La simbología como recurso oratorio en José Martí. El discurso Madre América, un ejemplo de condensación imaginística
Por: Mariana Pérez Ruiz

Uno de los rasgos estilísticos más destacados de la obra de José Martí resulta, sin lugar a dudas, la plasticidad de su expresión. Tal cualidad se debió, en primera instancia, a un acto consciente de formulación teórica del hecho literario, nacido de la fusión que en él se daba de las vocaciones lírica y pictórica, el cual dejó explícitamente indicado en su conocido artículo “El carácter de la Revista Venezolana” cuando expresó: “el escritor ha de pintar, como el pintor”.[1] Sin embargo, numerosos estudiosos de su obra insisten en destacar que ello se debe, además, a una suerte de pertenencia a un espíritu epocal. Tanto Ivan Schulman como Carlos Javier Morales, por solo mencionar dos de ellos, en sus obras dedicadas total y parcialmente al simbolismo martiano,[2] respectivamente, coinciden en el criterio de que la causa fundamental de este fenómeno es la visión análoga imperante en la filosofía y la literatura del siglo xix que postula la unidad esencial del mundo. En lo relativo a la vertiente filosófica, Schulman comenta: “La analogía como fundamento de la imagen es quizás el principio más significativo y más constantemente enunciado por Martí en su teoría del simbolismo. La íntima asociación entre los valores morales y sus términos análogos del mundo físico parece apuntar a una armoniosa y universal correspondencia de toda la realidad”.[3]

Por su parte, Carlos Javier Morales ahonda más en la esfera literaria cuando dice:

Puesto que desde el romanticismo la prioridad del sentimiento personal se establece como principio incuestionable, con toda la carga de irracionalidad que esto conlleva, la nueva poesía perseguirá ante todo la originalidad expresiva, que en gran parte alcanza mediante la invención de imágenes. […] Los tropos ya no se producen por la semejanza natural y evidente entre un objeto real y otro imaginario, sino por asociaciones inconscientes entre seres que, según una lógica racional, nada tienen que ver entre sí: tales asociaciones solo se explican por la lógica irracional e imprevisible del sentimiento subjetivo del autor”.[4]

En todo caso, de lo que se trata es de un tipo de concepción escritural que insiste en encontrar avenencias entre el mundo material y el espiritual del hombre, y la materializa a través de un ejercicio de figuración basado en las correspondencias.

Tal fenómeno literario en Martí fue apreciado y estudiado, primeramente, como parte de la expresión poética modernista y, luego, a raíz de los trabajos de revaloración artística y estética de la prosa que le fue contemporánea, inicialmente ignorada y relegada a planos inferiores. No obstante, ello solo se aplica al caso de la prosa escrita, no así de la prosa oratoria, que aún carece de estudios más reveladores.

Esto podría deberse, de cierta manera, a las naturalezas un tanto contrastantes de las esencias y características formales de la poesía y la retórica. Mientras la poesía acude a la subjetividad, a la expresión original de los sentimientos y al lenguaje abreviado y sintético, la oratoria, por su parte, da muestras de un sentido mayor de objetividad, de preferencia por la ilación lógica de las ideas y del uso lenguaje retórico y alargado, lo cual tiene su justificación en los propósitos particulares de ambos géneros: el lírico, el de expresar; el tribunicio, el de persuadir. De ahí que, en muchas ocasiones, puedan parecer como esferas creativas encontradas por su constitución:

Lo que propone el simbolismo es reducir la materia verbal del texto, para lo cual ha de despojarlo de todos los componentes propios del lenguaje lógico racional. En lugar de conceptos, juicios y razonamientos, empleará objetos sensibles que sugieren un contenido mucho más amplio, de manera que la expresión no agote toda la esencia del pensamiento. Tal propósito se halla en la base de la renovación martiana del lenguaje: la insistencia en formular este ideal, así como la coherencia con que lo practica, nos dan buena idea de que el discurso poético ha de someterse a una rigurosa depuración, en favor de una sugerencia de ambicioso poder significativo.[5]

Sin embargo, el gran escritor cubano siempre da muestras de magistrales conciliaciones porque si bien en su poesía el uso de imágenes y símbolos constituye un medio muy personal y subjetivo de expresión de intuiciones, de evasiones o de catarsis, con marcada tendencia a la apertura semántica, en su producción oratoria dichos recursos vienen a funcionar como significativos soportes para la proposición de ideas, conceptos y juicios de carácter concreto y preciso. Ello explica la siguiente apreciación de Enrique Anderson Imbert: “En Martí esos esquemas (los de la prosa oratoria) ponen marcos a los cuadros impresionistas que está pintando. Sus períodos oratorios están repletos de descripciones, de reflexiones, de imágenes líricas. Sin dudas es un escritor enfático, pero con frecuencia su énfasis no es elocuente, sino expresivo”.[6]

Dicha imbricación de los recursos expresivos, tradicionalmente asociados a los registros poéticos con estructuras de orden retórico, tiene su fundamento, más allá del omnipresente aliento lírico de su hacedor, en el componente estético y emotivo imprescindible, según el juicio martiano, en todo ejercicio oratorio de persuasión. Un ejemplo de acto tribunicio de estas características lo constituye el discurso que posteriormente se ha dado en llamar “Madre América”, pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana.

Dicha pieza oratoria tuvo como objetivo impedir a tiempo la injerencia del gobierno estadounidense en los asuntos económicos y políticos de las naciones latinoamericanas cuya voluntad de intromisión se escurría tras el convite al deslumbramiento por el desarrollo alcanzado por la sociedad norteña. Para ello Martí articula un discurso dentro del cual dedica abundante espacio al trazado en paralelo de las historias y posterior evolución de ambos pueblos con la finalidad de hacer evidente las diferencias históricas entre la América anglosajona y la América hispana, así como la imposibilidad de que esta alcanzara semejantes resultados que aquella, habiendo tenido puntos de partida diferentes.

