Martí, Bolivar y la educación cubana

Por Cintio Vitier

(Conferencia Magistral ofrecida el 27 de diciembre de 2006 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana)

A los 48 años del triunfo y en el perenne aniversario del nacimiento de nuestro Maestro mayor, hijo a su vez del «hombre águila y rayo», ¿podemos sin embargo, en conciencia, sentirnos satisfechos de nuestra educación revolucionaria, entendiendo por tal no solo la que se imparte en las aulas sino también la que se manifiesta y vive en las calles y los campos de la patria? Entre el sí y el no de tantas posibles respuestas, preferimos plantear otras preguntas: ¿No es esta precisamente la hora de discernir y formular con entera claridad cuáles son los principios y objetivos de la educación martiana que nos corresponde? ¿Son tan intrincados esos principios y objetivos que debamos aplazar su esclarecimiento? ¿No será, por lo pronto, saludable que cada uno de nosotros dedujera su propio decálogo educacional y públicamente lo expusiera con la sencillez que la majestad del asunto requiere? Como solo me gusta predicar con el ejemplo, y dado que esta cuestión la considero ya inaplazable, acompaño mis consideraciones acerca de las ideas pedagógicas bolivarianas y martianas con el siguiente resumen de principios y objetivos:

•El fundamento constante, explícito o tácito, de la educación revolucionaria cubana debe estar en la historia de la patria.
•La historia de la patria debe conducir a lo específico nuestro y a lo humano universal.
•Lo específico nuestro es un modo de pensar, de sentir y de obrar que da carácter al pueblo y se concentra y universaliza en sus máximos héroes y creadores.
•Lo humano universal es el patrimonio íntimo –ético y estético– de cada persona.
•La única información educativa es la información irrestricta.
•La formación revolucionaria solo puede estar basada en la libertad de conciencia y de expresión.
•La libertad individual solo es revolucionaria si se pone al servicio de la justicia social.
•La poesía, es decir, la creación, es la raíz de la vida.
•El cultivo y dirección de los sentimientos, inseparables de la inteligencia, reclama el rango de método rector de la educación cubana.
•Su objetivo más alto: la vida como servicio y como poesía.

Si estos principios de política educacional no copiados, sino exprimidos de múltiples citas y contextos ilustres, parecen demasiado abstractos, volvamos al diálogo vivo, a veces polémico, de Martí con Bolívar en el texto, altamente pedagógico por cierto, de Nuestra América. A su trasluz sentimos que el conocimiento íntimo de los problemas sociales, culturales y políticos de México, Guatemala y Venezuela, fue tan esencial en la forja del pensamiento americanista martiano como el conocimiento íntimo de lo que él mismo llama, refiriéndose a los Estados Unidos, como Jonás del nuevo Leviatán, las «entrañas» del «monstruo». De propósito reiteramos, remitiéndonos a la esencia gnoseológica de los principios expuestos, la expresión «conocimiento íntimo», porque en Martí el conocimiento histórico, social y político desbordante, por la acumulación de su clarividencia, hacia la anticipación y la profecía, pasa siempre por su corazón. No fue nunca un pensador teórico, ni mucho menos eso que hoy se llama un analista. Supo de veras, únicamente, lo que sufrió y gozó. Su agudeza para penetrar hasta el fondo la persona y la obra de Bolívar, aunque incluyera la crítica, es siempre inseparable de la teluricidad y el deslumbramiento, así como su absoluta lucidez acerca de las propensiones peores de Norteamérica, aunque incluya el reconocimiento de sus hombres más valiosos, es inseparable del sufrimiento que le causaba vivir en aquel país donde se sintió –así se lo dice a Mercado– «como una cierva acorralada por los perros».

