Más allá de su impacto en el sistema de valores de la educación cubana, La Edad de Oro ha servido a nuestros niños para aprender a leer, fijar la gramática y desarrollar estructuras lingüísticas complejas. De este hermoso y variado conjunto quiero acercarme de manera especial al poema “Los zapaticos de rosa”, porque en literatura es la poesía la que mejor trasmite y fija los valores e ideales de la idiosincrasia de los pueblos.
“Los zapaticos de rosa” es para los niños cubanos lo que fue la Ilíada para los niños griegos o la Eneida para los romanos; porque a través de sus versos muchos han adquirido –sin saberlo– el sentido de lo artístico: han aprendido a recitar, encantados por su musicalidad y se han identificado con los valores éticos del poema. En cuanto a la formación de valores, en “Los zapaticos de rosa” son más nobles los ideales. Si los héroes de la antigüedad vienen a enarbolar el orgullo de una clase aristocrática, a defender el derecho del linaje, a enseñar la grandeza de un pueblo por la destreza en la guerra, a conmover con el padecimiento de un héroe en su viaje de crecimiento; la heroína martiana, por su parte, no viene a padecer sino a compadecerse de los que sufren, no viene a ser grande sino a despojarse de su orgullo, a avergonzarse de toda vanidad e indiferencia. Este es el hermoso mensaje de Martí para los niños de nuestra América.
Si analizamos el contexto en que fue escrito el poema, resalta un elemento común a las crónicas norteamericanas: está dirigido a un público hispanoamericano, al cual se pretende enseñar acerca del carácter maravilloso y terrible de la sociedad norteamericana, prevenir de sus defectos y aconsejar la adopción de su virtud. Por tanto, no resultaría raro que un poema para los niños de nuestra América, escrito en Nueva York, esté dedicado a una niña neoyorquina: “a Mademoiselle Marie” (María Mantilla) y que los hechos narrados hayan sido ambientados también en una playa de Nueva York.
Salvador Arias, quien tuvo en cuenta una carta de José Martí en que refiere haber pasado el día en Bath Beach, a poca distancia de Coney Island, asume que es esa la playa que dio origen al poema. Sin embargo, ofrecía, como pre-textos más probables del argumento, dos crónicas cercanas en el tiempo a la publicación del poema. La primera de ellas, escrita el 3 de agosto de 1888, titulada “Por la Bahía de Nueva York” sitúa la playa en Atlantic City, y la segunda del 8 de julio de 1889 “Un verano en Nueva York”, en Coney Island.
Un texto más lejano en la cronología y que, igualmente, posee algunos puntos de contacto muy interesantes con “Los zapaticos de rosa” es “Coney Island” (1881), icónico dentro del conjunto de las crónicas norteamericanas. Si se considerara este texto como un precedente para la elaboración del poema, se extendería con mucho el espacio temporal de concepción del mismo. Dos de las imágenes que acompañan al poema forman parte de un libro de Ilustraciones de Adrien Marie, titulado Une journée d’enfant, publicado en París en 1878 y en 1889, pero que, según conjeturas del investigador Alejandro Herrera Moreno, probablemente Martí haya utilizado la edición de 1883, publicada en Nueva York, con el título The Child’s Day, que recibió una “elogiosa reseña” en 1884 en una de las revistas que Martí seguía: el Harper’s New Monthly Magazine. Si estos elementos no fueran más que sospechas, permitirían realmente considerar una extensión del período de inspiración y elaboración del poema. Lo cierto, en todo caso, son las coincidencias temáticas entre “Coney Island” (1881) y “Los zapaticos de rosa” (1889), que nos obligan a considerar ambos escritos como ejemplo de intertextualidad
En lo relativo a la crónica de 1881, uno de los principales problemas que debe enfrentar el investigador es la datación precisa de esta y, con ello, la localización de las fuentes referidas, pues se describe la vida durante el verano, y su única publicación conocida hasta el presente, corresponde al mes diciembre.[1] El atraso en la publicación puede desorientar en la búsqueda de las fuentes utilizadas para la elaboración de la crónica, porque el texto remite inequívocamente a “los periódicos norteamericanos” que “vienen llenos de descripciones hiperbólicas” sobre Coney Island y a los “periódicos franceses” que “se hacen eco de esta fama”, periódicos que probablemente harían sus propagandas y reseñas durante el verano. Podría sospecharse que la ausencia de estas referencias pone en cierta desventaja a los lectores de hoy con respecto a algunos lectores contemporáneos de Martí que sí estaban leyendo las maravillas de Coney Island. No obstante, en la calificación de “hiperbólicas” para las descripciones de los periódicos que aún no poseemos, queda claro por adelantado, que los criterios que Martí desarrollará pertenecen a su propia observación y no a una reelaboración crítica a partir de artículos leídos. Es innegable que lo publicado en esos periódicos representa una de las motivaciones esenciales, pues con su texto pretende desmentir la propaganda que se da al balneario como paraíso neoyorkino, y orientar y alertar a los lectores americanos acerca de la realidad de la sociedad estadounidense.
