Dossier por el 24 de febrero

El 24 de febrero, hace 131 años, se reinició en Cuba la lucha contra el colonialismo español, una guerra necesaria, como la concibió José Martí, para conquistar la independencia. El Centro de Estudios Martianos recordará tan importante efemérides con la publicación de relevantes investigaciones, reflexiones, análisis y ensayos acerca del este levantamiento, conocido como Grito de Baire, en el Dossier “24 de febrero”, en el Portal José Martí (www.josemarti.cu).

De igual manera, se compartirán en las cuentas del CEM en las redes sociales, materiales audiovisuales que ofrecen diversas lecturas de este acontecimiento que reabrió el camino iniciado en el 1968 y que aunque no culminó con la verdadera independencia por la intervención de Estados Unidos, sí demostró que las previsiones e ideas del Maestro eran válidas para Cuba y el resto de América Latina.

Para facilitar el acceso a sus contenidos, el CEM pondrá a disposición de todos los interesados en lugares físicos (Bibliotecas Especializada, la librería Ismaelillo, etc.); así como en sus espacios on- line, los códigos QR del Portal José Martí, el canal de Youtube y sus cuentas en otras redes sociales.

En el Aniversario 131 del reinicio de las gestas libertarias del pueblo de Cuba el CEM ofrece un espacio para la conmemoración y reflexión en torno a la historia patria, la cultura cubana y el legado del Héroe Nacional y Apóstol de la independencia de Cuba, y un homenaje a su genio político y capacidad para organizar la Guerra Necesaria.

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José Martí en otro 24 de febrero

Al leerlo, se puede sentir la tentación de soslayar, por el prurito de no insistir en lo obvio, un lugar común: quien retrata, se autorretrata, ya sea que lo haga desde la afinidad —como en este caso— o desde el rechazo. Pero si algo merece que se le tenga por lugar común será porque condensa una gran verdad. En el presente artículo se considerará sobre todo un costado de la coincidencia entre los dos revolucionarios antillanos: en ambos el pensamiento estuvo acompañado por la acción.

En Betances esa verdad tuvo fecha bautismal el 23 de septiembre de 1868, cuando protagonizó el alzamiento independentista que se adelantó en varios días al que encabezó Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua. En Martí, casi veintiséis años más joven que Betances, y tema de estos apuntes, como hito del acompañamiento aludido vale señalar el 24 de febrero de 1895.

Ese día estalló la contienda independentista nacida del estudio sobre la historia de Cuba hecho por Martí como parte de su decisión de hacer realidad lo que otros podrían estimar imposible, como se lee en “Crece”, artículo publicado en Patria el 5 de abril de 1894 y abordado en “José Martí y ‘lo imposible’” texto en dos partes que se publicó recientemente en Cubaperiodistas. Para Martí el único deber científico y patrio en su tiempo cubano era hacer posible la revolución necesaria.

Exactamente un año antes del alzamiento, sostuvo en el discurso que pronunció en honor de otro cubano tenaz, Fermín Valdés Domínguez: “Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelión. Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan. El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla” (IV, 324).

Pero en él los ímpetus de la acción no respondían a meros impulsos: se basaban en un pensamiento que tampoco se atascaba en teoricismos. Quien organizaría una guerra, sostuvo en su Lectura en Steck Hall (IV, 181-211), del 24 de enero de 1880: “Esta no es solo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión”; pero —aunque habría preferido que la violencia no fuera necesaria— también reconoció gustosamente: “¡Bueno es sentir venir la cólera!”.

No idealizaba el alcance de la independencia política, que —cada quien con sus motivaciones propias— interesaría también a ricos guiados por “su urbana y financiera manera de pensar”, y no pensaba solamente en la guerra. En 1873, en La república española ante la revolución cubana, aún en pie los mejores arranques del 68, expresó que en Cuba “la insurrección era consecuencia de una revolución” (I, 91), y él creció desde la adolescencia como representante de esa revolución.

La concibió con carácter medularmente popular, y en el Steck Hall planteó una formulación clara y radical: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Siempre con los más humildes en su pupila, de niño y ante la imagen de un esclavo ahorcado juró “Lavar con su vida el crimen de la esclavitud”. Con su vida, no solo con su sangre, como se lee en copias erráticas.

Cuando plasmó en Versos sencillos ese juramento, ya en Cuba se había abolido legalmente la esclavitud “clásica”; pero él, con su visión universal, repudiaba no solo esa modalidad. En el poemario la definió en general como “la gran pena del mundo”. Así echaba su suerte “con los pobres de la tierra” quien sabía que tras la Revolución Francesa no habían “vuelto los hombres a ser tan esclavos como antes” (XVIII, 408), lo que equivale a decir que seguía habiendo formas de esclavitud.

En un artículo de Patria del 24 de octubre de 1894, titulado precisamente “Los pobres de la tierra” (III, 301-305), expresó su conciencia de que la guerra preparada por él podía no garantizar la equidad a la que aspiraba: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

No adulaba a los humildes para usarlos en sus planes: los defendía. Tras señalar las limitaciones posibles, añadió: “Pero no será esta, no, la revolución que se avergüence—como tanto hijo insolente se avergüenza de su padre humilde—de los que en la hora de la soledad fueron sus abnegados mantenedores”.

No lo frenaba saber que ese texto llegaría a ojos de ricos entre quienes podía hallar un apoyo económico mucho mayor que el de aquellos de quienes en el comienzo del artículo Martí describe en estos términos: “Callados, amorosos, generosos, los obreros cubanos en el Norte, los héroes de la miseria que fueron en la guerra de antes el sostén constante y fecundo”.

Lejos de quedarse ahí, prevé: ahora trabajan “para la patria que acaso los más viejos de ellos no lleguen a ver libre; para la revolución cuyas glorias pudieran recaer, por la soberbia e injusticia del mundo, en hombres que olvidasen el derecho y el amor de los que les pusieron en las manos el arma del poder y de la gloria”. Pero desde su convicción y su voluntad asegura: “¡Ah, no!, hermanos queridos. Esta vez no es así”.

Otros ejemplos bellos merecerían elogio, pero su mayor admiración era para uno de esos ejemplos: “No menos bello, ni de menos poder, el día Diez de Octubre, era ver trabajando sin paga a los cubanos obreros, todos a la misma hora, todos recién salidos de sus tristes hogares, por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.

