José Martí y la cultura de resistencia

El aguerrido pueblo de Cuba ha resistido el inhumano bloqueo y el permanente asedio de más de 60 años que Washington ha acompañado de constantes amenazas, agresiones económicas, diplomáticas y militares, conspiraciones, sabotajes e intentos de magnicidio. Semejante hazaña nos obliga a plantearnos cómo ha sido posible la resistencia de esta pequeña isla del Caribe ante tales embates.

La inmensa capacidad de la Revolución cubana sería inexplicable sin la fuerza que emana de la moral de lucha y el valor en el combate para la construcción de un mundo que se encamine hacia la justicia, la libertad y la solidaridad.

La historia de Cuba toda, tanto frente al dominio español como al estadounidense, es la historia de una cultura de resistencia. El programa independentista de Martí constituyó una síntesis de dicho concepto que, en su esencia revolucionaria, lo trasciende hacia la definición de una cultura de liberación.

Desde épocas muy tempranas, Martí se percató del peligro que entrañaba la corriente anexionista que se consolidaba dentro y fuera de Cuba y atentaba contra la nacionalidad cubana. El dominio económico y político de los Estados Unidos sobre nuestro país podría socavar las bases de la sociedad, de la cultura e identidad cubanas. Por eso insiste en que: “…el sacrificio oportuno es preferible a la aniquilación definitiva. Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida […] de nuestra nacionalidad”.[2]

De este modo, el significado de la guerra que se libraría en Cuba en 1895 no se limitaría a la simple obtención de la independencia, sino a la construcción de una república en revolución basada en ideales democráticos y antimperialistas, cuyas conquistas en los planos económico, político y social debían estar dirigidas al mejoramiento humano. No obstante, apreciaba que una vez alcanzada la independencia, el gobierno cubano podía sostener relaciones respetuosas con los Estados Unidos, país que “con el decoro firme y la sagaz independencia no es imposible, y es útil, ser amigo”.[3] A fin de cuentas, para Martí “en plegar y moldear está el arte político. Solo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo, como un erizo, y recto, como un pino”.[4]

El Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) apelaba entonces al equilibrio de los intereses económicos foráneos en el país para evitar a toda costa la dominación económica de la futura república de Cuba por parte de los Estados Unidos, al mismo tiempo que garantizaba mercado para los productos cubanos y suficientes capitales como garantía del desarrollo. De igual modo, la idea del equilibrio como vía de defensa de penetración económica no significaba, para él, negar la posibilidad de establecer una política de inversiones extranjeras que contribuyera al desarrollo nacional.

Pero su empeño por estrechar los vínculos amistosos con el pueblo norteamericano, que había dado muestras fehacientes de solidaridad con la causa cubana, y de “salvar la honra ya dudosa” de los propios Estados Unidos, tenía para Martí condicionamientos éticos indispensables con vistas a asegurar la perdurabilidad de las relaciones que aspiraba a establecer una vez lograda la independencia. Por eso afirmó que:

el desdén de un pueblo poderoso es mal vecino para un pueblo menor. A fuerza de igualdad en el mérito, hay que hacer desaparecer la desigualdad en el tamaño. Adular al fuerte y empequeñecérsele es el modo certero de merecer la punta de su pie más que la palma de su mano. La amistad, indispensable, de Cuba y los Estados Unidos, requiere la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del norte con más facilidad y rapidez que los del norte en las civilizaciones ajenas. Los cubano sviriles y constructores son los únicos que verdaderamente sirven a la amistad durable y deseable de los Estados Unidos y de Cuba.[5]

Martí nos legó un proyecto histórico original y antihegemónico que hizo posible definir una alternativa afirmada en una república con absoluta independencia y soberanía, consciente de que el problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu. En consecuencia, el ideario independentista promulgado por Martí y su realización en el movimiento de liberación nacional dejaron una huella indeleble en la conciencia nacional con amplias repercusiones en la República neocolonial y en la etapa posterior al triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959.

El nuevo paradigma del poder popular, surgido al triunfo de la revolución, esgrimía como pilares básicos el antimperialismo, la justicia social, la democracia directa, la unidad nacional y la participación popular en torno a un liderazgo legitimado por el triunfo revolucionario. El proyecto que emana de dicho proceso surge como negación de una dictadura y, al propio tiempo, como superación de una experiencia democrático-liberal que negó el programa nacional y de justicia social presente en lo mejor de las tradiciones cubanas de los dos últimos siglos.

A partir del hecho revolucionario, de su programa y de las alianzas políticas que le sirvieron de fundamento, no es casual que sus enfoques acerca de los derechos humanos hayan enfatizado en los derechos sociales y económicos de la población, así como en el derecho nacional a la autodeterminación. En consecuencia, Cuba posee un verdadero récord en el tercer mundo en cuanto a logros sociales y distribución equitativa de la riqueza, lo cual no ha podido ser afectado medularmente ni siquiera en medio de la actual crisis económica.

