Heredia

No por ser compatriota nuestro un poeta lo hemos de poner por sobre todos los demás; ni lo hemos de deprimir, desagradecidos o envidiosos, por el pecado de nacer en nuestra patria. Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto que el que exagera el mérito de sus hombres famosos. Ni se ha de adorar ídolos, ni de descabezar estatuas. Pero nuestro Heredia no tiene que temer del tiempo: su poesía perdura, grandiosa y eminente, entre los defectos que le puso su época y las imitaciones con que se adiestraba la mano, como aquellas pirámides antiguas que imperan en la divina soledad, irguiendo sobre el polvo del amasijo desmoronado sus piedras colosales. Y aún cuando se negase al poeta, puesto que el negar parece ser el placer más grato al hombre, las dotes maravillosas por que, después de una crítica austera, asegura su puesto en las cumbres humanas, ¿quién resiste al encanto de aquella vida atormentada y épica, donde supieron conciliarse la pasión y la virtud, anheloso de niño, héroe de adolescente, pronto a hacer del mar caballo, para ir «armado de hierro y venganza» a morir por la libertad en un féretro glorioso, llorado por las bellas, y muerto al fin de frío de alma, en brazos de amigos extranjeros, sedientos los labios, despedazado el corazón, bañado de lágrimas el rostro, tendiendo en vano los brazos a la patria? ¡Mucho han de perdonar los que en ella pueden vivir a los que saben morir sin ella!

Ya desde la niñez precocísima lo turbaba la ambición de igualarse con los poetas y los héroes: por cartilla tuvo a Homero; por gramática a Montesquieu, por maestro a su padre, por dama a la hermosura, y por sobre todo, el juicio; mas no aquel que consiste en ordenar las pasiones cautamente, y practicar la virtud en cuanto no estorbe a los goces de la vida, sino aquel otro que no lo parece, por serlo sumo, y es el de dar libre empleo a las fuerzas del alma que con ser como son ya traen impuesto el deber de ejercitarse y saber a la vez echarlas al viento como halcones, y enfrenarlas luego. No le pareció, al leer a Plutarco en latín, que cuando había en una tierra hecha para la felicidad esclavos azotados y amos impíos, estuviese aún completo el libro de las Vidas, ni cumplido el plan del mundo, que comprende la belleza moral en la física, y no ve en ésta sino el anuncio imperativo de aquélla: así que, antes de llevarse la mano al bozo, se la llevó al cinto. Salvó su vida y calmó su ansiedad en el asilo que por pocos días le ofreció la inolvidable Emilia. Llora de furor al ver el país de nieves donde ha de vivir, por no saber amar con mesura su país de luz. Lo llama México, que siempre tuvo corazones de oro, y brazos sin espinas, donde se ampara sin miedo al extranjero. Pero ni la amistad de Torney, ni la compañía de Quintana Roo, ni el teatro de Garay, ni la belleza fugaz de María Pautret, ni el hogar agitado del destierro, ni la ambición literaria, que en el país ajeno se entibia y vuelve recelosa, ni el pasmo mismo de la naturaleza, pudieron dar más que consuelo momentáneo a aquella alma «abrasada de amor» que pedía en vano amante, y paseaba sombrío por el mundo, sin su esposa ideal y sin los héroes.

Aquel maestro de historia, aquel periodista sesudo, aquel político ardiente, aquel juez atildado, con una mano opinaba en los pleitos, y con la otra se echaba atrás las lágrimas. En el sol, en la noche, en la tormenta, en la lluvia nocturna, en el océano, en el aire libre, buscaba frenético, mas siempre dueño de si, sus hermanos naturales. Disciplinaba el alma fogosa con los quehaceres nimios de la abogacía. Su poesía, marcial primero y reprimida después, acabó en desesperada. Más de una vez quiso saber cómo se salía pronto de la vida. Pide paz a los árboles, sueño a la fatiga, gloria al hombre, amor a la luna. Aborrece la tiranía, y adora la libertad. Arreglando tragedias, nutre en vez de apagar su fuego trágico. Borra con sus lágrimas la sangre que en la carrera loca sacó con la espuela al ijar de su caballo. ¿Quién le apaciguará el corazón? ¿Dónde se asilará la virtud? El exceso de vida le agobia; vive condenado a efectos estériles; jamás ¡infeliz! ser correspondido por la que ama. De noche, sobre un monte, descubierta la cabeza, alza la frente en la tempestad. ¡No se irá de la vida sin haber sembrado el laurel que quiere para su tumba! Aquietará su espíritu desolado con el frescor de la lluvia nocturna, pero donde se oiga, a los pisa, de una mujer, bramar el mar y rugir el trueno. Y murió, grande como era, de no poder ser grande.

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