Su deseo de conjurar peligros no significaba que los ignorase. En “¡Vengo a darte patria! Puerto Rico y Cuba”, había vaticinado algo que no se habrá repetido lo bastante: “Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”, a lo cual agregó: “¡Lo odioso es la cobardía cuando se necesita el valor […]!” (II, 255).

Con esas ideas preparó la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895 —él mismo redactó la Orden de alzamiento—, y trazó para ella una estrategia militar propia de sus fines y de los tiempos en que debía librarse. El levantamiento no se haría en un punto determinado, como los anteriores en la historia de nuestra América, incluida Cuba, sino en la mayor cantidad posible de localidades comprometidas.

Orientados por Juan Gualberto Gómez, el enlace de Martí con los conspiradores radicados en Cuba, hubo levantamientos en los territorios matanceros de Ibarra y Jagüey Grande, y en uno de Las Villas vinculado con Matanzas, Los Charcones. Grupos armados de Oriente se levantaron en sitios de la jurisdicción de Santiago de Cuba: Alto Songo, El Cobre, San Luis y Loma del Gato; así como de Manzanillo: Bayate y “casi todos los poblados del término”, según Hortensia Pichardo.

Los bayameses lo hicieron en El Mogote, Vega de Piña y San Diego; y tropas guantanameras se levantaron en Matabajo, La Confianza, el ingenio Santa Cecilia y Hatibonico, donde se tomó el Fuerte enemigo. Los alzamientos orientales se completaron en Jiguaní y en Baire, donde —de acuerdo con un testimonio también citado por Pichardo— Saturnino Lora les dijo acertadamente a sus seguidores que no se estaba produciendo un hecho local, “sino un movimiento generalizado en toda la Isla”.

Al cumplirse el plan concebido por Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano, el estallido insurreccional no lo definió un Grito aislado, sino todo un programa general publicado posteriormente: el Manifiesto de Montecristi, escrito por Martí y firmado por él y Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895, ambos ya rumbo a Cuba insurrecta, donde el Maestro se propuso realizar las ideas revolucionarias a las que se había consagrado.

La simultaneidad del alzamiento perseguía propósitos fundamentales: no dar tiempo a que el ejército español —sin los desafíos que antes había tenido en los frentes continentales— se concentrara en un punto aislado, ni a que los Estados Unidos consumaran sus planes de intervenir y frustrarle a Cuba la independencia. Para lograr ambos fines convenía que el inicio de la gesta permitiera librar una “guerra breve y directa como el rayo”, como se lee en “¡Vengo a darte patria!”, artículo ya citado.

La masividad del inicio insurreccional contribuiría también a frenar caudillismos, uno de los males que habían dañado al independentismo y que Martí buscaba evitar. A eso respondía el plan de celebrar en campaña una asamblea de representantes de “todo el pueblo cubano visible”, no meros enviados de los jefes militares, sino representantes de “las masas cubanas alzadas”. Esa idea martiana encarnaba la mayor y más profunda amplitud democrática a la que podía aspirarse en las condiciones de un país en guerra.

Martí sabía que para cumplir esos fines era necesaria su presencia en la contienda. No era solo cuestión de dar el ejemplo, aunque ese requisito ético fuera fundamental para él, sino de asegurar desde dentro la marcha de la revolución y la búsqueda de soluciones para lograr desde la guerra y la República en armas —sin civilismo ni militarismo, sino con ajuste a una solución política emancipadora— los cimientos de la República futura.

A la guerra llegó Martí acompañado, junto a cuatro expedicionarios más, por el jefe del ramo militar de la guerra electo, no designado, Máximo Gómez. El general comprendió que Martí había conseguido darle vida a un proyecto político unitario sin precedentes en las luchas por la liberación nacional de Cuba. El viejo mambí aceptaba las concepciones fundamentales del compañero que el 20 de octubre de 1884 le había escrito: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento” (I, 177).

No es necesario ahora extenderse, ni hay aquí espacio para ello, sobre las discrepancias en medio de las cuales Martí escribió aquella carta. Y más estimulante y fértil sería conjeturar, desde el respeto al pensamiento del fundador del Partido Revolucionario Cubano, lo que él pudo haber añadido: “Un pueblo tampoco se manda ni se informa como se manda y se informa un campamento”.

No por capricho enfrentó y venció Martí a partir de enero de 1895 las dificultades del trayecto de Nueva York a Cuba. No fue —como se ha dicho irresponsablemente— que se valiese de “la levedad” de una noticia falsa publicada en un periódico dominicano, según la cual ya él y Gómez se hallaban en Cuba, para que no lo dejaran lejos de la guerra. Para cumplir plenamente su misión, el Delegado, máximo dirigente del Partido que había preparado la gesta, sabía que debía llegar a la manigua redentora así fuera “en una cáscara o en un leviatán” (IV, 70), como el 26 de febrero le escribió al general Antonio Maceo que debía hacerse.

Por su prematura muerte en combate no pudo llegar a una asamblea que —en su ausencia, no sería como él la había concebido—, ni dirigir la respuesta de su patria a la intervención de los Estados Unidos, que él se había propuesto frenar. En la misma carta en que le dijo a Manuel Mercado (IV, 167-168) que se dirigía al centro del país, donde tendría lugar la asamblea, le aseguró categóricamente que todo cuanto había hecho, y haría, era para impedir a tiempo que se consumaran los planes de los Estados Unidos.

A Mercado también le escribió entonces: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”. Se refería a la eventualidad —poco probable, dada la influencia que se había ganado entre las tropas que lo veían actuar como actuaba— de que la asamblea dispusiera su regreso al extranjero, donde no habría podido influir directamente en los acontecimientos. Pero la historia demostraría que su capacidad para vencer obstáculos rebasaba largamente ese punto.

Lo que añadió: “Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”, puede leerse como la previsión del papel que su legado cumpliría en la etapa revolucionaria que le dio la liberación nacional a Cuba y le permitió sacar de ella a los Estados Unidos. Su legado, como dijo él de Bolívar, tiene mucho que hacer todavía no solamente en Cuba y en las Américas, sino en un mundo donde la derechización y el fascismo, y las traiciones, ganan un terreno muy peligroso para la humanidad.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu

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José Martí y “lo imposible” (II y final)

En la primera parte de los presentes comentarios se anunció que esta abordaría un artículo que puede leerse tomando otro, “Crece” —central en aquella primera parte, donde se apuntó la fecha de la publicación de ambos en Patria y su ubicación en Obras completas—, como fondo para su mejor comprensión. Se trata de “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, que subraya su alcance desde el subtítulo: “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”.

