La clausura imposible
Por: Guillermo Castro

De Martí acá, hemos visto renovarse una y otra vez en nuestra América la batalla entre la falsa erudición y la naturaleza – que no entre la civilización y la barbarie-, que alienta tras el empeño de otorgarle a la doctrina Monroe un alcance gloria

“Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas.  Confirmar es crear. Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho, sino el esfuerzo de cada uno para descubrirlo.”

José Martí, 1890[1]

Hace dos años ya que el Centro de Estudios Martianos publicó De Surtidor y Forja: La escritura de José Martí como proceso cultural, un libro en el que Marlene Vásquez nos ofrece una rica incursión al escribir del más universal de los cubanos. [2] Con ella como guía, recorremos esa dimensión de la vida de Martí en todo lo que va de su correspondencia a sus crónicas periodísticas, como del ejercicio de sus capacidades como traductor a su labor de ensayista.

Esa incursión ocurre, además – y sobre todo- de un modo que nos confirma hasta dónde una cultura es una visión del mundo dotada, en el lenguaje como en la vida toda, de una ética acorde a su estructura. Nada está aislado aquí, y la plenitud del significado de la obra no surge de la acumulación de los hechos que resalta la autora, sino de la interdependencia de esos hechos entre sí y con el mundo en el que fueron producidos que ella nos muestra.

Ese mundo, que por entonces nacía, está en la raíz del que hoy se agota y se renueva a un tiempo. Así queda en evidencia, por ejemplo, en el capítulo “Ni siervos futuros ni aldeanos deslumbrados: Diálogo, descolonización y antirracismo en ‘Nuestra América’, de José Martí”.

Allí, a más del análisis estilístico y del entorno histórico en que fue producido el ensayo, Vásquez documenta el lugar de Martí en la comunidad de intelectuales latinoamericanos en la que llegaría a ser – si no lo era ya por entonces – el primero entre sus iguales. Así, nos dice, “Nuestra América” fue publicado por primera vez

en La Revista Ilustrada de Nueva York, el 1ro de enero de 1891. Esta publicación, propiedad del panameño Elías de Losada, circulaba en la emigración hispanohablante establecida en la urbe, y llegaba a tener alcance continental. Contaba con un distinguido grupo de colaboradores, entre los que habría que destacar a Rubén Darío, Juan Montalvo, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón. Figuras protagónicas en la publicación fueron el venezolano Nicanor Bolet Peraza y el centroamericano Román Mayorga Rivas, con quienes Martí tenía relaciones de amistad, fortalecidas al calor de las actividades que se desarrollaban en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York. (Vásquez, 2021:80)

La indagación sobre estos agrupamientos – “redes”, los llamaríamos hoy – aún está pendiente entre nosotros, y se va haciendo cada vez más necesaria. Normalmente, cuando se hace referencia a la intelectualidad de fines del XIX y principios del XX, se resalta la capacidad de determinados individuos para asumir y divulgar el pensamiento europeo. Tal fue el caso de Aníbal Ponce en relación al marxismo en nuestra América, que por largo tiempo permaneció como un referente aun tras el paso por la primera fase de nuestra modernidad del luminoso relámpago que fue José Carlos Mariátegui.

Al traer a cuenta el vínculo colectivo, Vásquez nos sitúa más allá de lo que sabíamos sobre las relaciones individuales, como la que nutrió la amistad solidaria entre José Martí y el mexicano Manuel Mercado[3], y la que mantuvo con el colombiano José María Vargas Vila. Del primero, conocemos sobre todo la carta inconclusa que le dirigiera Martí en la víspera de su muerte en combate. Del segundo, el epistolario martiano nos deja el testimonio de una amistad nutrida en una visión del mundo compartida en la plenitud de su alcance, que se expresó en una solidaridad activa y constante con la lucha del pueblo cubano por su liberación. Así, se entiende en todo su alcance lo escrito por Martí a Vargas Vila en marzo de 1894:

Al pintar los méritos que usted cree ver en mí, sólo pintó los suyos: no traduce bien sino quien es capaz de crear lo que traduce: no se suponen en los demás sino las virtudes que se llevan en sí. Déjeme que lo abrace, con la alta tristeza de los que se despiden antes de entrar en el combate y el placer profundo de hallar un alma soberana, piadosa, sincera, erguida, amiga. Mi honor más grande es haberle parecido útil y bueno.[4]

