N. York, 5 de diciembre 1887

N. York, 5 de diciembre 1887
Sr. Juan Arnao.

Distinguido compatriota:

Me es especialmente grato cumplir con el encargo, que la Comisión Ejecutiva que presido se ha servido darme, de acusar recibo de la carta en aquel, desconociendo tal vez la importancia del deber que se nos ha impuesto, y que es de tal alcance que no sé como podemos rehuirlo, presenta V. con su habitual modestia la renuncia del apuesto en la Comisión que por voto unánime, y sin más acuerdo previo que el de los merecimientos de Vd., le asignó una reunión de cubanos, compuesta por novedad dichosa en nuestros trabajos prácticos de personas de distintos pareceres y procedencias en la que, empequeñeciéndonos, pudiéramos llamar política local; convencida hoy, como en las horas graves lo ha estado siempre, de que en los momentos de la acción, todos los que la quieren de buena fe, para beneficiarla con su consejo y fortalecerla con su ayuda, deben poner en ella las manos honradas. Las inmaculadas de Vd. tienen la magia de las del padre querido para esta emigración que nunca vio en V. traiciones ni desmayos.

La Comisión Ejecutiva creyó unánimemente que su renuncia; no podía tener otra razón más que la de no ser conocidos de V., por no haber asistido a la segunda junta, el carácter y trascendencia de los trabajos que, después de luminosa discusión, nos fueron encomendados, con estos cinco fines:

Acreditar en el país, disipando temores y procediendo en virtud de un fin democrático conocido, la solución revolucionaria.

Proceder sin demora a organizar, con la unión de los jefes afuera, y trabajos de extensión, y no de mera opinión, adentro,-la parte militar de la revolución.

Unir con espíritu democrático, y en relaciones de igualdad, todas las emigraciones.

Impedir que las simpatías revolucionaríais en Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún interés de grupo, para la preponderancia de una clase social, o la autoridad desmedida de una agrupación militar o civil, ni de una comarca determinada, ni de una raza sobre otra.

Impedir que con la propaganda de las ideas anexionistas se debilite la fuerza que va ya adquiriendo la solución revolucionaria.

Los cubanos que aprobaron esas bases, y la organización temporal y cordial que ha de trabajar rápidamente con acuerdo a ellas para enseñarse unidas las emigraciones con el apropósito y los tamaños indispensables para recobrar la confianza del país que hemos lastimado con nuestros errores, no fueron, como V. en su austero patriotismo hubiese podido temer, un mero grupo reunido por la identidad en un modo de pensar determinado, y tal vez vano y ambicioso, sino una junta compuesta, sin excepción alguna, de todos loes cubanos que en nuestra larga historia revolucionaria han venido siendo invariablemente escogidos por sus compatriotas para representarlos en las épocas de acción, y han llevado su voz en la tribuna y en la prensa, la dirección en sus consejos, y las armas en el campo de batalla. Y si minoría alguna hubiese habido, allí donde todo, con el empuje espontáneo de la honradez, se convirtió en unanimidad visiblemente eran loes menos aquellos que, por una suspicacia injusta o, por la falta de trato íntimo, han solido ser tachados de parciales con los que en Cuba, manteniendo infundada; esperanzas, debilitan a sabiendas el carácter, y desorganizan, en vez de preparar, la nueva guerra.

La Comisión de informe que V. contribuyó a nombrar en la primera junta, como consecuencia del debate promovido sobre las declaraciones del Sr. Juan Ruz, para preparar y someter a discusión un plan de trabajos, a fin de acomodar sin pérdida de tiempo los nuestros fuera de la, Isla a los rápidos y visibles que la Isla por su propio ímpetu va haciendo; la comisión, en que me cupo la honra de figurar al lado de dos partidarios tan ardientes, activos y probados de la guerra como el Sr. Félix Fuentes, que en su nom¬bre lleva su historia, y el Sr. Rafael de C. Palomino, Secretario del último cuerpo revolucionario que funcionó en el extranjero, no propuso a la junta de cubanos, que vio con pena la ausencia de Vd., un plan estrecho en que se recabase como por sorpresa de los patriotas allí reunidos la autorización, grata a la vanidad, de caudillear como cabeceras de una propaganda tibia y estéril, sino el modo de responder sin demora a las necesidades urgentes del país, presentándonos ante él de manera que nos desee y no nos esquive,-tratando de poner inmediatamente al habla los jefes dispersos en leí extranjero cuyo esfuerzo aislado sería ineficaz y por lo tanto dañino, juntando en un mismo espíritu, democrático y grandioso, las emigraciones abandonadas hoy a su acción suelta y lenta, y, tan pronto como estos trabajos indispensables estuviesen realizados, surgiendo en virtud de ellos ante el país como un cuerpo compacto, de apropósito republicano y fin político, y sometiendo entonces,-cuando ya no sea prematura ni pequeña como sería hoy la exhibición pública, el resultado de estos trabajos y la dirección futura de ellos a la emigración que, en la de New York a lo menos, habrá estado mientras tanto representada en el cuerpo de consulta, que es la junta misma, obligada a intervenir y a dar voto en los trabajos meramente temporales, aunque vivos, de la Comisión Ejecutiva.

A lo que hemos asido llamados, pues, los miembros de la Comisión Ejecutiva, bajo la inspección constante de todos los cubanos prominentes en New York por sus servicios a la causa revolucionaria, es a hacer lo que hoy nadie hace, y es un delito dejar de hacer, a organizar, por fin, dentro y fuera de la Isla la guerra que la Isla ya desea, a poner de acuerdo en todo lo posible las emigraciones que han de ayudarla, y tal vez iniciarla, y el país que ha de seguirla, a disipar con una política cordial amplia y republicana, los temores que la revolución inspira, por errores pasados y tendencias confusas, a sus más leales amigos fuera y dentro de Cuba, a reunir, en suma, allá y acá, de veras y pronto, los elementos que la guerra necesita. La Isla se está poniendo en pie: ¿y nosotros, a quienes vuelve los ojos, no nos pondremos en pie? ¿por estarnos examinando unos a otros, y murmurando unos de otros, pondremos la patria en peligro, y dejaremos de hacer lo que nos ordena? Cuando España quiere desordenar la guerra naciente, para triunfar sobre ella con más facilidad, ¿le ayudaremos nosotros a desordenarla? ¿o debemos ayudarle a ordenarla?

Este es nuestro deber, imperioso y seco. Puede ser inglorioso; pero no será infructífero. Haber servido mucho obliga a continuar sirviendo. Por esto, la Comisión Ejecutiva, que venera sus canas y estima su pureza, me encarga que le pregunte si, con ese deber enfrente, desea V. dejarnos solos en él, o ayudarnos a cumplirlo.

Seguro de su respuesta, y de la austeridad de sus móviles, invito a V., por tanto, en nombre de la Comisión Ejecutiva a que, vigorizando con su acción el ejemplo de cordialidad, que todos damos, retire para placer de todos y bien de la patria, su renuncia. Somos de Vd. con afectuosa consideración

José Martí

Rafael de C. Palomino

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