La propuesta ética y estética de La Edad de Oro para los niños americanos
Por: María Fernanda Betancourt González

La Edad de Oro, revista creada por José Martí en 1889, representa un proyecto fundacional en la literatura infantil hispanoamericana. No se trataba solo de una publicación de entretenimiento, sino de una obra pedagógica y artística concebida con clara intención formativa. A través de sus páginas, Martí elabora una propuesta ética y estética dirigida a los “niños de América”, con el objetivo de forjar una nueva generación de seres humanos libres, sensibles, críticos y conscientes de su lugar en el mundo. Este ensayo explorará dicha propuesta analizando su manifestación en la selección de temáticas, el ordenamiento interno de cada número, el estilo de las composiciones, la relación entre contenido y expresión, la caracterización de los personajes y el singular sistema narrativo martiano.

La selección de temas en La Edad de Oro es el pilar fundamental de su propuesta ética. Martí rechaza los cuentos de hadas europeos, que consideraba evasivos y alejados de la realidad americana, y opta por un repertorio que busca educar en la sensibilidad, la justicia y la razón. En primer lugar, se abordan temas sociales y morales. “Bebé y el Señor Don Pomposo” es un claro ejemplo. La historia contrasta la bondad natural y espontánea de Bebé con la actitud hipócrita y clasista de Don Pomposo: el niño quiere a los animales, escucha a los sirvientes y es solidario con los descalzos. El regalo del sable, otorgado solo a Bebé e ignorando a su primo Raúl, quien “no tiene madre ni medias de seda colorada”, expone la injusticia de las diferencias sociales. La respuesta ética de Bebé, quien regala el sable a Raúl, es un acto de solidaridad y rebeldía contra un orden social injusto. Martí no sermonea, la lección moral surge de la acción del personaje y la reacción empática que busca en el pequeño lector.

En segundo lugar, la revista fomenta la curiosidad científica y el conocimiento del mundo. “Nené Traviesa”, aunque centrada en una travesura, introduce conceptos astronómicos a través de la conversación entre la niña y su padre. Se habla de las estrellas, sus nombres, colores y movimientos, presentando la ciencia como una aventura fascinante. El libro viejo que Nené rompe es un bestiario lleno de animales exóticos y un gigante mitológico, que despierta la imaginación y el deseo de conocer “cómo está hecho por dentro un libro de cien años”. La ética aquí se vincula con la búsqueda del saber y el respeto por el conocimiento, incluso cuando el resultado es un acto de desobediencia que, a su vez, conduce a una lección sobre la responsabilidad y las consecuencias de los actos.

Finalmente, existe una constante apelación a la identidad americana. Martí quería que los niños conocieran la historia y la naturaleza de su propio continente, no solo los relatos de reyes europeos. Aunque en los textos proporcionados no es explícita, la revista en su totalidad incluye relatos sobre héroes americanos y descripciones de la geografía del continente, forjando un sentido de pertenencia y orgullo.

El ordenamiento de cada número de La Edad de Oro no es arbitrario. Martí estructura la revista como una experiencia de lectura integral que alterna y combina diferentes tipos de textos. Un cuento con una fuerte carga moral como “Bebé y el Señor Don Pomposo” puede ir seguido de un poema, un artículo sobre inventos o una narración sobre costumbres de otros pueblos. Esta variedad busca educar de manera integral todas las facultades del niño: el sentimiento, la imaginación y la inteligencia.

La estructura es ritmada, evitando la monotonía. Se intercalan textos largos con otros más breves, lo serio con lo lúdicro. Esto respeta la naturaleza inquieta y curiosa de la infancia y mantiene el interés, haciendo que cada número sea un viaje diverso, pero coherente, guiado por una intención formativa unitaria.

El estilo martiano es la esencia de la propuesta estética de La Edad de Oro. Martí aplica a la literatura infantil el mismo cuidado y precisión que a su obra periodística y poética. Su prosa es poética, rica en imágenes sensoriales y musicalidad.

En “Bebé y el Señor Don Pomposo”, la descripción del niño es una muestra de esta maestría: “el pelo muy rubio, que le cae en rizos por la espalda”, “medias de seda colorada”, “un angelito sin alas”. Estas imágenes crean una figura concreta y delicada. La comparación de Don Pomposo con “los palos del telégrafo” y su leontina “como la cuerda de saltar” son metáforas que un niño puede entender, rebajando la figura del adulto pomposo a través de un símil infantil.