Al entrar en su tercer año de vida la organización política fundada por él y proclamada el 10 de abril de 1892, Martí expuso claramente que la guerra necesaria que se preparaba con esa organización como fuerza estructuradora, sería relevante —en su proyecto y en las circunstancias en que se llevaría a cabo— no solo para Cuba.

Ese artículo es uno de los textos donde se aprecia el núcleo de su antimperialismo, con juicios que siempre será pertinente repasar, como este: “En el fiel de América están las Antillas”, y él observa con claro entendimiento de lo que hoy llamaríamos geopolítica, nombre nuevo de una vieja realidad: “serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, —mero fortín de la Roma americana;—y si libres —y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada”.

Revolucionario de pupila universal aspiraba a que la libertad de las Antillas ayudara incluso a garantizar “el honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio—por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. La historia se encargaría —se encarga— de darle la razón.

En otro texto llama a los Estados Unidos “vecino formidable”, empleando ese adjetivo en su prístina acepción de enorme —no en la meliorativa que le ha dado el uso—, y en el artículo que viene citándose los denomina “la gran república del Norte”. En ambos casos estaría pensando no solo en el prestigio que se le reconocía a esa nación, sino también, o más, en su tamaño y en los peligros que ella representaba: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de David” (IV, 168),* sostuvo en una conocida carta, sobre la cual volveremos, el día antes de morir en combate.

Había observado el rumbo y la voracidad de lo que emergía como potencia imperialista, desde años antes de escribir el citado artículo de 1894, en el cual se lee: “Nulo sería […] el espectáculo de nuestra unión, la junta de voluntades libres del Partido Revolucionario Cubano, si, aunque entendiese los problemas internos del país, y lo llagado de él y el modo con que se le cura, no se diera cuenta de la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal”.

En ese “crucero” —“el fiel de América”— se hallaban Cuba y Puerto Rico, núcleos de su proyecto revolucionario: “entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”. La mayor diferencia radicaba en que ya el obstáculo mayor para su liberación no sería el poder de España, sino el de los Estados Unidos.

Escribió crónicas medulares acerca de las pretensiones con que el segundo de esos países orquestó el Congreso Internacional del Washington celebrado entre octubre de 1889 y abril de 1890, en “aquel invierno de angustia”, como se lee en el pórtico de sus Versos sencillos. La más abarcadora de esas crónicas la publicó en sendas partes (VI, 46-54 y 54-63, respectivamente) La Nación, de Buenos Aires, los días 19 —el mismo en que Martí pronunció el discurso “Madre América— y 20 de diciembre de 1889.

Al comienzo de la primera parte afirma: “después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”. Y precisa: “En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever”. No se limita a interpretar: “Solo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo” podía salvar a nuestra América de tales peligros.

Con todo eso en mente escribió en 1894 sobre los obstáculos que debía vencer el Partido Revolucionario Cubano para cumplir “el deber de Cuba en América”: “Es necesario tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes”. Aunque estaba lejos de los admiradores acríticos de Cristóbal Colón y el llamado Descubrimiento de América, empleó una anécdota que defendía el valor de la audacia: “De frailes que le niegan a Colón la posibilidad de descubrir el paso nuevo está lleno el mundo, repleto de frailes. Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón”.

Eso recuerda cómo citó en “Madre América” logros de los Estados Unidos para alcanzar su independencia. Buscaba estimular la capacidad de sacrificio para una tarea que otros estimarían imposible. En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” relató: “Y ya se sabe del que salió con la banderuca a avisar que le tuviesen miedo a la locomotora,—que la locomotora llegó, y el de la banderuca se quedó resoplando por el camino: o hecho pulpa, si se le puso en frente. Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloria no es de los que ven para atrás, sino para adelante”.

Como resumen de su proyecto, expresa: “Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Era una “obra de previsión continental” para “evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”.

Ante el foro de 1889-1890 anota “que a las estrellas, según dice el verso latino, no se sube por caminos llanos” (VI, 119), y en el artículo de 1894 citado afirma: “sabremos hacer escalera hasta la altura con la inmundicia de la vida. Con la mirada en lo alto, amasaremos, a sangre sana, a nuestra propia sangre, esta vida de los pueblos, hecha de la gloria de la virtud, de la rabia de los privilegios caídos, del exceso de las aspiraciones justas”. Lo que se intentaba era trascendental: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”.

De ahí que sostenga: “Con reverencia singular se ha de poner mano en problema de tanto alcance, y honor tanto. Con esa reverencia entra en su tercer año de vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es solo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la republica norteamericana. ¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes”.

Tal convicción resurge en cartas nacidas al calor de la guerra preparada por él como dirigente, ideólogo y organizador. El 25 de marzo de 1895 escribió grandes despedidas, una de ellas dirigida a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal (IV. 110-112), al que sabía identificado con él: “Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos”.

Libre de egoísmo, cultivaba un pensamiento avanzadamente democrático, por lo que tomaría el rumbo que le asignara —como se aprecia en cartas y circulares escritas en campaña— la asamblea de representantes del pueblo alzado en armas. En esa asamblea, que en el escenario de la guerra debía constituir la República en Armas, y a la que la muerte le impidió llegar, piensa cuando le escribe al amigo: “De mí espere la deposición absoluta y continua”, y también: “Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”.

No hay traza suicida alguna en quien sabe lo difícil de una misión que había exigido y seguiría exigiendo de él entrega y devoción tan continuas como lúcidas. Que esté dispuesto a morir si es necesario, no significa que busque la muerte: “Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.

Tan grandes son sus propósitos, y tan ingentes los obstáculos que debe vencer, que antes de decir “De mí espere la deposición absoluta y continua”, afirma: “Yo alzaré el mundo”. Con ello no expresa una egolatría que nunca tuvo, sino su permanente voluntad de combatir hasta las últimas consecuencias, al tiempo que buscaría para la República en armas la mejor orientación. De su firmeza brotan las confesiones al amigo: “Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles,—y yo, a rastras, con mi corazón roto”. De haberse logrado sus propósitos, hoy el mundo no sería el horror que es.

