos venados, de barbudos viejos, de chimeneas abiertas, de calcetines próvidos, –los símbolos de Christmas”.3 Sin embargo:
No son, como aquellas de España, fiestas de pavo y lechoncillo, ni días de siega de lechugas y aderezo de atunes y besugos. […] No son las Christmas del yanqui como las Pascuas del hidalgo. Ni es la cena sino mero accidente de este regocijado jubileo. Las Christmas son las fiestas del dar y el recibir […]4
Las Navidades yanquis son así, las fiestas del comercio, ya sea en dinero o en especie a modo de intercambio de regalos, donde la caridad aparece para el pariente pobre bajo ribetes de ostentación de la pujante riqueza de Norteamérica, cuyos senadores no dejan de pensar en la anexión de México o del Canadá.
Mas, Martí piensa en la esperanza del mundo neoyorkino y en el personaje esperado con la caja de presentes para el calcetín maravilloso, pues, “A Santa Claus, que es el buen San Nicolás, ruegan los niños todo el mes de diciembre; y le prometen conducirse bien, como a la Lela Marien, que es la dulcísima Virgen, ofrecen en casos graves las gallardas moras […]”.5 Además, nos presenta la multiculturalidad de la urbe y los simbolismos de las jornadas de diciembre:
[…] los hebreos celebran su Chanucka; y los hijos de los peregrinos el desembarco de los mensajeros de la libertad, que un día once de diciembre llegaron a las playas de la misteriosa América hace doscientos sesenta y un años. De su religión, los hebreos como los polacos, hacen patria. ¡Otros la hacen de un amor, y muerto él, van por la tierra como desterrados! ¡Otros la hacen de un sueño! Aquella lengua raizal, como fue hecha y hablada en tiempos raíces, de que han venido luego estos pueblos de ahora, como frondosísimo ramaje, es conservada con pasión, cual joya de familia, en la casa de los judíos. Para ellos, la indiferencia religiosa, no es delito de incredulidad, sino de traición. Dejar solo el templo en los días de fiesta, es desertar de las banderas de la patria; y ¡de la patria puede tal vez desertarse, mas nunca en su desventura! Cierran talleres y tiendas en los días consagrados por su iglesia, y celebran con danzas y festines las hazañas de Judas Macabeo, que se llamó el Macab, porque dio golpes de maza en la testuz de los tiranos, y entró triunfante, a la cabeza de sus huestes redentoras, en el templo que había profanado el vil Antíoco. Todo lo cual aconteció hace más de dos mil años. Como injurias mortales y recientes, abominan aún los judíos las groseras profanaciones del sanguinario rey de Siria, que regó con agua en que había hervido un cerdo, el templo venerado de Salomón, y dio muerte a tantos judíos que fue la hecatombe terrible, más alta que el templo. Aún calientan el rostro pálido y enjuto de los hebreos de ahora, las llamas en que echó a arder Antíoco Epifanes las Santas Escrituras, ¡Aún sienten aquel ardor que llevó a sus antepasados a cobijarse bajo la bandera de Matatías, rebelarse fieramente contra el general del rey, y echarse, como mar en cólera, por llanos y montañas!6
De este modo, Martí nos enseña que cada fiesta está motivada por los recuerdos, por la historia y la memoria colectiva de los pueblos. Que cada fiesta es la renovación del sentimiento de comunión con que se honra la patria por sus nobles o heroicos orígenes.
1 José Martí, Obras Completas, t. 9, 1975, p. 199.
2 Ibídem, p. 197.
3 Ib., p. 200.
4 Ib., p. 201.
5 Ídem.
6 Ib., p. 205.