El Martí de José Delarra

Unas 19 piezas inspiradas en José Martí –del pintor y escultor cubano José Delarra–, enriquecen los fondos de la colección temática del Centro de Estudios Martianos, gracias a la generosa donación que hiciera, el diez de abril último, la periodista Flor de Paz, la mayor de los hijos del artista.

Desde sus inicios, la carrera de Delarra (San Antonio de los Baños, 1938-La Habana, 2003) está asociada como temática a la figura del héroe: a los once años ya había esculpido un busto de José Martí en el patio de su casa. A partir de entonces desarrolló una obra en la que destacan el Monumento al Héroe Nacional, en México y el Complejo Escultórico Ernesto Che Guevara, en Santa Clara, entre más de 130 obras monumentales y de mediano formato emplazadas en diferentes ciudades del mundo, además de una extensa colección de pintura, dibujo y grabado.

Con esta donación, que recibió Marlene Vázquez Pérez, directora de la institución, continúa creciendo –y compartiéndose con el público– la iconografía martiana del CEM, integrada por 65 piezas (esculturas, pinturas y cerámicas)– de artistas como Armando García Menocal, Juan José Sicre y Vélez, Roberto Diago Querol, Esteban Valderrama y Peña, Nelson Domínguez, Flora Fong, Alberto Lescay, Vicente Rodríguez Bonachea, Diana Balboa Hernández, Zaida del Río, Águedo Alonso), Ever Fonseca Muñoz, Eddy Abela Torrás, entre otros prestigiosos creadores.

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Un 25 de marzo en la parábola de José Martí

De lo intensos que fueron los días de José Martí es un ejemplo el 25 de marzo de 1895, y aquí al hablar de su parábola no se apunta precisamente a ese recurso expresivo, sino a una metáfora de base geométrica. Si los inicios de esa parábola en Martí remiten a su infancia, con el juramento —plasmado años más tarde en Versos sencillos— de “Jurar con su vida el crimen” de la esclavitud, y a su adolescencia, con los textos de El Diablo Cojuelo La Patria Libre, entre otros, la interrupción la marca la carta del 18 de mayo de 1895, el día antes de su muerte en combate, a Manuel Mercado.

La suya fue una parábola trunca en curva ascendente, en un punto altísimo en sí mismo y señal de cuánto habría podido seguir ascendiendo. De ahí que el título no hable de su último 25 de marzo, sino de un 25 de marzo. A su muerte le siguieron iluminaciones perpetuadas por su pensamiento y su palabra, por una vida que fue un hecho moral.

Ese día de 1895 se acercaba el tramo final de su camino hacia la guerra que, preparada con su guía al frente del Partido Revolucionario Cubano, había estallado el anterior 24 de febrero. Para llegar a ella salió de Nueva York el 30 de enero, y nada lo haría desistir. El 9 de marzo, aún él en Montecristi junto a Gómez, el Listín Diario, dominicano, difundió que ya se encontraban en Cuba. Ante quienes —cualesquiera que fueran sus intenciones— proponían que él permaneciera en el exterior, donde podría ser “más útil” por su prestigio y por las relaciones que había cosechado, esa noticia le sirvió para argumentar que su presencia en Cuba era ineludible.

Pero hacer depender su decisión de esa notica —falsa cualquiera que fuese el origen— sería ignorar su voluntad de cumplir su deber en la guerra que él había preparado. En carta del 26 de febrero, como si hablara por el propio destinatario —quien también, al igual que otros de los principales líderes independentistas, había permanecido en la emigración para evadir la vigilancia española—, le escribió a Antonio Maceo sobre la necesidad perentoria de llegar a Cuba “en una cáscara o en un leviatán” (IV, 70).1

Esa era también su resolución personal. No lanzaba a otros a peligros que él mismo no estuviera dispuesto a correr, y estaba convencido de que debía cuidar la guerra desde dentro. Muy grande era lo que se decidía, y muy grandes los obstáculos —objetivos y subjetivos— que urgía vencer. No cabía quedarse lejos de la contienda.

El 25 de marzo de 1895, mientras se desplazaba por tierras caribeñas hacia Cuba, fechó varias cartas de despedida, y por lo menos el borrador de “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba”, texto que se conocería como el “Manifiesto de Montecristi”.2 Rindió así tributo a la localidad dominicana donde Martí lo escribió, y a la que le cambió el nombre, Monte Christi, para la historia y la tradición revolucionaria latinoamericana.

Antes de centrarnos en ese texto, veamos aunque sea someramente las cartas, que muestran la tensión de quien se sabe en camino a lo determinante. La que dirige a Ulpiano Dellundé, médico cubano radicado en Cabo Haitiano y colaborador de la causa de su patria, le trasmite instrucciones sobre una “delicada comisión” para la cual le pide auxilio. Al final aparece la prisa, junto a su sincera cordialidad: “Solo me queda un instante para saludarle mucho y a toda su casa, en nombre del General [Gómez], y en el de su amigo agradecido que quiere oír que la salud de Vd. es buena”.

A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra les escribe ese mismo día dos cartas, o una carta en dos partes, y en la primera empieza diciéndoles: “Partimos. Toda palabra les parecería innecesaria o escasa”. En ambas —junto con indicaciones vinculadas a lo que el 10 de abril, en otra carta a los mismos destinatarios, define así: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”— concentra orientaciones prácticas sobre las fuerzas patrióticas y los recursos materiales disponibles.

A las jóvenes hermanas María y Carmen Mantilla Miyares les envía una breve carta iniciada con este aviso: “Salgo de pronto a un largo viaje, sin pluma ni tinta, ni modo de escribir en mucho tiempo”. Y hay dos cartas que requieren atención especial. Una de ellas, dirigida a su madre, puede considerarse su testamento de la ternura y el amor filial. Lo deseable sería reproducirla íntegramente, en sustitución del comentario que merece, y que no cabe hacer en poco espacio ni —como tampoco su lectura, ni su mera copia— sin que la garganta se anude y se nublen los ojos.

Pero tendremos que mal resignarnos a recordar el comienzo: “Madre mía: // Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”; y la posdata: “Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca”.

La otra carta aludida es una de respuesta al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal, a quien le dice que le escribe “en el pórtico de un gran deber”, y resume los fines emancipadores con que Martí preparó una guerra y marchaba hacia ella. Tal es su alcance que se ha considerado un testamento político del autor, y solo cede en ese carácter ante la que le escribió a Manuel Mercado en la víspera del combate de Dos Ríos y la muerte se encargó de hacerla especialmente testamentaria.

En textos recientes —como la segunda parte de “José Martí y ‘lo imposible’”— el autor del presente artículo recordó lo que la carta a Henríquez y Carvajal alumbra sobre la resolución de Martí de llegar a la guerra sin la vocación suicida que algunos han querido atribuirle, y dispuesto a que únicamente la asamblea del pueblo cubano alzado en armas pudiera decidir cuál sería su lugar en la gesta. Ahora el articulista se detiene en lo que la carta abunda sobre el proyecto político sintetizado en el “Manifiesto de Montecristi”.

