Los abanicos en la exhibición Bartholdi

Los abanicos en la exhibición Bartholdi

La cosa más pequeña, insignificante en sí, adquiere valor sumo, como símbolo de tiempo. El espíritu de los hombres, afectado de uno o de otro modo, según las influencias que en él actúan, se refleja con todos sus accidentes en cada uno de los objetos que imagina para el adorno o para el uso. El pueblo chino, replegado en sí, libre de las grandes y borrascosas ocupaciones que traen el comercio íntimo y la marcha acorde con los demás pueblos de la tierra, con tiempo sobrado, y sin fecundos fines públicos a que consagrar su actividad–hará encaje sutil del marfil duro, y lo calará y lo bordará con arte tanta, que no habrá hoja de árbol más flexible que un abanico chino.–En los tiempos de Luis XIV y de Luis XV, en que la virtud llegó a parecer imbécil, y el crimen sólo empleo digno de las gentes de buen tono; en aquellos tiempos abominables y seductores, en que una mujer, acabada de vivir, era como esos duraznos apetitosos que caen en manos de una clase en la escuela, y muestran en su piel mustia dentelladas de todos los hambrientos escolares; en aquellos tiempos de perfume y olvido, de hermosura y embriaguez, de infamia y gracia, no hay abanico que ya en seda, ya en papel no muestre travesuras risueñas o mitológicos deleites de amores.

Y en nuestros tiempos,–en que el abanico es acaso más bello y elegante, ya que no más rico y laboreado que en época alguna,–la vida de arrebato y de colores, la vida de teatros y de circos, la vida de zozobras y novedades, que hace, en las cosas bellas, volver los ojos con frecuencia a lo pasado,–palpita, envuelta en luz y pintada a ráfagas, en los paisajes amplios y lujosos de los abanicos que la incitan y ocultan.

En la Exhibición preparada para auxiliar a la colecta de los costos del pedestal de la estatua de Bartholdi, aunque sin concierto ni interdependencia de épocas, veíanse de una vez, en los abanicos que las retratan, las recámaras doradas de los Delfines y las modernas fiestas circenses, de toros y caballos; cruzábanse, en abanicos del siglo XV, miradas de abades petimetres y sacerdotisas de la Fronda, y en seda de nuestros días,–con ocasión de un bautizo en pueblo español,–reticencias del secretario de un ayuntamiento de lugar y serpeantes miradas de joven madre andaluza, a quien con los ojos tacha el secretario de callar verdades cuando dice que el pecador de aquel lindo pecado no es el meloso Don Lucas que cree ver en el rechoncho bautizante renovados sus verdes inviernos.–Este paisaje que describimos era del pintor Borra.

Había abanicos de varillaje de carey; por lo que, con ignorancia graciosa, como si el carey fuera sólo producto de mares de Cuba, los llamaban “cubanos”: y uno de palma fina y muy entretejida, que los visitantes buscaban mucho, porque rezaba el catálogo que era abanico “de los trópicos”; y otro del humilde camalote, que con tanta gracia tejen y con tan mal consejo descuidan las guajiras cubanas, que de esta sencilla industria pudieran sacar fruto.

Conocíanse de lejos los abanicos españoles por lo amplio del paisaje, sólido y limpio de las varillas, y alegre y convidador de los colores. Y notábase, por esa ley de analogía que en lo mínimo como en lo máximo rige a la tierra, que eran los abanicos franceses, en los tiempos galantísimos de Francia, todos de paisaje estrecho y varilla alta y ornada con floreos de plata y oro sobre marfil o nácar, como en correspondencia de los talles altos y pomposas sayas que era de uso entre aquellas fugaces marquesas. Y cuando bajaron los talles, bajaron los paisajes de los abanicos. Y cuando Fenelón escribía el Telémaco, que con grande y cuasi insolente lujo se imprimía “para uso del Delfín”, todo era pintar sobre pergamino a Mentor y a Telémaco, o llenar de rosas, sobre blanca seda la gruta amable de Calipso.

