“Se siente crecer un hombre con la representación de los demás”
Por: Mayra Beatriz Martínez

Los espacios de síntesis del poder —como el Estado— corrientemente priorizan el destaque de un conjunto de rasgos de los cuales depende el control y el ordenamiento, y, según ellos, se sancionan patrones de cumplimiento que tratan de enmarcarse dentro de lo considerado propio del grupo humano en cuestión. Es función estatal prescribir, entre otras, pues, las relaciones entre los géneros, lo cual tiene repercusión en esferas tan importantes como la división del trabajo, el control del cuerpo, la política demográfica y hasta el pensamiento individual de los ciudadanos. Son parámetros consensuados por el colectivo acorde a sus intereses.[1]

El deber ser para el hombre, proverbialmente vinculado a los espacios públicos, es una propuesta que ―en el caso de sociedades clasistas y androcéntricas como las características de la modernidad occidental― puede seguirse muy bien al nivel y a lo largo de la historia de sus discursos literarios y políticos: en ellos, entre otros espacios, se anidan y reproducen los rasgos definitorios del que podría ser reconocido como “verdadero” ser para cada comunidad y llegar a expresarse en estereotipos que se compartan en su interior.

En época de instauración y afirmación de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, al tiempo en que se hizo menor la capacidad modeladora de patrones de conducta de ascendencia feudal —que fueran acreditados, hasta entonces, sobre todo, por la debilitada iglesia católica—, surgió ese imperativo de buscar modos de reafirmación de normativas coherentes con la ética que fuera garante de la naciente organización social, especialmente en las áreas citadinas. Los códigos masculinos divulgados se correspondieron, por antonomasia, con los intereses de las burguesías nacionales y otros grupos de poder, que tenían en sus manos —y sus bolsillos— los medios para transmitir —y, con ello, consolidar— esas regulaciones, que remedaban las procedentes de los centros de la modernidad.

En consonancia, a lo largo del siglo xix hispanoamericano, apareció una extensa literatura didáctica y moralizadora, verdaderos manuales de conducta, que cubrieron las páginas de las publicaciones periódicas o se imprimieron en volúmenes independientes, los cuales alcanzaron eco evidente no solo en la vida sino, también, en la propia literatura —de ficción o testimonial, incluido el periodismo—, que se producía entonces. Dedicados al disciplinamiento de la mujer, la mayoría de ellos, reforzaban los patrones de comportamiento previstos para el hombre por oposición casi exacta.

Sin embargo, cierto pensamiento de avanzada —crítico siempre respecto al asentado— dejó sus improntas renovadoras en espacios de poder dónde y cómo resultara factible. En ámbitos del arte y la literatura —producciones simbólicas al cabo— se solapaban nuevos mensajes reveladores de presencias subsumidas, obviadas dentro del discurso central de la cultura, las cuales, de ordinario, no tenían acceso por sí mismas a la representación, pero que trataban de ser mediadas a través de voces acreditadas, interesadas en violentar —en ocasiones, de manera muy encubierta— los códigos morales injustos, defendidos tan notoriamente.

No cabe dudar que en los textos de Martí —consciente de su papel en tanto zôon politikón—[2] estuviera latente un “discurso del deseo” sobre el cual Ivan Schulman ha teorizado lo suficiente.[3] Es difícil creer que su denodado esfuerzo por rescribir una y otra vez sobre los mismos temas —reformularlos—, corrigiendo, matizando, nutriendo, no se correspondiera con un perfeccionamiento de sus conceptualizaciones sobre la realidad y, con ellas, de sus construcciones utópicas —redentoras para nuestra América y demostrativas de una voluntad dedicada a la tarea deliberada de reivindicar nuestras identidades “otras”―. Fina García Marruz, entre otros muchos estudiosos, lo han señalado de diferentes maneras: “Su labor no ha sido meramente organizativa o de coordinación material. Ha dejado encendido entre los emigrados un nuevo espíritu […]”.[4]

No es una mera suposición el pensar que Martí tuvo plena conciencia de la posibilidad de proponer/imponer mensajes a sus receptores, en tanto reconocía que cada hombre es consecuencia de las fuerzas de ideas operantes en su circunstancia. Lo expresó muy diáfanamente en texto no fechado: “Los hombres son productos, expresiones, reflejos. Viven, en lo que coinciden con su época o en lo que se diferencias marcadamente de ella; lo que flota, les empuja y pervade; no es aire solo lo que pesa sobre los hombros, sino pensamiento […].[5]

[1] V. Marcela Lagarde: Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1997. Disponibles extractos en espaciofeminista.blogspot.com.

[2] Aristóteles: Política, Libro 1. Disponible en http://books. google.es.

[3] “El discurso del deseo es un término que derivamos del comentario martiano sobre la vida y los escritos del historiador norteamericano George Bancroft, en el cual se expresa la aspiración refractada de un revolucionario en busca constante, entre los espacios empíreos, del principio transformador de la experiencia humana” (Ivan A. Schulman: Vigencias: Martí y el modernismo, Centro de Estudios Martianos, 2005, p. 13). Concretamente, refiriéndose a las operaciones en las llamadas “Escenas norteamericanas”, subraya un proceder que Martí aplicaría en otros muchos momentos de su corpus: “Son múltiples las estrategias de que se sirve el cronista para saltar del discurso informativo al discurso del deseo, y. de este modo, presentar lo que está más allá de los límites de la óptica metonímica de su narración” (Idem, p. 25).

[4] Fina García Marruz: El amor como energía revolucionaria en José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2003, p. 220.

[5] JM: “Henry Ward Beecher. Su vida y su oratoria”, OC, t. 13, ed. cit., p. 34. En el propio texto antes citado, Fornet se refiere a la ancestralidad no solo de estas operaciones sino de la conciencia de su existencia y su uso voluntario, haciéndola extensiva a la literatura en general, lo cual se aplica perfectamente al caso martiano: “Es Havelock quien me advierte que entre los griegos, dentro de una tradición  que se remonta a Homero y al mundo de la cultura ágrafa, la poesía —en especial la épica—, mucho antes de ser vista como ‘arte’ fue considerada ‘un instrumento de formación docente’ cuyo papel socializador  se cumplía en el proceso de aprendizaje del ciudadano. ‘¿De dónde le viene al divino Homero el honor y la gloria —se preguntaba retóricamente un personaje de Aristófanes— sino de haber enseñado a los griegos cosas tan provechosas como el orden de las batallas, las virtudes guerreras y el equipamiento de los hombres’ ” (Ambrosio Fornet: “Cartografiando identidades”, Narrar la nación. Ensayos en blanco y negro, Letras Cubanas, La Habana, 2009, p. 25). Muy sintomáticamente, son justo las “virtudes guerreras” que Martí reseñará —resignificándolas apropiadamente, para acercarla a su época y a los patrones de comportamiento inherentes a su utopía— en “La Ilíada de Homero”, textos incluido desde su primer número de La Edad de Oro. Fornet también se refiere al reconocimiento de esa potencialidad en Platón, quien la condena —“[…] acusándolos de ser fabricantes de ídolos y fantasmagorías” (Ibidem, p. 24)— y recordemos que Martí fue un lector ferviente del griego.

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