Tal fragmento del discurso queda comprendido dentro de la narratio, a saber, parte de la arquitectura retórica que sigue a la introductoria (exordium), la cual está destinada, de acuerdo con el esquema tradicional, a revelar los primeros detalles sobre el asunto tratado. En ella, el orador aporta los elementos insinuadores que servirán de apoyatura a los argumentos sobre los que basa su criterio o toma de posición ante el tema en cuestión, que se enuncia de manera explícita en la parte siguiente denominada argumentatio. En este caso, la narratio se halla compuesta por dos párrafos, cada uno de los cuales contiene una red de imágenes representativas y caracterizadoras de una sociedad en cuestión, que se opone y contrasta con la otra. Y si bien el texto se halla pleno de tropos imaginísticos en su totalidad, es ahí donde exhibe mayor condensación, al punto de convertirse en la base del andamiaje discursivo: deja de ser mero recurso o trasfondo para convertirse en motivo.

Las series de opuestos se establecen a través de imágenes simples, en ciertos casos llevadas a la dimensión simbólica, y desde la articulación de un sistema de estas, cuya acumulación da vida a escenas típicas cargadas igualmente de simbolismo. Algunos de ellas son:

 

Elementos en comparación Estados Unidos Nuestra América
Elemento definidor del nacimiento de la nación “Del arado nació la América del Norte…”. “…y la Española, del perro de presa”
Naturaleza de los emigrantes “…hombres nuevos, coronados de luz”. “Soldadesca de coraza y arcabuz”
Enseñanza “La escuela era de memoria y azotes; pero el ir a ella por la nieve era la escuela mejor”. “Los hijos que nacen, aprenden a leer en carteles de toros y en décimas de salteadores. ‘Quimeras despreciables’ les enseñan en los colegios de entes y categorías”.
Herramientas y útiles de labores “…traen arados, semillas, telares, arpas, salmos, libros”. “Traen culebrinas, rodelas, picas, quijotes, capacetes, espaldares, yelmos, perros”.
Acto de liberación de la esclavitud “…¡y surge, con un hacha en la mano, el leñador de ojos piadosos, entre el estruendo y el polvo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados!”. “¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado y acero en mano, el continente redimido!”.
Escenas de la victoria “Por entre los cimientos desencajados en la estupenda convulsión se pasea, codiciosa y soberbia, la victoria”. “¡A caballo, la América entera! Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores!”.

La construcción de estos arquetipos sociales define categorías identitarias vinculadas a cada una de las Américas. En el caso de la América anglosajona, esta se encuentra asociada a lo práctico, lo afanoso, lo cultivado, lo cotidiano, lo común, mientras que la América hispana se halla signada por lo trágico, lo sangriento, lo mediocre, lo épico, lo extraordinario. Queda de esta manera establecido el binomio categorial pragmatismo/epicidad en relación con el de Estados Unidos/Nuestra América.

Cabe destacar que esta primera construcción de tintes trágicos para la América de Juárez persigue como objetivo un posterior contraste a través del cual quede evidenciada la ascensión del continente luego de alcanzada la independencia. La aparición de binomios como veneno/sabia, sentina/crisol, picas/ferrocarriles y plazas inquisitoriales/bibliotecas así lo demuestran.

Esta disposición contrastante de los elementos imaginísticos al interior de la estructura discursiva en sucesivos niveles de caracterización corrobora la observación hecha por Julio Ramos en cuanto a que “es notable la función ideológica de los procesos figurativos. La escritura martiana no solo presupone las asimetrías generadas por la modernidad, sino que también desarrolla estrategias para nivelar sus desajustes. La escritura parte de las asimetrías, pero su propia disposición formal comprueba el intento de llenar los vacíos, de tejer la discontinuidad, de producir la síntesis”.[7]

La configuración tropológica empleada por José Martí en su discurso conocido como “Madre América” no solo contribuye, desde el punto de vista expresivo, a revelar la desemejanza esencial entre los pueblos estadounidense y americano en la que su autor pretende hacer énfasis, sino que, además, le permite proponer, desde el punto de vista ideológico, la consideración de la superioridad de la naturaleza nuestramericana que se asienta, no en la valoración del estado de desarrollo social y económico de sus pueblos, sino en la magnitud superior de los procesos que ha debido enfrentar Nuestra América para alcanzar su independencia política y su emancipación cultural. Ante el desequilibrio evidente entre ambas regiones, Martí encuentra nuevos enfoques con los que salvar la dignidad y la grandeza de nuestro pueblo americano y ponerlo en el centro de la proeza humana. De ahí que podamos afirmar que las imágenes en Martí no son el mero recurso simbólico con que engalanar o sugerir sensibilidades, sino portentoso caudal de conceptos con que hacer revoluciones.

[1] José Martí, “El carácter de la Revista Venezolana”, en Obras Completas, t. 7, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 212.

[2] Ambos autores se adhieren a la concepción del símbolo como unidad tropológica superior a la imagen por la complejidad de sus niveles de significación, pero derivado de ella.

[3] Ivan Schulman, Símbolo y color en la obra de José Martí, Editorial Gredos, Madrid, 1970, p. 34.

[4] Carlos Javier Morales, La poética de José Martí y su contexto, Editorial Verbum, Madrid, 1994, p. 345.

[5] Ibídem, p. 359.

[6] Enrique Anderson Imbert: Historia de la literatura hispanoamericana, Edición Revolucionaria, La Habana, 1968, t. 1, p. 362.

[7] Julio Ramos, Desencuentros de la Modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo xix, Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2009, p. 289.