Tranvías de cable

Tranvías de cable

Nuestras tierras americanas tienen la ventaja de que al aquietar sus pasiones de pueblos mozos y decidirse a ser personas de provecho, hallan ya depuradas y probadas muchas invenciones fascinadoras, que han resultado al cabo falaces, rudimentarias o inconvenientes, y cuya experimentación ha sido hecha por pueblos que se nos anticiparon en la prosperidad y el empuje.–De manera que, si obramos con juicio, aprovecharemos de lo que lleva averiguado a gran costa la experiencia ajena, sin haber gastado en adquirirla las sumas y el tiempo que a otras tierras cuesta.

Y sucederá en lo físico e industrial en nuestras tierras como en lo político ha sucedido, lo cual en lo político ha sido un bien, a pesar de las dificultades actuales para el acomodamiento en el nuevo estado súbito. De la colonia frailesca fuímonos de un salto a la política acabada; y del kerosene nos estamos yendo a la luz eléctrica.–Y aun deben esperar los pueblos que quieran nuevo alumbrado, que de aquí a poco éste será más barato y perfecto que ahora: bien tienen merecido estos premios nuestros dolores. ¡Cuán grandes nuestros padres, que de la capilla de los oidores recortaron el manto de la Libertad, que ahora se nos empieza a ver sobre los hombros!

Las ciudades que quieran establecer ahora tranvías, deben, antes de echar sus rieles para carros de caballos, hacer examinar los que andan sin ellos, por ser su motor constante un cable que corre dentro de un gran tubo, colocado bajo la superficie de la calle, como se colocan las cañerías de gas o de agua. Este gran tubo tiene una espaciosa ranura en su parte alta, por la cual pasa el timón que maneja el conductor desde su plataforma, y llega hasta el cable, del cuál se desase cuando se quiere detener el carro, o se prende cuando se quiere que el carro continúe en movimiento. Lo mismo que las mandíbulas prenden el alimento, lo mismo que los dientes de una draga se cierran sobre las piedras y sedimentos que ha de sacar a la superficie, así asen el cable los dientes, o ruedas, en que remata el timón. Y como el cable está siempre en movimiento, en virtud de la máquina motriz establecida en la estación de que arranca el cable, el carro es arrastrado por él a gran velocidad, sin que esto impida que cuando el conductor lo desee, oprima el freno o timón que por una ranura abierta en el pavimento entre los rieles se comunica con la de la parte alta del tubo, y desasidos del cable a esa presión los dientes del timón, el carro se detenga, por cuanto tiempo se quiera. Con este sistema de tranvía de cable, los carros andan con mucha mayor ligereza; se gasta mucho menos en poder motor, por ser el vapor y su máquina más baratos de comprar y conservar que las pobladas caballerizas que ahora se requieren para los tranvías de tracción animal, y se ocupan menos empleados y menos espacio en las calles.–Sobre que es bueno alimentar la fantasía, y un carro así parece que lleva alma.

Que el sistema no es ilusorio lo prueban, no sólo el ferrocarril del puente de Brooklyn, a pesar de las dificultades especiales que allí presenta la vía por tener que ir el cable sobre el borde de ruedillas enclavadas de trecho en trecho en los durmientes aéreos; lo prueban mejor Chicago y San Francisco de California, donde este sistema está en uso constante, como de derecho le viene por su sencillez y baratura, sobre todo en las tierras calientes en que los animales padecen tanto, y la rapidez del tráfico con ellos, o en los países fríos donde en los días en que la nieve está acumulada en las calles es fácil ver en el rostro de los pasajeros de los carros de caballos la imagen de la muerte. LA AMÉRICA dará con placer más informes a las personas que se interesen en tener noticias de este sistema de tranvías, en los Estados Unidos muy favorecido.

La América. Nueva York, junio de 1884

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