En su más temprana juventud –cuando estudiaba en España, durante su primer exilio– José Julián Martí Pérez escribió acerca de los Estados Unidos de América: “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad”.1 Quizás este sea su primer cuestionamiento al utilitarismo que luego percibiría imbricado con otros problemas en el país que, para muchos latinoamericanos de su época,2 constituía el modelo de progreso a imitar en las naciones latinoamericanas –atrasadas, según ellos, por la influencia en el crisol de Nuestra América de seres bárbaros, como los “indios” y los “negros”, “influencia” que debía ser suprimida para honrar la “superioridad” de los pueblos europeos en general y de los anglosajones en particular con respecto a los latinos.
Martí rechazaba estas concepciones, quizás por la influencia de otros intelectuales tanto europeos3 como latinoamericanos4 que habían avizorado la amenaza de los Estados Unidos de América, primero como país humilde, pero de prometedor futuro económico y, luego, como fuerza emergente que, por su desarrollo, tendía cada vez más a convertirse en potencia monopolista e imperialista y, con certeza, también por la constatación de las capacidades de los habitantes de Nuestra América. Del rechazo martiano a dichas concepciones son muestra estos otros apuntes suyos:
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?5
En este apunte, señaló las diferencias de circunstancias y de carácter entre el pueblo cubano y el norteamericano de los Estados Unidos. Luego, plantea una idea básica desarrollada con más radicalidad en su posterior ensayo “Nuestra América”:
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos. —Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes? // Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!6
Aunque luego con su vehemencia juvenil y desconocimiento sobre Henry Reeve expresó: “Ved los mártires de nuestra revolución.—Decidme si hay entre ellos algún norteamericano”. No obstante, esta ígnea actitud sería equilibrada por sus experiencias y en sus análisis posteriores sería radical pero sabio. Además, a la vez que cuestiona, Martí esboza una propuesta:
Y si el estado general de ilustración en Estados Unidos os seduce, a pesar de la corrupción, de su metalificación helada, ¿no podremos nosotros aspirar a ilustrar sin corromper… // Yo quiero educar a un pueblo que salve al que va a ahogarse y que no vaya nunca a misa.7
Estas constituyen algunas de las primeras alusiones de Martí8 al tema que luego desarrolló, principalmente, en sus Escenas norteamericanas, porque sus análisis acerca de los Estados Unidos de América proporcionan una imagen real de los defectos y virtudes de este país y alertan a los latinoamericanos de los peligros de una confianza ingenua en las ofertas del país vecino y de la imitación de su modelo de progreso, que podría favorecer los ambiciosos intereses, sobre todo económicos, de la oligarquía estadounidense. Además, con sus Escenas norteamericanas, Martí mostró que el progreso material no determinaba el progreso moral de los Estados Unidos de América (de enorme corrupción en los manejos electorales),9 aunque Martí reconoció a las magnas personas que honraban con sus obras o su conducta a ese país, muy caracterizado por los contrastes, con un ambiente de libertad que degeneraba por el creciente dominio de los monopolios; y comentó y encomió el avanzadísimo desarrollo científico-técnico que asombraba a quienes visitaban ese país, del cual tantos grandes intelectuales, filósofos, literatos, artistas, científicos y técnicos debían aprender conocimientos útiles para fomentar el desarrollo integral de las naciones latinoamericanas, pero advertía acerca de los peligros provenientes del gobierno y de la oligarquía norteamericanos, por cuyos intereses ya México había perdido muchos de sus antiguos territorios. Con respecto a la inmoralidad del gabinete del gobierno estadounidense Martí refirió que:
[…] el gabinete viene a ser aquí, no el cuerpo fuerte que pudiera, compuesto con hombres de pensamiento semejante y con igual mira política y escogidos de entre los candidatos útiles para gobernar con el mayor acuerdo posible la nación,—sino un ajuste de influencias hostiles dentro del mismo partido presidencial, arregladas como mejor convenga para el gobierno del partido.10
También refirió dos tipos de políticos de influencia decisiva en el gobierno estadounidense: “el que solo tiene la [mayoría] de los políticos de oficio, y la de la masa que va detrás de los conquistadores, el arrogante Blaine”11 y el “[…] Sherman, de agresión más temible, de planes más firmes y no menos osados, de más arraigo, por su política de invasión lenta y su ciencia del tesoro, entre la prohombría del partido […].”12