En circunstancias tan vertiginosas y dramáticas como las afrontadas después de la caída del campo socialista en Europa del Este, cuando Cuba perdió una inmensa fuente de sus ingresos y la población mayoritaria, a pesar de los indecibles sacrificios del “período especial”, decidió continuar la lucha por la independencia y el socialismo por un camino autóctono, se hacía necesario volver al fundamento mismo de la unidad de la nación cubana, que se resume brillantemente en Martí, lo que explica la resistencia del pueblo cubano; así como su empeño en sustentar la viabilidad de un proyecto alternativo en el continente y el resto del mundo subdesarrollado.

La reflexión en torno a la obra de José Martí y sus aportes desde (y para) el presente, están vigentes como elemento sustancial para comprender y analizar los problemas a los que nos enfrentamos hoy. En Martí hallamos a un dirigente dispuesto a conocer la realidad en contacto permanente con las masas, porque su perspicacia política le hizo darse cuenta de que la efectividad de la acción revolucionaria exigía en todo momento la participación, activa y creadora, del pueblo. De este convencimiento brota la urgencia de educar a los trabajadores y formar sus mejores valores. El dirigente que había expuesto: “sin razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu”,[6] es el mismo que refiriéndose al papel del PRC dijo: “[…] el Partido no prepara por cierto una república donde la riqueza de los hombres sea la base de su derecho, y tenga más derecho el que tenga más riqueza, sino una república en que la base del derecho sea el cumplimiento del deber”.[7]

Si bien “el hombre nuevo” sigue siendo un ser humano con contradicciones, que aprende de sus propias limitaciones y reveses a encauzar su vida a través de tensos consensos y articulando intereses diversos, Cuba ha podido resistir porque su población sabe muy bien lo que significaría perder la independencia y la justicia social que ha conquistado frente al dominio articulado del “complejo” militar, empresarial y político del imperialismo, con sus socios ciegos y desleales.

La Revolución cubana acumula importantes logros en materia de justicia social. Es un país en el que existe una cultura de los derechos. El Estado ha garantizado la mayor parte de las políticas sociales vinculadas a la salud, educación, seguridad y prevención, garantías de empleo, alimentación, atención a los problemas de vivienda, y la protección a la niñez y a los sectores vulnerables, entre otros. Ha mantenido el principio de avanzar en el crecimiento y desarrollo económico, sin afectar las políticas sociales en beneficio de toda la sociedad. El pueblo sabe que, si no defiende a su propio gobierno, pierde la soberanía y las conquistas sociales adquiridas, sin dejar de reconocer y enfrentar las inevitables contradicciones de toda lucha de los pueblos por la independencia y la justicia social, sobre todo en las actuales circunstancias de crisis económica global, intensificación del bloqueo y una crisis civilizatoria de enormes proporciones a nivel planetario.

El poder convocante del Apóstol cubano sembró el sueño de un proyecto de república soberana cimentada en el principio de justicia y en el rescate de la dignidad plena de los seres humanos. Es deber de quienes seguimos su legado no amilanarnos ante cualquier adversidad y crear una nueva cultura anticapitalista que profundice la Revolución, objetivo que implica más retos, entre ellos conectar las propuestas mismas de la Revolución con las necesidades y realidades de las mayorías.

Hoy la cultura está llamada a convertirse en el espacio de resistencia fundamental para mantener el proyecto revolucionario cubano. Como ha destacado el compañero Abel Prieto:

Cuba significa mucho, sin creernos el centro del universo, para nuestra región y para el mundo. A veces no nos damos cuenta de cuánto se han universalizado los símbolos de resistencia cubanos […] el amor y la alegría son las armas de la resistencia, y eso nos ha ayudado a mantenernos firmes frente a las constantes dificultades, pero tenemos que hacer cada día mejor nuestro socialismo, menos burocrático, menos formal. El país necesita una resistencia que no solo defienda lo logrado sino que cree y profundice una cultura liberadora.[8]


Notas:

[1]José Martí, “Cartas de Martí”, La Nación, Buenos Aires, 13 de junio de 1885, en Obras Completas (en lo adelante OC), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, t. 10, p. 227.

[2]Ibídem, t.1, p. 251.

[3]Ibídem, “Honduras y los extranjeros”, t. 8, p. 35.

[4]Ibídem, La Nación, 15 de julio de 1885, t. 10, p. 250.

[5]Cita de Gonzalo de Quesada y Aróstegui en el VI volumen, “Hombres”, de la colección de Obras de Martí, p. 6. Tomado de: Emilio Roig de Leuchsenring: Martí, antimperialista, Ministerio de Relaciones Exteriores, Segunda Edición Notablemente Aumentada, La Habana, 1961, p.39.

[6] OC, ed. cit., t. 10, p. 63.

[7] José Martí, “Comunicación a los presidentes de los clubs en el Cuerpo de Consejo de Key West”, Nueva York, 27 de de mayo de 1892. En: José Martí. Epistolario, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1993, t. 3, pp. 114-115.

[8]“Nuestra cultura de resistencia”. Espacio “Dialogar dialogar”, convocado cada mes por la Asociación Hermanos Saíz (AHS): http://www.ahs.cu, 28 nov. 2019.

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