Otra carta, que empezó el 18 de mayo, la convirtió en su testamento político la muerte, que le impidió terminarla. Dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado (IV, 167-170), expresa desde el inicio el alcance de la misión que se propone cumplir: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

El líder de la guerra contra una España que aún está por derrotar, dice de su oposición a los planes estadounidenses: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Lo que añade merece recordarse por la transcripción de una palabra y, sobre todo, por el sentido general de esas líneas: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

La transcripción concierne a logradas, que también se ha leído lograrlas; pero lo de veras relevante es lo relativo al silencio: no obedeció al propósito de ocultar su pensamiento antimperialista —que hizo público en textos como “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”—, sino a la inconveniencia de proclamar que ya él pensaba la guerra más contra los Estados Unidos que contra España.

Pregonarlo habría arreciado la hostilidad contra la independencia de Cuba por parte de la nación donde permanecía para evadir la vigilancia española. Pero sabía que allí lo vigilaban también agencias de espionaje que, aunque pagadas por España, como estadounidenses servían a su país, que en 1898 intervino para arrebatarle a Cuba la victoria contra España. Martí se proponía adelantarse a esos planes con una guerra “breve y directa como el rayo” (II, 255), lo que, por supuesto, debía mantener en el silencio explicable también por otro hecho: no todos sus seguidores compartían la misma claridad que él sobre las pretensiones de los Estados Unidos.

Tan consciente era de la inmensidad de la misión que había echado sobre sus hombros, como —ya se vio al tratar el artículo “Crece”— de que el triunfo de la revolución concebida por él podía no ser posible entonces. Pero también sabía que, si la revolución no se intentaba y no se hacía acertadamente, la dominación de nuestros pueblos por los Estados Unidos no sería un hecho posible, sino seguro. Al puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, gran colaborador suyo en el Partido Revolucionario Cubano, se atribuye haber exclamado cuando en 1895 Cuba se alzó contra España: “¡Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan!”.

A la vista están hoy las diferentes consecuencias entre haber intentado la revolución y no haberlo hecho.

*Las referencias en las citas remiten a José Martí: Obras completas (La Habana 1963-1966, con varias reimpresiones). Los números romanos corresponden a los tomos; los arábigos, a las páginas. Las cartas a Henríquez y Carvajal y a Mercado se revisaron por José Martí: Epistolario (La Habana, 1993), V, 117-119 y 250-252, respectivamente.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu

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José Martí y “lo imposible” (I)

Solo doce días median entre dos textos de José Martí publicados en Patria que podrían leerse como pasos vinculados en la exposición de sus ideas políticas fundamentales. Pero mientras el primero de ellos, “Crece”, del 5 de abril de 1894, parece lejos de haber recibido la debida atención, el otro, “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, del 17 del mismo mes, sí la ha tenido (III, 117-121 y 138-143, respectivamente).* Aunque ambos, como la generalidad de su obra, deben atenderse y ser “redescubiertos” por las sucesivas generaciones de lectores.

Que el segundo haya sido más visitado lo explica en gran medida el que sea central en el pensamiento político explícito de Martí, y trate el peligro encarnado en los Estados Unidos y la necesidad de enfrentarlo. Antes de ahondar tanto en él como en “Crece”, vale recordar textos anteriores, entre ellos “Madre América” (VI. 131-140) , discurso del 19 de diciembre de 1889, que traza un contrapunto entre dos caminos históricos: el de los Estados Unidos, país que históricamente ha querido adueñarse del nombre América, pero era y es, como lo vio Martí, la otra América, la ajena, y el de la que sistemática y afectivamente él llamó nuestra América, y ya en 1875 había definido como “la virgen madre América” (VI, 387).

Frente a posibles deslumbrados por los Estados Unidos que lo oirían, expresó en el discurso: “Pero por grande que esta tierra sea, y por ungida que esté para los hombres libres la América en que nació Lincoln, para nosotros, en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez”. Y abundó sobre “aquella América enconada y turbia, que brotó con las espinas en la frente con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer de otro”.

La imagen no es fortuita. Martí acumulaba experiencia para la organización de una guerra necesaria que desde los preparativos tropezaría con hechos que se vinculaban entre sí: los peligros encarnados en los Estados Unidos, y el pensamiento de quienes la estimarían imposible. Se sabe que un escritor cubano intentó convencerlo de que no debía arriesgar su vida por una revolución para la cual en Cuba no había atmósfera, y su respuesta puede resumirse de este modo: “Usted ve la atmósfera, y yo el subsuelo”.

Ese subsuelo lo abonaba el ejemplo raigal de Bolívar, el héroe autóctono que desafió lo que otros consideraban imposible, y mereció con sus actos el título de El Libertador. Y frente a Bolívar situaba Martí a Herbert Spencer, pensador positivista británico de quien había discrepado en textos de 1884 que a menudo son objeto de lo que diez años más tarde, tratando un tema en cierto modo afín, el propio Martí calificó de “lecturas extranjerizas, confusas e incompletas” (III, 168).

Spencer, de pensamiento aristocrático en el que hoy hallaría pábulo el neoliberalismo, consideraba un error del Estado intervenir en la sociedad con políticas favorables para los más pobres, y Martí, que echaba su suerte con ellos, sostenía: “Nosotros diríamos a la política: “¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra” (XV, 392). El positivismo y el pragmatismo daban asidero ideológico precisamente a quienes en Cuba estimaban inviable la revolución, en particular los autonomistas y los anexionistas. El independentismo debía tener por raíz, y en Martí la tenía, el pensamiento del Bolívar vencedor de imposibles.

Cuando pronunció “Madre América” ¿ya se le había atribuido a Bolívar haber dicho que había “arado en el mar y sembrado en el viento”, atribución que se ha negado? Es significativo que en el discurso Martí subvierta la expresión arar en el mar para referirse a la fertilidad del sacrificio: “Se ha arado en la mar”, dice con orgullo. Podía pensar en el Bolívar que vencía imposibles, y en lo que faltaba para completar su obra: independizar de España a Cuba y Puerto Rico, un paso para asegurar la segunda independencia de toda nuestra América frente a la voracidad de los Estados Unidos.

