Martí en Fidel, vigencia y continuidad de un legado redentor
Por: Marlene Vázquez Pérez

Conocí la Historia me absolverá en mis años de estudiante y, desde entonces hasta hoy la he repasado varias veces, en distintos momentos de mi vida. Al adentrarme en sus páginas después de mucho tiempo, me vuelve a conmover esa magnífica pieza de la oratoria cubana, que vale por su calidad conceptual y expresiva, independientemente del hecho histórico que la motivó y de su justeza.

La notable erudición de sus páginas está sustentada en el recorrido que hace Fidel por la cultura universal: parte de la antigüedad, pasa por las cumbres del pensamiento medieval, renacentista e ilustrado, y desemboca con toda naturalidad en la obra de José Martí. Realmente, es un heredero –como lo fue también la generación revolucionaria anterior a la suya, la del Treinta, que derrocó la dictadura de Gerardo Machado–, del legado del prócer, y lo asume de una manera que rebasa el deslumbramiento ante la palabra aforística, el lirismo y la lucidez del pensamiento, para incorporarlo a su programa de acción y a la práctica cotidiana.

Tal vez la zona más conocida y citada del alegato sea el siguiente párrafo:

Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!1

El párrafo es estremecedor hasta por el ritmo interno de la prosa, el énfasis de la oratoria, y el contraste del hecho heroico con los homenajes oficiales que se le hicieron a Martí, auspiciados por Fulgencio Batista y su equipo de gobierno. Venían muy bien al dictador para lavar su imagen después del cuartelazo del 10 de marzo de 1952, a menos de un año del natalicio de Martí. Aunque hubo contribuciones muy valiosas a la efemérides, sobre todo desde el ámbito de la cultura y la intelectualidad cubana e internacional, los fastos oficiales pretendían ocultar una realidad de miseria extrema, analfabetismo, insalubridad, corrupción, crimen, subordinación a los Estados Unidos, entre otros males sociales.

Al referir las circunstancias de la primera vista oral del juicio del Moncada, y su decisión de reconocer la participación suya y de sus compañeros, sin previo acuerdo, pues todos estaban incomunicados, y exonerar de culpas a inocentes detenidos, concluye, ante la coincidencia de actitud de todos los moncadistas:

Es que, cuando los hombres llevan en la mente un mismo ideal, nada puede incomunicarlos, ni las paredes de una cárcel, ni la tierra de los cementerios, porque un mismo recuerdo, una misma alma, una misma idea, una misma conciencia y dignidad los alienta a todos.2

Es evidente el tono sentencioso, generalizador, de raíz martiana, pues esa ética no había sido aprendida de memoria como un catecismo, sino asumida conscientemente como un instrumento de análisis de la realidad social de su patria y luego convertida en línea de conducta y práctica transformadora.

El sentido martiano del deber, de la justicia, del apego a la verdad, saltan a la vista en el párrafo antes citado, y quien conoce la biografía de ambos, no puede dejar de pensar en el juicio que sufrió el Martí adolescente, junto a su amigo Fermín Valdés Domínguez, por la carta acusatoria que dirigieron a su condiscípulo Carlos de Castro y Castro, unido al cuerpo de Voluntarios y a quién trataban de apóstata. Aunque la firmaron los dos, Martí no dudó un instante en asumir toda la responsabilidad y exonerar al amigo, que insistía en compartirla, y lo único que había hecho era estampar su rúbrica.

Las circunstancias en que tuvo que defenderse Fidel fueron totalmente adversas, sin acceso a los libros y documentos que cualquier abogado necesitaría para prepararse. Denunció que le impidieron obtener libros de Martí, pero ello no significó un obstáculo insalvable y en el cuerpo del texto, aunque hay varias citas textuales de la obra martiana, lo que más abunda es su espíritu, especialmente lo concerniente a los varios discursos conmemorativos del 10 de octubre que pronunciara Martí en Nueva York: “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”.3

Por sus orígenes de clase, y su indudable talento como jurista, no necesitaba Fidel emprender un camino plagado de riesgos y de enormes sacrificios personales. Los asumió por la vocación de servicio a sus compatriotas, cuyas circunstancias vitales debían ser cambiadas para bien. Pensemos, si no, en esa mirada suya al tema de la educación, uno de los problemas más graves de la República, donde existía un elevado índice de analfabetismo. Sus juicios al respecto remiten a una lectura atenta, entre otros, del texto de Martí “Maestros ambulantes” (1884). La conocida frase martiana, idea central de este artículo dice: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. // Ser culto es el único modo de ser libre. // Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”. 4