No es de extrañar que Vásquez no concluya su libro con un capítulo de conclusiones, sino con una amplia y breve reflexión titulada “Ante la imposibilidad de una clausura”. Allí, tras recordarnos que a Martí hay que leerlo “con devoción inteligente” como le dijera Miguel de Unamuno en 1920 al costarricense Joaquín García Monge, director del Repertorio Americano.[5]“Repasar ese criterio, emitido en fecha tan temprana de la exégesis martiana,” dice Vásquez, dice bien de “la trascendencia universal” de la obra de Martí, “reconocida por el pensamiento avanzado y los cultores de la lengua española.”

Sin duda alguna, lo planteado por Martí en su obra, si bien “reclama la cooperación de un lector culto”, fue concebido “para beneficio del ser humano en el amplio sentido de la palabra, sobre todo de las grandes mayorías: No en balde echó su suerte con los pobres de la tierra, y de ese amor al prójimo se nutrió su espíritu rebelde y su acción al servicio de la patria.”

De allí, tras recordar que Gabriela Mistral definía a Martí como un “clásico sin sombra de vejez”,[6] se pregunta: “¿qué clásico resiste más de un siglo de lecturas continuas sin que se agote su palabra?” A ese respecto, dice Vásquez, la obra martiana

modula matices tan diversos, que van desde la más alta erudición hasta el decir popular; desde la gravedad de la proclama política —que nunca deja de ser poética—, hasta el más enternecedor afecto familiar; del discurso vibrante al susurro cómplice del verso amoroso; de la velocidad del acontecer en la gran urbe hasta el recato de los patios coloniales nuestramericanos. Una tarea rutinaria para él, la lectura crítico-creativa de textos en inglés en aras de la escritura de sus crónicas, se convierte al pasar por su sensibilidad de traductor y su especial estro poético, en impulso que desata un caudal incontenible de la mejor prosa modernista hispanoamericana, a merced de ese dominio sin par de la lengua española.[7]

Y añade:

Cada estadio de su prosa, cada verso suyo, puede y debe ser leído una y otra vez, y siempre volveremos a ellos con la certeza de su inagotabilidad, como el sediento a la fuente.

A eso, y para estos tiempos, sólo cabe agregar que si lo planteado por Martí, y el lenguaje en que lo hizo, explica su trascendencia, está ya con nosotros la hora de encarar el estudio de la vigencia de su pensar más acá del entonces de esa obra. De Martí acá, hemos visto renovarse una y otra vez en nuestra América la batalla entre la falsa erudición y la naturaleza – que no entre la civilización y la barbarie, que alienta tras el empeño de otorgarle a la doctrina Monroe un alcance global.

Marlene Vásquez, al presentarnos la escritura de José Martí como un proceso cultural, incita y facilita a un tiempo la tarea de explorar la vigencia del pensar martiano, en cuanto nos lleva a recordar que la política, a fin de cuentas, es siempre cultura en acto. Ella ha pretendido que quien leyera su libro fuera “al surtidor originario que alimentó su cauce, beba de él, y salga acrecido del encuentro.” Y lo ha logrado, quizás incluso más allá de lo que imaginaba, porque en el terreno que nos abre no hay clausura posible.

 

Alto Boquete, Panamá, 29 de octubre de 2022.

 

[1] “Francisco Sellén”. El Partido Liberal, México, 28 de septiembre de 1890. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. V, 190.

[2] Vásquez, Marlene (2021): De Surtidor y Forja: La escritura de José Martí como proceso cultural. Centro de Estudios Martianos, La Habana.

[3] “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber”, le dice allí “de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.” Carta a Manuel Mercado. Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895. Obras Completa. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. XX, 161.

[4] Carta a José M. Vargas Vila. Marzo 14, 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. XX, 448-449.

[5] Vásquez, 2021: 260.

[6] Gabriela Mistral: “Centenario por el nacimiento de Martí”, en Jorge Benítez G., Gabriela anda la Habana, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 1998, p. 112.

[7] (2021: 261)

 

 

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