A esa luz cabe leer “Crece”, que empieza así: “La revolución se salva. Le faltaba tesis y orden, y ya tiene una y otro. Se conoce, y obra. Lo primero es conocerse; porque sin fin fijo y viable, y sin medios correspondientes a él, solo se echan a andar los ambiciosos, esos grandes criminales,—y los locos. Era ambiente la revolución, y hoy es plan”. La necesidad de conocerse para obrar rectamente recorre el texto.

Entre las certezas de Martí se halla esta: “¡Solo perdura, y es para bien, la riqueza que se crea, y la libertad que se conquista, con las propias manos!”, y repasa ejemplos que en el mundo abonan la actitud que se debe tener ante obstáculos que pudieran parecer invencibles. Pero traza su obra sobre ideas claras y no avala impulsos irracionales.

Los autonomistas se acomodaban al pragmatismo, a los dictámenes positivistas. En 1905, cuando ya los Estados Unidos habían frustrado la independencia de Cuba —tragedia que Martí había tratado de impedir—, un venerado Enrique José Varona publicaba la conferencia que puede leerse a las sombras de tal acomodamiento: El imperialismo a la luz de la sociología, básicamente una explicación o justificación del imperialismo visto con el prisma de una sociología fundada sobre cimientos positivistas.

Martí braceaba con pasión y lucidez en las lecciones históricas y morales que cimentaban su prédica. Las hallaba en la propia historia de Cuba: desde el fundador 10 de Octubre y su “preparación gloriosa y cruenta” (IV-93), pasando por la Protesta de Baraguá y su valor frente al Pacto del Zanjón, y por cuanto los patriotas seguían haciendo en pos de la nueva gesta, que, preparada por él, estalló el 24 de Febrero de 1895 y tuvo su primer programa público en el Manifiesto de Montecristi, al que pertenece la cita anterior.

De “Crece” es esta afirmación: “Era ambiente la revolución, y hoy es plan. Era un sentimiento inútil y cómodo: como corona de adelfas era, y de laurel, que no hay derecho a arrancarse de la frente para sazonar, con sus hojas ensangrentadas, la olla de la comodidad: ¡infeliz, en la memoria de los hombres, quien eche el laurel en la olla! El sentimiento ineficaz es hoy trabajo ordenado y asiduo, que han de malmirar naturalmente todos los que quieren escapar a sus obligaciones”.

En favor del cumplimiento de esas obligaciones escruta el mundo. “Del árabe se han de tomar dos cosas a lo menos: su oración de todos los días, en que pide a Allah que le haga ir por el camino recto,—y el proverbio aquel que dice que no llegará al final de su jornada el que vuelva la cabeza a los perros que le salgan al camino”. Más adelante se refiere a Hungría y su héroe Lajos Kossuth, y a su relación con el “intruso austríaco”.

Que en esas líneas y en toda su obra se guía por la ética lo evidencia lo que añade: “Solo se salva la justicia. Es inútil esquivar los deberes de la equidad, y los de la fundación”. Valoraba incluso señales del terreno histórico opuesto a su pensamiento revolucionario. Si en “Madre América” acudió a la independencia de los Estados Unidos para llegar a las entrañas de esa nación y estimular el patriotismo en quienes se sintieran deslumbrados por ella, en otras páginas citó ejemplos tomados de la historia de España.

En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” empleó la anécdota de los frailes que habían puesto en duda la factibilidad de los viajes de Colón, y en “Crece” va al fondo de la historia de la metrópoli para resumir una realidad de implicaciones que hoy perduran: “España misma, si tiene ahora esperanza vaga de renacer, tiénela por sus nacionalidades, estancadas durante tres siglos”.

En todo caso lo guiaba una verdad esencial: “Las sociedades mueren o viven conforme a su composición y a sus antecedentes: si se salen de ellas, si viven siglos enteros fuera de su armonía natural, y de la obra ineludible, por penosa que sea, de su propio desarrollo, al cabo de siglos reaparecen, cuando se pudre el cuerpo ajeno que viciaron, y recomienzan la labor interrumpida. Ni hombres ni pueblos pueden rehuir la obra de desarrollarse por sí,—de costearse el paso por el mundo. En este mundo, todos, pueblos y hombres, hemos de pagar el pasaje”.

Enaltece el valor del sacrificio, y subraya la necesidad de conocer bien la sociedad en que se actúa, para hacerlo bien. No basaba su prédica en el mero entusiasmo. Sobre la sociedad tenía una lucidez científica opuesta al positivismo colonizado: “La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería”.

Y añadió: “De esta ciencia, estricta e implacable—y menos socorrida por más difícil—de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan”.

Era consciente de la seriedad de los retos que urgía enfrentar: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución”, y frente a ello expresaba: “Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana”. La revolución exigía la mayor responsabilidad, y él no confundía voluntad con voluntarismo: “Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.

No contaba con que la victoria fuera inevitable, sino con que era necesario hacer la revolución lo más acertadamente posible, para que, de ser derrotada, sirviera de base y ejemplo a la revolución que habría que hacer en el futuro. Pero era vital preparar y hacer la guerra, y no reitera en ese texto, ni en otros, la idea de la posible derrota.

Como confiaba en su pueblo —“y mejor mientras más pobre” (III, 167)—, afirmó: “En Cuba son más los montes que los abismos: más los que aman que los que odian; más los de campo claro que los de encrucijada; más la grandeza que la ralea. Lo que odia, es ralea. La ralea de un pueblo es la gente incapaz de amar. La soberbia: ésa es la canalla. Vamos ensanchando: vamos componiendo: vamos fundando: vamos amando”.

Pero la cita muestra su conocimiento de que en Cuba había abismos, odiadores, encrucijadas, ralea, canalla. Es erróneo idealizar el con todos que, frecuente en textos suyos, es el lema final de su discurso del 26 de noviembre de 1891: “pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: ‘Con todos, y para el bien de todos’” (IV, 279). En el mismo discurso identifica fuerzas y actitudes que se autoexcluían de esa totalidad.

“Crece” empieza afirmando que “la revolución se salva”, y al final describe la realidad en que debe salvarse: “¿Qué ha de salir de aquella sociedad deforme sino gritos descompuestos: del vicio lastimado, y de la comodidad que no quiere que la turben, y de las pasiones enfermizas y exacerbadas en la moral agonía,—o voces secretas, que inundan el corazón de orgullo y de esperanza? Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso. La revolución crece”.

