Rumbos del antillanismo. Identidad y trascendencia de José Martí.
Por: Ms.C. José A. Bedia Pulido

Durante la segunda mitad del siglo XIX en las Antillas hispanohablantes una ideología política emerge sólida, el antillanismo; deriva de los intentos emancipadores que sacudieron las islas a partir de la última década del siglo XVIII,[1] que tuvieron sus intentos más nítidos luego de la conmoción bolivariana. Los fundamentos de esa concepción podemos representarlos de la siguiente forma:

  • Independencia absoluta de las Antillas españolas.
  • Proyecto de modernidad opuesto a las ideas de colonialismo y anexionismo.
  • Integración regional defensiva indispensable para el progreso.
  • Valoración de los deberes de las islas con los pueblos de América.

En el empeño de alcanzar tales lauros durante la segunda década del siglo XIX fueron múltiples las conspiraciones; sin embargo, no consiguieron la meta anhelada,[2] el independentismo quedaba postergado. La década de 1860 revive ese credo al amparo de la masonería,[3] al calor de los acontecimientos que conmocionaban el continente evidenciando la retracción europea en la región. Acentuadamente se revela luego de victoriosa Guerra de Reforma y los levantamientos de Lares y Yara, estos últimos aún sin alcanzar un colofón.

Diez años se batalló en Cuba, luego siguió una tregua de guerra, fecunda en intentos redentores. En 1895 José Martí siguiendo esa huella levanta en armas a la mayor de las Antillas, daba continuidad al juramento del diez de octubre de 1868. Si bien las fechas de 1868 y 1895 son indudables hitos para el pensamiento antillanista, como Homi Bhabha advierte: “Comienzos y finales pueden ser los mitos de sustento de los años intermedios”.[4]

Ciertamente el intervalo resulta crucial para conocer cómo se edificó esa ideología, manifiesta con distintivos matices según sus exponentes y la época, siempre implica un análogo reconocimiento de las islas, su historia, los componentes socio-culturales que las conforman y deberes geopolíticos hemisféricos a que están comprometidas. Esos atributos constantemente sustentan la necesidad de integración en el área, y le confieren a las islas un papel protagónico en la historia americana: la región es un nexo continental donde la libertad se erige en defensa común.

El lapso entre 1868 y 1895 subraya más que nada la importancia estratégica de la región; se debate en ella el destino de Hispanoamérica. Los próceres antillanos de entonces percibieron mejor que ningún latinoamericano esos horizontes, así dedicaron escritos y actos a lograr independencia y a favorecer el desarrollo insular mediante acciones concertadas para así sustentar un equilibrio geopolítico hemisférico. Sin emplear los términos identidad e integración interpretan dichas categorías, las convierten en el muro de contención contra los intereses injerencistas foráneos y en defensa de una civilización plural, retoño de un des-encuentro de culturas.

Significan nuestra identidad en los elementos culturales, geográficos, políticos, históricos y sociales, en la memoria colectiva. La particular importancia antillana en la política internacional, dada nuestra estratégica situación, fue quien levantó entre ellos la idea de unión formal, unificación o confederación de nuestras islas. A la altura de la sexta década del siglo XIX las mutaciones estructurales producto del empuje norteamericano, inglés y en menor escala alemán eran advertidas y no podía dejar de expresarse por lo más lúcido nuestro pensamiento.

Entonces la percepción de las nuevas formas de dominación no era fácilmente discernible, correspondía por ello a los intelectuales denunciar de las nuevas fuerzas internacionales que amenazaban la región insular. En el caso de José Martí, su discurso antillanista, privado o público, articula de forma permanente un dialogo homogéneo donde historia y presente, lo psíquico y lo social desarrolla una intimidad intertextual.

