Una Vida Dedicada a la Docencia y la Investigación
Por: Matilde Salas Servando

El martes 28 de marzo falleció en La Habana, el Doctor en Ciencias  Salvador Arias García, quien se desempeñó como Investigador Titular del Instituto de Literatura y Lingüística y el Centro de Estudios Martianos, (CEM) además de practicar la docencia con total consagración, para  beneficio de las nuevas generaciones.

Había nacido el 19 de marzo de 1935, en  la ciudad villaclareña de Caibarién, y poco después del triunfo de la Revolución, se trasladó para la capital cubana, donde estudió Letras en la Universidad de La Habana y fue dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria.

Cuando hace más de once lustros ocurrió la invasión mercenaria por Playa Girón, el entonces joven miliciano Salvador Arias, ocupó de inmediato el lugar que  le fue asignado en la trinchera y empuñó su arma frente a los invasores, para la defensa de la Patria.

Por sus aportes a los estudios literarios, el doctor Salvador Arias García recibió diversos galardones, en especial, los que obtuvo por sus investigaciones sobre  la revista La Edad de Oro”, escrita por José Martí para los niños y jóvenes y la obra del Maestro en su conjunto.

Fue condecorado con la Orden Carlos J. Finlay del Consejo de Estado, por su fructífera labor profesional; la Distinción por la Cultura Nacional del Ministerio de Cultura y las Medallas Juan Tomás Roig y  Raúl Gómez García, otorgadas por los Sindicatos de las Ciencias y la Cultura.

También recibió la Réplica del Machete de Máximo Gómez, que confiere el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y en el año 2003, la Distinción Pensar es Servir”, la más alta que otorga el Centro de Estudios Martianos, a destacadas personalidades con una amplia labor de promoción sobre el pensamiento y vida de José Martí.

Para recorrer la extensa labor del doctor Salvador Arias García, hay que señalar también el otorgamiento del Premio Anual de Investigación de la Academia de Ciencias de Cuba, en el año 2002,  con la obra La Edad de Oro y la edición crítica de La Exposición de París, en el año anterior.

Hay que destacar el profundo trabajo que realizó a partir de su gran pasión por el cine, la música, el ballet y las artes plásticas, lo sitúan entre los investigadores cubanos que han realizado una profunda labor en esas ramas del saber y también sus amplios conocimientos acerca de la obra de reconocidos autores como: Alejo Carpentier, Juan Marinello, Mario Benedetti, Abelardo Estorino, Cirilo Villaverde, Gabriel de la Concepción Valdés,  (Plácido), José María Heredia y José Martí.

El colectivo del Centro de Estudios Martianos,  se reunió en la mañana de este 30 de marzo en el salón Bolívar, para honrar a ese investigador que fue Salvador Arias García y darle el último adiós. Junto a sus familiares y personalidades del Estado y el Gobierno, las artes y las letras, se encontraban el ministro de Cultura, Abel Prieto; el doctor Roberto Fernández Retamar, director de la Casa de las Américas, quien fue el primer directivo del CEM; la doctora Graziella Pogolotti, presidenta del Consejo Asesor del Ministerio de Cultura y Joel Cordoví, vice-presidente del Instituto de Historia de Cuba, entre otros.

La doctora Ana Sánchez, directora del Centro de Estudios Martianos se refirió a este incansable trabajador cuando dijo: “Vamos a despedir a Salvador Arias evocando su niñez, porque muchas veces nos contó que de niño jugaba a la sombra de una estatua de José Martí. Durante años dedicó una buena parte de su vida a estudiar la obra del Maestro y hoy, sencilla y naturalmente, lo ponemos a su luz”.

Añadió que Martí dijo en alguno de sus textos que Ser útil es mejor que ser príncipe’, y esta es una de las cualidades fijas y activas de este hombre, una cualidad que se va a quedar entre nosotros y entre muchas generaciones por venir, operando desde sus libros, donde se indaga de un modo hondo y responsable en nuestra cultura literaria”.

