Correspondencia particular del Partido Liberal [Nueva York, 17 de octubre de 1886]

Sumario.–La mujer norteamericana.–La “mulata” Lucy Parsons, mestiza de mexicano e indio.–Lucy Parsons recorre los Estados Unidos hablando en defensa de su marido, condenado a muerte entre los anarquistas de Chicago. La sentencia no ha amedrentado a las asociaciones de anarquistas. Lucy Parsons en Nueva York.–Su elocuencia.–Escena memorable en Clarendon Hall.–Carácter viril de la mujer norteamericana y su razón.–Una mujer decide el debate en una convención política.–La mujer como organizadora y empresaria.–La mujer en los teatros: Helen Daubray: Lilian Olcot y la Fedora de Sardou.–Mrs. Langtry.

Nueva York, 17 de octubre de 1886

Señor Director de El Partido Liberal

“Santo es el mismo crimen, cuando nace de una semilla de justicia. El horror de los medios no basta en los delitos de carácter público a sofocar la simpatía que inspira la humanidad de la intención. El verdadero culpable de un delito no es el que lo comete, sino el que provoca a cometerlo”: eso parecía decir ayer a los que la observaban de cerca la reunión de los anarquistas en Nueva York. ¿Y se creía que la sentencia a muerte de los siete anarquistas de Chicago, los convictos en el proceso de la bomba, los había hecho enmudecer? ¡Como una condecoración llevan al pecho desde entonces hombres y mujeres la rosa encarnada! Ahora parecen más que antes: se reúnen con más frecuencia: afirman con más atrevimiento sus ideas! se ven injustamente miserables; desesperan de la posibilidad de reducir al mundo por la ley a un sistema equitativo; se sienten como purificados y glorificados por el espíritu humanitario de sus dogmas; se convencen de que la civilización que usa la pólvora para hacer cumplir su concepto de la ley, no es más legal ante el alma del hombre que la reforma, que, para hacer cumplir la ley tal como la concibe, usa la dinamita, que no es más que pólvora concentrada. Y como cualquiera que sea el extravío de sus medios y la locura de su propaganda, es verdad que esta y aquellos arrancan de un espíritu de justicia ofendido en las clases humildes siglo sobre siglo, y de una compasión febril por los dolores del linaje humano, resulta, hoy como siempre, que el mundo se dispone a olvidar las manchas rojas que deshonran la mano, atraído por el rayo de luz que brota de la frente: y que un grano de piedad basta a excusar una tonelada de crimen.

En la certeza de sus móviles humanitarios toman fuerza para arrostrar el martirio de estas criaturas de juicio desequilibrado, ya por la viveza e intensidad de sus penas, ya porque no es la fetidez de los agujeros de los artesanos buen lugar de cría para la divina paciencia con que soportan el ultraje los redentores. Si a duras penas concibe cada civilización un Jesús, ¿cómo se pretende que sea un Jesús cada uno de estos pobres trabajadores? Así al ver próximos a morir a siete de sus compañeros en la horca, no se paran a pensar en que de sus manos salió un proyectil de muerte, porque no ven su proyectil más criminal que la bala de un soldado, que también sale a matar en la batalla sin saber adónde: sólo ven que van a morir sus siete amigos por el delito de buscar sinceramente el que ellos miran como modo de hacer feliz al hombre; y los arrebata, esa es la verdad, la misma voluptuosidad de sacrificio que poseyó cuando la iglesia virgen a los mártires cristianos. ¡Ah, no: no es en la rama donde debe matarse el crimen, sino en la raíz. No es en los anarquistas donde debe ahorcarse el anarquismo, sino en la injusta desigualdad social que los produce.

Aquí el aire está cargado de estos problemas: no hay otra cosa en el aire: se oye el ruido cercano de la cólera: en Nueva York los trabajadores, partidarios de la nacionalización de la tierra, están a punto de sacar a su apóstol Henry George mayor de la ciudad: en Richmond hay un Congreso de Caballeros del Trabajo, que hace alarde de simpatía a la raza negra: en todos los Estados los gremios de obreros entran en masa en la política, y en algunos triunfan de lleno y eligen casi sin obstáculos a la legislatura y al gobernador: todavía funcionan por encima, como actores segundones que entretienen la escena, los partidos y personajes que han perdido con el uso de eficacia y pureza; pero de todas partes se asiste a la elaboración de una fuerza tremenda: nadie se oculta la importancia de los nuevos sucesos: es preciso hablar de esto.

Sí: los anarquistas no temen al sacrificio, y aun lo provocan, como los héroes cristianos. Sus sufrimientos explican su violencia; pero esta misma parece menos repugnante por la generosa pasión que los inspira. Y se ve aquí, como en aquellos tiempos de almas, que esa exuberancia de amor al hombre crea lazos más fuertes entre los que la sienten en común, y da al cariño de los amantes y a los deberes de familia una poesía e intensidad que les visten de flores el martirio.

Ayer mismo se asistió en Nueva York a una escena de interés penetrante y extraordinario. En ninguna iglesia de la ciudad hubo ayer domingo un sacerdote más ferviente; ni una congregación más atribulada, que en Clarendon Hall, el salón de los desterrados y los pobres. Pugnaba en vano la concurrencia de afuera por entrar en la sala atestada, donde hablaba a los anarquistas de Nueva York, alemanes en su mayor parte, la Lucy Parsons, la “mulata” elocuente, Lucy Parsons, la esposa de uno de los anarquistas condenados en Chicago a la horca.

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