El día de Juárez

México no yerra; y se afianza y agrega, mientras se encona y descompone el vecino del Norte. Las dos magnas dificultades que la vida americana ha tenido en la brevedad de medio siglo que vencer, fueron las grandes distancias, que permitían el fomento impune de los caudi¬llajes ambiciosos, y el poder del clero revolucionario, que con las masas fanáticas mantenía, a guerras azuzadas, el gobierno de los privilegios señoriales. A los hombres de hoy tocó resolver, con los ferrocarriles que el dinero inglés tendió por México, el problema de las distancias, que traía a la zaga el de las rebeliones, grave en tiempo y comarca en que el clero desposeído andaba siempre a la busca de rebeldes que le fuesen dóciles. Juárez, el indio descalzo que aprendió latín de un compasivo cura, echó el cadáver de Maximiliano sobre la última conspiración clerical contra la libertad en el nuevo continente. El, el tabaquero de New Orleans, el amigo pobre del fiel cubano Santacilia, el padre desvalido de la familia que atendía en Oaxaca la pobre tendera, él, con los treinta inmaculados, sin más que comer maíz durante tres años por los ranchos del Norte, venció, en la hora inevitable del descrédito, al imperio que le trajeron los nobles del país. Por cierto que es poco conocida una anécdota auténtica de un cacique indio por aquellos días. En México, como en Guatemala y en Chile, hay indios puros que no se han rendido jamás. Sus caballos son águilas y sus ojos son flechas. Caen como una avalancha, lancean el aire y desaparecen. A lo lejos se ve, por entre la polvareda, el dorso del jinete, echado sobre el potro, y la línea del monte. El general Escobedo, que luego había de prender en Querétaro a Maximiliano, andaba en apuros por la frontera, y fue a tratar con el cacique libre y a pedirle su ayuda contra el emperador. «¿Y por qué, cacique de dos colores, le respondió el indio me pides que te ayude en una guerra que no es contra mí? Tus blancos trajeron a ese blanco barbón; peléenla tus blancos. Tú te sometiste; echa a tu amo tú. Yo no me sometí; yo no tengo amo».

Y ésa es, en verdad, el alma de México, que hace bien en deshelar, como deshiela ahora, la raza india, donde residen su libertad y su fuerza; ésa es la luz que se ve brillar en los rostros, de blancos y de mestizos y de indígenas; ésa la que brilla sobre los pabellones que cuelgan del balcón, y sobre el traje de cuero de los rurales invencibles, y sobre la insignia que las mujeres ostentan al pecho, el día en que, juntos los hijos de los marqueses y los léperos, van los mexicanos a cubrir de flores, y a honrar virilmente con la pasión indómita de su independencia, el monumento, hecho de manos mexicanas, donde la patria llora abrazada a los pies del cadáver del indio Juárez. ¡Hasta ahora no había América hasta que los marqueses lloran por el indio! ¿Qué hablan los ignorantes de los pueblos de nuestra América? Estudien y respeten. Cada año es más entusiasta m México d día 18 de Julio. Y es que la tierra mestiza anuncia al mondo codicioso que ya m nación d india solo de los treinta fíeles, que, con meterle por el monte a tiempo, salvó la libertad y 1a América acaso: Porque un principio justo, desde d fondo de tesa cueva, puede mas que un ejército. Es que México ratifica cada año ante el mundo con su derecho creciente de república trabajadora y natural su determinación de ser libre. Y lo será, porque domó a los soberbios. Los domó Juárez, sin ira.

El 18 de julio estará colgada de banderas la ciudad de las estatuas de bronce y de las casas de azulejos. Los niños de las escuelas marcharán como soldados. Las niñas, vestidas de blanco, llevarán al mausoleo del indio ramos de flores. El pensamiento y la riqueza de la ciudad irán a pie a la tumba, detrás del Presidente que prepara el país híbrido para la república real y sensata. Les mujeres hermosas de Puebla y de Guadalajara, de Monterrey y de Veracruz, aplaudirán a los marciales «cuerudos», a los soldados fieles a la libertad. El sol republicano caerá del cielo azul. Y brillará como si fuera de las, el monumento que, con sus manos flacas de ético, labraba, al sol de la mañana, al mexicano Islas, de barba rabia. La mano sudorosa podía apenas blandir el cincel; y él, pálido de la muerte, golpeaba, de pie ante el mármol, mientras doraba el primer sol. «Me durará la vida basta que le acabe la figura a mi salvador.» Y le duró.

Patria. Nueva York, 14 de julio de 1894

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