En esa dimensión de la carta se ubica el señalamiento por parte de Martí —en términos que recuerdan otros textos suyos, como la citada carta póstuma a Mercado— del alcance antillano y mundial de la guerra que ya había estallado: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.

No es una idea nueva en él: la había expuesto en 1894, con similares palabras, en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, artículo cuyo subtítulo encarna todo un programa: “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América” (III, 138-143). Al decirle al amigo dominicano: “Yo alzaré el mundo”, no expresaba vanidad que él no tenía: apuntaba a la relevancia de la obra revolucionaria a la que se entregaba.

En los términos propios de un documento público, esas ideas recorren el “Manifiesto”, que Martí, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, firmó junto a Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, ambos electos para esos cargos. Sin la posibilidad de tratar aquí el texto con el detenimiento que merece, veamos algunas de sus ideas cardinales.

En el comienzo plantea: “La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario Cubano en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo”.

Luego expresa que la guerra no era contra los españoles honrados, sino —como se lee claramente en otras páginas suyas— “contra el sistema incurable e insolente del gobierno” (II, 171) que ahogaba por igual a cubanos y a españoles, y echó por tierra las manipulaciones de quienes azuzaban el miedo al negro. Martí fue el revolucionario que se adelantó a las ciencias en el reconocimiento —lo hizo en “Nuestra América”, publicado en 1891— de la inexistencia de razas en la especie humana, y rechazó una tras otra las actitudes de quienes no estaban dispuestos a bregar por el bien de todos.

Desde sus convicciones afirmó que aquella guerra —la guerra de Martí, la llamó Gómez, quien se sumó a ella sin reservas— no se erigía precisamente sobre “la realidad ingenua de los países que conocían de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear por ellas”, sino sobre sólidas bases de realidad y pensamiento. Cuba se hallaba “en el crucero del mundo”, y debía cumplir la responsabilidad que le venía de esa ubicación, que hoy llamaríamos geopolítica.

Lo dice con absoluta claridad: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.

Tenía presentes los peligros que de ese equilibrio entonces inseguro le venían no solo a Cuba y a las Antillas en general, sino a toda nuestra América: “Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.

Si tales advertencias se leen casi al final del “Manifiesto”, no es porque no les concediera la importancia que tienen, sino porque esa ubicación les proporcionaba el fundamento de todo lo que había venido argumentando. Lo hace con relativa prudencia, pero sin menguar la radicalidad de sus ideas. En la carta póstuma a Mercado escribe: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas [también se ha leído ‘para lograrlas’] han de andar ocultas”.

No se refiere a su creciente antimperialismo, que era público y notorio, sino al hecho de que, en su proyecto revolucionario, la guerra en Cuba ya era, más que para vencer al ejército español, para “impedir a tiempo” que se consumaran los planes de los Estados Unidos: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, le confiesa a Mercado.

El “Manifiesto de Montecristi” fue el primer programa público de la guerra cubana de 1895. Sustituyó los Gritos con que tradicionalmente habían empezado las contiendas independentistas en nuestra América: Dolores, en México; Lares, en Puerto Rico; Demajagua, en Cuba, aunque este se conoce como Grito de Yara, un modo de asumir como blasón el primer enfrentamiento armado con el ejército español, que tuvo lugar el 11 de octubre de 1868, tras el alzamiento del 10 en el ingenio Demajagua.

Que el “Manifiesto” ocupase el lugar de un Grito fue uno de los rasgos modernos de una guerra que no empezó en un sitio aislado, sino en numerosas localidades a la vez: para impedir la concentración de las fuerzas españolas y no dar tiempo a la intervención de las estadounidenses, lo que ocurrió en 1898, con las consecuencias conocidas.

El organizador e ideólogo de la guerra cubana murió prematuramente, y esa tragedia cuenta entre los factores que favorecieron la realización de los planes yanquis. Martí fue asimismo, de hecho —aunque no suele decirse, ni se piensa quizás—, un revolucionario estadounidense. No solo por su larga estancia en Nueva York, debido a las circunstancias de su vida de conspirador contra la Corona española, sino porque denunció las lacras de la sociedad de aquella nación, y defendió su movimiento obrero con ideas que lo ubicaron a la izquierda de sus representantes nacionales.

También o sobre todo lo fue porque su afán de salvar el equilibrio del mundo incluía sanear el honor ya entonces dudoso y lastimado de los Estados Unidos, hoy brutalmente roto, con graves implicaciones para otros países y para el propio pueblo estadounidense.

Para la patria de Martí está claro que su pueblo no tiene que ofrecerle al estadounidense cambiar para favorecerlo en su bienestar: nada hace contra él, y es el gobierno de esa potencia el que agrede y hace sufrir al pueblo cubano. La mejor contribución que puede brindarle Cuba al estadounidense es mantener la verticalidad antimperialista que Martí sembró en la conciencia de esa mayoría que merece llamarse el pueblo cubano.

Lo adelantó el propio Martí en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, como si estuviera diciéndolo hoy, y olvidarlo sería un acto de traición: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. (Imagen de portada: Fotograma de la película cubana Páginas del diario de José Martí, de José Massip).

Notas:

Las referencias con números romanos y arábigos en citas de José Martí remiten, respectivamente, al tomo y a la paginación que les corresponde en sus Obras completas editadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones.

2 Por la fiabilidad textual del Epistolario (La Habana, 1993) de José Martí, y por estar reunidas en el mismo tomo, el V, las cartas del 25 de marzo de 1895, y la póstuma dirigida a Manuel Mercado, se citan por esa fuente. El “Manifiesto de Montecristi” se halla en las Obras completas (IV, 91-101), pero allí su lectura es ardua, porque aparece mechado con las numerosas variantes o modificaciones que Martí consideró en su redacción. Se sugiere leerlo por otras ediciones, en especial algunas de las dos facsimilares (1985 y 2011) auspiciadas por el Centro de Estudios Martianos: incluyen —además de aportes complementarios—, facsímiles y transcripciones de los borradores y la versión limpia del texto como lo hizo publicar Martí.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu/

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Enaltecen patriotismo de Martí en su Vindicación de Cuba

Cada cubano, viva donde viva, debería leer cada cierto tiempo «Vindicación de Cuba», por ser un ejercicio intelectual y espiritual muy útil, del que saldría fortalecido el sentido del patriotismo, por encima de cualquier posicionamiento político o ideológico, argumentó hoy Marlene Vázquez Pérez, directora el Centro de Estudios Martianos.