Si la revolución no se intentaba, un mal sería no posible, sino seguro: los Estados Unidos se apoderarían de Cuba, y él, el día antes de morir en combate, escribió que todo cuanto había hecho, y haría, era para hacer lo que otros estimarían imposible: impedir esa desgracia. Así trazó el camino para que una revolución futura librase a Cuba de la dominación estadounidense. En ese camino se ubica “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, tema de la segunda parte de los presentes comentarios.

* Las referencias en las citas remiten a José Martí: Obras completas (La Habana 1963-1966, con varias reimpresiones). Los números romanos corresponden a los tomos; los arábigos, a las páginas.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu

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Nuestro más reciente Anuario…

El Portal José Martí (www.josemarti.cu) dispone ya del más reciente Anuario del Centro de Estudios Martianos (número 47, correspondiente a 2024), publicación científica avalada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente (Citma).

La edición incluye estudios académicos de investigadores martianos de Cuba y del mundo, como: Marlene Vázquez Pérez, Xiomara Pedroso Gómez, Manuel Ramón Castro Hernández, Yanice Jiménez Casas, María Eugenia Chedrese, Natalia Fanduzzi, Jaouad El Abaydy, Douglas Calvo Gaínza, Osmara Mesa Cumbrera, Mauricio Núñez Rodríguez, Elina Miranda Cancela, Maximiliano Francisco Trujillo Lemes, Félix Julio Alfonso López, Juan Lázaro Besada, Francisca López Civeira, Omar Guzmán Miranda, Tamara Caballero Rodríguez, Oscar E. García Páez, Sandor González Soto, Juan Eduardo Bernal Echemendía, Karel Pérez Ariza, José Luis Grosson Serrano, Arnaldo Alfredo Delgado Fernández, Israel Escalona Chadez, Luis Felipe Solís Bedey, David Leyva González, Yurima Blanco García, Francisco López Sacha, Rafael Argilagos Loret de Mola, Julieta Aguilera Hernández, Jesús Alejandro Blanco Fonseca y Diego de Jesús Alamino Ortega.

En especial, el Anuario… contiene una selección de los textos presentados en el Coloquio Internacional del CEM: “El modernismo de José Martí” y Voces de la República, de la Sociedad Cultural José Martí de la provincia de Sancti Spíritus; un homenaje por el aniversario 135 del natalicio de la escritora chilena Gabriela Mistral, a cargo del profesor e investigador Osmar Sánchez Aguilera; la bibliografía de una colección sobre Versos libres, de Lourdes Ocampo Andina y, como es habitual, la “Bibliografía martiana” que, desde la primera salida de esta publicación, ha preparado la estudiosa cubana (recientemente fallecida) Araceli García Carranza. En el acápite final una entrega de la Sección Constante, donde aparecen sintetizados los principales sucesos del año.

© PJM

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Murió la gran Araceli García Carranza

¡Qué pena! Una vida entera dedicada a la preparación de la bibliografía de notables autores cubanos. Fiel colaboradora del Centro de Estudios Martianos y de su revista científica, el Anuario. Mujer noble, decente, sensible y trabajadora incansable. Despedimos a una mujer íntegra y de auténtico sentido de pertenencia a la cultura cubana. La semana pasada estaba preocupada por la digitalización de la bibliografía martiana correspondiente al año 2025. Nos deja una obra y ejemplo colosal. La nación cubana siempre estará en deuda con ella.

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Nuestra América en el ojo del águila: La anexión a Estados Unidos en la mirada de José Martí

Los devotos del anexionismo son una especie antigua en la Historia de Cuba. Desde los albores del siglo XIX la admiración desmedida hacia los Estados Unidos encandiló a muchos cubanos, que pretendían encontrar remedio fácil a sus males mirando hacia el Norte. La ingenuidad de los pioneros de esa posición era entendible, pero igualmente estaba marcada por el egoísmo de quienes pretendían acercarse al coloso vecino buscando libertades democráticas y bienestar económico para la sacarocracia criolla, a la vez que conservaban la posesión de sus esclavos.

Alguien como José Antonio Saco, por ejemplo, que siempre mantuvo una postura reformista, fue de los primeros en proclamar lo inadmisible del anexionismo, que significaría, de materializarse, la pérdida de la nacionalidad y la cultura cubanas. “Saco, que no creía en parches  andaluces ni postizos rubios para las cosas del país […]”[1], fue el mismo que escribió un texto contra la anexión  que habría que repasar hoy.

Para Martí, heredero intelectual de las generaciones precedentes, admirador del propio Saco, pero sobre todo de Varela y Luz y Caballero, y formado en el colegio de Rafael María de Mendive, el pensamiento anti anexionista fue incorporado de forma natural, y desde su más temprana juventud supo discernir respecto a nuestras diferencias abismales con el vecino del norte, demasiado afecto a la prosperidad material en detrimento del espíritu y los sentimientos,[2] y precisamente por eso debíamos ser creativos y nunca imitarlo.

Martí jamás aceptó el anexionismo como una opción cómoda frente a la guerra inevitable. Mucho pudiera leerse al respecto en su vasta obra, donde rechazó y alertó sobre  la emergencia de esos proyectos indignos, así como la denuncia de los pretextos esgrimidos por el gobierno norteamericano para intervenir en Nuestra América al menor indicio  de conflictos internos y hacerse dueños de la situación, los territorios y los recursos.

Dentro de su punto de mira en los textos que escribió para La Nación de Buenos Aires y El Partido Liberal de México en la década del ochenta, valoró frecuentemente las tentativas de anexión de otros territorios, como México, Canadá y Hawaii. Vale la pena citar in extenso un artículo suyo de 1887 sobre estos asuntos, pues le preocupaba y alarmaba la fuerza que esas ideas iban adquiriendo dentro de los Estados Unidos y la complicidad de sus partidarios en los territorios objeto de deseo:

Era de noche, como conviene a estas cosas, cuando en los salones de un buen hotel de New York, se reunieron en junta solemne los directores de la “Liga de Anexión Americana” […]cuyo objeto inmediato es “aprovecharse de cualquier lucha civil en México, Honduras o Cuba, para obrar con celeridad y congregar su ejército”; pero no había ningún hondureño, ningún cubano, ningún mexicano. “La ocasión puede llegar pronto”, decía el Presidente; “lo cierto es que puede llegar de un momento a otro”. “¿Honduras también?” preguntó un neófito. “¡Oh, sí; vea el mapa de Byrne. Honduras tiene muchas minas”. “¡Que no nos tomen en poco”, decía un orador, “que lo que va detrás de nosotros, nosotros lo sabemos; con menos empezó Walker hace treinta años!; sólo que tendremos cuidado con no acabar como él”.[3]