Por último añadió la directora del CEM que a Salvador Arias lo evocamos en este minuto sobre todo como un ser humano que cumplió con sus deberes con honradez y desinterés, lo saludamos con el cariño y el respeto que cultivamos por él, al calor de la brega de cada día, y lo dejamos aquí, en un jardín, cerca de José Martí, como estuvo siempre.”

Ahora, las cenizas de este hombre imprescindible de nuestra cultura, descansan junto a un arbolito de florecillas moradas, conocido popularmente como No-me-olvides, para así tenerlo siempre cerca y presente en nuestro recuerdo, por su obra y su ejemplo.

Adjuntamos mensajes de condolencias

Me encuentro en Madrid en una comisión de la Academia Cubana de la Lengua y me sorprende la noticia de la muerte de Salvador. No puedo decirles lo triste que me he sentido, sola aquí, sin poder compartir con ustedes ni la pena por la perdida, ni la conmemoración de su fructífera vida.

Lamento no haber estado mas presente, y no haberle dicho mas veces todo lo que lo apreciábamos y aprendíamos de él. Un abrazo muy apretado, queridos amigos, y nos veremos pronto, para honrarlo con la recordación y el trabajo.

Marlén Domínguez.

Honor al martiano e investigador literario Salvador Arias. Hombre bueno y útil.

Filial Sociedad Cultural José Martí, de  Santiago de Cuba

La noticia recibida sobre la desaparición física del maestro, conmueve y nos toma de sorpresa. «La Edad de Oro» dejó raíces profundas en el alma de ese gran hombre, cuya sensibilidad y mirada aguda combinó magistralmente.

Salvador nos deja la herencia de una escritura sentipensante que tiene el mérito, de hablar hondo sobre el prócer de nuestra América. Hay que agradecerle a la vida, cuando se conoce a personas como Salvador.

Un fraternal abrazo,

Miguel Alvarado.

Me ha llegado la triste noticia del fallecimiento del Dr. Salvador Arias García. Tuve el privilegio de ser su alumno en el Curse Cultura Cubana y Martiana, bajo la dirección del “Tutor “Ibrahim Hidalgo Paz y por eso tuve la especial ocasión de aprender y admirar las supremas dotes científicas, humanas y martianas confirmadas por sus tantas obras, premios y distinciones publicas en el ámbito de la cultura cubana.

Palabras no podrían expresar mi pesar por la pérdida terrenal de tan ilustre personalidad. La familia que conforma el Centro de Estudios Martianos se ha quedado sin uno de sus miembros más preciados habiendo este contribuido con un valor insustituible a la formación general del mismo.

Mis sentimientos de condolencia lleguen también a sus familiares y que les quede el consuelo que este hombre ha servido a la patria y que su estadía en este mundo ha sido útil y provechosa: por eso no le digo adiós, sino, hasta siempre, Salvador.

Vittorio di Cagno, Pte. De honor de la CCNI

Hermanas y hermanos del Centro de Estudios Martianos:

La noticia del fallecimiento del Dr. Salvador Arias no ha dejado de sorprenderme, a pesar de que sabemos que la muerte es tan natural como la vida misma. Lo que pasa es que, a ciertas personas, les concedemos el don de la inmortalidad y cuando se nos van físicamente no nos acostumbramos. El maestro Salvador es uno de esos seres irrepetibles que la vida pone en nuestro camino para enseñarnos, para educarnos, para acompañarnos siempre.

Leerlo fue para mí deslumbrante, fue darme cuenta de lo que esa dama de la sabiduría, Fina García Marruz, ha definido como sentirse «descubridores de lo descubierto«., porque Salvador había buceado con deleitación de artista en La Edad de Oro y nos regalaba el resultado de largos y agotadores años de investigación sobre esa obra magna de la Literatura Cubana y Universal.