Vázquez Pérez ofreció este miércoles una convincente disertación, en la sede de la Asociación Cubana de las Naciones Unidas (ACNU) sobre ese artículo, escrito por José Martí en forma de carta al director de The Evening Post, que lo publicó el 25 de marzo de 1889 en respuesta a dos trabajos ofensores, divulgados pocos días antes.

Han pasado 135 años desde los días arduos en que nació ese texto medular, cuya actualidad se ha mantenido intacta, no solo por la vehemencia, vigor estilístico y fuerza argumentativa del verbo martiano, sino porque las circunstancias que lo provocaron, amén de las variaciones históricas, siguen siendo casi las mismas, y si han variado, es para peor, recordó.

Mencionó que el primero de ellos, Do we want to Cuba? (¿Queremos a Cuba?), apareció en The Manufacturer, de Filadelfia, el 16 de marzo, y poco después lo imprimió el propio Evening, con elementos verdaderamente denigrantes para los habitantes del país caribeño, hasta el extremo de  calificar sus tentativas armadas como revueltas que no rebasaban “la dignidad de una farsa».

Un hombre como Martí, continuó, no podía ver en calma esa afrenta e inmediatamente se dispuso a responder de manera enérgica, moderada y convincente  a todas las injurias, e incluso utilizó la lengua del ofensor, para llegar al lector norteamericano medio, que entonces, como ahora, desconocía mayoritariamente lo que tenía lugar fuera de sus fronteras.

Añadió que su modo de comenzar el texto da fe de su voluntad de unir a los cubanos, independientemente de su posición política, pues todos fueron agredidos por igual: “Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter”.

En específico, reprodujo la cita de que connacionales, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos, aunque así no pensaba la mayoría: los que han peleado en la guerra, los desterrados, “los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil”, científicos, comerciantes, empresarios, maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas.

A partir de ese momento, enfatizó, Martí despliega una poderosa argumentación, basada en hechos tangibles, en nombres propios, en vínculos entrañables entre los dos pueblos, pues llega a aludir hasta a los norteamericanos que pelearon en la Guerra de los Diez Años, como Thomas Jordan o Henry Reeves, este último caído en combate.

Entre los cubanos que honraron a la patria desde la emigración, destacó en primer lugar al poeta José María Heredia, el cantor del Niágara, iniciador del romanticismo en Hispanoamérica y conspirador independentista, quien marchó al exilio porque su vida corría peligro.

Seguidamente, citó al ingeniero Aniceto García Menocal, jefe de las obras del proyectado canal por Nicaragua, figura de alto prestigio en el ámbito académico estadounidense, y de igual manera, elogió a Francisco Javier Cisneros Correa, impulsor de la navegación fluvial y el ferrocarril en Colombia, entre otros.

Llamó la atención que en esa nómina de desempeño exitoso sitúe en el sitio señero al bardo romántico, capaz de desafiar muy tempranamente al gobierno colonial y quien abandonó la seguridad económica y el triunfo intelectual por el destierro y el cumplimiento del deber.

Ello no es casual, dijo, si nos atenemos a la propia concepción que tiene Martí de la poesía, expresada en otro texto imprescindible, su semblanza del poeta estadounidense Walt Whitman: ¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos?

Subrayó que su concepción de la cultura como elemento unificador de la nación, y base del patriotismo, queda aquí expuesta, y aclara sobradamente el por qué de la primacía concedida a Heredia.

A tenor con la gravedad del asunto, Martí tradujo rápidamente los artículos ofensores y su respuesta a la injuria, y ya el 3 de abril de ese propio año circulaba entre la emigración de habla hispana asentada en Nueva York el folleto Cuba y los Estados Unidos, salido de las prensas de El Avisador Hispanoamericano.

Además, lo envió de manera personalizada a varios amigos suyos, sensibles al tema de la anexión de Cuba, e incluso a partidarios de ella, como el caso de José Ignacio Rodríguez, con lo cual aspiraba  a sumar a la causa de la defensa de Cuba a todos aquellos que la amaran sinceramente, salvando las diferencias de opinión y poniendo por encima el afecto y el interés nacional.

Hoy estamos abocados al mismo dilema, aseguró Vázquez Pérez, de un lado el pueblo norteamericano y las facetas honestas de la intelectualidad progresista de aquel país, de otro, las fuerzas terribles, partidarias de la guerra, ancladas en un discurso neofascista, que pretende sojuzgar a la humanidad, especialmente a  los pueblos del Sur, a los que miran con ambición y desprecio, sostuvo.

Cabe decir, entonces, que ese texto de Martí, pensado en función de Cuba, puede ser leído hoy, con toda justicia, como Vindicación de Nuestra América, o mejor, de todos aquellos pueblos que luchan por su soberanía y en pos de un ideal de paz y  justicia social, concluyó.

Tomado de: https://www.acn.cu

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Cuba y Costa Rica: la hermandad no se quiebra por decreto

La república de Costa Rica acaba de bajar aún más el nivel de las relaciones con Cuba y ha pedido la salida del personal diplomático de la Isla. Aunque sea una actitud detestable por parte del gobierno, plegado a los Estados Unidos, ningún decreto presidencial puede dañar los vínculos de consanguinidad compartida y la historia de afecto e intercambio cultural entre las dos naciones.

Las dos visitas de José Martí a ese territorio (1893 y 1894), dejaron una huella perdurable en el imaginario costarricense, al punto de que se le rinde homenaje como si fuese uno de los próceres de esa tierra.

El cubano dejó testimonio de su gratitud por las muestras de cariño y hospitalidad que recibió, en su carta a Pío Víquez, destacado intelectual y director de El Heraldo de Costa Rica: “Solo de un modo puedo responder a esta merced grande: y es pedir a Vd. y a mis amigos de Costa Rica que me permitan servirla como hijo”.1 Asimismo, se conservan dos hermosas crónicas suyas, “La parranda” y “Un domingo en San José”, referidas a asuntos de la vida cotidiana y las festividades populares desde la mirada atenta del viajero.2

El objetivo fundamental de estos dos viajes de Martí fue reunirse con la numerosa emigración cubana asentada en el país, pues ya estaban en curso los preparativos de la Guerra necesaria.

El 6 de julio de 1893, en compañía de Pío Víquez, visitó el hogar de la familia García Monge, e impresionó de tal modo al niño Joaquín, que este dedicaría su vida a la difusión y estudio de los ideales martianos y al servicio de la cultura nuestroamericana. El intercambio entre Cuba y Costa Rica, que había alcanzado un punto cenital en el siglo xix, debido a la ya aludida presencia martiana, pero sobre todo al establecimiento de una nutrida emigración en la zona de Guanacaste y en otras regiones del país centroamericano, continuaría por otros cauces en el siglo xx. García Monge sería el propiciador, por excelencia, de ese diálogo intercultural, con su revista Repertorio Americano (1919-1958), de miras continentales y proyección universal. En sus páginas la obra de Martí y la cultura cubana en general fueron presencia asidua.

