Antigüedades americanas. Los esposos Le Plongeon: la isla de Mujeres

Mucho puede aprender ahora sobre vida aborigen en América, quien tenga espacio rara leer todo lo que sobre la Literatura, Religión, Historia y Costumbres de los indígenas se está pu¬blicando en los Estados Unidos, ya en semanarios y revistas, ya en libros meditados y lujosos.

Un semanario de ciencias que sale a luz en New York, y que por cierto se vende en las mesas de diarios en las esquinas a la par que otros semanarios de habilidades y láminas, publi¬caba no hace mucho una extensa y notable relación en que una estimable señora, leal compañera de su anciano y atrevido es¬poso, cuenta todo lo que recientemente ha descubierto entre las malezas de Yucatán el doctor Le Plongeon.

Hay, por frente a las costas de Yucatán, una Isla pacífica y bella, sembrada apenas de altas palmas, y donde en la fina arena nacen flores. Chipre no tiene bahía más apacible y bien cortada. Resplandece y vibra el aire, como alrededor de los templos de mármol en las islas griegas. La música, que en to¬das partes se oye, allí se ve; y en favonios y en céfiros se piensa, y se siente el espíritu en aquella hermosura consagrado. Hasta las minuciosidades son bellezas; y la playa blanca está toda cruzada de bordados exquisitos, hilados como alenzones y ma¬linas, que no son más que las huellas que durante la noche ha¬cen, a la luz amorosa de la luna que los enciende e invita a aparejarse, los bruñidos y rosados cangrejos. E1 cementerio parece una paloma.

A esta tierra escondida la han llamado los pescadores canarios, que van de las Antillas por aquella mar a hacer su pesca, la Isla de Mujeres; acaso porque en tiempos de la revuelta de los indios yucatecos, que son gente simpática y bravía, emigraron de la península a la islilla encantadora gran número de familias timoratas, entre cuyas sencillas doncellas no tardan en hallar los pescadores leales y fáciles esposas. Cadena larga de oro mate les cae en vueltas por la caliente y redonda garganta; ciruelas parecen sus manos, de gruesas y pequeñas; cisnecillos sus pies: huelga el gracioso cuerpo en una fea camisola de lino; sentadas en la hamaca, la trenza da en el suelo; de hijas del mar parecen sus ardientes ojos verdes y así andan en la casa y en la calle, y en visita, a menos que no sea noche de baile, en que el pueblo quiere festejar a algún barquero que se ausenta o viajero triste que los arpó y predicó al paso, y en cuyo honor se visten de cristianos; suena la armónica, con tal o cual flauta o violín a medias cuerdas; enciéndense, con bote¬llas por candelero, las velas de esperma; vacíanse, que nunca faltan, algunos barrilillos de vino canario o ambrosía de Mála¬ga, y se bailan, con gran deleite y cortesía, melosas danzas; tras de todo lo cual el pueblo en masa, con sus viejos y sus matronas a la cabeza, y como ungido y purificado por la luz de la luna, acompaña hasta la goleta, llena de tortugas vivas que van a venderse en el mercado cercano de Belice, al buen viajero que deja de mal grado aquel pacífico recodo sin sober¬bia y sin ruidos, donde se bebe aún la vida primitiva a los pe¬chos mismos de la fragante Naturaleza.

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