Detrás del texto de Nuestra América hay mucho sufrimiento pero también mucha fe, dos instancias que Martí aprendió a unir vivencialmente desde el infierno histórico del presidio político, y que fueron los dos polos generadores de su inteligencia del mundo. Sufrimiento, fe, inteligencia: esta dialéctica no estaba prevista por los ideólogos del eurocentrismo ni podrán jamás entenderla los tecnócratas yanquis. Pero si en Nuestra América se trata de descubrirnos a nosotros mismos, de reconquistarnos con nuestras propias armas y hacer frente juntos al vecino poderoso (finalidades estratégicas de nuestra educación), nuestro método cognoscitivo también tiene que ser, sin desdeñar legados que nos corresponden desde el descubrimiento de la razón en Grecia, raigalmente autóctono. Muchas veces se ha dicho que la América Latina no tiene un pensamiento filosófico. Por ese camino se puede llegar, partiendo de las superficialidades de Hegel cuando se refiere a América en su Filosofía de la historia, tan lejos como Martin Heidegger, quien afirmó que «hacer filosofía» –lo que puede llamarse, en rigor, «pensar»– solo es posible en lengua alemana. Pero Martí, sin desconocer ni desaprovechar la filosofía universal, halló las fuentes de su pensamiento en el bocabajo del Hanábana, en el grillete del presidio, en los pliegues épicos del Monte Ávila, en Quetzalcóatl, en Viracocha, en la mitología de los tamanacos y en el Evangelio que dijo llevar en su corazón. Y de ellos, como del dolor de «los pobres de la tierra» y del salto alegre y libre del «arroyo de la sierra», sacó sus imágenes cognoscitivas, la lengua propia de su conocimiento. Por eso Nuestra América –documento pedagógico de suprema precisión política– está escrito en imágenes, porque precisamente él descubrió que hay una «política superior escrita en la Naturaleza», y nuestra naturaleza es inseparable de nuestra imaginación. Y de la imaginación dijo Martí: «Toda ciencia empieza en la imaginación, y no hay sabio sin el arte de imaginar, que es el de componer, y la verdadera y única poesía». Y dijo también: «Preservad la imaginación, hermana del corazón, fuente amplia y dichosa. Los pueblos que perduran en la historia son los pueblos imaginativos». Y dijo más: «La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que esta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo». Y a María Mantilla escribió: «Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día». Tornando siempre al imaginístico texto de Nuestra América, complementario de la pedagogía en estado de gracia de La Edad de Oro, creemos y nos hacemos fuertes en la trinidad de propósitos que formula como pilares de la misión educacional iberoamericana y caribeña: en la necesidad de nuestra «marcha unida»; en la conjugación de lo autóctono y lo universal; en el imperativo de hacer causa común con los oprimidos y explotados. La formulación es sencilla como la de todos los grandes credos y proyectos históricos. Su realización continental, en cambio, es tan compleja y difícil que más de cien años después de lanzada aquella proclama sus palabras siguen clamando por el «himno unánime» que eche a andar las fuerzas unitivas y justicieras de «la América nueva». Ya nos acercamos a ello. Y entre las múltiples dificultades que se oponen, no es la menor la penetración del neocolonialismo norteamericano en el campo de la cultura e incluso en la mentalidad de intelectuales y políticos sinceramente preocupados por el llamado problema de nuestra identidad. En primer lugar, la identidad es un alimento y una inspiración, no un problema en cuyo estudio podemos pasarnos siglos. En segundo término, si de lo que se trata es, no solo de vivir, sino de entender nuestra propia identidad, la única manera de lograr esa toma de conciencia es por los caminos que se derivan de nuestros propios orígenes, de nuestro propio ser histórico. Esos orígenes se remontan a grandes culturas míticas; la precolombina, la grecolatina, la africana, fundidas a sangre y fuego en un mestizaje cuya levadura, más que el catolicismo institucional, es una nueva catolicidad (es decir, universalidad) capaz de asumir todas las herencias válidas del hombre, pero a la vez ininteligible para el pragmatismo norteamericano y su ideal de común rasero, tan enemigo de Dios y de los dioses como de lo mejor del hombre y sus consecuentes revelaciones, mitos, imágenes y metáforas. Ahora bien, en Nuestra América –la formulación conceptual más exacta acerca de los problemas socioculturales y políticos de esta parte del mundo– Martí emplea sustancialmente el lenguaje de los mitos y las imágenes primigenias, el lenguaje que proviene de la cultura de los dioses. Y ese lenguaje, lejos de ser azaroso u ocasional, nos da una lección tácita acerca del camino a seguir para no perder el rumbo imantador de nuestra identidad: el rumbo de la originalidad y la grandeza de la vocación de justicia, libertad y hermosura que nos funda, más que en el pasado, en la esperanza: una activa, concreta, encarnada, invencible esperanza, que se confunde con la vida.