Todo lo que puedo escribir desde el punto de vista histórico y literario palidece ante la emoción experimentada en octubre de 2013, cuando visité Costa Rica por primera vez, invitada como conferencista al encuentro internacional de Cátedras Martianas, en la Universidad de Costa Rica (UCR), sede del Pacífico. Me fue dado encontrarme con personas desconocidas, que me abrazaron espontáneamente porque llevaban en sus venas sangre cubana. Descendían de Flor Crombet, de los Maceo, de los Milanés, de Bayamo, o de los Odio, de Santiago der Cuba, y de otros que ahora no recuerdo, aunque los apellidos se hubieran perdido en la marea de la genealogía familiar.

Al visitar Nicoya, donde estuvo establecido Maceo con un nutrido grupo de cubanos emigrados, se repitió lo que ya había vivido en San José y en Puntarenas. Y la emoción creció aún más al entrar a la escuela, y encontrarme, en la dirección, con dos retratos enormes y hermosos, de Martí y de Maceo, dando la bienvenida a los visitantes.

Por esos días tuve también el privilegio de conocer a Tatiana Lobo, escritora chilena nacionalizada costarricense, que me regaló autografiada su novela El año del laberinto.3 Se trata de un libro extraordinario, que recrea la historia compartida entre nuestros dos países con las libertades que otorga la ficción, pero cuya verosimilitud nos hace sentir y palpitar con sus protagonistas. En medio de la trama novelesca y alternando con personajes literarios, entre sus páginas emergen Martí, Maceo, María Cabrales, Flor Crombet, Enrique Loynaz del Castillo, Pío Víquez y otros, retratados con maestría y llevados al lector con una prosa depurada, que se apoya, entre varios recursos literarios, en las crónicas que escribiera Víquez para El Heraldo de Costa Rica.

Conocer que en Puntarenas existe el Liceo José Martí, fundado en la década del cuarenta para favorecer a familias de escasos recursos, cuyos hijos no podían estudiar en la capital, es conmovedor. A la entrada de dicha institución hay un magnífico busto del Apóstol de Cuba, que es objeto de frecuentes homenajes. Lo mismo ocurre con el de la ciudad de Orotina.

Durante muchos años y hasta el presente, ha existido la Asociación porteña Convergencia Martiana, fundada por egresados de ese Liceo. Por encima de proyecciones ideológicas, intereses profesionales, o estatus social, sus integrantes se caracterizan por el civismo, la vocación de servicio a la comunidad y el sentido de la ética, y son difusores del legado de José Martí.

Desde hace un cuarto de siglo ha funcionado, a despecho de muchas dificultades, la Cátedra Martiana de la UCR sede del Pacífico, en Puntarenas. Su trabajo sostenido, tanto en lo académico como en la formación ciudadana de los estudiantes y profesores, ha sido y es muy meritorio, así como su impacto entre los sindicatos y trabajadores de la ciudad.

Entonces, no es posible echar por tierra lazos de hermandad y recuerdos entrañables que han pasado de una generación a otra: perviven y se concretan en proyectos contemporáneos. Pasarán estos años oscuros de aislamiento, de neofascismo, de rupturas y posiciones lacayunas, pero no decaerán el afecto y la solidaridad entre nuestros pueblos. Están a salvo en toda esa historia compartida.

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Compilación de textos sobre pensamiento martiano

El investigador italiano, Doctor en Ciencias Luciano Vasapollo, profesor eminente de la Universidad de La Sapienza, gran promotor en el mundo de la obra de José Martí, presentó (hoy, 19 de marzo-Centro de Estudios Martianos) la compilación de textos: La actualidad del pensamiento de José Martí, curaduría compartida con sus colegas Mirella Madafferi y Rita Martufi.

Además de textos de los tres autores-compiladores, el volumen incluye ensayos de Marlene Vázquez Pérez, Abel Prieto, Isabel Monal, Ramón Labañino, Eduardo Torres Cuevas, Roberto Fernández Retamar, Katia Briceño Yaselli, Francisco Domínguez, Padre Numa Molina, Alejandrina Reyes, Joan Tafalla, Adán Chávez Frías, Pedro Pablo Rodríguez López, Stefano Zamagni, Luigi Rosati, Efraín Echevarría Hernández y Viviana Vasapollo.

Dicha compilación precede un programa de esfuerzos editoriales previstos para el año 2026, junto a la salida de la revista Nuestra América, además de proyectos a concretar en 2027, en homenaje al medio siglo de fundado el Centro de Estudios Martianos.

Presentado por la doctora Marlene Vázquez Pérez, directora del CEM, Vasapollo intervino para expresar su solidaridad con el pueblo cubano en momentos tan difíciles en los que, lamentablemente, algunos gobiernos (como el de Costa Rica) rompen relaciones con Cuba, como si fuera posible borrar de un plumazo los vínculos –construidos con respeto entre ambos pueblos– y acendrados a lo largo de la historia con la estancia allí del líder cubano José Martí, venerado en Puntarenas donde, en conmemoración del año 130 de su visita, fuera declarado (2024) Huésped de honor.

Vasapollo, miembro de honor del CEM, instó a no perder la fe y mantener la firmeza y la autonomía que caracteriza al cubano, así como continuar el proceso de búsqueda de una paz digna.

©PJM

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“Vindicación de Cuba”, un texto imprescindible hoy

La Dra. Marlene Vázquez Pérez, directora del Centro de Estudios Martianos, impartió ––este lunes 9 de marzo– la conferencia “Vindicación de Cuba, de América, de la Humanidad” ante alumnos y profesores de la Escuela de Ballet “Fernando Alonso” (Prado 207, entre Colón y Trocadero, La Habana Vieja).

Este encuentro, coordinado por la Dirección de Formación Artística del Ministerio de Cultura, forma parte del programa de educación cívica e histórica que se imparte a los futuros bailarines y, a su vez, constituye una de las acciones esenciales en la difusión de los estudios de vida, obra y pensamiento del prócer cubano, que realizan importantes investigadores desde que fuera creado el Centro de Estudios Martianos en 1977.

La conferencia, de gran recepción en el auditorio, generó interesantes debates acerca de la actualidad de los postulados martianos en el contexto que vivimos hoy en Cuba, América Latina y el mundo.

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Vida y Obra del Apóstol José Martí, de Cintio Vitier

Leer el estudio de la Vida y Obra del Apóstol José Martí, del destacado intelectual Cintio Vitier, en tiempos en los que se hace necesario conocer de cerca y actuar frente a aquel monstruo que tan certeramente describió en el siglo xix, constituye imperativo para las nuevas generaciones de cubanos y para aquellos que, en la actualidad, apoyan la anexión de Cuba a los Estados Unidos.