Apartándonos un momento de “La Historia me absolverá”, y centrándonos en los primeros años posteriores al triunfo, cuando empezó a materializarse el programa del Moncada, nos encontramos con hechos que resultan verdaderamente insólitos en el contexto un país en guerra, con bandidos sobre las armas en el Escambray y otras zonas del país, con la invasión mercenaria por Playa Girón, precedida de los bombardeos a los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba: en ese propio año 1961 tuvieron lugar acontecimientos que solo una revolución de profundo sentido humanista y martiano llevaría a cabo: la Campaña de Alfabetización, y la ulterior creación del Sistema Nacional de Becas, y la reunión de Fidel con los creadores cubanos, donde pronunció su conocido discurso “Palabras a los intelectuales”. Ningún estadista, en medio de una contienda bélica, se preocupa de manera tan especial por la educación y por los debates teóricos en torno a la cultura. Esa preocupación denota también que dentro del proceso emancipatorio fidelista, de raíz martiana, el cambio de mentalidad era fundamental, y solo por esa vía se llegaba a un pensamiento crítico, que sería, en definitiva, salvaguarda de la nación y de su soberanía en todos los órdenes. Fidel, como Martí, era consciente de que no bastaba con conquistar la independencia, había que completarla y fortalecerla día a día, con las ideas como arma.

Pero volvamos al alegato del Moncada y su relación de vasos comunicantes con la obra de José Martí. Por momentos hay interpelaciones al tribunal que lo juzga que tocan las fibras más sensibles del ser humano. Hay ecos de El presidio político en Cuba5 en el clamor por el sentimiento de la gente común, pues era consciente de la necesidad de la publicación posterior de este documento:

Si en vuestras almas queda un latido de amor a la patria, de amor a la humanidad, de amor a la justicia, escuchadme con atención. Sé que me obligarán al silencio durante muchos años; sé que tratarán de ocultar la verdad por todos los medios posibles; sé que contra mí se alzará la conjura del olvido. Pero mi voz no se ahogará por eso: cobra fuerzas en mi pecho mientras más solo me siento y quiero darle en mi corazón todo el calor que le niegan las almas cobardes.6

Es conocido que entre los objetivos que se había propuesto Fidel con el asalto al cuartel Moncada estaba sumar al movimiento revolucionario a los soldados de la propia guarnición: hombres humildes, pertenecientes también a ese pueblo sufrido que conceptualizó de manera magistral:

Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre.7

Esa fe en el pueblo, en sus propias capacidades para asumir y transformar su destino, y en la necesidad de prepararlo para que confíe en sí y se sienta orgulloso de su cultura, de su condición, tiene una raíz martiana indudable. Solo este aspecto bastaría para un estudio comparativo mucho más detallado de lo que aquí se nos permite. Baste esta pequeña muestra, de la pluma de Martí: “[…] hay siempre tras de cada gran idea, un ejército modesto, que los hombres sinceros saben encontrar y dar a luz”.8

La confianza de Fidel en el pueblo cubano se argumenta en el discurso a partir de la evocación de la historia de las gestas independentistas del siglo xix, de manera similar, por el destaque del heroísmo y la firmeza, a como lo hiciera Martí en “Vindicación de Cuba”, cuando respondió en 1889 a una campaña de descrédito iniciada en la prensa norteamericana, en la que nos consideraba ciudadanos inferiores.

Hoy, que el mundo está inmerso en una crisis sin precedentes, y sufre Cuba una política de asfixia que recrudece el bloqueo de más de seis décadas, impuesto por el gobierno estadounidense, el legado de ambos próceres es indispensable y actual. Con la Isla al borde de un genocidio, sostenida apenas por la solidaridad de los pueblos y la resistencia digna de sus habitantes; con la presión y el chantaje como condiciones previas para el diálogo, estamos más convencidos que nunca de que la soberanía no se negocia. Cuba saldrá adelante por la capacidad de los cubanos para merecerla y honrarla, y porque no dejaremos morir a Fidel en el año de su centenario.

1 Fidel Castro Ruz: La Historia me absolverá, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 89.

2 Ibídem, p. 8.

3 Ibídem, p. 14.

4 José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 8, p. 289.

5 Véase de José Martí: “El Presidio Político en Cuba”, Obras Completas. Edición crítica, t. 1, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2003, pp. 64 y ss. Con este texto de denuncia, Martí se propuso mover a compasión a los magistrados, políticos y familias españolas que ignoraban los crímenes que el gobierno colonial cometía en Cuba, los cuales había padecido en carne propia en plena adolescencia.

6 Fidel Castro Ruz, Ob. cit. p. 18.

7 Ibídem, p. 33.

8 José Martí, OC, t. 1, p. 154.