“TENGO FE” Martí y una de las cuestiones esenciales de los latinoamericanos.
Por: Jorge Antonio Ávila Arvelaiz

En 1882 José Martí escribió un tierno poemario dedicado a su hijo José Francisco Martí y Zayas- Bazán, el cual había nacido en La Habana en 1878 y cuya madre fue Carmen Zayas Bazán.

En el prólogo expuso de una manera conmovedora:

 

“Hijo:

Espantado de todo, me refugio en ti.

Tengo fe en el optimismo, en la utilidad de la

virtud, y en ti.”

 

De modo pues que esto dé para reconocer que una de las cuestiones claves del espíritu, de la fuerza, de la identidad  y del gentilicio latinoamericano sea el optimismo.

Martí fue un optimista a fondo, con una profunda convicción en la independencia de Cuba y en la autodeterminación de los pueblos del continente. Se observa en toda su creación humana y literaria: amistad, amores, luchas, compromisos, viajes, poemas, crónicas, cartas, diario, apuntes, teatro, cuentos infantiles y vigencia entrañable.

De otra forma tal vez se hubiese dejado captar  por algunas de las corrientes filosóficas nihilistas y fatalistas  ya comunes en Europa, presionado por las condiciones inhumanas de una ciudad aturdida como Nueva York.

Hay que recalcarlo, Martí fue un optimista convencido porque en ningún momento dudó en ser un latinoamericano de la raíz hasta la última hoja de su árbol.

Aunque hay que subrayar que nuestra entereza y fe no es un gesto de rareza, ni una concepción anticientífica, ni una visión etérea, ni una posición romántica, mucho menos una actitud endeble ante la vida. La esperanza nuestra se origina de la observación detallada de nuestras posibilidades de pensamiento y acción transformadora.

Pongamos como ejemplo al propio Bolívar, quien en la mayoría de sus documentos y discursos (claro sin entrar en detalles sobre su vida íntima y pública que era un marchar perenne de la nada a lo supremo y tangible), desde el Juramento del Monte Sacro (1805), vislumbraba a la América unida, “en las edades venideras”, henchida de grandeza y virtud. Pero esta posibilidad la apostaba luego de lograr la conformación de repúblicas  con una identidad propia, no europea ni anglosajona, que  descansaban sobre verdaderos cimientos  de igualdad y justicia.

Así en todas las manifestaciones se impone sobre todo lo demás el optimismo. En la plástica (tómese el caso del muralismo mexicano), en la escritura (desde  la poesía, pasando por el cuento y la novela no deja de estar presente la alegría y la fe por encima de la tragedia), en la música (las muestras de nuestra naturaleza telúrica sobran) y en cada expresión de los pueblos por más pequeña que sea no se ha extinguido el brote necesario de esta cuestión esencial y sanguínea del cuerpo latinoamericano.

Pasamos trescientos años y más sometidos al imperio español y nunca renunciamos a la posibilidad de ser libres; hemos perdido extraordinarios líderes, hombres y mujeres, abrigando  en el dolor la esperanza de que nacerán otros mejores y más humanos; nuestros pueblos gimen, a veces traicionados por la desidia y no perecen en las sombras, porque siempre habrá una luz poderosa que los eleve.

También hemos sufrido la intervención de países hegemónicos pisoteando nuestras espaldas y hemos mantenido firme la felicidad como un arma resplandeciente; se han llevado nuestras riquezas, propios y ajenos, y cada día se descubren nuevas hoyas, nuevos yacimientos y nuevos fuerzas que nos alientan a vencer ante los retos imposibles.

Esto de entrada debe decirse para que no se desdibuje por nada lo que somos. Para que hoy más que nunca, en la poesía, la plástica, la política, el cine, la ciencia, la filosofía y en todo lo demás que ha de nacer persista como el rayo en la sabana nuestro eterno optimismo. Si esto hacemos no tendremos que presentarnos donde lleguemos. Basta sonreír y decir “Tengo fe en el optimismo”…tengo fe en los pasos latinoamericanos.