En esta obra se devela a un Martí filósofo trascendental, no hay otra palabra que describa el pensamiento sobre la política, la ética, el indígena, y la unión de los pueblos a partir de la transformación del hombre de su tiempo. Vitier nos acerca al pensamiento y la vida del Apóstol como elementos que llegan de la mano en los escritos martianos.

Este volumen no solo llama la atención del lector por el tema biográfico, sino también porque le otorga sentimientos nostálgicos de quien vive en la emigración y ve en la patria el bien más sagrado que pueda poseer el ser humano en su corazón. La fe en el Dios del que habla en su prosa de los primeros tiempos, constituye la razón para reunir los recursos, los hombres, las distintas fuerzas para contemplar la libertad ansiada del suelo amado y defendido.

Un aspecto de gran importancia en la vida y obra de Martí, muy señalado a menudo por Cintio Vitier, es ver la ética como su eje transversal, debido a las experiencias enfrentadas durante su vida. Desde su prosa, poesía, crónicas, artículos periodísticos y oratoria explica su idea de hombre nuevo, aquel que nace y tiene la voluntad de transformarse a nivel intelectual y luego fácticamente. En otras palabras: aparece la interrogante y el camino para llegar a su respuesta como un mismo proceso que abarca temas como la justicia, la dignidad humana y el bien dentro de la sociedad.

Basado en la reflexión sobre ¿qué es la virtud? desarrolla toda una teoría ético-política en la cual se acerca al origen del carácter de la república de cuya unión de todos los elementos no duda en expresar que es “Con todos y para el bien de todos”.

Martí, a partir de su experiencia en el Presidio, gran desencadenante de su libertad interior, se identifica como un hombre que vive desde su libertad y, por tanto, su misión de vida será conseguir que todos los hombres de la tierra (Cuba y la América) sean libres. Por eso, desde su libertad se le enfrenta a la metrópoli española, siempre aclarando que su lucha es contra el sistema colonial y no contra su gente. Para el Maestro la respuesta acerca de la virtud, el bien, la dignidad humana y la justicia se da con la libertad externa e interna del individuo.

Tras entender la intención central de José Martí, Vitier encuentra en el Manifiesto de Montecristi la argumentación sólida de una estrategia nada ingenua, sino la convicción más profunda de un hombre que aprendió que la guerra es contra un sistema donde predominaba la injusticia.

Una característica distintiva del libro es situar al lector en medio del contexto en el que se relaciona la realidad cubana con la realidad martiana de ese momento, es decir, él no se distancia de los sucesos que ocurren en la Isla. El autor muestra su participación en los diferentes clubes, que incluyen a los protagonistas de las heroicas gestas de la Guerra del 68 y, por ello, renace la necesidad de volver a los campos de combate. Esta es una decisión que no toma a la ligera, sino que debe pasar todo un proceso de financiamiento económico, la comprensión de la creación de un nuevo sujeto que se forma a partir del deseo de transformación de la sociedad, y el olvido de antiguos roces que provocan la separación de las fuerzas.

Vitier no solo presenta las diferentes facetas del ideario martiano, sino también se adentra en ellas con maestría. Explica con profundidad la influencia de su maestro Rafael María de Mendive quien, a su vez, recibió el legado de Félix Varela, y que ambos contribuyeron a la formación de su ideario junto a sus propias circunstancias. En diferentes momentos de su vida, reflexiona sobre la fundación de una república, pero no bajo las condiciones de otros países, sino por las propias.

Otro aspecto destacable es su oratoria, la cual demuestra su capacidad para captar la atención a todo el que lo escucha. Según reflexiona el investigador, en varios discursos del año 1891, en tribunas de Tampa y Cayo Hueso, y en homenaje al 27 de Noviembre de 1871 y a héroes y próceres de la América, se nota cierto sentimiento hacia aquellos que se destacaron en tales hechos. Un ejemplo referido por Vitier es el fragmento en el que describe el momento en el que son fusilados los ocho estudiantes de medicina, tal parece que estuvo allí: “Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí el centelleo de la luz súbita, vi por sobre yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!”.

La poesía martiana, ordenada según pidió a su amigo Gonzalo de Quesada, es caracterizada como sencilla y revolucionaria, en las cuales se reúne el espíritu atormentado de una vida dedicada al sacrificio por servir a la patria, haciéndolo el iniciador del movimiento literario moderno. En sus versos quedan plasmados temas como el amor, la admiración, la crítica a la realidad; temas sociales, el racismo, el patriotismo, el sacrificio y el uso de metáforas y símiles a los que hace referencia con pasajes biblícos y mitológicos. Su estilo demuestra, sin duda alguna, un arte literario autóctono del continente americano.

Todo el tiempo el lector percibe la belleza y un altísimo nivel de escritura en toda su obra. Sus críticas y reseñas literarias, sus crónicas periodísticas, discursos y hasta su correspondencia son testimonios de cultura y vida social, tanto económica como política. Desde una primera impresión se pudiera pensar de esta manera al leer estos escritos; sin embargo, esos textos son documentales, así están las preciadas “Escenas norteamericanas”, las que ayudan a comprender tempranamente el naciente sistema imperialista.

Cintio Vitier explica que Martí es un estudioso del individuo y la naturaleza humana, cuando expresa: “[…] Cierto que en la vida humana se dan la verdad y la mentira, lo bello y lo feo, pero esto ocurre en cuanto la vida se separa de la naturaleza, entendiendo por naturaleza lo puro, primigenio y nativo del ser humano. Jamás creyó Martí en la fealdad ni en el mal sino como deformaciones, nunca como esencias […]”.

El libro logra ser más que un estudio biográfico, se consolida como profundo ensayo de cada faceta de las bases más profundas que caracterizan al pueblo cubano, muestra la justificación perfecta de por qué no es posible aceptar el anexionismo en nuestros días. En el Martí de una pluma sagaz, curiosa y admiradora de un pensamiento y una acción, se encuentran las claves para entender que los “pinos nuevos” no fueron aquellas almas inocentes que murieron en el siglo xix, sino que son todas las que piensan y defienden la libertad de pensamiento y acción.

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Dossier por el 24 de febrero

El 24 de febrero, hace 131 años, se reinició en Cuba la lucha contra el colonialismo español, una guerra necesaria, como la concibió José Martí, para conquistar la independencia. El Centro de Estudios Martianos recordará tan importante efemérides con la publicación de relevantes investigaciones, reflexiones, análisis y ensayos acerca del este levantamiento, conocido como Grito de Baire, en el Dossier “24 de febrero”, en el Portal José Martí (www.josemarti.cu).

De igual manera, se compartirán en las cuentas del CEM en las redes sociales, materiales audiovisuales que ofrecen diversas lecturas de este acontecimiento que reabrió el camino iniciado en el 1968 y que aunque no culminó con la verdadera independencia por la intervención de Estados Unidos, sí demostró que las previsiones e ideas del Maestro eran válidas para Cuba y el resto de América Latina.

