Alea jacta est

México, diciembre 7 de 1876.

¿Conque al fin es verdad? ¿Conque se vuelven a matar los mexicanos? ¿Conque se ha violado una tradición, derrocado a un gobierno, ensangrentado un año a la patria, para volver de nuevo a ensangrentarla, para desacreditarnos más, para ahogar en germen el adelanto que alcanzábamos y el respeto que se nos iba teniendo, para hacernos más imposibles a nosotros mismos todavía?

¿Y qué mueve esos ejércitos?; ¿quién carga esos fusiles?; ¿quién lleva a la muerte a esos hombres robustos que van a campaña del brazo de sus mujeres, indiferentes y serenos, con sus hijuelos palmoteando y meciéndose sobre las mochilas?

¿Quién desangra a este pueblo todo vida?; ¿quién pervierte a esos hombres todo amor? No es la generosa sangre azteca, caída como rocío sobre la tierra y trocada luego en activo espíritu de mártires en la guerra de Hidalgo y de Morelos; no es la dignidad humana, lastimada en tiempos de vergüenza por una insolente dictadura y vejada en la voluntad de cada hombre por la voluntad nerviosa y exigente de un autócrata; no es la conquista de un principio, Jordán de los pueblos que han sufrido las injerencias mortíferas del coloniaje español; no es la sagrada era patriótica, que convertía en muros los pechos de los hombres, y en dardos flamígeros sus brazos para arrojar con la fuerza de su aliento la invasión que humillaba el suelo patrio; no es una guerra de independencia, una conquista de principios, una desamortización de la conciencia, una resurrección de la dignidad.

Es que una facción quiere a toda costa levantar a su caudillo a la presidencia definitiva de la república; es que una falange de partidarios azuza a su jefe y le extravía; es que un grupo de voluntades desordenadas han hecho garra en el corazón destrozado del país.

Treinta mil hombres, acaso más, combatirán en la próxima campaña; rodarán de una montaña, se extenderán en un llano, se cruzarán los ayes con las balas, los pensamientos de los hombres morirán bajo los cascos de los caballos, los hombres se encontrarán como las olas, y se extenderán luego en espuma y en círculos de sangre; y después del fragor, de los infernales gritos, de la matanza bárbara, de las sangrientas olas, ¿flotará solo sobre el mar de oscura púrpura un hombre triunfador y sonriente, feliz estatua en pedestal de mexicanos?

Reina el descontento en toda la ciudad: se censura y se conduele; miradas de compasión reciben en su tránsito a todos esos autómatas vivientes que van a ser un espantoso pie–¿para qué estatua? México es un pueblo libre, laborioso y pacífico: estas luchas nos cansan: ese militarismo nos irrita: esa falta de respeto a la patria exalta nuestra indignación. Tenemos leyes hechas, caminos precisos, vías directas para venir al gobierno de la patria: como los grandes afectos, nuestro amor a la ley no se ha hecho sentir aquí sino en el momento en que la hemos visto irrespetada y vulnerada: cada hombre es un sacerdote de esa religión que no hemos querido respetar. ¡Ah! no volveremos a perderla luego que la volvamos a recobrar.

Una revolución es necesaria todavía: la que no haga Presidente a su caudillo, la revolución contra todas las revoluciones: el levantamiento de todos los hombres pacíficos, una vez soldados, para que ni ellos ni nadie vuelvan a serlo jamás!

En tanto, allá van, espíritus que no lo han sido nunca, carne que dejará pronto de serlo, esos infelices defensores de la voluntad de un hombre solo, con sus mujeres a su lado, con sus hijuelos palmoteando sobre la mochila.

El Federalista. México, 7 de diciembre de 1876.

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