Sus referencias antillanistas anteriores a 1892 son realmente escasas, resultan vagas aquellas que comienza en 1868 y que articulan fundamentalmente los vocablos patria-Antillas. Solo podemos inferir un antillanismo temprano en las mismas si aceptamos la propuesta de Charles Bigot cuando declara: “La patria no es un territorio más o menos grande […] es un conjunto de instituciones, costumbres, hábitos: es una asociación de hombres que […] reivindica parte de su dignidad, influencia política y poder legítimo.”[5] Ello es lo declarado en aquellos textos precedentes.

Durante los años ochenta el antillanismo martiano revela una nueva fase, su experiencia en los Estados Unidos, nación que sin cortapisa intenta conseguir la ocupación de las islas le permite una nueva óptica. 1889 fue “el punto de partida de su tercera […] etapa revolucionaria, esta vez como líder y organizador”.[6] Entonces delineo su antillanismo en relación con nuestra América, tomando precavida distancia de la del Norte. Ese es el camino que tomó el Partido Revolucionario Cubano.

Ante las nuevas condiciones la unidad insular ya no puede ser concebida desde una federación o confederación de pueblos del área, como anhelaban los próceres en los años sesenta. Los cambios ocurridos en las islas y en la correlación de las fuerzas internacionales incidentes acá constreñían a readecuar los criterios de la unión regional. Su idea de realizarlo de forma sutil y manifiesta en todo, representa la existencia de una comunión ideológica de larga data expresada de otro modo.

El año 1895 concluye un ciclo de enunciaciones antillanistas, nuevamente estalla la campaña armada, solo en Cuba, Martí y Máximo Gómez suscriben un documento que trasciende como Manifiesto De Montecristi, sentencia: “La revolución […] ha entrado en […] un nuevo período […] “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar […] el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo.”[7]

Inició una lucha por la independencia comprometida con los factores que identifican la modernidad que enlaza los factores humanos con el nexo, la identidad psicosocial, el comercio, la geopolítica. No abrió solamente la campaña armada que definitivamente arrancó el colonialismo de Cuba y Puerto Rico, su obra sobre todo señaló los deberes de una contemporaneidad que aún lucha una equidad alcanzable.

[1] En Puerto Rico y Cuba al calor de las revoluciones del último tercio del siglo XVIII aparecen las primeras señas de independentismo con visos antillanos. En Borinquén a mediados de la década de 1790 el gobernador Juan Castro advertía la existencia de consignas sediciosas con esos lemas, entonces en la mayor de las Antillas era descubierta en 1794 la conspiración de Nicolás Morales, relacionada con el independentismo haitiano.

[2] Antonio Valero en 1823 intenta lograr la independencia cubano-puertorriqueña con la ayuda de El Libertador; en ese propio año en Cuba desarrollaba la conspiración de Los Soles y Rayos de Bolívar, y con similar auxilio sudamericano abortaba la expedición de Luis Dcucodray Holstein en 1825.

[3] En Puerto Rico la Logia Unión Germana Núm. 8 acaricia el pensamiento emancipador insular, ella fue auspiciada por la Gran Logia Nacional de Santo Domingo que también favoreció la Logia Yagüez, Num.10, fundada por Betances en 1867. En Cuba la logia el Gran Oriente de Cuba y las Antillas, creada por Antonio Vicente de Castro en 1862, fue la semilla que propagó un sinnúmero de logias patrióticas con similar empeño en la zona oriental de Cuba.

[4]Homi K. Bhabha: El lugar de la cultura. Editora Manantial, Buenos Aires, 2002, 1a edición. p. 4.

[5] Referido por Carlos Rama en: Ramón Emeterio Betances. Las Antillas para los antillanos. Instituto de Cultura Puertorriqueña, Puerto Rico, 1975. p. 95.

[6]Le Riverend, Julio: “El historicismo martiano en la idea del equilibrio del mundo”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos, número 2, La Habana, 1979, p. 113.

[7] José Martí y Máximo Gómez: “Manifiesto De Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano A Cuba.” En: OC., 1975. pp. 100 y 101.