José Martí en El Abra: 149 aniversario
Por: Mauricio Núñez Rodríguez

La Edición crítica de las Obras completas de José Martí que prepara el Centro de Estudios Martianos está a disposición de los lectores en bibliotecas de la capital y de todo el país. Si nos detenemos en el tomo inicial de esta gran colección, se podrán apreciar en orden cronológico las primeras piezas escritas por nuestro Héroe Nacional, siendo todavía un adolescente: una de ellas es El presidio político en Cuba.
Es conocido que esta obra brinda la dura experiencia de la etapa en que el joven Martí estuvo en el Presidio Departamental de La Habana y la difícil faena en las Canteras de San Lázaro. Gracias a la gestión de sus padres, le fue conmutada la pena y es enviado entonces a la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud).
Indudablemente, la llegada de José Martí a esta zona el 13 de octubre de 1870 constituyó un cambio sustancial. Dejaba atrás agotadoras y desgastantes jornadas de trabajo en las Canteras. Su arribo a la casona de la finca El Abra fue indispensable para su recuperación física y síquica, además, el trato amable que recibió de la familia Sardá –como se sabe– fue un bálsamo para su rehabilitación.
Pero el macrocontexto que le rodeaba era bien convulso más allá del perímetro de la propiedad. Si nos detenemos brevemente en las peculiaridades sociopolíticas y económicas de la región en aquellos años, se podrá corroborar.
Martí estuvo en la Isla de Pinos al igual que otros condenados que realizaban diferentes trabajos. Aunque su permanencia allí tenía peculiaridades distintivas, era de estricto cumplimiento viajar todos los domingos desde El Abra –adonde llegó aún con sus grilletes– hasta Gerona al pase de lista que se realizaba a las nueve de la mañana en la sede de la comandancia y al que asistían todos los presos.
Numerosos testimonios coinciden en afirmar que José María Sardá y Gironella prestaba, o bien, el quitrín de la casa –conducido por un negro calesero– o un caballo para que el joven realizara semanalmente el trayecto hasta la amplia plaza que se halla frente a la comandancia, que era el lugar de reunión obligada de los reclusos. Alineados todos ante el gobernador de la Isla y otros jefes militares, respondían: “Presente”, a cada nombre mencionado.
Al rememorar años más tarde aquellos encuentros dominicales, Raimundo Cabrera –quien había llegado a la Isla de Pinos antes que Martí– confirma que esta “ceremonia era humillante, propia de presidiarios; pero acudíamos a ella riendo, charlando, como si fuésemos a una fiesta, a un punto de reunión plácido”. (1)
Aunque los confinados tenían cierta libertad en todo el territorio de la Isla, a cada uno se le extendía un permiso escrito que autorizaba su estancia por varios meses; pero este debía ser renovado el primer domingo de cada mes y firmado por el máximo Jefe militar.
Martí estaba alejado de las canteras y apartado de todo maltrato y esfuerzo físico. Su situación no era comparable con la suerte de otros que tenían que trabajar en múltiples faenas para sobrevivir; pero el contexto de la Isla no dejaba de ser un régimen carcelario y resultaba bien duro para la mayoría.
Aunque su estancia en la finca era satisfactoria, estaba rodeado de esclavos y trabajadores que se dedicaban a labores agrícolas (café, caña, arroz) y a pesar de que varias opiniones en la bibliografía coinciden en que el trato de los dueños era humano, no dejaban de ser condiciones de esclavitud.
Habitualmente, entre los confinados que llegaban a Isla de Pinos estaban los deportados comunes (rateros, vagabundos, alcohólicos, presidiarios) y los infidentes. Una vez que desembarcaban en el territorio se les dejaba libre (aparentemente) para que hicieran su vida. Algunos que tenían profesiones trataban de insertarse socialmente en sus labores habituales, mientras otros desempeñaban las más disímiles ocupaciones, muchas de ellas, domésticas o se empleaban en pequeños negocios.
Tampoco aquel incipiente núcleo poblacional brindaba mayores posibilidades porque era una zona pobre, despoblada, sin industria, agricultura ni fuentes de empleo. Brindaba la imagen de un lugar abandonado u olvidado en la geografía del archipiélago cubano. La única fuente de comunicación que la unía al mundo era la llegada, cada ocho días, de un vapor procedente de Batabanó que portaba periódicos, el correo, mercancías y muchos condenados procedentes de diferentes regiones y cárceles del país. Ellos eran los que formaban básicamente la población de la zona que no sobrepasaba los 800 habitantes.
Los infidentes llegados a la Isla tenían otra suerte. Como la mayoría gozaba de cierto nivel de instrucción y algunos poseían fortuna, lograban insertarse con más facilidad. No obstante, vivían bajo cierta vigilancia y constante amenaza. Algunos establecían pequeños comercios, otros arrendaban lotes de tierra donde empleaban a los mismos deportados y había quien se dedicaba a la distribución de lo producido o al intercambio entre los productores. Poco a poco se iba creando una incipiente infraestructura fabril.
Más de un joven infidente trabajó como preceptor en las casas de familias establecidas o como profesor de los hijos de los comerciantes y productores que comenzaban a surgir. Aunque la consideración hacia Martí fue totalmente distinta. El propio Raimundo Cabrera –que desempeñó estas mismas labores en una finca de campesinos acomodados llamada Cayo Bonito, cerca de Santa Fe– caminaba largas distancias tanto para ofrecer sus clases en otra hacienda como para presentarse en La Plaza de la Comandancia cada domingo.
Así que, aunque José Martí estaba distante de los conflictos de la Isla, estos no le eran totalmente ajenos porque, no solo se encontraba cada semana con el resto de los confinados, sino que posiblemente también mantenía comunicación con el negro calesero que lo conducía hasta Gerona, con la servidumbre de la casa y con los propios dueños.
Además, la propiedad de los Sardá era frecuentada habitualmente por generales, tenientes gobernadores, oidores y altos funcionarios de la colonia que asistían no solo a cenas y otras veladas, sino que descansaban en la finca durante días, y entre los temas principales de conversación estaba la actualidad política y económica de Cuba, sus vínculos con la metrópoli y las frecuentes muestras de rebeldía criolla.
Unas semanas después, recién iniciado el año 1871, José Martí se encontraría a bordo del vapor Guipúzcoa rumbo a España donde le esperaba una etapa de crecimiento humano e intelectual.
Notas
(1) Raimundo Cabrera: Mis buenos tiempos, Imp. de Álvarez y Compañía, La Habana, 1891, p. 134.
(2) Ídem, p. 113.

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