La relación entre contenido y expresión es indisoluble. La bondad de Bebé se expresa con un lenguaje tierno y fluido. La ansiedad de Nené por descubrir el libro se transmite con frases cortas y un ritmo acelerado: “Cinco pasitos, seis, siete… ya está Nené en la puerta: ya la empujó, ya entró”. Cuando descubre las ilustraciones, el lenguaje se vuelve exclamativo y caótico, reflejando su excitación: “¡ven acá, perro! ¡te voy a pegar, perro, porque no quieres venir!”. El estilo no decora el contenido; es el vehículo mismo a través del cual se experimenta la emoción del contenido. Martí confía en que la belleza de la forma es un vehículo esencial para la verdad del contenido ético.

Los personajes infantiles de Martí se alejan de los modelos idealizados y estáticos de la literatura moralizante de la época. Bebé y Nené son niños complejos y verosímiles. Bebé “no es un santo”: le tuerce los ojos a la criada, se sienta con las piernas cruzadas y rompe un jarrón. Sin embargo, su corazón es generoso. Esta contradicción lo humaniza. Su acto final de regalar el sable no es la acción de un niño perfecto, sino la de un ser sensible que ha reflexionado (“Bebé está pensando”) sobre la injusticia y actúa en consecuencia.

Nené es curiosidad en estado puro. Su travesura nace de un impulso noble: el deseo de saber. No es maliciosa, sino movida por un entusiasmo incontrolable. El clímax del cuento no es la rotura del libro, sino el momento de la reconciliación con su padre, donde expresa su angustia moral: “¡Enojé a mi papá bueno! Soy mala… ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la estrella azul!”. La ética aquí se internaliza; el remordimiento nace de su propio corazón y de su amor filial, no de un castigo externo.

Estos personajes no reciben lecciones de forma pasiva; son agentes activos que piensan, sienten, se equivocan y toman decisiones, invitando al lector infantil a identificarse con sus conflictos y a crecer con ellos.

El sistema narrativo de Martí, como señala la premisa, no se atiene a los géneros canónicos y es parte indisoluble de su poética. En La Edad de Oro, este sistema se caracteriza por la fusión de elementos románticos y modernistas, adaptados a la mentalidad infantil.

Del Romanticismo, Martí toma la centralidad del sentimiento, la idealización de la infancia como un estado de pureza e inocencia (aunque sin caer en simplicidades, como vemos), y la preocupación social. La solidaridad de Bebé y el dolor de Nené son emociones intensas y genuinas, propias de la sensibilidad romántica.

Del Modernismo, movimiento del que Martí es precursor, adopta el culto a la belleza formal, el uso de un lenguaje preciosista y la búsqueda de nuevas sensaciones. Las descripciones del sable (“el puño brillante como si fuera de sol”) o del libro viejo (“colores de esmalte que lucen”) son miniaturas estéticas. Esta búsqueda de lo bello no es mero adorno; es una forma de elevar el espíritu del niño, de enseñarle a apreciar la armonía y el arte.

Su síntesis crea un género único: un relato moral que es pieza de alta calidad literaria. La voz narrativa es otra clave. Es una voz cálida, cercana, a veces dialogante (“¿y qué hace, qué hace Bebé?”), que guía al lector sin imponerse, creando una complicidad que es a la vez pedagógica y afectiva. El narrador no es un juez distante, sino un compañero de viaje que comparte el asombro, la indignación y la ternura.

La propuesta ética y estética de La Edad de Oro para los niños americanos es un proyecto de profunda coherencia y modernidad. Éticamente, busca formar individuos sensibles a la injusticia, solidarios, curiosos, amantes del conocimiento y conscientes de su responsabilidad. Estéticamente, les ofrece un lenguaje de una riqueza y belleza inusuales, tratándolos como lectores capaces de apreciar la poesía y la complejidad del mundo.

Martí entiende que la forma no es un mero recipiente para el contenido moral, sino su alma misma. La belleza de la prosa, la verosimilitud de los personajes y la fusión de lo romántico y lo moderno en su sistema narrativo son los instrumentos a través de los cuales su mensaje cala hondo. Al rechazar los modelos tradicionales y crear una literatura infantil a la altura de sus ideales políticos y humanos, José Martí no solo entretenía a los niños de su tiempo, sino que fundaba una tradición literaria para la América nueva que soñaba construir. La Edad de Oro perdura porque su propuesta esencial –la de que educar es, ante todo, despertar la sensibilidad y la conciencia a través de la belleza– sigue siendo tan vigente y necesaria como en 1889.

Bibliografía

Núñez Rodríguez, Mauricio: “Aproximaciones al itinerario narrativo de José Martí”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, no. 41, 2018, pp. 246-259.

* Estudiante de Letras, Universidad de La Habana (4to. año).