Es a la luz de esa voluntariosa esperanza bolivariana y martiana que tiene que encaminarse definitivamente nuestra educación revolucionaria, hundiendo sus raíces en la historia, de tal modo, que no haya ciudadano que, por alejadas que sus ocupaciones parezcan de la indagación histórica, desconozca el proceso, el desarrollo y el tejido de la nacionalidad; desconozca los valores en que se sustenta y lo que ha costado generar o conquistar esos valores; desconozca el fatum geopolítico, las gestas populares y las doctrinas y acciones de los hombres fundadores; desconozca, en fin, la poesía, la leyenda y la novela de la patria, sin que por ello se le oculten las caídas, los vicios y las lacras. Es solo ese conocimiento el que puede inmunizarnos contra la venenosa marea de banalización y hedonismo que atraviesa los indetenibles medios de incomunicación masiva. Y ese conocimiento, que debe penetrarlo todo igual que el aire que respiramos, ha de empezar desde la infancia como su más precioso y delicado aroma; fortalecerse en la adolescencia y juventud encendiendo las luces de «la fantasía maravillada»; consolidarse en la adultez con la cabal conciencia de la responsabilidad que implica ser participe de la historia patria, inseparable de la historia universal. Creemos que en el fondo es esto lo que quiso decir Bolívar cuando nos comparó a los hijos de Hispanoamérica con «un pequeño genero humano». Esto es sin duda lo que quiso decir Martí cuando afirmó en el más profundo de sus apotegmas pedagógicos: «Patria es humanidad».

Y no se piense que solo han de importarnos las virtudes en gran escala, cívicas o heroicas. Si algo necesitamos rescatar de nuestras mejores tradiciones, ello es la fineza en el trato, el comedimiento y la moderación en todas nuestras expresiones personales y sociales.

¿Sería mucho pedir a nuestra educación, por ejemplo una campaña nacional en favor del no hablar a gritos fuera del ámbito escolar y de no subir los decibeles de la música, o supuesta música, hasta el mero estruendo vibratorio de los amplificadores electrónicos? Suele decirse que este del sonido brutal y enajenante es un problema universal. También lo es la explotación económica y la Revolución tranquilamente lo ha resuelto. En el campo de la educación y la cultura no hay problemas menores ni desdeñables: todos tienen la misma importancia porque todos están relacionados entre sí, y porque un pueblo de costumbres incultas no puede ser en verdad, martianamente hablando, un pueblo libre. La incultura en las formas de vivir es también una esclavitud de la que tenemos que autoliberarnos, sin la excusa de que es un mal contemporáneo universal. Atrevámonos a ser en esto tan excepcionales como lo somos en la desobediencia política al Imperio, que sin embargo nos sigue penetrando (no sin plausibles resistencias). Por algún punto del planeta tiene que empezar la lucha contra el despotismo de la tecnología generadora de una seudocultura cada vez más dueña y señora del alma de los hombres. Atrevámonos a ser ese punto –lo propongo en primer lugar a los educadores– ya que nos hemos atrevido a tanto. Grave error sería pensar que las concesiones en este terreno, por pequeñas que sean, no tienen consecuencias. Pero no se trata de reprimir, de censurar, de prohibir, procedimientos que siempre han sido contraproducentes, sino de realmente educar las apetencias, de enriquecer las opciones, de mostrar las calidades superiores de la vida, de refinar los placeres, de comunicar los instintos con el arte, la belleza con el bien, el Eros mismo con la patria. Somos un pueblo capaz de resistir bailando, de vestir de fiesta el estoicismo, de renunciar a todo menos a la independencia y a la sensualidad. La independencia ya la ganamos. Eduquemos la sensualidad.

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