La relación entre las ideas de José Martí y Fidel Castro constituye uno de los ejes fundamentales para comprender la Revolución Cubana. Lejos de ser una apropiación simbólica, el ideario martiano fue al mismo tiempo el sustento ético y la base estratégica y programática que Fidel asumió de forma consciente desde su juventud. En este artículo pretendo analizar la relación existente entre las enseñanzas del Apóstol de la independencia de Cuba y la praxis revolucionaria de uno de sus más destacados seguidores, dando forma a un proyecto de liberación nacional y justicia social.
La sociedad cubana de la primera mitad del siglo xx había erigido a Martí en paradigma nacional y, durante los años del proceso revolucionario del 30, asumió los enjuiciamientos del maestro como herramienta teórica para criticar el sistema neocolonial imperante en Cuba. Como muchos otros hombres y mujeres de su generación, Fidel vivió su infancia y juventud en este ambiente de luchas en busca de mayor justicia social y la verdadera soberanía de la patria. Los esfuerzos, que tuvieron como resultado la Constitución de 1940 y las expectativas de saneamiento y dignificación moral representadas por Eduardo Chibás, estuvieron bajo la influencia de las convicciones martianas.
Mientras tanto, la inmersión de Fidel en la obra de José Martí comenzaba en sus estudios de bachillerato y se profundizaba al llegar a la universidad. Las distintas instancias educativas le proporcionaron la coherencia y la sistematización necesarias para la comprensión cabal de las enseñanzas del maestro, a la par que también le permitían ahondar en el conocimiento de la historia de Cuba. La manifestación práctica de la influencia de estas lecturas en las ideas del joven cubano se vio, posteriormente, en su liderazgo de las protestas estudiantiles, cuando marines estadounidenses profanaron el monumento al Apóstol, y en su activa militancia en el Partido Ortodoxo que logró movilizar a amplios sectores de la sociedad cubana por solo mencionar algunos ejemplos.
No obstante, lo que marca la entrada de Fidel como líder en la vida política cubana son los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. La repercusión de estas acciones evidenció sus capacidades como organizador y planificador estratégico, a la vez que mostró la posibilidad de una nueva forma de enfrentar el régimen de Fulgencio Batista. Tanto el nombre asumido por los asaltantes: Generación del Centenario, en franca alusión al natalicio del Maestro (1953), como la postura crítica sobre la sociedad y la convicción de la necesidad de subvertir el estado de decadencia moral, estancamiento económico, dependencia de los Estados Unidos, polarización de la sociedad y aumento de la explotación de las clases trabajadoras, muestran una identificación con los ideales de la república martiana. Todo lo cual quedó recogido en el alegato de autodefensa pronunciado por Fidel.
A esto se suma la forma en que se organizó el movimiento insurreccional una vez liberados los moncadistas. La importancia que se le concedió a la unidad de las fuerzas que se oponían a Batista, la necesidad que impulsaba la vía de lucha escogida, la proyección social de los objetivos de la organización y el sentido de las transformaciones políticas, sociales y económicas que se emprenderían una vez alcanzada la victoria. De igual forma, la supresión de cualquier vínculo con organizaciones reformistas, la necesidad de organizar a los sectores populares y la organización de un programa de lucha enfocado en sus necesidades dicen mucho acerca del carácter martiano del pensamiento fidelista por esos años. Por otro lado, los métodos para la conducción de las operaciones militares, con el amplio uso de la táctica de guerra de guerrillas y el modo de tratar a heridos y prisioneros demuestran el estudio de la historia de las luchas independentistas y de la manera en que el Maestro concebía que debía conducirse la lucha por la independencia de Cuba. A fin de cuentas, uno de los factores que influyó en la victoria fue la efectiva desmoralización del ejército batistiano ante un enemigo que curaba a sus heridos y los devolvía a sus filas.
El pensamiento martiano se manifestó una vez más al alcanzarse el triunfo, en el modo en el que Fidel fundamentó los cambios sociales y económicos en Martí y su proyecto político frustrado en 1898. De esta forma, la Revolución triunfante se presentó como la continuación del proceso revolucionario iniciado en el 68 y continuado por el Maestro a partir de 1895. Al mismo tiempo, hizo suyo el carácter antimperialista de su ideario y su proyección latinoamericanista y de solidaridad con el resto de la humanidad, evidenciados en la política exterior del gobierno revolucionario. Por otra parte, la proclamación del carácter socialista de la Revolución se hizo también teniendo en cuenta las ideas del Apóstol. Tanto Marx, como Lenin y Martí fueron pensadores y líderes revolucionarios de sus tiempos que pusieron sus esfuerzos al servicio de las clases populares. Si bien existen características que diferencian el pensamiento del cubano del de los europeos, la coincidencia básica en el interés del bienestar popular hizo que todos se convirtiesen en referentes del proceso político cubano. La asimilación de la filosofía marxista por Fidel se hace desde la perspectiva martiana y, por tanto, busca crear una sociedad socialista atendiendo a las particularidades cubanas. De esta forma se atendía a la idea del Maestro que enfatizaba en la necesidad de la autoctonía de las soluciones de gobierno en América, sin negarse por ello a los aportes de las experiencias de otros lugares.
La relación entre Martí y Fidel no es solo de continuidad, sino de reinterpretación adaptada a los nuevos escenarios históricos. Su síntesis de pensamiento nacionalista, ética revolucionaria y visión socialista constituye, un legado único en la historia de las ideas revolucionarias. Este diálogo trasciende a Cuba: ofrece claves para entender cómo las tradiciones emancipatorias pueden reinventarse sin traicionar sus esencias.
Fuentes Consultadas:
José Martí en el ideario de Fidel Castro (compilación de Dolores Guerra, Margarita Concepción y Amparo Hernández), Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2004.