Cultura y Economía (I)

Por: Armando Hart Dávalos

En un mundo donde los descubrimientos de la ciencia y los avances tecnológicos adquieren un ritmo vertiginoso, va adquiriendo carácter de necesidad determinar el peso de la cultura en el desarrollo. Ello constituye el fundamento para elaborar el pensamiento que nos permitirá encarar con éxito los desafíos políticos y filosóficos que nos presenta el siglo XXI.

Probar la importancia de la cultura en la economía es un compromiso ineludible con Ernesto Che Guevara. Esto se entrelaza con el tema que con tanta objetividad planteó el Che, el de la subjetividad, y para llevar a cabo este análisis hay que partir de la cuestión cultural y su influencia en la historia del hombre. Es el tema que quedó pendiente en la historia de las ideas socialistas durante el siglo XX.

Tomamos como punto inicial el criterio de que en la historia de las civilizaciones, el robo y la tergiversación de la cultura ha sido la maniobra principal de los explotadores de todos los tiempos para imponer sus intereses egoístas. Si esto no se entiende, no se entiende la esencia del problema.

El rescate de la mejor tradición de la cultura universal es fuente inagotable para defender los intereses de los pobres. Pero es tal la fragmentación y la dispersión que la larga evolución de la civilización occidental ha creado sobre la expresión cultura, que para descubrir su verdadera naturaleza es indispensable ir a la génesis antropológica y al análisis de su evolución histórica, así como realizar estudios económicos concretos, que nos ayuden a mostrar fehacientemente que la cultura es el factor más dinámico de la historia económica del mundo y en especial de la que estamos viviendo.

¿Qué es la cultura? La singularidad humana en la historia natural radica en el hecho de que el hombre al tomar conciencia de su propia existencia, de su pertenencia a la naturaleza, se planteó como exigencia descubrir y descifrar el misterio de lo desconocido. Los hombres, por su carácter de entes bio-sico-sociales son los únicos seres vivientes que tienen ese reto; de ahí nace la cultura hasta convertirse en segunda naturaleza. Ella es, a la vez, claustro materno y creación de la humanidad. No hay hombre, en el sentido pleno y universal del término, sin cultura y esta no existe sin aquél. Su afán de descubrir lo que no conoce lo lleva al extremo de intentar encontrar el sentido de su propia existencia. No existe objetivamente respuesta racional a este noble interés humano; sin embargo, en parte lo puede hallar aquí en la tierra cuando asume que todos los hombres, sin excepción, tienen derecho a una vida plena de felicidad tanto material como espiritual y, por tanto, a facilitar se supere la enajenación social a que ha estado sometido. Ahí nacen la ética y la necesidad de ejercer la facultad de asociarse que el pensamiento martiano situaba como “el secreto de lo humano”.

En nuestra América, se fundamenta en los intereses de los pobres y explotados y a la humanidad en su conjunto. Se trata de un concepto científico y universal que dará fuerza y riqueza a la política económica y social necesaria para la práctica revolucionaria de nuestro pequeño género humano.

El proceso de surgimiento de la cultura está presente en la génesis antropológica del homo sapiens hasta convertirse en el individuo hombre. Desde que los hombres comprendieron que podían extraerle a la naturaleza el sustento para vivir surgieron las posibilidades del trabajo que, en esencia, es un hecho cultural presente en la génesis de las civilizaciones. Asimismo, se generó en los hombres el sentimiento de unirse, agruparse, para extraer a la naturaleza, de manera más eficaz y abundante, los bienes necesarios para su subsistencia. Se impuso como demanda y necesidad lograr una relación social que garantizara el trabajo en común y la distribución equitativa del producto del trabajo.

Nació así la idea de la justicia colocándose como el valor primigenio de la cultura. El trabajo y la justicia son los primeros acontecimientos de carácter cultural; surgen de esta manera las primeras ideas éticas y jurídicas necesarias para garantizar la justicia y la convivencia humana. Lo señalan los grandes humanistas, lo confirman las más notables investigaciones de las ciencias del hombre.

La facultad de asociarse de manera consciente se desarrolló en los hombres, lo que permitió distinguirlos del resto del reino animal. Con el desarrollo de la producción y de los medios para realizarla surgió la posibilidad de expropiar el trabajo de otros hombres de lo que traía aparejado beneficios personales o de grupo. Se empezó a gestar la división entre explotados y explotadores. La tragedia se halla en que el hombre, a la vez, arrastra de sus ancestros prehistóricos a la fiera que según Martí todos llevamos dentro, pero agregaba el Apóstol que los hombres somos seres admirables que podemos ponerle riendas a la fiera. Las riendas son parte esencial de lo que llamamos cultura, que ha alcanzado los más altos niveles de creación espiritual con las limitaciones propias de cada tiempo histórico y del nivel de las fuerzas productivas. Sólo con un más alto desarrollo de la capacidad de producir y una elevación de la cultura podrá lograrse prácticamente la ampliación de la justicia hasta beneficiar a todos los hombres sin excepción para permitir el disfrute por igual de los beneficios de los bienes materiales y espirituales. El hecho de que no se haya alcanzado este objetivo no puede significar que lo dejemos de proclamar como suprema aspiración ética, y la moral representa una necesidad objetiva para cohesionar a la sociedad e impedir la ruptura definitiva de la civilización.

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