Martí vio el autorretrato de Goya
Por: David Leyva González

Desde el 15 de noviembre, y por espacio de un mes, se puede apreciar en La Habana, Museo de Bellas Artes, edificio de Arte Universal, un autorretrato de Francisco de Goya perteneciente a la colección del Museo del Prado. Este óleo sobre tabla, fechado en 1815, llegó en el contexto de una visita histórica de los reyes de España a nuestra isla. Pero lo que quizás pocos sepan es que una obra, hermana de esta, fue descrita hace exactamente 140 años por nuestro José Martí.

Corría el año 1879 y el cubano se hallaba en Madrid en su segunda deportación política. Conocedor de los tesoros de la pintura española fue hacia la Academia de San Fernando donde Goya fue director. Aunque nuestra colección de Bellas Artes no posee originales del artista ibérico, su influencia pictórica es evidente en los retratos de nuestro pintor negro Vicente Escobar, así como en el colorido del primer director cubano de la Academia de San Alejandro, Miguel Melero.

En San Fernando, Martí describió nueve cuadros del aragonés: “La maja vestida”, “El entierro de las sardinas”, “La casa de locos”, “Corrida de toros en un pueblo”, “La tirana”, “El autorretro” (óleo sobre tabla), “La procesión de disciplinantes”, “La inquisición o Auto de fe”, y culmina, otra vez, con la maja vestida y una descripción sobre la maja desnuda a la que le añade una frase de Charles Baudelaire.

Estas descripciones, que realizó a la edad de 26 años, fueron descubiertas en 1928 por Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo del discípulo y albacea de Martí, Gonzalo de Quesada y Aróstegui. Las realizó al pie de los cuadros y sorprenden por su poder interpretativo y conocimiento de pintura. Al colocarse frente al autorretrato,  el entonces joven observó a un rostro de 69 años que había sobrevivido la sordera, la invasión napoleónica y la inquisición española. Tanto la pintura  del Prado como la de San Fernando son casi idénticas, sin embargo, de fijarnos con detenimiento, la expresión del rostro que vio Martí denota menos vejez y cansancio que la que veremos aquí en La Habana. De todas formas, en estos apuntes llama a Goya: “vencedor de toda dificultad” y en una carta a su amigo Enrique Estrázulas lo define como “de los pocos pintores padres”. Esto último es muy significativo, pues Martí observó que la sinceridad creativa y fuerza revolucionaria del arte de Goya era un modelo a seguir para sí mismo. En los cuadros que analizara aquel día de 1879, por ejemplo: “La procesión de disciplinantes” o “Corrida de toros en un pueblo”, se evidencia un desdén del artista español por el excesivo pulimento formal. Admira el cubano la libertad de su pincelada, y los historiadores del arte concuerdan que su obra representa un claro antecedente de la estética impresionista y expresionista de finales del siglo XIX e inicio del XX. Sin embargo, al estar frente al autorretratro, el joven siente una sensación contraria a los otros cuadros. Aqui Goya demuestra que su libertad expresiva está sustentada en el más acabado dominio del dibujo. Su mundo creativo es tan amplio que es capaz de reflejar imágenes tan dispares como la tierna lechera de Burdeos o la terrible visión de “Saturno devorando a su hijo”. Martí compara este autorretrato de 1815 con la perfección de los de Van Dyck, e incluso lo nota con más humanismo que los realizados por el maestro holandés. Destaca el cloroscuro de la obra entre el contraste del fondo y la luz que emerge de la amplia frente del pintor. También admira el realismo de los rasgos faciales y hace una exhaustiva descripción del rostro del artista, imagen luminosa en medio de un entorno oscuro. Esto recuerda la propia creación de Goya que brilló en medio del oscurantismo de su época y la incomprensión y atraso de la iglesia y la monarquía.

Alabó Martí la rebeldía de este genio y su autorreotrato le confirmó, que aún el más decidido revolucionario debe ser paciente y demostrar que es capaz de alcanzar la corrección formal y el humanismo. El párrafo conclusivo que le dedica lo culmina de esta manera: “Quiso por la pulcritud exquisita y finísimo color de esta tabla, mostrar una vez que era, no por impericia, sino por convicción y sistema, desdeñoso”.

Vayamos entonces, como Martí, 140 años después, a ver el rostro del artista más descarnado de su tiempo, aquel que pintó hasta la fealdad de la realeza, los montruos de los sueños de la razón y la crueldad siempre injustificada de las guerras.

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