Lo primero que se advierte es la función orientadora del lector, pues comienza su exposición expresando una verdad que proclaman todos los periódicos: la grandeza de los Estados Unidos del Norte. A continuación agrupa una serie de hipótesis disyuntivas que, de manera ascendente, van perfilando su posición con respecto a los Estados Unidos: “Si hay o no en ellos falta de raíces profundas; si son más duraderos en los pueblos los lazos que ata el sacrificio y el dolor común que los que ata el común interés; si esa nación colosal, lleva o no en sus entrañas elementos feroces y tremendos; si la ausencia del espíritu femenil, origen del sentido artístico y complemento del ser nacional, endurece y corrompe el corazón de ese pueblo pasmoso, eso lo dirán los tiempos”.[2]
Resulta fácil inferir que lo que se va a presentar es un pueblo falto de raíces, unidos por lazos perecederos, poseedores de elementos feroces y tremendos, y que falto del espíritu femenil tiene endurecido y corrompido el corazón.
Lo que asombra allí, según Martí, es esa expansividad anonadadora e incontrolable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo maravilloso. Precisamente, esta es la Nueva York maravillosa y terrible que se expande toda hacia la playa cuando “hay sol bueno” y “está la playa muy linda”.Otro fragmento de la crónica que posee gran similitud con lo referido en el poema es el siguiente: “Montan estos en amplios carruajes que los llevan, a la suave hora del crepúsculo, de Manhattan a Brighton”, que recuerda los versos “Y por si vuelven de noche/ de la orilla de la mar/ para la madre y Pilar/ manda luego el padre el coche”.
Pero todo no es alegría en este contexto. Una descripción de Gable, área principal del Balneario de Coney Island dice:
es Gable, donde las familias acuden a buscar, en vez del aire mefítico y nauseabundo de Nueva York, el aire sano y vigorizador de la orilla del mar, donde las madres pobres –a la par que abren, sobre una de las mesas que en los salones espaciosísimos hallan gratis, la caja descomunal en que vienen las provisiones para el lunch– aprietan contra sus senos desaventurados pequeñuelos, que parecen como devorados, como chupados, como roídos, por esa terrible enfermedad de verano, que siega niños como la hoz siega la mies, –el cholera infantum.[3]
Todo esta descripción recuerda mucho los versos en que la madre pobre se presenta ante la madre de Pilar: “yo tengo una niña enferma/ que duerme en un cuarto oscuro/ y la traigo al aire puro/ a ver el sol y a que duerma”. Relacionar ambas lecturas permite suponer ciertos detalles que Martí debe omitir en el poema como, por ejemplo, qué enfermedad tiene la niña a la que Pilar regala sus zapatos.
En un fragmento de su crónica “Coney Island”, Martí ofrece una declaración del simbolismo del águila y la mariposa desde su pensamiento político y filosófico.
Otros pueblos —y nosotros dentro de ellos— vivimos devorados por un sublime demonio interior, que nos empuja a la persecución infatigable de un ideal de amor o gloria; y cuando asimos, con el placer con que se ase un águila, el grado de ideal que perseguíamos, nuevo afán nos inquieta, nueva ambición nos espolea, nueva aspiración nos lanza a nuevo vehemente anhelo, y sale del águila presa una rebelde mariposa libre, como desafiándonos a seguirla y encadenándonos a su revuelto vuelo.[4]
Dichos símbolos curiosamente aparecen en “Los zapaticos de rosa”. ¿El “águila presa” no es acaso el águila que marca el paso del tiempo en una imagen casi cinematográfica y que da la medida de ese tiempo de distracción que corre en contra de los personajes? ¿Y la “mariposa rebelde libre”? ¿Es simplemente la mariposa que al final del poema “dice” haber visto desde su rosal los zapaticos de los cuales se despojó Pilar? ¿Es la mariposa una metáfora de la poesía con se “dice” esta historia? “Sale del águila presa una mariposa rebelde libre” simboliza el dejar atrás “el ansia de la posesión de una fortuna”,[5] pero en el poema en cuestión el águila y la mariposa se convierten además en imágenes metapoéticas de cómo una crónica se aligera al punto de ser expresada en versos.
[1] En el semanario La Pluma, de Bogotá.
[2] José Martí, Obras Completas. Edición Crítica, t. 9, p. 133.
[3] José Martí, Obras Completas. Edición Crítica, t. 9, pp. 134-135.
[4] Ibídem, p. 136.
[5] Ídem.