Entre los abanicos más curiosos, los que llaman de “Vernis de Martin” sacaban palmas, con sus escenas virgilianas o bíblicas, y sus desbordes extraños de colores, que se saltan del paisaje como si no cupieran en él–así como el pensamiento errante se salta gozoso a cada momento de la vida,–y se tienden en guirnaldas de rosas, en olas de mar, en celajes espesos azules por sobre las varillas, por sobre las junturas, por cuanto espacio blanco ofrecen el pergamino o el hueso:–así sobre sus marcos admirables concluye ahora sus cuadros impacientes el festoso Michetti, que no ve el aire italiano, tal cual lo ven los comunes, a modo de hervoroso vapor de amantes estrellas, sino como poblado de diminutos geniecillos de colores resplandecientes y varios, encapuchonados de rojo, vestidos de verde, alados de azul, tocados de amarillo: y los toma a manadas, y los aprisiona en sus lienzos.–Así los viejos abanicos de “Vernis de Martin”.

Y había un abanico elegantísimo. Por de contado, era sencillo: sobre delgadas varillas de marfil, salpicadas de ligerísimos puntos de color, tendíase sin un relieve duro, sin una ramazón vistosa, un admirable encaje fino, sereno, exquisito, no interrumpido, candoroso, como esos velos primeros en que aparece envuelto el amor a los ojos de las niñas.

Excitaba mucho la curiosidad un ejemplar feo y notable. El paisaje es una copia dura del Vesubio en lava: todo él es sombrío. Napoleón lo llevó de Italia a Francia, para que en sus fiestas de coronación lo ostentase aquella, más que reina suya, reina y triunfo en su colosal juego de barajas,–Josefina.

Pero no se detenían mucho los visitantes ante el armario donde se enseñaban abiertas esas reliquias de arte antiguo, aquí muy celebradas, e inferiores sin embargo, a los suntuosos abanicos de nácar, recamado de metales preciosos que con poética piedad guardan aún, junto a escarpines diminutos y floreados mitones, nuestras fieles y abuelas.

Los abanicos estaban siempre llenos de miradas. Valla viva oponían al observador indiferente las visitantes ansiosas. Cuál preferiría un Luis Leloir; cuál un torero, de garboso vestido verde y plata, matizado de sangre; cuál unas grandes rosas, de una francesa que las pinta bien; cuál encomiaba un fogosísimo Detaille, de tal modo perfecto, que pintando una carrera de caballos, no parece paisaje de abanico, sino extenso campo: por cierto que esta joya valiosa pertenece a una dama de nuestra raza, la Sra. Delmonte. Se ve en él la distancia entre los postes; se toma parte en la pasión que anima a los rostros de los competidores; podía ponerse en cifra la distancia que cada un caballo saca al otro. Los caballos se ven de frente, lo que aumenta la dificultad, y el triunfo; pero por parte magno del pintor, que sabe que cada ápice de una obra artística debe estar hecho en atención a su tendencia y conjunto, los caballos, que parece que arrancan de un centro común, se esparcen y abren al saltar la cerca, como se extiende al abrirse el abanico.–El genio es lo completo: está a lo sumo y a lo ínfimo, y saca grandeza de la armonía y perfección de lo pequeño. La fantasía, que tiene sus monstruos, los hermosea cuando los encadena. La buena fantasía es la que, cuando se sale del orden lógico visible a los ojos vulgares, se conserva dentro del orden lógico de más alto grado que rige al Universo en junto, y es perceptible sólo a las almas máximas.–La armonía de lo perfecto, conseguida contra la misma armonía aparente, por los hijos mejores de la naturaleza,–hiere de un modo grato y satisfactorio la mente común, que por el hecho de ser natural no puede resistirse a reconocer lo que lo es.–Este es el secreto de la popularidad de los genios sutiles y complicados como Dante a través de los tiempos diversos, poblados de masas vulgares. La fantasía desbordada, es un caballo loco,–se puede echar a volar un león; pero se ha de ir cabalgando sobre él, y se le ha de tener perennemente de la rienda.

Este y un Leloir, en que unos pintores, de joyantes y pomposos vestidos, retratan a una dama francesa en los tiempos en que no era pecado el amor–fueron las dos bellas prendas que a aquellos armarios concurridos llevó el arte moderno.

La América. Nueva York, enero de 1884.

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