En los talleres

En los talleres

Taller es la vida entera. Taller es cada hombre. Taller es la patria. Los hombres a medias, vuelven la espalda a los hombres enteros: les alzan la cola cuando los necesitan, y les besan el bolsillo, y les piden la compañía, y les adulan los mismos pecados; pero fabrican el mundo, con su odio de bastidores y sus cucharadas de polvos de arroz, de modo que el trono, y el pavo, sea de los hombres a medias. Los hombres enteros, los cubanos creadores, los cubanos fundadores suben, orgullosos, las escaleras de los talleres,–como acaban de subir las de los talleres del Cayo nuestros dos grandes músicos, Albertini y Cervantes. ¡Ni se escapó jamás del teclado soberano del uno, ni del violín impecable del otro, armonía semejante a la que en aquella visita de los hombres del trabajo de salón a los hombres del trabajo de la fábrica ascendió, como un himno de anuncio, como una promesa de paz, como una proclama de concordia. del silencio satisfecho de aquellos corazones! Por una víbora que a Cuba le nazca ¡cuánta águila hermosa!

¿Temible el cubano, disociador el cubano, degregador el cubano, fratricida el cubano, parcial y sectario el cubano, y criatura de rincón, como en las naciones donde la servidumbre rural y las castas de cincuenta siglos han puesto a los hombres en diferencias innecesarias y artificiales en Europa, o diversas y menos graves en América? ¿ruin celoso el cubano, que no se halla sin la cultura, que desdeña por naturaleza todo lo desgarbado e inculto, ruin celoso de la cultura que él mismo anhela y codicia? ¿marcado el cubano, por estar empleado hoy en un oficio como puede mañana estar empleado en otro, con una marca de clase especial, con una marca que lo acorrale y separe de los demás hijos de su pueblo, con una marca en que se reconoce, por un momento siquiera, inferior en la realidad a los demás hombres? ¡Reconocerlo, es serlo! Los hombres no son rosillos, ni bayos, ni alazanes, ni moros. Son esta cosa sublime: ¡hombres! ¿Desconfiado, el cubano que vuelve la hoja generosa del tabaco, del cubano que vuelve la hoja fundadora del libro, del cubano que vuelve la hoja elegante de la música? El cubano ama la gloria, porque es capaz de ella: ama a los que pasean por el mundo la gloria de su patria. «El arte, decía ayer un gran orador, es una necesidad comercial, más que un lujo del espíritu. El arte libre, el arte en todo y a todas horas, es tan necesario a los pueblos como el aire libre. Pueblo sin arte, sin mucho arte, es pueblo segundón. Los grandes educadores, y los grandes gobiernos, han hecho siempre obligatoria la enseñanza del arte. Hay que recortar los dientes, y que alimentar las alas». ¡De pie recibieron los tabaqueros cubanos del Cayo a los dos músicos cubanos! «Fue como una ola–dice el buen Yara,–como una ola que iba a deshacerse complacida en el pedestal de aquellos dos grandes «virtuosos del arte».

Habló Manuel Deulofeu, lleno de fuego criollo, con su alma rica de bondad. Habló Francisco María González, clarín del entusiasmo y la belleza, y hermoso corazón cubano. Albertini, que brega con sus notas tantas horas al día, saludó por una voz amiga a aquellos hijos de su pueblo, clavados a su trabajo durante tantas horas.

Después Ignacio Cervantes escaló la tribuna. Su voz, tan baja como esas notas imposibles que arranca su mano triunfante al monstruo de las octavas, dijo con una sencillez verdaderamente arrebatadora: «Sólo he tenido dos orgullos en mi vida: el primero, haber nacido en Cuba, y el segundo, haber obtenido el Primer Premio en el Conservatorio de París para poder ofrecérselo como tributo de amor a mi patria querida, y de hoy más el tercero, por esta visita al taller donde se me acoge de este modo por mis amados compatriotas, los honrados obreros que aquí se encuentran».

¡Una es, pues, el alma cubana que ha de florecer en la isla feliz, cundo del último tajo, que ya tarda, la saquemos de entre sus ligaduras! ¡Uno es, pues, el espíritu evangélico que en la hora de la creación funde a los hombres, a los de la isla y a los de fuera de la isla, en el mismo abrazo de fraternidad! ¡Uno es, pues, en los que pisan el mármol y los que pisan el tablado, aquel espíritu de redención, y de orgullo común, que al morir en la campaña y en el cadalso y en el destierro se exhaló, a inspirarnos y a vigilarnos, de la carne mortal de nuestros padres! El arte es trabajo. Trabajo es arte. Los trabajadores, se aman. Nuestro pueblo no es pueblo de hombres que quieren derribar la grandeza; sino de hombres que quieren alzarse. No peligra, no tiene que temer, un pueblo que junta conmovido, que junta espontáneo sus diversos oficios, allí donde los pueblos se elaboran y se continúan; allí donde los pueblos se maduran y se aseguran; allí donde los pueblos aprenden el hábito y los métodos de crear:–¡en los talleres!

Patria, 7 de mayo de 1892

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