El cierre con la referencia a William Walker no es casual. Es un motivo recurrente en la prosa martiana como personificación del espíritu aventurero  y  la falta de escrúpulos más absoluta, y remite a las tentativas de conquista de este ser deleznable, con la anuencia del gobierno yanqui. Su intentona por hacerse con el territorio de Nicaragua, con la complicidad de los nacionales,  (1855) y extender su dominio por Centroamérica culminaron con la derrota de sus fuerzas por los ejércitos unidos de la zona el primero de mayo de 1860, y su posterior fusilamiento en Honduras.[4]

Entre los muchos momentos en que Martí lo menciona como personificación del anexionismo, cabe destacar el prólogo a sus Versos sencillos, salida poética de su padecer durante la Conferencia Panamericana: “¿Cuál de nosotros ha olvidado aquel escudo, el escudo en que el águila de Monterrey y Chapultepec, el águila de López y de Walker, apretaba en sus garras los pabellones todos de la América?”[5]

Lo avecinaba allí con otros antecedentes del mismo linaje espurio: la Guerra Estados Unidos–México (1846-1848), que despojó a este último de una gran parte de su territorio, y con Narciso López y su pretensión fracasada de anexar a Cuba a los Estados Unidos. Ninguno de sus dos desembarcos en la Isla, respaldado por norteamericanos anexionistas, tuvo apoyo popular y fue apresado y ejecutado en La Habana en 1851.

De ese propio prólogo procede la confesión de Martí respecto a aquel “invierno de angustias”, acrecentadas por “[…]el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, de la patria que la reclama y en ella se completa, de la patria hispanoamericana[…]”[6]

Esos temores no eran infundados. Las ideas anexionistas y sus partidarios habían ganado cada vez más fuerza. Es conocida la campaña mediática, en el sentido actual de la frase, contra los cubanos, considerados como seres inferiores, por los periódicos norteamericanos The Manufacturer, Filadelfia, y The Evening Post, de Nueva York. A ella respondió Martí enérgicamente el 25 de marzo de 1889 con su texto “Vindicación de Cuba”, en carta dirigida al director del rotativo neoyorquino.[7]

Difundidas y conocidas son también las crónicas sobre la Conferencia Panamericana, de finales de ese propio año e inicios del siguiente, donde Martí reseña los debates, las ideas que circulaban, los planes confesos u ocultos, los peligros reales que entrañaba aquel cónclave. No son historia pasada: su lectura hoy es extremadamente útil para entender los orígenes del expansionismo yanqui por Nuestra América y el mundo, su aplicación contemporánea de la Doctrina Monroe y su sistema de tratados leoninos para sujetar a los países del área. [8]

Otra zona no menos interesante de sus análisis sobre este congreso es su epistolario privado. En  carta a Gonzalo de Quesada, fechada en Nueva York el 29 de octubre de 1889,  escribe:

Hay marea alta en todas estas cosas de anexión, y se ha llegado a enviar a La Discusión de La Habana, desde Washington, una correspondencia sobre una visita a Blaine, en favor de la anexión, en que la dan por prometida por Blaine, y al calce están mis iniciales: ¡y en Cuba creen los náufragos, que se asen de todo, que es mía la carta, a pesar de que es una especie de anti-vindicación, y que yo estoy en tratos con Blaine […] hasta ofertas de agencias he recibido de personas de respeto, como primer resultado de esta superchería.[9]

Se trataba de una noticia falsa, algo muy de moda hoy, para desacreditar al líder indiscutible del independentismo cubano, y proponer la anexión como opción contraria a la guerra que se estaba preparando. Al mismo tiempo, se intentaba fortalecer la imagen de los Estados Unidos como “salvador” de la Isla, mientras ese país intentaba infructuosamente, una vez más, comprar a España la joya de su corona.

De esa propia carta es esta lacerante afirmación, que salvando las distancias epocales, es una alerta para el presente y una guía para nuestro quehacer diario: “Para que la Isla sea norteamericana no necesitamos hacer ningún esfuerzo, porque, si no aprovechamos el poco tiempo que nos queda para impedir que lo sea, por su propia descomposición vendrá a serlo. Eso espera este país, y a eso debemos oponemos nosotros.”[10]

Es un mandato sagrado para todos los que nos sentimos orgullosos de ser cubanos, buscar e implementar soluciones a los graves problemas que aquejan hoy a nuestro país, a sabiendas de que no es sencillo pero sí urgente. Si en aquel momento el paso perentorio era conquistar la independencia respecto a España para fundar luego una república “con todos y para el bien de todos”, en la cual los únicos excluidos eran los anexionistas, hoy vale recordar también, con Martí, que la independencia hay que completarla día a día.[11] Ese  completamiento abarca desde la búsqueda del bienestar material para un pueblo que padece desde hace más de seis décadas un bloqueo genocida y sus muchas leyes complementarias, la búsqueda de soluciones prácticas a nuestras propias deficiencias internas, hasta el fortalecimiento de las estrategias de comunicación contra la guerra cognitiva que se nos hace a diario, con el consiguiente intento de desmontaje de nuestros símbolos, héroes e historia. De nosotros, de  nuestra inteligencia y capacidad de trabajar, de buscar vías alternativas sin hacer concesiones en materia de principios para avanzar y resistir, dependen hoy el futuro de Cuba como nación y el destino ulterior de la Revolución cubana, y para decirlo a la manera de Martí, el equilibrio del mundo.

[1] José Martí, Obras completas, editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  tomo 5, p.152. (En lo adelante, OC).
[2] Véase José Martí, Cuaderno de apuntes nro. 1, OC, t. 21, p. 15-16. 
[3] JM: OC.t. 7, p. 51.
[4] Véase Marlene Vázquez Pérez: “El espectro de William Walker y las discordias en Centroamérica. Constantes en la escritura martiana”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2014, no. 37, pp. 118-130.
[5] José Martí, Obras Completas, edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, t. 14,  p. 297. 
[6] Ibídem.
[7] Véase, entre otros, de Marlene Vázquez Pérez “José Martí, Vindicación de Cuba, de América, de la Humanidad.” En  Cubadebate, 11 de junio de 2024.
[8] Todas ellas pueden consultarse en OC, tomo 6.
[9] JM: Carta a Gonzalo de Quesada, 29 de octubre de 1889, OC, t. 1, p. 248-249.
[10] Ibídem, p. 249.
[11] “La manera de celebrar la independencia no es, a mi juicio, engañarse sobre su significación, sino completarla.” José Martí, OC, t. 7, p. 110.