Para facilitar el acceso a sus contenidos, el CEM pondrá a disposición de todos los interesados en lugares físicos (Bibliotecas Especializada, la librería Ismaelillo, etc.); así como en sus espacios on- line, los códigos QR del Portal José Martí, el canal de Youtube y sus cuentas en otras redes sociales.

En el Aniversario 131 del reinicio de las gestas libertarias del pueblo de Cuba el CEM ofrece un espacio para la conmemoración y reflexión en torno a la historia patria, la cultura cubana y el legado del Héroe Nacional y Apóstol de la independencia de Cuba, y un homenaje a su genio político y capacidad para organizar la Guerra Necesaria.

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José Martí en otro 24 de febrero

Al leerlo, se puede sentir la tentación de soslayar, por el prurito de no insistir en lo obvio, un lugar común: quien retrata, se autorretrata, ya sea que lo haga desde la afinidad —como en este caso— o desde el rechazo. Pero si algo merece que se le tenga por lugar común será porque condensa una gran verdad. En el presente artículo se considerará sobre todo un costado de la coincidencia entre los dos revolucionarios antillanos: en ambos el pensamiento estuvo acompañado por la acción.

En Betances esa verdad tuvo fecha bautismal el 23 de septiembre de 1868, cuando protagonizó el alzamiento independentista que se adelantó en varios días al que encabezó Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua. En Martí, casi veintiséis años más joven que Betances, y tema de estos apuntes, como hito del acompañamiento aludido vale señalar el 24 de febrero de 1895.

Ese día estalló la contienda independentista nacida del estudio sobre la historia de Cuba hecho por Martí como parte de su decisión de hacer realidad lo que otros podrían estimar imposible, como se lee en “Crece”, artículo publicado en Patria el 5 de abril de 1894 y abordado en “José Martí y ‘lo imposible’” texto en dos partes que se publicó recientemente en Cubaperiodistas. Para Martí el único deber científico y patrio en su tiempo cubano era hacer posible la revolución necesaria.

Exactamente un año antes del alzamiento, sostuvo en el discurso que pronunció en honor de otro cubano tenaz, Fermín Valdés Domínguez: “Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelión. Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan. El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla” (IV, 324).

Pero en él los ímpetus de la acción no respondían a meros impulsos: se basaban en un pensamiento que tampoco se atascaba en teoricismos. Quien organizaría una guerra, sostuvo en su Lectura en Steck Hall (IV, 181-211), del 24 de enero de 1880: “Esta no es solo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión”; pero —aunque habría preferido que la violencia no fuera necesaria— también reconoció gustosamente: “¡Bueno es sentir venir la cólera!”.

No idealizaba el alcance de la independencia política, que —cada quien con sus motivaciones propias— interesaría también a ricos guiados por “su urbana y financiera manera de pensar”, y no pensaba solamente en la guerra. En 1873, en La república española ante la revolución cubana, aún en pie los mejores arranques del 68, expresó que en Cuba “la insurrección era consecuencia de una revolución” (I, 91), y él creció desde la adolescencia como representante de esa revolución.

La concibió con carácter medularmente popular, y en el Steck Hall planteó una formulación clara y radical: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Siempre con los más humildes en su pupila, de niño y ante la imagen de un esclavo ahorcado juró “Lavar con su vida el crimen de la esclavitud”. Con su vida, no solo con su sangre, como se lee en copias erráticas.

Cuando plasmó en Versos sencillos ese juramento, ya en Cuba se había abolido legalmente la esclavitud “clásica”; pero él, con su visión universal, repudiaba no solo esa modalidad. En el poemario la definió en general como “la gran pena del mundo”. Así echaba su suerte “con los pobres de la tierra” quien sabía que tras la Revolución Francesa no habían “vuelto los hombres a ser tan esclavos como antes” (XVIII, 408), lo que equivale a decir que seguía habiendo formas de esclavitud.

En un artículo de Patria del 24 de octubre de 1894, titulado precisamente “Los pobres de la tierra” (III, 301-305), expresó su conciencia de que la guerra preparada por él podía no garantizar la equidad a la que aspiraba: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

No adulaba a los humildes para usarlos en sus planes: los defendía. Tras señalar las limitaciones posibles, añadió: “Pero no será esta, no, la revolución que se avergüence—como tanto hijo insolente se avergüenza de su padre humilde—de los que en la hora de la soledad fueron sus abnegados mantenedores”.

No lo frenaba saber que ese texto llegaría a ojos de ricos entre quienes podía hallar un apoyo económico mucho mayor que el de aquellos de quienes en el comienzo del artículo Martí describe en estos términos: “Callados, amorosos, generosos, los obreros cubanos en el Norte, los héroes de la miseria que fueron en la guerra de antes el sostén constante y fecundo”.

Lejos de quedarse ahí, prevé: ahora trabajan “para la patria que acaso los más viejos de ellos no lleguen a ver libre; para la revolución cuyas glorias pudieran recaer, por la soberbia e injusticia del mundo, en hombres que olvidasen el derecho y el amor de los que les pusieron en las manos el arma del poder y de la gloria”. Pero desde su convicción y su voluntad asegura: “¡Ah, no!, hermanos queridos. Esta vez no es así”.

Otros ejemplos bellos merecerían elogio, pero su mayor admiración era para uno de esos ejemplos: “No menos bello, ni de menos poder, el día Diez de Octubre, era ver trabajando sin paga a los cubanos obreros, todos a la misma hora, todos recién salidos de sus tristes hogares, por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.

Su deseo de conjurar peligros no significaba que los ignorase. En “¡Vengo a darte patria! Puerto Rico y Cuba”, había vaticinado algo que no se habrá repetido lo bastante: “Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”, a lo cual agregó: “¡Lo odioso es la cobardía cuando se necesita el valor […]!” (II, 255).

Con esas ideas preparó la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895 —él mismo redactó la Orden de alzamiento—, y trazó para ella una estrategia militar propia de sus fines y de los tiempos en que debía librarse. El levantamiento no se haría en un punto determinado, como los anteriores en la historia de nuestra América, incluida Cuba, sino en la mayor cantidad posible de localidades comprometidas.

Orientados por Juan Gualberto Gómez, el enlace de Martí con los conspiradores radicados en Cuba, hubo levantamientos en los territorios matanceros de Ibarra y Jagüey Grande, y en uno de Las Villas vinculado con Matanzas, Los Charcones. Grupos armados de Oriente se levantaron en sitios de la jurisdicción de Santiago de Cuba: Alto Songo, El Cobre, San Luis y Loma del Gato; así como de Manzanillo: Bayate y “casi todos los poblados del término”, según Hortensia Pichardo.