Pero conocerlo me dejó sin palabras y compartir con él me quitó el aliento. Su figura, sus palabras, sus actos eran la evidencia de la austeridad, la sencillez y la humildad. Por eso me sentí «una escolar sencilla« a su lado, por eso supe, con el tiempo, que como había definido Martí, Salvador era un «hombre en actos«.

Hoy que me dicen que ya no estará otra vez deambulando por los pasillos del Centro de Estudios Martianos, hoy que comprendo que no me será posible verlo perderse entre los trabajadores buscando pasar inadvertido, me doy cuenta también de que en su caso se cumple uno de los apotegmas más reiterativos del pueblo cubano: «La muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida

Por eso para Salvador, para quien también fue un padrazo, otro de los padrazos de «La Edad de Oro«, entrego, dejo, cultivo, eternamente seguiré cultivando «una rosa blanca«.

Un abrazo largo que nos una en la distancia,

Dra. María Antonia Rodríguez del Castillo.

Tuvimos un trato bien cercano, pues era mi jefe hace muchos años. Formándome como investigadora seguro que aprendí cosas con él que ahora ya no recuerdo, pero sí memorizo una indicación: «En el ensayo casi no se usa el punto y aparte, con el fin de no desligar la idea, el pensamiento. Fíjate que Fina García Marruz y Enrique Saínz apenas lo usan en el cuerpo de sus ensayos«.

Tenía una personalidad fuerte. Por momentos era afable y desprendido, y defendía la literatura en el Centro, la literatura, que fue el centro de la vida de Martí. Esos momentos los guardaremos siempre en el corazón.

Caridad Atencio, investigadora del Centro de Estudios Martianos.

Con mucha pena supimos el fallecimiento del eminente intelectual Salvador Arias, la cultura y los estudios Martianos pierden uno de sus mas acuciantes investigadores.
Llegue al Centro de Estudios José Marti y sus familiares nuestro sentido pésame

Departamento de Historia Universidad de Oriente

Estoy consternada. Por favor, dile a la Dra. Ana Sánchez, y al resto de los compañeros, mi AGRADECIMIENTO, como amiga de Salvador, por todo lo que hicieron por él.

Hablé con Salvador en el Convento de Belén, y estuve muy al tanto; le prometí ir a verlo en esta semana, para conversar. Gracias, como amiga y colega, por todo lo que lo ayudaron

Ruego excusen mi ausencia el jueves; estoy triste, y me cuesta mucho trabajo salir de la casa, por el problema del transporte

Saludos fraternales,

Josefina Toledo.

Quiero hacer llegar mis condolencias a los familiares y amigos de Salvador Arias, con quien compartí labores en el Instituto de Literatura y Lingüística durante varios años.

Dra. Olivia Miranda Francisco

La noticia del fallecimiento del Dr. Salvador Arias no ha dejado de sorprenderme, a pesar de que sabemos que la muerte es tan natural como la vida misma. Lo que pasa es que, a ciertas personas, les concedemos el don de la inmortalidad y cuando se nos van físicamente no nos acostumbramos. El maestro Salvador es uno de esos seres irrepetibles que la vida pone en nuestro camino para enseñarnos, para educarnos, para acompañarnos siempre.

Leerlo fue para mí deslumbrante, fue darme cuenta de lo que esa dama de la sabiduría, Fina García Marruz, ha definido como sentirse «descubridores de lo descubierto«., porque Salvador había buceado con deleitación de artista en La Edad de Oro y nos regalaba el resultado de largos y agotadores años de investigación sobre esa obra magna de la Literatura Cubana y Universal.

Pero conocerlo me dejó sin palabras y compartir con él me quitó el aliento. Su figura, sus palabras, sus actos eran la evidencia de la austeridad, la sencillez y la humildad. Por eso me sentí «una escolar sencilla« a su lado, por eso supe, con el tiempo, que como había definido Martí, Salvador era un «hombre en actos«.