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Llamaron en Guatemala a andar en cuadro apretado por Nuestra América

José Martí es hoy más necesario que nunca, consideró una fuente especializada en evento en Guatemala, quien llamó a responder a ese llamado suyo de andar en cuadro apretado por Nuestra América.

En un ensayo en La Revista Ilustrada de Nueva York, Estados Unidos, el 10 de enero de 1891 y también el 30 de ese propio mes en El Partido Liberal de México, el intelectual cubano realizó esa exhortación, recordó desde La Habana la directora del Centro de Estudios del Apóstol antillano, Marlén Vázquez.

Mediante un mensaje digital enviado al lanzamiento de la Cátedra Binacional que llega el nombre de ese patriota de la isla, entre la Universidad San Carlos (Usac) y la Autónoma de Chiapas (Unach), México, la doctora leyó la siguente frase.

“¡Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes!”, citó.

Vázquez reconoció primero a ambas universidades por emprender con esfuerzo conjunto el desarrollo de esa iniciativa y desde el centro que dirige aseguró que pueden contar con su apoyo o colaboración.

Ante altos representantes de esas dos casas de altos estudios e invitados especiales, en el Paraninfo de la Usac, deseó éxitos en esa labor de la Cátedra Internacional José Martí que por fortuna decidieron instalar.

Igualmente por vídeo conferencia, el reconocido catedrático Mario Alberto Nájera, de la Universidad de Guadalajara, México, aplaudió la decisión, porque se pasó a un nivel diferente de una cátedra martiana a dos.

Es una experiencia única, en un contexto en que es más vigente el pensamiento del Héroe Nacional de Cuba, “en estos tiempos en que vemos que el plano internacional se está moviendo hacia una presión de pensamiento político”.

Pensamos en que Martí debe estar muy activo en todas las cátedras y lo estamos constatando, expresó el doctor en Ciencias Sociales.

El poeta antillano dijo que si la guerra nos la hacen a pensamiento, ganémosla a pensamiento, porque las narrativas, las ideas se están debatiendo con mucha fuerza y desde estos espacios tenemos un papel muy importante que jugar, acotó.

Debemos difundir y estudiar ese pensamiento crítico que es nuestro americano, aseveró el investigador, igualmente coordinador de la Red Internacional de Cátedras Martianas.

Este domingo trascendió un comunicado del Centro de Estudios Martianos con la condena enérgica a las nuevas medidas dictadas contra el heroico pueblo de Cuba por el gobierno estadounidense.

Ese decreto espurio pretende, una vez más, legalizar un genocidio. La isla no es una amenaza: es un ejemplo de dignidad, solidaridad y firmeza frente a la agresividad y el desprecio imperial, acotó la institución.

“Cuba no anda de pedigüeña por el mundo: anda de hermana, y obra con la autoridad de tal. Al salvarse, salva.”, rescató de Martí.

mem/znc

Tomado de: https://www.prensa-latina.cu

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Un camino de paz

El Día de la Ciencia Cubana –señalado como 15 de enero a propósito de la sugerencia del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz (“El futuro de nuestra Patria tiene que ser, necesariamente, un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento”), expresada un día similar de 1960, fue celebrado en el Centro de Estudios Martianos (CEM), este jueves 22 de enero, mes en que también se le rinde tributo al nacimiento del prócer de la independencia cubana, José Martí (28 de enero de 1853).

En la apertura, la directora del CEM enfatizó la idea martiana de que las ciencias deben revertir beneficios prácticos a la sociedad y, como resultado, abrir vías a la anhelada paz entre los hombres sobre la base de la creación de una humanidad más justa. En ese sentido, exhortó a difundir el pensamiento y la obra martiana no solo como patrimonio de Cuba sino del mundo.

Los integrantes de los tres grupos de trabajo que definen la razón de ser de la institución: Historia, Estudios Literarios y Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí, detallaron resultados del trabajo realizado durante el año 2025 y anunciaron proyecciones para 2026.

En general, también se mencionó la contribución de los especialistas de las áreas de la institución para la garantía del funcionamiento del sistema de trabajo: biblioteca, editorial, plataformas de divulgación como el Portal José Martí, y una red de colaboradores nacionales e internacionales que viabilizan gestiones en relación con las investigaciones científicas del CEM y que, de modo solidario, contribuyen a la difusión de esos conocimientos mediante impresiones de libros en soporte papel.

Se anunció la posibilidad de contar ya con el tomo 30 de la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí y el número 47 del Anuario del Centro de Estudios Martianos en la cercana edición de la Feria Internacional del Libro, de la cual el CEM es subsede.

En el encuentro, los participantes pudieron escuchar la interpretación al piano de la pieza «That is all», a cargo de Keyla Morera, estudiante de la Escuela Elemental de Música «Manuel Saumell».

© PJM

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Vitalidad del pensamiento martiano y bolivariano

Videos y textos del Centro de Estudios Martianos fueron compartidos en el Foro Vigencia del pensamiento antimperialista de Bolívar y Martí, organizado este miércoles 21 de enero, en el Salón Rojo de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV), donde fue recordado el aniversario 145 de la llegada del prócer cubano a Caracas.

En el acto se rindió tributo a los héroes y heroínas que cayeron en combate el 3 de enero de 2026, defendiendo la soberanía de Venezuela ante las agresiones del gigante de las siete leguas, como llamara José Martí al imperio que históricamente ha mirado con desprecio a toda la América nuestra.

Comparecieron en el acto José Gregorio Linares, director del Archivo de Miraflores y la doctora Aura Elena Rojas, coordinadora del doctorado en Pensamiento Bolivariano y académica de la UBV. Además, fue visualizada una intervención que hiciera la Dra. Marlene Vázquez Pérez, directora del Centro de Estudios Martianos, en la masiva marcha de nuestro pueblo (16 de enero) para honrar a los 32 combatientes cubanos, también declarados Héroes y Mártires de la nación bolivariana.

 

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