Los bayameses lo hicieron en El Mogote, Vega de Piña y San Diego; y tropas guantanameras se levantaron en Matabajo, La Confianza, el ingenio Santa Cecilia y Hatibonico, donde se tomó el Fuerte enemigo. Los alzamientos orientales se completaron en Jiguaní y en Baire, donde —de acuerdo con un testimonio también citado por Pichardo— Saturnino Lora les dijo acertadamente a sus seguidores que no se estaba produciendo un hecho local, “sino un movimiento generalizado en toda la Isla”.

Al cumplirse el plan concebido por Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano, el estallido insurreccional no lo definió un Grito aislado, sino todo un programa general publicado posteriormente: el Manifiesto de Montecristi, escrito por Martí y firmado por él y Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895, ambos ya rumbo a Cuba insurrecta, donde el Maestro se propuso realizar las ideas revolucionarias a las que se había consagrado.

La simultaneidad del alzamiento perseguía propósitos fundamentales: no dar tiempo a que el ejército español —sin los desafíos que antes había tenido en los frentes continentales— se concentrara en un punto aislado, ni a que los Estados Unidos consumaran sus planes de intervenir y frustrarle a Cuba la independencia. Para lograr ambos fines convenía que el inicio de la gesta permitiera librar una “guerra breve y directa como el rayo”, como se lee en “¡Vengo a darte patria!”, artículo ya citado.

La masividad del inicio insurreccional contribuiría también a frenar caudillismos, uno de los males que habían dañado al independentismo y que Martí buscaba evitar. A eso respondía el plan de celebrar en campaña una asamblea de representantes de “todo el pueblo cubano visible”, no meros enviados de los jefes militares, sino representantes de “las masas cubanas alzadas”. Esa idea martiana encarnaba la mayor y más profunda amplitud democrática a la que podía aspirarse en las condiciones de un país en guerra.

Martí sabía que para cumplir esos fines era necesaria su presencia en la contienda. No era solo cuestión de dar el ejemplo, aunque ese requisito ético fuera fundamental para él, sino de asegurar desde dentro la marcha de la revolución y la búsqueda de soluciones para lograr desde la guerra y la República en armas —sin civilismo ni militarismo, sino con ajuste a una solución política emancipadora— los cimientos de la República futura.

A la guerra llegó Martí acompañado, junto a cuatro expedicionarios más, por el jefe del ramo militar de la guerra electo, no designado, Máximo Gómez. El general comprendió que Martí había conseguido darle vida a un proyecto político unitario sin precedentes en las luchas por la liberación nacional de Cuba. El viejo mambí aceptaba las concepciones fundamentales del compañero que el 20 de octubre de 1884 le había escrito: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento” (I, 177).

No es necesario ahora extenderse, ni hay aquí espacio para ello, sobre las discrepancias en medio de las cuales Martí escribió aquella carta. Y más estimulante y fértil sería conjeturar, desde el respeto al pensamiento del fundador del Partido Revolucionario Cubano, lo que él pudo haber añadido: “Un pueblo tampoco se manda ni se informa como se manda y se informa un campamento”.

No por capricho enfrentó y venció Martí a partir de enero de 1895 las dificultades del trayecto de Nueva York a Cuba. No fue —como se ha dicho irresponsablemente— que se valiese de “la levedad” de una noticia falsa publicada en un periódico dominicano, según la cual ya él y Gómez se hallaban en Cuba, para que no lo dejaran lejos de la guerra. Para cumplir plenamente su misión, el Delegado, máximo dirigente del Partido que había preparado la gesta, sabía que debía llegar a la manigua redentora así fuera “en una cáscara o en un leviatán” (IV, 70), como el 26 de febrero le escribió al general Antonio Maceo que debía hacerse.

Por su prematura muerte en combate no pudo llegar a una asamblea que —en su ausencia, no sería como él la había concebido—, ni dirigir la respuesta de su patria a la intervención de los Estados Unidos, que él se había propuesto frenar. En la misma carta en que le dijo a Manuel Mercado (IV, 167-168) que se dirigía al centro del país, donde tendría lugar la asamblea, le aseguró categóricamente que todo cuanto había hecho, y haría, era para impedir a tiempo que se consumaran los planes de los Estados Unidos.

A Mercado también le escribió entonces: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”. Se refería a la eventualidad —poco probable, dada la influencia que se había ganado entre las tropas que lo veían actuar como actuaba— de que la asamblea dispusiera su regreso al extranjero, donde no habría podido influir directamente en los acontecimientos. Pero la historia demostraría que su capacidad para vencer obstáculos rebasaba largamente ese punto.

Lo que añadió: “Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”, puede leerse como la previsión del papel que su legado cumpliría en la etapa revolucionaria que le dio la liberación nacional a Cuba y le permitió sacar de ella a los Estados Unidos. Su legado, como dijo él de Bolívar, tiene mucho que hacer todavía no solamente en Cuba y en las Américas, sino en un mundo donde la derechización y el fascismo, y las traiciones, ganan un terreno muy peligroso para la humanidad.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu

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José Martí y “lo imposible” (II y final)

En la primera parte de los presentes comentarios se anunció que esta abordaría un artículo que puede leerse tomando otro, “Crece” —central en aquella primera parte, donde se apuntó la fecha de la publicación de ambos en Patria y su ubicación en Obras completas—, como fondo para su mejor comprensión. Se trata de “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, que subraya su alcance desde el subtítulo: “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”.

Al entrar en su tercer año de vida la organización política fundada por él y proclamada el 10 de abril de 1892, Martí expuso claramente que la guerra necesaria que se preparaba con esa organización como fuerza estructuradora, sería relevante —en su proyecto y en las circunstancias en que se llevaría a cabo— no solo para Cuba.

Ese artículo es uno de los textos donde se aprecia el núcleo de su antimperialismo, con juicios que siempre será pertinente repasar, como este: “En el fiel de América están las Antillas”, y él observa con claro entendimiento de lo que hoy llamaríamos geopolítica, nombre nuevo de una vieja realidad: “serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, —mero fortín de la Roma americana;—y si libres —y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada”.

Revolucionario de pupila universal aspiraba a que la libertad de las Antillas ayudara incluso a garantizar “el honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio—por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. La historia se encargaría —se encarga— de darle la razón.

En otro texto llama a los Estados Unidos “vecino formidable”, empleando ese adjetivo en su prístina acepción de enorme —no en la meliorativa que le ha dado el uso—, y en el artículo que viene citándose los denomina “la gran república del Norte”. En ambos casos estaría pensando no solo en el prestigio que se le reconocía a esa nación, sino también, o más, en su tamaño y en los peligros que ella representaba: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de David” (IV, 168),* sostuvo en una conocida carta, sobre la cual volveremos, el día antes de morir en combate.

Había observado el rumbo y la voracidad de lo que emergía como potencia imperialista, desde años antes de escribir el citado artículo de 1894, en el cual se lee: “Nulo sería […] el espectáculo de nuestra unión, la junta de voluntades libres del Partido Revolucionario Cubano, si, aunque entendiese los problemas internos del país, y lo llagado de él y el modo con que se le cura, no se diera cuenta de la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal”.

