Últimos adelantos en electricidad

Últimos adelantos en electricidad

Electricidad sin dynamo.–Estufa thermo-eléctrica.–Maravillas eléctricas.–Teléfono perfeccionado.–El transmisor microfónico de berliner.–Triunfos y casos dignos de ser leídos.–Músicas del prater.

Cuanto bueno se conocía ya de Ciencia eléctrica, se ha exhibido mejorado en la Exposición de Electricidad celebrada recientemente en la hermosísima Viena. Y se han exhibido además cosas nuevas, de mágico efecto.

Tres años hace, se habló mucho de una estufa eléctrica de Chammond, que debía producir la electricidad directamente, y sin necesidad del uso complicado del dynamo, sino por la acción inmediata del calor. Del calor, la electricidad, sin necesidad del dynamo, transformador intermedio. Pero se intentó, y se habló poco. Ahora, ya ha ido perfecta a la Exhibición la estufa termo-eléctrica de Lantensack y Biltner.

Se la ve de cerca y no se la distingue por su forma de las estufas ordinarias: sin embargo, en ella se calienta el agente claro y poderoso, venido a tiempo para guiar en sus satánicas empresas, al hombre de la época moderna entrado en sí, que lucha magníficamente por desasirse de las sienes los últimos yugos. Las violencias de estos tiempos son las contracciones y rudos arranques necesarios para este esfuerzo. Así se podrá pintar dentro de poco al hombre, y así se le pudiera esculpir en gran grupo de piedra:–sentado sobre una roca hendida; radiante el rostro de lumíneo gozo; apretando con las manos satisfechas un yugo último dentado como una hiena, que aún se yergue y jadea y abre las fauces con desmayo,–y tendidos a su pie los yugos rotos. ¡Qué hermoso rostro, el de ese hombre! ¡Imperial orgullo llena el pecho, pensando en esas cosas venideras!

En la estufa de Lantensack y Biltner se produce la luz que ha de alumbrar esos tiempos. Forman el aparato productor treinta anillos concéntricos superpuestos aislados uno de otro por capas de ese buen amasijo de fabricación que llaman asbestos. El elemento productor es una liga de dos metales eléctricamente opuestos, fusibles a 6000C., y la cual genera a la acción del calor la electricidad. La estufa de combustión ocupa el centro del aparato, y está separada de los anillos por considerable espacio: para calentar la liga basta una temperatura de 300 ó 4000C.

Cada anillo concéntrico tiene su propia llave terminal, de modo que pueda usarse la corriente toda, de todos los anillos, o sólo la de parte de ellos.

Destinan sus autores esta ventajosísima batería a los trabajos de galvanoplastia; pero se calcula que si se la tiene todo el día encendida, puede producir poder eléctrico bastante para el alumbrado de una casa no pequeña, o para alimentar un motor de tamaño y fuerza adecuados a los usos domésticos.–Así como ahora se imprime por vapor–y por electricidad se imprimirá pronto,–así las rudas labores de la casa serán fácil y rápidamente hechas, como en los grandes hoteles de New York, por una veloz y limpia maquinaria. Hablan de un agente de anuncios de compañía eléctrica que asombró a Roma con un alfiler de corbata de luz eléctrica, alimentado con un dynamo de bolsillo–que producía luz por cinco horas. Día llegará en que pueda llevar consigo el hombre, como hoy el tiempo en el reloj, la luz, el calor y la fuerza en algún aparato diminuto.

No es raro oír decir mal de los imperfectos teléfonos magnéticos, y de lo difícil de su uso, a los que con su voz natural, y sin esfuerzo ni práctica, intentan por primera vez hablar y oír por el hilo telefónico. Hay que vocear, para poder ser entendido: y si lo que nos dicen sólo lo oímos nosotros, siempre que ponga cuidado en hablar claro y alto nuestro comunicante, lo que nosotros decimos, lo oyen lodos los que están a nuestro alrededor. Maravilla como es, cuesta cierto trabajo hacerse a ella, y se la desea más eficaz y acabada. Berliner, de Hannover, ha presentado en Viena un teléfono culto, distinguido, leal, discreto: se puede hablar por él en voz serena y baja, como se habla en salones, y como se cuentan sus esperanzas y recuerdan sus penas los esposos felices: no se pierden las sílabas, ni se corre el riesgo de ser oído por todos los que andan cerca. El mismo transmisor microfónico que trae a una alcoba retirada los acordes briosos de la fanfarria guerrera que anima a los paseantes que repletan las calles umbrosas y comedores alegres del espaciosísimo Prater, conduce sutilmente, y con amable reserva, la más delicada conversación de negocios entre dos oficinas distantes.

El transmisor microfónico de Berliner ha sido al punto aceptado como indiscutible mejora por las compañías de teléfonos: de todos los teléfonos que competían en la Exposición, sólo no lo usaba el electrodinámico de Siemens.–El transmisor de Berliner consiste en una pequeña punta de carbón duro suspendida entre dos tornillos cónicos. La punta de carbón toca un pequeño disco de carbón también duro, sujeto a una membrana metálica, con cuya disposición se consigue el contacto microfónico sin que haya fricción. La membrana circular no está fija a la cubierta de la caja del micrófono sino en un punto, y al cerrar la caja queda comprimida contra la cubierta por un resorte unido, junto con el disco de carbón, a la membrana, el cual resorte sirve de conductor entre el disco de carbón y el cable inductor, y de regulador además, en caso de que las vibraciones de la membrana fuesen demasiado fuertes, o no lo fuesen bastante. La batería del transmisor consiste, por lo común, de un elemento de Lechanché.

Repetía el transmisor microfónico con singular delicadeza a los visitantes de la Exposición las sonatas ligeras o piezas de música plácida de la banda del Prater; pero, como habían colocado el receptor en el pabellón mismo en que tocaba la banda, y no, como debieron, a alguna distancia, oíase sólo como lejana batalla de sonidos encolerizados y gruñones cuando la banda daba al aire su bulliciosa música de bronce. Parecía corno si a la boca del receptor lidiasen apretadamente por entrar a la vez los sonidos hinchados y acelerados de la pieza ruidosa, o como si sedientos duendes del bosque, rechonchuelos y alados, se dieran de pescozadas y embestidas por penetrar primero en el hueco tentador de la llave de un tonelillo de cerveza.–¡Llenos de duendes fungosos y negros, están estos toneles! al fin, los de vino puro están llenos de mariposas de varios colores! No así los de vino falsificado; que las mariposas de alas siniestras de reflejos sulfúricos que en sus tinieblas húmedas danzan, recuerdan a esas míseras mozas de venta que en fuga fantástica se deslizan, como espectros expelidos por el viento azotante de oscura caverna, a lo largo de los bulevares de Paris!–Oían los concurrentes a la Exposición, como si los tuvieran de cerca, a una cantatriz que en aquellos instantes estaba cantando en Baden, a doce millas de Viena, acompañada ¡oh victorias del hombre que hacen batir palmas! por un músico que tocaba la cítara en Kornenburg, a igual distancia de la ciudad, pero del otro lado del Danubio!

La América. Nueva York, octubre de 1883.

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