Hoy que me dicen que ya no estará otra vez deambulando por los pasillos del Centro de Estudios Martianos, hoy que comprendo que no me será posible verlo perderse entre los trabajadores buscando pasar inadvertido, me doy cuenta también de que en su caso se cumple uno de los apotegmas más reiterativos del pueblo cubano: «La muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida

Por eso para Salvador, para quien también fue un padrazo, otro de los padrazos de «La Edad de Oro«, entrego, dejo, cultivo, eternamente seguiré cultivando «una rosa blanca«.

Un abrazo largo que nos una en la distancia,

Dra. María Antonia Rodríguez del Castillo.

En el año 2003, Salvador Arias, como parte de una comitiva que visitaba la Facultad de Artes y Letras pasó por mi aula de estudiante. Se interesó brevemente por un trabajo de curso que había realizado entre Valle-Inclán y Piñera y recuerdo que le respondí muy tímidamente porque me abrumó su cuerpo grande y los espejuelos cuadrados que tenía pegados al rostro. Lo menos que imaginé en aquel entonces es que dos años después sería compañero de trabajo suyo-buró frente a buró- y que por doce años iba a hablar con él no ya de literatura, sino de pelota, cine, recetas de cocina, música, ofertas del agro o telenovelas brasileñas. En todo este tiempo oficinesco aparecieron anécdotas, risas, discusiones e incomprensiones, pero siempre me maravilló la persistencia de Salvador por defender el tesoro de la literatura cubana y sus paradigmas de escritores: Heredia, Martí y Carpentier.

En lo personal, no imagino otro José Jacinto Milanés que no sea el que él nos mostró y siempre admiraré todo el empeño gigantesco que desplegó por develar los secretos de los textos de La Edad de Oro. Además de compañeros de trabajo, y a pesar de la diferencia de edad y conocimientos entre ambos, lo consideraba mi amigo, sobretodo porque me di cuenta de que los espejuelos cuadrados apenas los usaba y porque su cultura no era pedante sino diversa y participativa.

Es cierto que su cuerpo grande se fue consumiendo y afloraron en él más temores, soledad y pesimismo pero mantuvo hasta al final sus ganas de seguir siendo útil, de no perder su impulso de lector y escritor y de sostener una conversación agradable sin traba, sin pose y sin premura.

David Leyva, investigador del Centro de Estudios Martianos

Usualmente, ante la muerte de un amigo, acostumbro a dedicarle una interpelación de despedida —diálogo a ciegas que quiero creer que no sea a sordas—, en el entendido de que aún, de una forma u otra, aún vagan entre nosotros, resistentes a la partida.

Así debe ser el caso de Salvador: terco, contradictorio, absolutamente convencido de su derecho de permanecer mucho tiempo más entre nosotros. “Yo soy el que mejor está de todos ellos”, me dijo hace pocos días, aludiendo al resto de los ancianos con quienes convivía en su último hogar y a la pervivencia indudable de su lucidez intelectual.

De manera que máxime en su caso mi despedida poco formal fue muy convencida: convencida de que me escuchó —y, quizás, hasta ahora me lee—, aunque, como siempre, no estoy demasiado segura de que concordara conmigo.

Así, no diré más, so pena de incomodarlo. Creo que su personalidad también era bien ajena a panegíricos pomposos y adulaciones extremas, regidas por determinadas circunstancias.

En lo personal, preferiría recordarlo sobre todo como buen conversador, con quien se podía uno sumergirse —y debatir, a veces casi lidiar— en todo tipo de tópicos de la cultura cubana y universal, la de élite y la de todos los días; y acudir a su sapiencia acumulada, en especial sobre música, ópera, ballet… sus temas preferidos, que eran tópicos de frecuentes, enjundiosas y sabrosas digresiones en jornadas comunes de trabajo en nuestro departamento.

Es la experiencia compartida que más le agradezco y la ausencia que, sin dudas, dejará en mi memoria: un diálogo trunco que, con seguridad, algún día retomaremos.

Lic. Mayra Beatriz Martínez, Investigadora del Centro de Estudios Martianos.

 

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