Cuba y Costa Rica: la hermandad no se quiebra por decreto
Por: Dra. C. Marlene Vázquez Pérez

La república de Costa Rica acaba de bajar aún más el nivel de las relaciones con Cuba y ha pedido la salida del personal diplomático de la Isla. Aunque sea una actitud detestable por parte del gobierno, plegado a los Estados Unidos, ningún decreto presidencial puede dañar los vínculos de consanguinidad compartida y la historia de afecto e intercambio cultural entre las dos naciones.

Las dos visitas de José Martí a ese territorio (1893 y 1894), dejaron una huella perdurable en el imaginario costarricense, al punto de que se le rinde homenaje como si fuese uno de los próceres de esa tierra.

El cubano dejó testimonio de su gratitud por las muestras de cariño y hospitalidad que recibió, en su carta a Pío Víquez, destacado intelectual y director de El Heraldo de Costa Rica: “Solo de un modo puedo responder a esta merced grande: y es pedir a Vd. y a mis amigos de Costa Rica que me permitan servirla como hijo”.1 Asimismo, se conservan dos hermosas crónicas suyas, “La parranda” y “Un domingo en San José”, referidas a asuntos de la vida cotidiana y las festividades populares desde la mirada atenta del viajero.2

El objetivo fundamental de estos dos viajes de Martí fue reunirse con la numerosa emigración cubana asentada en el país, pues ya estaban en curso los preparativos de la Guerra necesaria.

El 6 de julio de 1893, en compañía de Pío Víquez, visitó el hogar de la familia García Monge, e impresionó de tal modo al niño Joaquín, que este dedicaría su vida a la difusión y estudio de los ideales martianos y al servicio de la cultura nuestroamericana. El intercambio entre Cuba y Costa Rica, que había alcanzado un punto cenital en el siglo xix, debido a la ya aludida presencia martiana, pero sobre todo al establecimiento de una nutrida emigración en la zona de Guanacaste y en otras regiones del país centroamericano, continuaría por otros cauces en el siglo xx. García Monge sería el propiciador, por excelencia, de ese diálogo intercultural, con su revista Repertorio Americano (1919-1958), de miras continentales y proyección universal. En sus páginas la obra de Martí y la cultura cubana en general fueron presencia asidua.

Todo lo que puedo escribir desde el punto de vista histórico y literario palidece ante la emoción experimentada en octubre de 2013, cuando visité Costa Rica por primera vez, invitada como conferencista al encuentro internacional de Cátedras Martianas, en la Universidad de Costa Rica (UCR), sede del Pacífico. Me fue dado encontrarme con personas desconocidas, que me abrazaron espontáneamente porque llevaban en sus venas sangre cubana. Descendían de Flor Crombet, de los Maceo, de los Milanés, de Bayamo, o de los Odio, de Santiago der Cuba, y de otros que ahora no recuerdo, aunque los apellidos se hubieran perdido en la marea de la genealogía familiar.

Al visitar Nicoya, donde estuvo establecido Maceo con un nutrido grupo de cubanos emigrados, se repitió lo que ya había vivido en San José y en Puntarenas. Y la emoción creció aún más al entrar a la escuela, y encontrarme, en la dirección, con dos retratos enormes y hermosos, de Martí y de Maceo, dando la bienvenida a los visitantes.

Por esos días tuve también el privilegio de conocer a Tatiana Lobo, escritora chilena nacionalizada costarricense, que me regaló autografiada su novela El año del laberinto.3 Se trata de un libro extraordinario, que recrea la historia compartida entre nuestros dos países con las libertades que otorga la ficción, pero cuya verosimilitud nos hace sentir y palpitar con sus protagonistas. En medio de la trama novelesca y alternando con personajes literarios, entre sus páginas emergen Martí, Maceo, María Cabrales, Flor Crombet, Enrique Loynaz del Castillo, Pío Víquez y otros, retratados con maestría y llevados al lector con una prosa depurada, que se apoya, entre varios recursos literarios, en las crónicas que escribiera Víquez para El Heraldo de Costa Rica.

Conocer que en Puntarenas existe el Liceo José Martí, fundado en la década del cuarenta para favorecer a familias de escasos recursos, cuyos hijos no podían estudiar en la capital, es conmovedor. A la entrada de dicha institución hay un magnífico busto del Apóstol de Cuba, que es objeto de frecuentes homenajes. Lo mismo ocurre con el de la ciudad de Orotina.

Durante muchos años y hasta el presente, ha existido la Asociación porteña Convergencia Martiana, fundada por egresados de ese Liceo. Por encima de proyecciones ideológicas, intereses profesionales, o estatus social, sus integrantes se caracterizan por el civismo, la vocación de servicio a la comunidad y el sentido de la ética, y son difusores del legado de José Martí.

Desde hace un cuarto de siglo ha funcionado, a despecho de muchas dificultades, la Cátedra Martiana de la UCR sede del Pacífico, en Puntarenas. Su trabajo sostenido, tanto en lo académico como en la formación ciudadana de los estudiantes y profesores, ha sido y es muy meritorio, así como su impacto entre los sindicatos y trabajadores de la ciudad.

Entonces, no es posible echar por tierra lazos de hermandad y recuerdos entrañables que han pasado de una generación a otra: perviven y se concretan en proyectos contemporáneos. Pasarán estos años oscuros de aislamiento, de neofascismo, de rupturas y posiciones lacayunas, pero no decaerán el afecto y la solidaridad entre nuestros pueblos. Están a salvo en toda esa historia compartida.