El Congreso de Washington II

La excursión en el tren palacio.—Batalla preliminar.—Actitud de los delegados argentinos.—Blaine, presidente.—Bastidores y detalles de la elección.—La sesión inaugural.—Las comidas oficiales.—El tren palacio.

Nueva York, octubre 4 de 1889

Señor Director de La Nación:

Se abre el Mail and Express, el diario vespertino de los republicanos de Nueva York, y se lee: los “huéspedes que vienen a seguir nuestra guía; la alianza que hemos solicitado y que vienen a ajustar nuestros huéspedes”.

Se abre el Herald, y se lee: «Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer». Se abre el Post, y se lee: «el discurso de Blaine, lleno de evasivas sonoras». El Tribune dice: «ha llegado la hora de hacer sentir nuestra influencia en América: el aplauso de los delegados al discurso de Blaine fue una ovación». Dice el Star: «el Congreso americano de Blaine». Y el Sun dice: «Están vendidos a los ingleses estos sudamericanos que se le oponen a Blaine». El tren palacio ha empezado, en tanto, a rodar en su camino de cinco mil cuatrocientas seis millas. De Washington a West Point, a ver lo militar, lo grave de los centinelas, lo austero de la disciplina: a Boston, a ver letrados y monumentos: a Portland, a ver cosas de mar: por las fábricas de New Haven y Hartford y Springfield, por la ciudad política de Albany; al Niágara, a templar para la grandeza el espíritu: en Buffalo verán las ferrerías y las balsas de madera, y el comercio del lago; en Cleveland los pozos de petróleo; en Detroit los molinos y los hornos de cobre, y los talleres en Grand Rapids: pasarán por South-Sout, centro de los caminos, en Indiana: en Chicago visitarán los graneros; en Milwaukee y St. Paul y Minneápolis, todo lo del trigo y lo de la cerveza; en Omaha verán la capital del comercio de ríos; en San Luis «el jardín del mundo», la primera ciudad harinera, término de veinte días: en Indianápolis, la cruz de los ferrocarriles, semillero de industrias, y de políticos, y de abogados: en Louisville, el tabaco; los corrales y mataderos en Cincinnati; en Pittsburg el hierro bruto y el carbón, leguas de hierro, montes de carbón: y en Filadelfia, donde la excursión acaba, las fábricas de cuero y los tejidos y el hierro, y la Casa Pública, con los corredores sombríos y las razas del mundo en las cariátides de mármol. Del cinco de octubre al once de noviembre habrán vivido los delegados en ferrocarril, en ferias, en convivialidades. Filadelfia, la de las manufacturas, les prepara festejos suntuosos. “Los huéspedes de esta excursión”, dice el itinerario oficial, “estarán libres de todo gasto”.

Pero antes de empezar la gira quedó el Congreso ceremoniosamente abierto en Washington. Ya ha habido esgrima, intriga, calumnia. Ya tiene el presidente el Congreso. Ya tuvo un día de quehaceres oficiales. En los corredores del Arlington no se oía más que español: se quejaba uno del hotel: despedía otro con decoro a un negociante intruso: se buscaban otros con los ojos, como hermanos; otros, recelosos, creían ver un compromiso en el saludo: entraba Curtis, que de secretario se queda, aunque no place a Colombia: salía Trescott, cerebro de la Secretaría de Estado, delegado al Congreso por los Estados Unidos, señalado de antemano para la presidencia. Los negros van y vienen, diez para cada huésped, cepillo en mano.

En la casa cercana de Wallach, donde se va el Congreso a reunir, se juntaron los delegados para irse conociendo.

A solas a esa hora, daba la ley Blaine en la secretaría a los diez delegados de los Estados Unidos que han de votar como uno. Pero ya entre los delegados de la otra América se sabía que Trescott no iba a ser el presidente.

¿Presidente nuestro, decían los diez, el que vendió a los confederados los papeles de la Secretaría cuando era Subsecretario de Estado? Blaine, que no es delegado, fue el propuesto. ¿Qué pasó en la sesión secreta de los delegados del Centro y del Sur? Toda la tarde estuvieron en debate; comieron agitados y de prisa: en el debate les sorprendió la medianoche. Al otro día, a las doce, fue la delegación en masa a la Secretaría de Estado. En la sala diplomática los esperaba, de pie, un hombre pálido, de ojo incisivo y cabello a la frente, de sonrisa imperial y mano suave. Y en el primer fulgor empezó su discurso, el discurso de la sentencia maravillosa, del Mail and Express, el discurso de las sonoras evasivas del Evening Post, «Poder, comunicaciones más rápidas»: esto se oye dos veces, dicho en forma distinta, como para que quede en los que oyen, como queda en los que entran en un cielo nuevo la imagen de la primer ave que ven volar por él. Hay arte así: arte de ave. Lo que del discurso maravilla no es la grandeza, que no la hay, sino la prudencia, y el modo sutil de responder a las objeciones previstas contra la persona del que habla, que no es el de salirles al frente, sino el de decir lo opuesto de lo que se espera, que a nadie se ha de engañar en el Congreso. Que no ha de haber con nadie secreta inteligencia. Que en paz y sinceridad se juntan las diez y siete Repúblicas. Y todo firme, insinuante, abierto, con cierto aire de fiereza contenida, que es un modo de conquistar con las palabras, y de quedar como rey y alma mayor ante las gentes débiles.

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