Pinochet no pudo desaparecer a Martí
Por: Yoerkis Sánchez

Yoerkis_Sanchez«Dicen en la radio que puede haber una fuerte réplica, que el puente sobre el Bío Bío cayó en pedazos y las comunicaciones están interrumpidas, pero aun así vamos a continuar la protesta», pensó Isidoro Carrillo mientras la pequeña aldea de Lota, ubicada al sur de Chile, se ponía en alerta ante los movimientos sísmicos ocurridos el sábado 21 de mayo de 1960.

Noventa y seis días llevaba Isidoro, presidente del Sindicato Industrial Minero y Regidor de la comuna, al frente de la más larga huelga del carbón ocurrida en la historia del país austral. Una semana antes había marchado más de 40 kilómetros hasta Concepción con 35 000 hombres y mujeres para reclamar sus derechos, ante el alza del costo de la vida y los reiterados despidos masivos que hacían los ricos empresarios.

Durante el tiempo que duró la huelga se instalaron 227 ollas comunes para alimentar los hogares y cerca de dos mil de Santiago, Valparaíso y San Antonio, para que sus padres pudieran continuar las protestas.

Reunidos en el Sindicato del pueblo, los obreros solo pensaban en seguir su reclamo. Aunque eran apreciables algunos daños provocados por el temblor en distintas partes de la ciudad, llevaban muchas horas de presión como para interrumpir la lucha a causa del movimiento sísmico. Esa noche salieron para sus casas convencidos de que, pasara lo que pasara, la huelga continuaría.

Pero la Naturaleza, en ocasiones, puede más que la voluntad, y el amanecer del domingo 22 vistió de tragedia y desesperanza la vida de los habitantes de Lota. Durante diez terribles minutos, el terremoto más fuerte registrado hasta nuestros días (9,5 en la escala Richter) sacudió el sur chileno, provocó olas de más de ocho metros, llenó de agua las minas, arrasó pueblos enteros y movió tres centímetros el eje de la Tierra.

Su impacto fue tan descomunal que, al producir un maremoto,  también afectó regiones distantes del Pacífico como Hawái y Japón. Los titulares de los diarios hablaban de cerca de   2 000 muertos y más de dos millones de damnificados.

Lota quedó atravesada por el dolor, tal vez con las mismas heridas que a fines del siglo XIX describiera José Martí cuando narró el terremoto de Charleston: «(…) ¡hoy los ferrocarriles que llegan a sus puertas se detienen a medio camino sobre sus rieles torcidos, partidos, hundidos, levantados; las torres están por tierra; la población ha pasado una semana de rodillas; los negros y sus antiguos señores han dormido bajo la misma lona, y comido del mismo pan de lástima, frente a las ruinas de sus casas, a las paredes caídas, a las rejas lanzadas de su base de piedra, a las columnas rotas!».

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