En ese “crucero” —“el fiel de América”— se hallaban Cuba y Puerto Rico, núcleos de su proyecto revolucionario: “entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”. La mayor diferencia radicaba en que ya el obstáculo mayor para su liberación no sería el poder de España, sino el de los Estados Unidos.

Escribió crónicas medulares acerca de las pretensiones con que el segundo de esos países orquestó el Congreso Internacional del Washington celebrado entre octubre de 1889 y abril de 1890, en “aquel invierno de angustia”, como se lee en el pórtico de sus Versos sencillos. La más abarcadora de esas crónicas la publicó en sendas partes (VI, 46-54 y 54-63, respectivamente) La Nación, de Buenos Aires, los días 19 —el mismo en que Martí pronunció el discurso “Madre América— y 20 de diciembre de 1889.

Al comienzo de la primera parte afirma: “después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”. Y precisa: “En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever”. No se limita a interpretar: “Solo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo” podía salvar a nuestra América de tales peligros.

Con todo eso en mente escribió en 1894 sobre los obstáculos que debía vencer el Partido Revolucionario Cubano para cumplir “el deber de Cuba en América”: “Es necesario tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes”. Aunque estaba lejos de los admiradores acríticos de Cristóbal Colón y el llamado Descubrimiento de América, empleó una anécdota que defendía el valor de la audacia: “De frailes que le niegan a Colón la posibilidad de descubrir el paso nuevo está lleno el mundo, repleto de frailes. Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón”.

Eso recuerda cómo citó en “Madre América” logros de los Estados Unidos para alcanzar su independencia. Buscaba estimular la capacidad de sacrificio para una tarea que otros estimarían imposible. En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” relató: “Y ya se sabe del que salió con la banderuca a avisar que le tuviesen miedo a la locomotora,—que la locomotora llegó, y el de la banderuca se quedó resoplando por el camino: o hecho pulpa, si se le puso en frente. Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloria no es de los que ven para atrás, sino para adelante”.

Como resumen de su proyecto, expresa: “Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Era una “obra de previsión continental” para “evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”.

Ante el foro de 1889-1890 anota “que a las estrellas, según dice el verso latino, no se sube por caminos llanos” (VI, 119), y en el artículo de 1894 citado afirma: “sabremos hacer escalera hasta la altura con la inmundicia de la vida. Con la mirada en lo alto, amasaremos, a sangre sana, a nuestra propia sangre, esta vida de los pueblos, hecha de la gloria de la virtud, de la rabia de los privilegios caídos, del exceso de las aspiraciones justas”. Lo que se intentaba era trascendental: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”.

De ahí que sostenga: “Con reverencia singular se ha de poner mano en problema de tanto alcance, y honor tanto. Con esa reverencia entra en su tercer año de vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es solo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la republica norteamericana. ¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes”.

Tal convicción resurge en cartas nacidas al calor de la guerra preparada por él como dirigente, ideólogo y organizador. El 25 de marzo de 1895 escribió grandes despedidas, una de ellas dirigida a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal (IV. 110-112), al que sabía identificado con él: “Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos”.

Libre de egoísmo, cultivaba un pensamiento avanzadamente democrático, por lo que tomaría el rumbo que le asignara —como se aprecia en cartas y circulares escritas en campaña— la asamblea de representantes del pueblo alzado en armas. En esa asamblea, que en el escenario de la guerra debía constituir la República en Armas, y a la que la muerte le impidió llegar, piensa cuando le escribe al amigo: “De mí espere la deposición absoluta y continua”, y también: “Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”.

No hay traza suicida alguna en quien sabe lo difícil de una misión que había exigido y seguiría exigiendo de él entrega y devoción tan continuas como lúcidas. Que esté dispuesto a morir si es necesario, no significa que busque la muerte: “Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.

Tan grandes son sus propósitos, y tan ingentes los obstáculos que debe vencer, que antes de decir “De mí espere la deposición absoluta y continua”, afirma: “Yo alzaré el mundo”. Con ello no expresa una egolatría que nunca tuvo, sino su permanente voluntad de combatir hasta las últimas consecuencias, al tiempo que buscaría para la República en armas la mejor orientación. De su firmeza brotan las confesiones al amigo: “Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles,—y yo, a rastras, con mi corazón roto”. De haberse logrado sus propósitos, hoy el mundo no sería el horror que es.

Otra carta, que empezó el 18 de mayo, la convirtió en su testamento político la muerte, que le impidió terminarla. Dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado (IV, 167-170), expresa desde el inicio el alcance de la misión que se propone cumplir: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

El líder de la guerra contra una España que aún está por derrotar, dice de su oposición a los planes estadounidenses: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Lo que añade merece recordarse por la transcripción de una palabra y, sobre todo, por el sentido general de esas líneas: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

La transcripción concierne a logradas, que también se ha leído lograrlas; pero lo de veras relevante es lo relativo al silencio: no obedeció al propósito de ocultar su pensamiento antimperialista —que hizo público en textos como “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”—, sino a la inconveniencia de proclamar que ya él pensaba la guerra más contra los Estados Unidos que contra España.

Pregonarlo habría arreciado la hostilidad contra la independencia de Cuba por parte de la nación donde permanecía para evadir la vigilancia española. Pero sabía que allí lo vigilaban también agencias de espionaje que, aunque pagadas por España, como estadounidenses servían a su país, que en 1898 intervino para arrebatarle a Cuba la victoria contra España. Martí se proponía adelantarse a esos planes con una guerra “breve y directa como el rayo” (II, 255), lo que, por supuesto, debía mantener en el silencio explicable también por otro hecho: no todos sus seguidores compartían la misma claridad que él sobre las pretensiones de los Estados Unidos.

Tan consciente era de la inmensidad de la misión que había echado sobre sus hombros, como —ya se vio al tratar el artículo “Crece”— de que el triunfo de la revolución concebida por él podía no ser posible entonces. Pero también sabía que, si la revolución no se intentaba y no se hacía acertadamente, la dominación de nuestros pueblos por los Estados Unidos no sería un hecho posible, sino seguro. Al puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, gran colaborador suyo en el Partido Revolucionario Cubano, se atribuye haber exclamado cuando en 1895 Cuba se alzó contra España: “¡Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan!”.

A la vista están hoy las diferentes consecuencias entre haber intentado la revolución y no haberlo hecho.

*Las referencias en las citas remiten a José Martí: Obras completas (La Habana 1963-1966, con varias reimpresiones). Los números romanos corresponden a los tomos; los arábigos, a las páginas. Las cartas a Henríquez y Carvajal y a Mercado se revisaron por José Martí: Epistolario (La Habana, 1993), V, 117-119 y 250-252, respectivamente.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu

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