Los políticos del segundo tipo de los mencionados fueron –y son– quizás los más proclives a preferir los mecanismos, generalmente indirectos, de dominación económica que cada vez más predominarían sobre los de dominación directa –que eran demasiado visibles para una potencia emergente como los Estados Unidos de América, durante el siglo xix, que competía solapada y maquiavélicamente con potencias europeas como el Imperio británico y el Imperio alemán– y, por ello, dichos políticos fueron –y son– los más peligrosos para los pueblos y naciones de Nuestra América. Asimismo, Martí señaló que: “[…] va cambiando en lo real la esencia del gobierno norteamericano, y que, bajo los nombres viejos de republicanos y demócratas, sin más novedad que la de los accidentes de lugar y carácter, la república se hace cesárea e invasora, y sus métodos de gobierno vuelven, con el espíritu de clases de las monarquías, a las formas monárquicas.13
De ese modo él reflejó el creciente expansionismo cada vez más influyente en los planes de dominación de la potencia norteña que ya, desde mediados y finales del siglo xix, manifestó su política expansionista con varios hechos como las intervenciones de Walker en Centroamérica, la anexión de Hawái y el caso Cutting14 con respecto a México, y las semejanzas entre las concepciones, ideas y hechos de republicanos y demócratas, diferenciados, a veces, solo por el grado de sutileza de sus acciones políticas y los intereses económicos de los oligarcas que ellos representaran. En fin, Martí supo reflejar los grandes contrastes de ese país: sus más conocidas y loadas virtudes como potencia industrial, así como también las silenciosas u ocultas virtudes de su gente
La opinión de Martí es que los Estados Unidos no constituían un modelo para las naciones latinoamericanas, las cuales debían resolver sus yerros, salvarse mediante el estudio de los factores reales que determinan el desarrollo de cada una –y de Nuestra América en su conjunto–, y en consecuencia aplicar políticas adecuadas, porque posee características propias. Él comprendió, al estudiar la situación de los Estados Unidos de América, que un impresionante y creciente progreso material y científico-técnico no determina necesariamente el progreso moral, al conocer que los beneficios del primero propiciaban el enriquecimiento de una oligarquía, cuyos representantes en el gobierno tendían cada vez más a favorecer el expansionismo estadounidense, mientras la corrupción moral aumentaba en la sociedad estadounidense.
1 “Cuadernos de apuntes 1”, en: José Martí, Obras Completas, t. 21, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 15.
2 Como Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Justo Sierra (1848-1912), Francisco Bilbao (1823-1865) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888).
3 Como el marqués Vergennes, ministro de Estado de Luis XVI, y el X conde de Aranda, Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea (1719-1798), ministro español durante el reinado de Carlos III.
4 Como los cubanos Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), Félix Varela (1788-1853), José Antonio Saco (1797-1879), Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874), José de Armas y Céspedes (1834-1900) y Enrique Piñeyro (1839-1911); el chileno José Francisco Bilbao y el venezolano Simón Bolívar (1783-1830).
5 En Cuadernos de apuntes 1, ob. cit., pp. 15 y 16.
6 Ibídem, p. 16.
7 Ídem.
8 A la edad en que escribió los apuntes citados Martí conocía los Estados Unidos de América indirectamente. A partir del 3 de enero de 1880 desembarcó en New York, y comenzó a hacer sus directas indagaciones y certeros análisis acerca de la situación de ese país.
9 De una crónica martiana en 1881: “[…] el boss odioso; el cabecilla de partido; el que prepara las elecciones, las tuerce, las aprovecha, las da a sus amigos, las niega a sus enemigos, las vende a sus adversarios; el que domina los cuerpos electorales; el que exige a los empleados dinero para llevar a cabo las elecciones que han de conservarlos en sus empleos; el que con la presión de un dedo en el resorte que mueve la máquina política, echa a andar a su voluntad, o detiene, o rompe las ruedas; el que impone al partido los candidatos, que son siempre tenaces tenedores de ricos oficios, de los cuales les vienen influencias y modos pecuniarios para asegurarse en elecciones nuevas la continuación del goce de los frutos públicos. […] De llamarse aquí halls los lugares en que las gentes se reúnen, y de reunirse en ellos constantemente los políticos de oficio, ha venido el odio a los halls […] “Ni caciques, ni asambleas directoras; ¡Ni halls, ni bosses! […] que el ciudadano electo sea el mejor ciudadano; que cada votante tenga voz libre y voto libre en la designación y elección de los candidatos por quienes vota. […] Peligran la independencia y la dignidad de la nación. No al triunfo de los partidos, sino al beneficio de los municipios, han de atender los munícipes”. En José Martí, Obras Completas, ob. cit., t. 9, p. 102.
10 Ibídem, t. 12, p. 133.
11 Ibídem, p. 134.
12 Ídem.
13 Ídem.
14 La provocación de un aventurero estadounidense de dudosa moral que generó una tensa situación diplomática entre Estados Unidos de América, y México. El incidente no causó guerra debido a las hábiles acciones del gobierno mexicano y a la inconveniencia de otra guerra mexicano-estadounidense para algunos oligarcas estadounidenses con inversiones en México. Para más información véase Rodolfo Sarracino: José Martí y el caso Cutting en: José Martí, Nuestra América y el equilibrio internacional, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2015.